Poeta de hoy en Málaga

 

Álvaro Cordón

 

 

Pesares

 

Cuando me quedé sumido

en las puertas del ensueño,

con las manos extendidas

hacia las flores de acanto*,

no percibía el trasluz...

que, tenue, me iluminaba.

 

Con la incitación en blanco,

y el mirar inadvertido

al futuro solitario,

contemplé momentos tristes,

que ya marcan los segundos

sobre las horas del hombre.

 

Ni los sonidos del viento,

ni las cálidas luces del estío,

como sonrisa en diseño

escapando del Parnaso,

se apiadarán por ello.

 

Ni los olmos elevados,

ni los álamos del río,

ni los pámpanos del páramo,

llorarán por su infortunio.

 

Los pesares de los hombres,

apenas conmueven a nadie;

solamente son relatos,

contados por otros hombres

que copilan alegatos.

 

Solamente la soledad...

testigo del silencio

compartirá su llanto.

 

 

De su libro: Viento... albo

 

 

 

*El acanto es una planta que entró en la historia sirviendo de motivo para el capitel corintio.

 

Según una leyenda contada por Marco Vitrubio Polión (silo 1 antes de Cristo):

 

“...Una doncella de Corinto*, apenas núbil, enfermó y murió. Su afligida nodriza, que la amaba profundamente, depositó en un canastillo sobre su tumba algunos objetos que fueron de su agrado en vida  y tapó la cesta con un ladrillo, para evitar que la lluvia, el viento o los animales pudieran tumbar o revolver su contenido.


Sucedió que bajo el canastillo germinó una semilla de Acanto. Con el tiempo, fue creciendo hasta que sus hojas se toparon con el ladrillo, lo que obligó a las hojas a curvarse.

 

Un día pasó por ahí el escultor Calímaco (Kallimachos) conocido por el sobrenombre de Catatechnos ( primer artífice) por la delicadeza con que tallaba el mármol, que andaba buscando inspiración para un encargo de columnas que le había hecho la ciudad de Corinto. Fascinado ante la belleza de esta nueva forma, la incorporó en los nuevos capiteles...”


*Otros textos señalan que la fallecida es la propia hija de Calímaco.

 

 

 

 

Calímaco tomando nota