Poeta de hoy en Málaga

Enrique Maestre

 

 

El espejo viajero

El espejo de mi casa

que es muy grande y biselado,

tiene un marco de caoba

con figuras femeninas

en las esquinas de abajo.

En la parte superior,

rematando su penacho,

con corona de laurel

amarrada por un lazo,

y en los extremos dos piñas

que son de bronce dorado.

Es sobrio, de estilo Imperio,

más propio de un anticuario.

Mi abuelo lo compró en Londres,

y a mi madre, casadera,

se lo trajo de regalo,

junto con un escritorio,

muy bonito y apreciado,

y que tiene un armario:

con su llave está cerrado.

Contiene fotografías,

de los que en él se han mirado:

mi abuelo, con su uniforme,

que está realmente guapo;

un hombre muy elegante,

siempre fino y educado.

Uniforme de marino,

era capitán mercante

y en la Cortina del Muelle,

su casa había instalado.

Se asomaba a sus balcones,

si no estaba navegando;

a sus pies tenía el Parque

y más allá su trabajo.

Cómo práctico del puerto,

era bueno, extraordinario.

Por la tarde se pasaba

por el Club Mediterráneo,

del que fuera presidente,

siempre un hombre muy humano.

El espejo era feliz,

pues en él se habían mirado

dos muchachas muy gallardas,

de unos negros ojos garzos:

mi madre, con largo pelo,

y mi tía, más pequeña,

con coletas y unos lazos.

Mi abuela, una señora

con sosegado recato,

se miraba de soslayo

acariciando a su gato.

Las fotos hablan de mi padre,

un joven muy espigado,

que como buen gaditano,

era alegre y muy simpático.

Que al terminar medicina,

y habiéndose ya casado,

puso consulta en Strachan,

muy cerca de calle Larios.

Vivíamos en Pedregalejo,

y éramos seis los hermanos.

Con corazón generoso

nos recibía encantado,

y en su límpido cristal

nos guiñaba con descaro.

En él todos nos mirábamos

cuando me cogían en brazos.

Nos mudamos a esta casa

cuando yo tenía tres años

y ya todos se han marchado,

quedándome solo en ella.

El espejo de mi casa

que mi vida ha presenciado,

siempre fiel testigo mudo

de alegrías y quebrantos,

me sonríe con cariño

y me acompaña en los años.

 

La Venus del Espejo, de Diego Velásquez