Escritores Poetas de España

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JUAN E. LUENGO

 

El Zángano y la Flor

 

Capítulo 6

 

El zángano se fue a buscar comida :

 

- ¡Qué suerte tenía la flor – pensó – que come a sus horas sin preocupación alguna! Sí, no puede moverse; pero ya, a mi edad, me apetecería hacer una vida parecida a la suya... Estoy viejo – siguió pensando con tristeza -, ya no quiero más aventuras...

 

Mecánicamente se lanzó al espacio, para realizar ese trabajo diario que le permitía transformar en vida propia la vida de otros, y lo hacía con auténtica integración; pues, aceptaba que en la ruleta de la vida, en la que se juega a diario, un día saliera para él la bola que tiene escrito: “Hoy te toca a ti”.

 

Para alejar estos tristes pensamientos, pasó tangencialmente por la superficie de un arroyito que discurría con suavidad.

 

- ¡Qué fría...! ¡Qué fresca...! ¡Qué buena...! – dijo, por fin, a la tercera pasada.

 

Bebió y fue dando un cuidadoso repaso a unas coloreadas flores  que  ofrecían sus dones. Como avergonzado de penetrar en su intimidad para satisfacer su hambre, les hablaba a modo de disculpa, quizás recordando a “su” amada flor; pero, como no le contestaban, sintiéndose lejos de ella, comenzó a añorarla y quererla, considerándose parte de ella, a la vez que la tenía por algo suyo, y aspiraba a que fuera sólo de él, porque valía más y era diferente.

 

De pronto, sintió como un mazazo impresionante en la cabeza, un ahogo y un dolor en el pecho. Brutalmente, y no de forma casual, había entrado en contacto con la Verdad (que siempre nos visita cuando estamos preparados), esa luz a la que tanto tememos para no vernos como somos.

 

Fue para él como descubrir una dimensión más, como un punto de partida, un nuevo bautismo, que nos introduce en un mundo que trastoca el orden de los valores convencionales.

 

Tambaleante, se dijo impresionado:

 

- ¡Dios mío! He perdido la inocencia y no sabía que la tenía. Resulta que era ignorancia, pues desconocía que, NO SE PUEDE QUERER SIN PRETENDER POSEER.

 

Con los ojos bajos, regresó ensimismado a la hoja que le servía de albergue junto a su flor y, en silencio, bebió el cáliz de amargura que nos brinda la auténtica Verdad, desflorando alguna de nuestras muchas virginidades y convirtiéndonos repentinamente en auténticos adultos.

 

- ¿Estás bien? – preguntó la flor al observar que el vecino no hacía nada por comunicarse.

 

Tardó éste en contestar y lo hizo ocultando su momento de tristeza; pero la flor, con las dotes de observación que caracterizan al sedentario, insistió, no conforme con la respuesta recibida.

 

- Te pasa algo.

 

El zángano no quería mentir de nuevo ni decir crudamente la verdad; pues, no era quién para quemar el velo de la ilusión. Dudó un momento y se decidió a revelarla, aunque aplicándola sólo a su caso, y dijo:

 

- Estás esperando el relato de mis aventuras; pero te aseguro que perderíamos nuestro tiempo con ellas; pues, no han sido otra cosa que la demostración de que, sin saberlo, estaba recorriendo un camino cuya meta desconocía. ¿Para qué te voy a referir los pasos si lo importante es la llegada? Verás – continúo, dulcificando la voz con un tono humilde -, acabo de realizar la primera etapa. Cuando menos, la primera que considero merecer la pena.

Hoy sé que no soy capaz de dar nada. Aunque quiera, no puedo dedicar ni el más liviano de mis sentimientos a nadie, si no es a quien considere mío de alguna forma, porque, en el fondo (lo he visto), sólo puedo amarme a mí.

 

Con voz quebrada por la emoción y solemne, como si no fuera ella la que hablara, respondió la flor:

 

- Así es como podrás comprender y enseñar a los demás, como has hecho conmigo que, al escucharte, también me he sentido afectada.

