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Escritor poeta de hoy

 

Antonio-S. Urbaneja Fernández

 

 

Dr. Gálvez Ginachero

 

Cierto día, hace unos años, se presentaron en mi casa dos singulares señoras que eran nietas de un malagueño illustre, don José Gálvez Ginachero, un magnífico ginecólogo formado en Alemania y en ejercicio en su ciudad natal y en el mismo Madrid, en donde asimismo era médico de la familia real, habiendo atendido a la propia madre de Alfonso XIII. No obstante igual visitaba a cualquier embarazada acudiendo a distantes cortijadas de los montes de la ciudad como sucedió antes de presentarse en el domicilio del conocido Dr. Franquelo, facultativo que lo comenta, para asistir a un familiar inmediatamente que regresó de su meritorio desplazamiento, entonces mucho más habitual que en esta época rica en hospitales comarcales.

 

Las enviaba el Rdo D. Lisardo Guedes, bibliotecario del obispado, persona muy querida que me profesaba una inmerecida estima, animándome a que escribiera un libro sobre este personaje que tanto se destacaba por su buen hacer y su total dedicación a tan delicada profesión que le ocupaba el día y parte de la noche. Es más, porque hasta fue Alcalde de Málaga, Director del Hospital Provincial, Presidente del Colegio Médico, Presidente de la Adoración Nocturna y qué sé yo de cuantas más obligaciones y compromisos. Incluso se preocupó de la mejor formación del Cuerpo de matronas creando instituciones al respecto en Málaga y Madrid, perfectamente controladas por el insigne profesional.

 

Doña Carmen y doña Concha, casi criadas y dependientes de don José por ser dos jóvenes viudas de dos valerosos aviadores, aportaban unos datos curiosísimos de su abuelo, entre los que me llamó la atención la manera de relajarse y descansar esta tan ocupada persona durante la comida, siempre amenizada por la lectura del Quijote que realizaban ambas, deteniéndose y casi deletreando las descabelladas desventuras de nuestro famoso, inquieto y andante caballero, riéndose a carcajadas incluso en los pasajes más conocidos de este Cervantes que tanto de andaluz conservaba de parte de su padre y su abuelo, ambos de Córdoba.

 

Realmente me llamó la atención esta especial predisposición a la fácil carcajada de este hombre con tan abultado presente y quizás vacío pasado, que posiblemente carecía de tiempo para rellenarlo de sinsabores, rebeldías y desconsuelos. Es curioso como al final de la “Carta a los Colocenses” de San Pablo se aconseja aprovechar el momento presente, precisamente el presente, como indicando que el trabajo y la dedicación al semejante es la mejor manera de evitar las angustias y los rencores de un pasado triste y agobiador.

 

Un día se me ocurrió este breve poema que tú, lector, puedes ponerle título:

 

No te enojes, amigo,

y si te enojas

mira lo que te digo

que siempre escojas

la cara positiva

de cada cosa,

la que tiene sentido,

la más hermosa

y deja en el olvido

la rencorosa.

No desfigures

tu pensamiento

para que dure

ese momento

del glorioso presente

y nunca envuelto

en odio reticente

de un mal cuento.

 

Hoy son muy leídos los libros, auténticos “best-sellers”, que tratan de liberar a las personas de los malos recuerdos causantes de pesadas angustias que nos entristecen y abruman, lo que se hace como feliz y moderno remedio de males y depresiones. Sin embargo, esto es más que antiguo y hasta tratado por un gran poeta y profeta, Isaías, que aconseja “que no se recuerde las cosas antiguas ni las pasadas”. Esto es lo admirable del Dr Gálvez que, como cualquier santo, sólo tenía presente y humanidad, como en esa breve coplilla de este humilde médico y escritor que tanto lo admira por su desprendimiento y carencia de lo que canta la copla que un día escribí:

 

Con el dinero te quedas

y tanto lo estás buscando

que eres simple moneda,

persona de vez en cuando.

 

Antonio-S. Urbaneja

 

 

 

Retrato del Dr. Gálvez Ginachero