IN MEMORIAM de un escritor italiano de Messina

 

Mario de Vero

14-02-1947 / 04-05-2006

 

 

El Vecino de Casa

Segunda parte

 

Camões escribió rimas y obras teatrales, de las que podemos pasar por alto con tranquilidad: lo que lo entrega a la historia es su poema épico,  Los Lusíadas.

 

Fue el último poema épico-mitológico del mundo occidental y, de no existir el Fausto aquél, hubiera sido el último gran poema en absoluto.

 

El lector enterado podrá hacerme notar que pocos años después de la aparición de los  Lusíadas,  otro gran poeta épico, el italiano Tasso, sacaría a luz la  Jerusalén Libertada,  la epopeya de los cruzados, y así es efectivamente; sin embargo hay que recalcar una diferencia.

 

La obra maestra de Tasso esta poblada por hombres: la de Camões, por hombres y dioses; y este intencionado retorno a la mitología la hace más cercana a la épica tradicional de lo que pueda ser  Jerusalén,  epopeya de la Cristiandad, donde hay sitio para personajes mágicos y fantásticos, pero no para las deidades paganas.

 

Antes de preguntarnos cómo pudo antojársele a un hombre escribir, en pleno siglo dieciséis, un poema donde los personajes, casi contemporáneos a él, tienen que ver con ninfas y sirenas y con los dioses de Homero; miremos el valor definitivo de la obra, y lo que logró su autor con ella.

  

Camões se propuso celebrar la gloria de Portugal en los mares; consiguió hacerlo, y consiguió mucho más.

     

Como sucedió con otros grandes personajes, ni siquiera él se dio plenamente cuenta de la importancia de su creación y de lo que ésta podía significar: no solo para sus tiempos, sino para las generaciones venideras.

 

De hecho, el tamaño de su obra nos parece crecer a medida que se le quita las adjetivaciones: es la epopeya del lusitano de la época de los descubrimientos geográficos, es la epopeya del hombre del hombre en general.  Sus héroes ya no son sólo los portugueses, sino toda la humanidad.

 

Homero, según toda evidencia, tenía fe en los dioses; ya Virgilio de ellos descreía; Tasso apenas los nombra;  Camões, hombre del XVI siglo, vuelve a creer en ellos. Y a él podríamos añadirnos también nosotros, porque, y he aquí la cuestión, aun manteniéndose formalmente dentro del poema épico que le sirve de modelo, se aleja del mismo en términos concep- tuales; y, a fin de cuentas, sus dioses, de mitológico tienen sólo la forma. Las verdaderas entidades malvadas, las que más cuentan, no son más que las fuerzas hostiles y desmedidas de la naturaleza, oponiéndose al moderno Ulises y a su ansia de conocer.  Entonces veamos, aunque sean sólo pocos ejemplos, con qué ojos mira Camões a la antigua mitología.

 

Baco, hostil al viaje de Vasco de Gama, se disfraza de moro mozambiqueño e indispone al rey con los navegantes; con otra intriga consigue que vayan a Mombasa,  haciéndoles creer  que allí hay cristianos, e incluso fingiéndose él mismo sacerdote y montando un oratorio con un Pentecostés  -Apóstoles, Virgen María y Espíritu Santo  (¡un dios falso adorando al verda-dero!).  El viejo dios Neptuno, parcialmente destronado, acoge a Vasco y le da consejos de navegación;***  le advierte a la vez que tenga cuidado con la nueva deidad malvada, el gigante Adamástor (personificación del Cabo de las Tormentas), guar-dián de la parte meridional del Océano, que él mismo conocía y había aprendido a temer. Aún más significativo es uno de los episodios finales. Tetis, la esquiva ninfa del mar, lleva a Vasco a un palacio de cristal en la cumbre de una montaña para revelarle los secretos de las Esferas; aquí se representa el universo entero, desde la esfera suprema donde está el verdadero Dios, hasta las inferiores en que se encuentran las estrellas, los planetas y la tierra.  Ésta es la verdadera realidad, dice, pues ella misma, y Júpiter y todos los demás son fabulosos.

 

*** Hay una célebre pintura en el Museo Militar de Lisboa:  Neptuno mostrando a Vasco el rumbo de las naves”.

 

 

Fiel a lo que el gusto del tiempo le requería, el poeta establece sus cánones clásicos, y al mismo tiempo los elude. Ya los versos del primer canto marcan la diferencia:

 

“Callen del sabio Griego, y del Troyano,

Los grandes viajes, conque el mar corrieron;

No diga de Alejandro y de Trajano

La fama las victorias que obtuvieron;

Y, pues yo canto el pecho Lusitano,

A quien Neptuno y Marte obedecieron,

Ceda cuanto la Musa antigua canta,

Al valor que más alto se levanta.               

 

(Trad. de C. De Cheste)

 

No podría haber sido más explícito. Los dioses se oponían al guerrero antiguo o bien le protegían, y eso era el máximo que el valiente podía lograr.  El altivo y casi insoportable Aquiles homérico no hubiera sido tal héroe sin el favor del dios que le patrocinaba, y tenía que dedicar atención a esta protección que en cualquier momento podía perder.  El héroe de Camões no necesita eso. No es el hombre homérico sino algo distinto: es el hombre renacentista, es decir el hombre moderno. 

A los dioses es soberbiamente superior, y éstos acaban obedeciéndole.

 

Versión española del propio Mario de Vero

                                                            que continuará en el próximo número

                          Camões y su efigie