 

Y, al decir esto, enmudeció para siempre, y la virginidad de su capullo se rompió para dar paso a la espléndida flor que, abierta por el sol abrasador de la Verdad, comenzó su última etapa, que terminaría, irremediablemente, con el zarpazo violento del viento terroso del otoño que habría de arrancarle su última hoja... En vano hablaba el zángano a su flor. Ni las exhortaciones, ni las palabras más dulces, ni sus sú8plicas y6 lamentos consiguieron sacarla del más absoluto y eterno de los silencios.

 

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Como para protegerla o, más bien, recrearse con su presencia, disfrutar de su aroma y jugar con ella, revoloteaba constantemente a su alrededor. A esa altura no volaban las abejas, porque su alimento estaba bastante más abajo; pero él, sin embargo, cuidaría de que nada entrase en su rosada corola y, a medida que respetaba, como vedado por su veneración, esa flor que era un símbolo, su amor fue creciendo y, con él, la necesidad de comunicarse con ella. El verla solamente no le satisfacía, tocarla no podía, porque estaba como enferma de silencio, callada para siempre, gastando a diario, irremediablemente, su vida.

 

Entristecido, se refugiaba largas horas, sumido en el silencio, en esa hoja deforme que era su morada.

 

- Sí, deforme – se dijo -, cuando antes me parecía sólo rara.

 

Y, entonces, observó que su color había palidecido y sus bordes estaban más abarquillados, y le vino a la cabeza lo diferente que es, en cada ser, el proceso de la existencia. Éste y otros pensamientos lo entretenían en sus momentos de recogimiento y, con la compañía de sí mismo, que hay quien llama soledad, suavizaba la angustia de la auténtica, que no es otra cosa que querer comunicarse sin conseguirlo.

 

- ¡Qué hermoso es – pensaba – intercambiar vivencias, ideas, palabras que siempre llenan y nunca satisfacen por completo!

 

El zángano siguió, algún tiempo más, vigilante de su flor, hasta que la tristeza que le producía verla deshojarse le resultó insoportable y, ya como muerta, enterrada en el aire la dejó.

 

Se alejaba definitivamente del lugar, cuando un pétalo de aquella flor, que ya era entrañable recuerdo, cabalgando sobre el viento como mensajero de una despedida, pasó junto a él y tembló.

 

 

 

 

... enterrada en el aire la dejó.

 

 

(dibujo del autor : Juan E Luengo)          Seguirá en el próximo número

 

 

 

 

 

CELESTE TORRES

 

Mirlo blanco

A Trinidad Grund,

que entró en mi vida una mañana de primavera

y sembró flores en la aridez del desierto.

 

I

 

Dime arcano secreto,

¿por qué siempre el destino pertinaz

me condena y me baña tenazmente

en sus playas desiertas,

con la húmeda copa turbia de la luz?

Esa luz que se escapa

tras la muralla oscura de las verdes campiñas

y se pierde en mis noches, alargando distancias.

 

¿Por qué atrancada y cerrada está la puerta

de sonrisas que antaño fueran flor?

¿Qué delito, que no se me perdona,

cometí en el hecho de vivir?

 

Pecado de omisión, quizás lo tuve:

anónimo, porque no fui consciente.

Echado sobre el viento y rapado de amargura,

dormí mi corazón.

Espero con la paciencia del mar,

que regresa constante a sus orillas

sin que nadie lo llame por su nombre.

 

Pero el dolor, solitario ladrón,

hiere la espera y se hace hondo,

como espada que busca

 

la humedad escondida, de la sangre.

 

Me abrazo a la soledad como amiga inseparable;

no intento despedirme de la vida,

aunque anclada me sienta

en los hilos de la monotonía.

 

Hay un camino que me busca en el misterio

y yo, que soy real ante tanta inconstancia,

asumo el amor anónimo

que me roba lo oscuro con un vacío cruel.

