Escritora de hoy en Viña del Mar, Chile

Luz Lüderitz

 

Escritores

Breve recuerdo sobre afinidades

desde ángulo personal

 

¿Habrían sido realmente amigos entre ellos sin esta memoria que aquí los junta?... Para un mejor ejemplo entrevistaré, por así decir, a cuatro escogidos.

 

Los libros son amigos que viven, cercanos y enteramente a nuestra disposición y se siente que lo expresado en ellos, también nos comprende en cierta medida. Pero esto ya lo dijo, más ingeniosamente, Oscar Wilde; y más poéticamente, Walt Whitman.  Lo notable es ¿cómo llegamos a conocer a estos amigos tangibles y compaginados? Puede ser de variadas formas, depende de las circunstancias en que se desarrolla cada destino. Pueden ser presentados, recomendados, o encontrados por casualidad, pues a veces sin buscarlos llegan a nuestras manos como si ellos tuvieran la misión de ir al encuentro de aquellos que los reconocerán.

 

Empezaré por Mauricio Maeterlinck (1862-1949,

creador de El Pájaro Azul y de la Vida de las Abejas, entre otros. De su libro El Tesoro de los Humildes relucen unas pocas joyas para esta ocasión:

 

Sí, en este momento hablo de las cosas más graves, del amor, de la muerte, o del destino, no toco a la muerte, ni al amor ni al destino, y a pesar de mis esfuerzos quedará siempre entre nosotros una verdad que no ha sido dicha, de la que ni se ha pensado hablar, y sin embargo, esta verdad, que no ha tenido voz, habrá vivido un instante entre nosotros, y no hemos podido pensar sino en ella. Es nuestra verdad acerca de estos temas, y no hemos podido entreverla sino en silencio”.

 

“Amar a su prójimo en las profundidades estables, es amar lo que hay de eterno en los otros, porque el prójimo por excelencia es el que se acerca más a Dios...”

 

“Si se pudiera preguntar a un ángel lo que nuestras almas hacen en la sombra, creo que respondería, tal vez después de mirar muchos años, bastante más allá de lo que parecen hacer los ojos de los hombres: Transforman en belleza las pequeñas cosas que se le dan...”

 

“Pero menester fuera habituarse a vivir como un ángel que acaba de nacer, como una mujer que ama o como un hombre que va a morir...”

 

Como contraste a este ser que se eleva, atravesando lo creado para llegar al reverso intocado, Dios, ahora se presenta, sonriendo, uno que de tan sociable se desespera. Uno a quien se le puede hablar sin ese respeto que se tiene ante el que recién pasó, porque es tan bondadoso y espontáneo que se interesa por todas esas nimiedades que alejan de sí los elevados. Él puede conversar de resfríos, de “la puntada de aguja al botón” y del “conejo saltado con cebollas”, en cualquier situación, como si esto fuera lo primero y de tanta importancia como un bello cuadro de Miguel Ángel. Es nada menos que:

 

 

David Herbert Lawrence (1885-1930)

con toda su gran personalidad, diciendo rotundo en una de sus cartas (con respecto a la guerra):

 

“Es necesario algo más que el amor al prójimo. Si todos mis vecinos prefieren descender la cuesta del infierno, no es esta la razón para que yo tenga que ir con ellos. Yo tengo en mi alma una verdad, un derecho, y ningún número de vecinos podrían inclinar su balanza.

 

E insiste:

 

“¿Cómo he de cuidar de la propiedad de mi prójimo, o de la vida de mi prójimo, si no me importa lo que es mío? Si la verdad de mi espíritu ha de ser, en último término, todo lo que me importa, entonces todo lo que me interesará en favor de mi prójimo será la verdad de su espíritu. Y si su verdad es el amor a la propiedad, yo me rehúso a darle ayuda---“

 

En otras cartas anteriores confiesa:

 

“Pero ante todo soy un hombre apasionadamente religioso. A esto tengo que ceñirme porque sólo así puedo trabajar. Y mi arrabalerismo y mi vulgaridad aparecen sólo cuando mi sentimiento profundo no encuentra manera de expresión, y en vez de eso viene una forma de sarcasmo, de sentimentalismo y de desplantes.”

 

“Me siento siempre como si estuviera de pie desnudo, para que el fuego de Dios Todopoderoso pase a través mío, y es una sensación bastante espantosa. Hay que ser terriblemente religioso para ser artista.

 

Y otra vez, dando un consejo:

 

“El poema del cementerio es muy bueno. De todas maneras, preferiría que no usara ni metros ni rimas. Es el verso lo que destruye con su espíritu todo el viejo mundo, y sin embargo anda prisionero de la medida rimada. Déjelo libre.”

 

¿Quién diría que el autor de La Serpiente Emplumada, Lady Chaterlay, El Hombre y el Muñeco, El Escarabajo y otras obras, siendo tan apto para la vida común, fuera también un inconformista?... No dirá más. Creo no cometer una irreverencia al hacerlo partícipe de esta mezcla literaria, ya que en Cartas está la opinión de Aldous Huxley,  que dice por ejemplo: “Uno de los grandes encantos de Lawrence como compañero era que él nunca podía aburrirse ni tampoco aburrir a los demás”.  “También sabía no hacer nada”.

 

Luz Lüderitz

 

Continuará en el próximo número

 

 

                    

 

Mauricio Maeterlinck                   David Herbert Lawrence, a los 21 años