Escritor-poeta y pintor de hoy en Santa Cruz de Tenerife

Dimas Coello

 

Un escorpio mariposeo

 

Al abrir los ojos, me encontré como un bicho raro, metido dentro de las sábanas. No lo comprendía. Yo había de estar en el desierto, con reflejos de arena blanca, donde peregrino en el tiempo, me faltaba hasta la comida. Algo raro, exótico e incomprensible me ocurría. Mi caminar ahora es lento, no podía moverme con facilidad sobre aquella tela de algodón, que enlunada por lo grosero, me tenía prisionero. Me fijé en el pijama: ¡Estaba colocado detrás de la puerta! Pero ... si yo no tengo brazos ni piernas. ¡Ni siquiera cabeza!

 

¡Yo no he tomado una gota de alcohol! ¡Lo juro! ¿Qué es lo que pasa! Tal vez soy un gusano con ventosas, gordo y feo, que llevo la memoria enrollada en una hebra de hilo. Y digo esto, porque mi vida ha dependido siempre de ese carrete, que otros han utilizado para que yo recordara las cosas. Primero mi madre y después mi tía Micaela, para terminar con Marijulia, que se murió de rabia al verme mariposear en el jardín.

 

La verdad que me siento tan pequeño, como si fuera un ... ¡¡escorpión!! Eso, un arácnido venenoso, de esos que salen debajo de las piedras o de los estercoleros. ¡Un alacrán de verdad!

 

Era lo que me faltaba, que estuviera disfrazado de bicho. Si fuera Carnavales, diría que estoy con resaca. De pocas cosas me acuerdo. Lo intentaré de nuevo, porque sé que es bueno para mí. Así empezó todo. Mi tía Micaela tenía un establecimiento de hilos y madejas, y yo era su mandadero. Con el fin de no olvidarme, me colocaba, en los dedos y en los brazos, hilachas de colores, que, como memoria, me hacía recordar lo solicitado. Lo malo es que este cuerpo membranoso y aplastado me tiene sofocado, no sé si por la coraza o por la cola. Me siento como una sabandija o un gorgojo.  Algo de mi no anda bien. Tengo una mala leche como para picar a todo el mundo. No quiero agobiarme, tal vez esto pase pronto.

 

Será por gusarapo. O porque es una verdad engañosa. Mi madre me contaba, que, estando yo en la cuna, me daba un viejo ovillo para que jugara y que, de tanto tirar del cordón, llenaba el lecho de un revoltijo de hilos. En la escuela, mis dificultades estaban en las operaciones y en los números, pero la maestra me lo actualizaba con la tabla de castigo. Ya de mayor, cuando mi madre me mandaba a la venta, me repetía:

“- Esta hebra, para que no te olvides de traerme un kilo de arroz.

  - Esta otra, de color azul, para una botella de zotal.

  - Este torcido amarillo, para que le pidas medio litro de aceite y

    que se fije que tiene un poco dentro de la botella ...”

Al final, me faltaban cosas, al tener siempre en mis dedos hilos anónimos. Ella se enfadaba con razón, pero me premiaba con cachetes.

 

Por eso empiezo a moverme un poco entre las sábanas, pero la manta pesa mucho. Mi pecho no me deja respirar. Parece una camisa de fuerza. ¡Con jeito ya me voy escurriendo! ¡Menos mal! Siempre fui malo para retener. Hasta con Marijulia. Ella sí supo enrollarme bien con la madeja. -- Ya mi tía Micaela y mi madre habían muerto. La mercería estaba cerrada; pero no la trastienda, donde quedaba un resto de ovillos y sedalinas olvidadas en las estanterías. Marijulia se divertía utilizando los hilos en mi cuerpo. Yo seguía igual de torpe, aunque me había convertido en una atractiva ninfa. Fue cuando Marijulia sintió celos. Por eso nos fuimos a vivir a la antigua mercería --.

 

Despacio y con cuidado, intenté bajar por los pliegues de la manta. Mis patas no se agarraban bien a la lana, por lo que me solté, cayendo en la alfombra. No vayas tan deprisa, pensé. Esto hay que hacerlo con cuidado, si no quieres romperte el cefalotórax. ¡Vaya alegría! Ya estaba en el suelo. Ahora había que buscar la manera de salir de allí. La habitación cerrada y sin nada que comer. ¡Menudo problema!, había que estar al acecho. Tan pronto entre alguno hay que salir de aquí. Habrá que ponerse cerca de la puerta y esperar. Alguien tendrá que venir a arreglar el dormitorio. Mi madre seguramente, ya que mi hermana se habrá marchado a clase. Si yo pudiera cruzar todo el pasillo y saltar al jardín, estaba salvado:  porque si mi madre me ve, con el miedo que le tiene a los bichos, acaba conmigo, sin saber que soy su hijo.

 

No sé por qué me hacía ilusión estar con Marijulia. El hecho de haber sido mandadero de unos y otros me convirtió en víctima de mi amiga, que, como araña, hilvanaba mi cabeza con leyendas y otros cuentos. Al principio fue un juego el colocar en brazos y piernas, vueltas y más vueltas de hilos. Después, se convirtió en rutina. Ella reía, yo gritaba, ante el torcido capricho que virgo tenía que sufrir en calambres, este sentimiento de puntada al atarme por los hilos que soportaba, sin saber la costura en donde aguantar el trafilado desnudo, que cosido vale al embastar con un zurcido el ánimo, de un pespuntear en llanto.