 

 

II

 

No fue ningún presagio, sólo el dolor;

el dolor cotidiano con su juego de niño,

ya casi adolescente.

Jugó con la cortina de la noche,

sobre la arena ardiente,

y me quemó con sombras la memoria.

 

Hay un pájaro extraño que me aisla insistente

en la mirada oscura del ciclo de la vida

y como un mirlo blanco,

con rabia se levanta del ocre de la tierra

que mancha su plumaje.

 

Quiero ser Ave Fénix creadora de sueños,

barnizar el pasado de la melancolía

y atar mi corazón a la esperanza nueva

de la renovación.

Detrás de los jardines de mi infancia,

hay una mano anciana que siempre me guió.

 

No se ahoga mi mundo en la quimera,

por más que intente el mar cubrir la arena;

pues la música le ofrece libertad a mis sentidos

y me elevo en las alas de la noche,

plagiando al ruiseñor con notas de cristal.

 

Yo lanzo al viento mi voz como un mensaje,

trino sonoro que clama libertad;

no es secuela ni cárcel la soledad buscada,

si la música y el canto la coronan.

 

Sé que hay más notas en el arpa de mi vida

que nacen cada día y me obligan a caminar.

 

 

 

Bañada de luz y sombras, Celeste recibe congratulaciones y flores,

después de una de sus exitosas actuaciones.

 

 

 

 

 

FRANCISCO ARANDA CADENAS

 

Aprendí cuanto pude de la teoría de conjuntos,
de las sutiles realidades de un grupo coral,
de los transeúntes en los pasos peatonales.
Alcé mi voz en Do sostenido cuando un tranquilo
pensamiento atravesaba mi garganta. Era hora
de regresar a casa; atrás quedó la academia,
el grupo de teatro, el canto, aquellos
' Early morning writings ' que ahora repaso
para crear mi tercer libro de poemas.
Aprendí cuanto pude, de las conversaciones
en un taxi, de la vendedora de pescado,
de las partidas de ajedrez con mi vecino Paco...
Todo cuanto pude aprendí y aun así soy
un extraño para mí mismo. Leí libros
místicos, de psicoanálisis, breves versos
que contenían el Universo. Observé
un solo mechón de tus cabellos, una brizna
de hierba en el microscopio, las gotas
de lluvia tras la ventana hasta que
me arranqué el corazón y lo puse en mi mano,
pero no le hice preguntas; él latía despacioso
conjugando verbos... Aprendí cuanto pude de cada eco
de la calle, de esas historias resumidas apoderadas
por el miedo; hube de tomármelo en serio
mientras me reía de mí mismo. Aprendí
cuanto pude de la intensidad de tus besos,
de la elegancia de tus pasos, de los paraguas
cuando no son necesarios, y qué sé yo
si no bastase con comprender un solo pétalo de rosa
o sencillamente gozar de su perfume surgido de los dominios de la música.


 

 

 

ANTONIO CARMONA

 

Me enredé en un Edipo y me perdí

en los escaques de un tablero.

Escuché una voz que me alertaba.

Visité un templo en Éfeso...

Disfruté viendo jugar a los niños

neandertales a carreras,

presencié suicidios de emperadores,

la danza de la lluvia,

la caída de Zeus en Rodas.

Conocí a una mujer.

Supe

que

hay tardes en poemas bajando por calles

y

una calle que baja

en cada niño.

Supe

de mujeres que se encargan

de pagar las facturas a los dioses

para que todo siga en orden. A las cuatro

de la tarde, toman el té.

Supe

que

no tengo más que un camino,

un desconocido

que me acompaña,

y

tengo

todos los días... En todos lloro.

Tengo un nombre y un fuego

que detiene a la noche,

una habitación a la calle,

por donde baja el mundo y las tardes.

 

Confieso

que nunca fui joven,

que nuca seré un hombre... Sin embargo,

tú me quieres,

tú que estás en todos los versos,

que

no hay un nombre para ti,

que eres todos los poemas.

Acabo.

