Escritor poeta de hoy en Málaga, España

 

Juan E. Luengo

 

El Zangano y la Flor

 

 

Capítulo 4

 

 

- Dime – continuó la flor - ¿crees  que puede haber alguien que tras una meditación auténtica, se sienta egoísta?

 

A modo de contestación, el zángano bajó los ojos y dijo:

 

- Me alegro de haberme presentado después que tú, pues en un principio me sentí superior a ti y hubiera hecho un ridículo espantoso por haberme envanecido. Creí que, viajero por el mundo, lo había aprendido todo observando sólo lo que se mueve y agita: pero tú, en tu soledad y silencio, has llegado a verdades que nadie me había transmitido hasta ahora.

Mas hay otra cosa que quiero preguntarte, antes de empezar mi relato. ¿No te importa?

 

- Pregúntame lo que quieras – dijo complaciente la flor -, que nunca se debe negar una respuesta a quien, como tú, desea conocer y no pretende sólo la crítica.

 

- ¿Cómo es que, sabiendo tanto, todavía no eres flor? – dijo el zángano.

 

- Pero bueno; ¿por qué me dices eso?

 

- Pues porque tú no eres flor: eres sólo un capullo. Yo diría un proyecto de flor más bien. Y no te ofendas, que no lo digo por molestarte.

 

- No, no me molestas; pero veo que ignoras muchas cosas de las flores. Hablas del capullo, como si fuera inferior a la flor, y no es así. ¿Tú no sabes que el proyecto siempre es más hermoso y prometedor que la realidad? Desconoces que, cuando nace la realidad, muere el proyecto y que la realidad destruye siempre la ilusión.

 

- No había reparado en ello – dijo admirado el zángano -. Entonces ¿tú no quieres llegar a ser flor?

 

- ¿Acaso tiene importancia que lo quiera o no, si ha de ser todo según un orden en el que no intervengo?

 

- Pero ¿verdad que te gustaría ser flor, que las abejas te tomaran en cuenta y libaran tu néctar y que te reconociesen como un hermoso triunfo de la naturaleza?

 

- Sí; pero tendría que soportar a las abejas no delicadas y enseguida comenzaría a sentir frío porque mis pétalos, poco a poco, habrían de caer.

 

- Pero me hablas de vejez... – dijo triste el animalillo.

 

- Claro. Nada de lo que existe puede mantenerse en plenitud y, junto con la alegría de la llegada, nos visita el temor a la caída.

 

- ¿Por qué, entonces, todos queremos ser adultos cuanto antes?

 

- Es sencillo: porque no sabemos ser pequeños. ¿Ves? Yo soy consciente de que mis pétalos están enrollados, unos sobre otros, en perfecto orden, y me protegen eficazmente. Estoy cerrada en mí, paso más desapercibida y, a la vez, soy como un estuche que tuviera dentro un misterio.

 

- Es muy bonito ser pequeño y no había reparado en ello. Antes lo consideraba como falto de algo.... Sí – dijo al fin -; te felicito por serlo.

 

- Te agradezco el cumplido pero, cuando sabes ser lo que eres, todos los días te felicitas tú mismo y vives complacido.

 

Atardecía. En el cielo, igual que todos los días (alguien se descuida allá a la misma hora), se rompió la caja de las acuarelas y, de modo irrepetible, como siempre, se fueron mezclando al azar los azules y los malvas, los rosados, dorados y rojizos, como en un fuego alucinante, y esa explosión de belleza (el más hermoso de los cuadros del día) terminó cayendo suavemente al abismo, reemplazada por el manto negro, moteado con tachuelas de plata, que arrulla con su nana todo lo que vive.

 

Un bostezo contenido y una flexión reverente fueron la brusca despedida, hasta el día siguiente, que se dedicaron los dos contertulios  y (¿por qué no?) amigos, obedientes a ese toque de silencio que nunca se escucha...

 

Horas más tarde, con grandes y presurosos brochazos blancos, fue borrándose la noche y, por fin, esa estrella que siempre es la misma, la más rebelde,   la  que tienen que retirar a diario los ángeles que están destinados al efecto, se fue difuminando hasta desaparecer, con toda seguridad avergonzada una vez más de su falta de recato. Amanecía.

 

Dos gotas de rocío perlaban la flor. El débil sol de la mañana las matizaba con irisados reflejos de una belleza cautivadora.

 

La flor, levemente mecida por la suave brisa matinal, despertó; y, con verdadera ilusión ayudó a que lo hiciera el zángano que, remolón, trataba de colocarse boca abajo, para evitar la luz. Al escucharla, se disipó su pereza; y, con cierta dignidad, dio a entender que llevaba un rato despierto. Recordó que debía cumplir lo pactado y presentarse, contar sus motivos, sus recuerdos e inquietudes. ¡Qué vergüenza hacerlo ante un ser tan delicado! ¿Sabría ella ponerse en su lugar y justificar sus posibles errores? Sin embargo ejercería la humildad, que es la única defensa contra quien puede o sabe más.

 

 

            Juan Luengo

Continuará en el próximo Número