 

La puerta se abrió: ¡era mi madre! Llorando la miré. ¿Qué le iba a contar? Que su hijo era un alacrán. Eso no se lo creía nadie. Además, si le digo algo, seguro que se asusta y ma dará un zapatazo. ¡Yo quería comer y nada más! ¡Después ya veremos! La oí refunfuñar por no haber cogido el pijama a la hora de acostarme:

--¿Otra vez desnudo! ¡Este muchacho! ¡Ya se marchó a la calle sin desayunar!

La habitación se llenó de sol y yo aproveché que la puerta estaba emparejada para salir a escape. ¡Uff! La otra salida que daba al jardín, la vi muy lejos en el pasillo, aunque la hoja estaba tan solo un pelín abierta. ¡Era mi oportunidad! Yo no podía comprender el  comportamiento de Marijulia. El afecto para mí se convirtió en jaqueca.  Se había hecho autoritaria y me obligaba hacer cosas que no quería. Me producía agobio. Corrí como pude. Mis patitas no me ayudaban. Intenté caminar en zigzag sobre el zócalo, y con mi cola preparada por si alguien quería hacerme daño.

 

Oí a mi madre y a mi hermana en la cocina. ¡Yo que había pensado que mi hermana estaba fuera! Ahora lo tenía más complicado, porque son dos personas contra un escorpión. ¡Si me ven, estoy perdido!

 

Llegamos mi madre y yo a la puerta del jardín, casi al mismo tiempo. Yo, agotado de correr arriba y abajo por el basamento, y ella  con  la  escoba.   Menos  mal  que tenía dolores de reuma  en las

 

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piernas y los pasos no eran muy rápidos. Por lo visto iba a sacudir las alfombras, que le traía mi hermana

 

 ¡¡Me vio!! Salté delante, sin saber donde caía. ¡Me escondí! Oí sus gritos:

-- ¡Un escorpión! ¡Está ahí entre las flores! ¡Lo vi con mis propios ojos, como corrió a meterse entre las macetas!

Yo salí rápido de allí para quedarme quieto bajo una hoja seca.  Aquel sitio no era muy seguro. Mi madre removería todo el jardín, con el fin de atraparme. Lo menos que ella se podía imaginar, ¡que aquel bicho fuera su hijo!

 

Por eso creía que para estar así, era interesante en lo de buscar un medio, para encontrar en cada instante, un cabello de cerda que estimule la mala forma, que ella deseaba al dar por bueno, a la contra de todo lo que vale el hilván, para amarre del sentir conductor que zurce un nudo ideal que ristre y marque en ligazón, el cabo elegido.

 

¡Y me puse a llorar! Si matan al escorpión, se acaba la historia. No me moví. Mi madre, cansada, gritó:

-- ¡El muy palanquín, se escapó! ¡Mira que si nos pica!

Y yo me reía al verla enfadada. Era mi desdicha. Me busqué un refugio fuera de las macetas y a vivir mi nuevo estado de soltería.

 

Pasó el tiempo y nadie sabía nada de mí. Por eso se pusieron ropa oscura. Me daban por desaparecido. Yo, sí que los veía a todos, pero no podía descubrir mi identidad. Además, los escorpiónidos no hablan castellano. Por eso no les extrañe, que uno se convierta en capullo. Ya con los hilos, nudos y lazadas, no me podía mover. El cuerpo está atrofiado, como rígido. Todavía más ataduras para no mover los brazos ni las piernas. Vueltas y más vueltas al carrete. ¡A diestro y siniestro!

 

Al principio gritaba, después nada. Marijulia me enrollaba en un zurcir frenético. Ni hablaba. Era una araña por su dominio envolvente. Quería morirme. Por eso, como antes mi tamaño era de un metro setenta y ahora escasamente es de quince centímetros, sin bigote, nariz ni orejas, lo mejor era estar calladito, por si acaso. Preferible alacrán vivo, porque ya soy hombre muerto.

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Este misterio, no se lo creía ni el cura. Mi nueva vida no era tan mala, siempre cazando bichitos en la jungla de las macetas.

 

Por eso la retahíla en buscar aquella brizna de filamento, que, torcido, conduce al hilván en lo de unir un enrollado proyecto, que sirva para coser en ringlera, todo amarre despojo que cruento se haga por simple juego de esa cosa que en situación de trabazón de hilachas, es un desecado estado de ingravidez. Es cuando la vida carece de interés. Estoy muerto y momificado. Marijulia intenta ser una araña, pero no sabe tejer. Todo por capricho. Yo por el contrario, a pesar de tantos hilos e hilvanes, en el sueño me sentía liberado. Ya no tenía dolores, ni frío, ni calor. Mi cuerpo estaba ágil, como si volara igual que una mariposa, mientras el escorpión había fallecido en el jardín.

 

Fue el telegrama que recibió la familia. Todos fueron al entierro: el padre, la madre y la hermana. La madre se quejaba de “haberlo visto y hasta de intentar matarlo ... ¡con lo cerca que estaba!” Y el padre, que no comprendía el por qué su hijo se hizo un escorpión, si de taxidermista se estaba mejor, a la hora de disecar animales.

 

Por eso ya no quedaba más que planear, sin zurcidos ni costuras, a través de la ventana; mientras abajo divisé, desde la altura, a Marijulia, con un vestido de cuero negro y zapatos de polainas. Se quedó sorprendida al ver salir de aquel capullo, todo lleno de trancahilos, una linda mariposa de vivos colores, que revoloteaba más allá del jardín.

 

Marijulia, del berrinche se murió; y el escorpión salió en procesión en las mandíbulas de aquellas hormigas devoradoras de insectos.

 

Dimas Coello

 

                        Dibujos del autor