 

Aquí está todo:

miel, hormigas,

el calor que no imaginaron los chamanes

y

este poema incendiándose.

 

 

Poema sacado del libro A CIERTA EDAD

 

 

 

Foto tomada en agosto 2008 por Mariette Cirerol

 

                                                              

 

 

ANSOFER

 

Las Arenas

 

Apacible era la mar.

Apacible eran los besos

que a las arenas doradas

les daba con embelezo.

 

Mas se hizo un huracán

y la mar enfurecida,

golpeaba las arenas

con crueles sacudidas.

 

¡Ah, las arenas lloraban,

porque el mar que las amaba

despiadado se volvió!

 

Melancólicas, calladas,

con el alma destrozada

la pena las envolvió.

 

 

Fotografiado en las Navidades de 2008, por Mariette

 

 

 

 

JOSÉ LUIS DEL CASTILLO

 

(A Consuelo)

 

No mientes al decir que tus antojos

procuré complacer, bella Consuelo,

que estuve loco en este pobre suelo

a veces soportando tus enojos.

 

Que me perdieron tus lindos labios rojos

que del Sol que te alumbra tuve celo

y que en la noche de tu negro pelo

no me importó perderme y en tus ojos

 

quise encontrar para mis males cura.

Al junco que se mece en la ribera

comparé muchas veces tu cintura.

 

No pretendas ponerme ahora en apuros

que aunque admiré tu linda primavera

no te puedo prestar veinte mil duros.

 

 

De su libro DESDE MI CASTILLO: Sevilla, 2002

 

 

Un billete de mil de las antiguas pesetas

 

 

 

 

MARÍA VEGA

 

Adiós peseta

 

La peseta es una anciana,

muy curtida en dura lid,

que, según todos proclaman,

está próxima a morir.

 

Refieren que está delgada,

chiquita y de mal color

y padece de hace lustros,

falta de circulación.

 

Sin embargo ella nos cuenta

un pasado vigoroso

y, recordando su vida

se estremece de alborozo.

 

Preguntad a vuestros abuelos,

que suspiran por mí,

yo era dama plateada,

difícil de conseguir.

 

Aquellos años pasados,

que yo era joven coqueta,

vi a más de un caballero

llorar por una peseta.

 

Luego los tiempos pasaron,

y, aunque con vida azarosa,

allá en los años cuarenta

fui una rubia peligrosa.

 

Muy querida y deseada,

todos lucharon por mí

y tuve varias moradas:

desde un cofre a un calcetín.

 

Me acusan de varias caras

y servir con mi caudal

Repúblicas, Monarquías

y también a un General.

 

Me amaron las clases altas,

y, para evitar pesares,

no viví en las casas pobres

sino en casas señoriales.

 

De nuevo alteré mi vida,

llegó la Constitución,

adelgacé en pocos días

y hasta cambié de color.

 

La nueva clase política

me iba a democratizar

y yo tendría que servir

todo el mundo por igual.

 

Más pronto cambió mi suerte

y acabaron mis desvelos,

haciéndome compañera

de Partidos y Banqueros.

 

Ahora se cansan de mí

y me dan un puntapié,

cambiándome por un Euro

que nadie sabe quién es.

 

Y, aunque este Euro me humilla

y no me da mis honores,

que no le mienten al Dólar,

que le salen los colores.

 

 

 

 

 

 

 

 

RAÚL CALZADO ALMARZA

 

INVISIBLE

como el rastro

de tus pisadas en el suelo,

o el eco de tu voz en las montañas,

como el olor de la brisa en el mar.

 

Aquí quedará

todo el odio y el amor

que hayas sembrado

y que recordarán

los amigos y enemigos,

 

tal vez tus perros

o los gatos,

los caballos...

 

Tal vez te llorarán.

 

Aquí se perderán

tus pieles y abrigos,

tus coches y las joyas.

 

Y cuando no quede de ti

ni tu nombre

ni una cruz

en el cementerio,

 

ya me dirás por qué has vivido

tantas penas y alegrías,

después de haber gozado

de todo lo bueno

y haber sufrido tanto malo.

 

Y tal vez te preguntes

para qué andar por la vida

calzado de zapatos

 

o si es mejor andar de alpargatas.

 

 

 

 

 

SALVADOR RAMÍREZ VÁZQUEZ

 

GAIA, el Planeta

 

Al final como al principio

y en medio de la nada

ahora se sostiene

de tu mirada terca

sobre el ser que solemne

es ya completamente ser.

 

Ahí está tu mirada obstinada

¿Cómo es que no se arrepiente

de ser ahora? Cuando un ave tremenda

da el aviso urgente

al precario moloso,

gozque silente,

de que se acerca

el “humus” tranquilo

de tu mirada de hombre. ¡Oh terca mirada!

 

¡Ah, visión repetida

que gira inerte

como el planeta,

siempre en aviso

del desastre tan próximo que se avecina!

 

De complexión fuerte

la tierra milenaria –

humilde glosa –

se aleja a su muerte.

 

Y la consuela de haber perdido al hombre-

¡Ah humilde Gaia,

TERRA INCOGNITA!

 

 

 

 

 

 

MARI ÁNGELES CASTILLO ROMERO

 

Timidez

 

¿Dónde se perdió tu nombre?

¿En qué lugar innombrable sorteaste la ilusión

para no poder girar la mirada y buscarla?

Quisiera alcanzar con mis manos tu cráneo

y limpiar las tormentas de excrementos

que limitan tu existencia.

Te retuerces... ¡ y no gritas !

Ni despliegas tus pasos abandonados

ni la conquista te afana.

Bebes la vida de otros

tras tus ojos esquivos.

No te atreves a caminar

con multitud en las calles

que también te pertenecen.

Es señal de que giras entre nosotros,

danzando en tu timidez enferma,

porque aún te sentimos respirar.

¿Quién te impide acercarte a la vida?

Rompe las cerraduras y se tú,

pues los laberintos también tienen salida.

 

 

De su libro: DESDE LA CUNA DE TOTALÁN

 

 

 

 

 

 

 

FERNANDO PENÍN LÓPEZ-TERRADAS

 

 

De algunos ojos

 

La rosa no ocupa

un lugar muy corto,

y el polvo no ensucia

con amor y todo.

¡No!

¡Más amor, más flor!

 

De algunos ojos

vemos.

De algunos ojos...

Mejores los proyectos,

peor los logros.

Pero, aun sin logros

y sin proyectos, vemos

de algunos ojos.

 

El río desemboca; el mar se abre

y se explica en la tierra y en el cielo.

Expliquémonos juntos,

dulcemente precisos, expliquémonos.

 

 

Ojos: del humano,            de la abeja,                  del águila

 

 

 

 

 

 

JOSEFA GABRIELA MORENO GÓMEZ

 

Don Palomo

  

Jugaba a la puerta de casa con mi muñeca de trapo a la que había puesto un vestidito azul que le había hecho mi madre. Unos niños traviesos tiraban piedras, unos metros más allá, al jardín de una casa deshabitada que causaba miedo a todos los niños del pueblo; ya que, de ella se decía que la habitó un hombre huraño que nunca trataba con ningún vecino y, cierto día, desapareció sin que nadie supiera de donde vino ni a donde marchó. Los altos de la casa eran ocupados por palomos que iban y venían de los distintos palomares de los alrededores. Ese día un palomo vino a caer delante de mí, no sé si fue por la caída o por causa de una pedrada de los niños; lo cierto es que el pobre se arrastró por la acera agitando un ala y sin poder volar. Toda conmovida lo recogí, acaricié e intenté tranquilizarlo. Los niños vinieron hacia mí para quitármelo, mas yo lo agarré fuerte contra mi pecho y corrí a refugiarme en el zaguán de casa, con tan mala suerte que se me cayó la muñeca  que llevaba, y uno de los niños se puso a darle patadas y a lanzarla por el aire. Coloqué al palomo en el rincón que había detrás de la puerta y salí a pedirles la muñeca. No me hicieron caso, les amenacé con hablar con sus padres. Para nada, se rieron de mí y la muñeca fue proyectada por lo alto de las tapias del tenebroso jardín. De nada sirvieron mis llantos y mis súplicas, ningún niño ni adulto se atrevería a saltar aquellas tapias. Mi madre salió al oír mis gritos y me consoló diciéndome que me haría otra muñeca igual que la que había perdido. Más tranquila con esta promesa entré en casa; no sin antes recoger al palomo herido que  tenía  la   patita  izquierda  quebrada.  Se la entablille con unas astillas de caña e hilo de coser, lo puse en una caja de cartón, le di trigo y agua, y todos los días le cambiaba las hojas de periódico del fondo. Mis hermanos me decían que el palomo era muy señorito y que se estaba acostumbrando a la buena vida: le llamaban Don Palomo.

 

Pasado un mes, cuando vi que ya se ponía derecho dentro de la caja, lo puse en el suelo para ver si andaba, y me dio la gran alegría de caminar. Entonces, le quité el entablillado y noté que los resultados eran extraordinarios, pues la soldadura del hueso era firme; aunque un poco basta.

 

Don Palomo andaba bien, sólo renqueaba un poco. Agitó las alas y a punto estuvo de estamparse contra los cristales de la ventana.

 

Aun se quedó en casa cinco días más. Me dolía apartarme de él pero comprendí que tenía que volar e irse a su palomar con su familia, así que una mañana le subí a la terraza de casa, le acaricié el plumaje, le miré a los ojitos, le besé y abrí mis manos para que se marchara. Él me miró y con dos rápidos movimientos de cabeza, sacudió las alas y levantó el vuelo. Lo seguí con la mirada, viéndole posarse y entrar en la casa misteriosa.

 

A partir de ese día, subía muchas veces a la terraza a ver si lo veía de nuevo. Le pedí a mi madre que no tendiese allí la ropa  por miedo a que los trapos lo asustaran; y que le echara trigo.

 

Vinieron muchos palomos; pero ninguno era él.

 

Por fin le di por perdido y agarrada a mi muñeca de trapo, la que mamá me hizo para suplir a la que los niños tiraron, paseaba alrededor de la casa misteriosa, casi siempre mirando hacia   arriba,   cuando  iban   y   venían  los  palomos,   por  si

reconocía la patita o, pensaba, inocente, que al verme bajaría hacia mí.

 

Un día me di cuenta que ya no me daba susto la casa y que sería capaz de entrar en ella y buscar en su desván por si en uno de sus rincones estaba mi amigo. Me encontraba en estas reflexiones, sentada en el escalón de aquella casa, con mi muñeca en la falda, cuando un descorrer de cerrojos detrás de mí me dejó paralizada. A continuación, un chirriar de goznes oxidados y la impresión de que alguien me estaba mirando desde arriba. Levanté la vista y vi a un hombre, casi anciano, vestido de gris, que me sonreía. Di un salto y me dispuse a irme de allí: “No te vayas pequeña - me dijo con una dulce voz-  espera, te daré una cosa.

 

Entró, dejando la enorme puerta de hierro entreabierta. Cojeando un poco, se acercó a un rosal que crecía a su libre albedrío. Cortó una rosa, y de entre sus ramas, extrajo mi muñeca. Me entregó las dos cosas diciendo: “La rosa por tu buen corazón y la muñeca porque es tuya, ya que llevas su gemela.

 

“¿Podría buscarme a Don Palomo?- le pregunté con ilusión.” “No, a tanto no llego; mas no pierdas la esperanza de encontrarlo una mañana, asomado a tu ventana.” Cerró la puerta, con los mismos chirridos y sin borrar la sonrisa.

 

Cuando se lo dije a mis padres, llamaron a la casa para conocerle y no salió nadie. Llegaron a dudar de mí, a decir que me habría quedado dormida y lo habría soñado; pero allí estaba la muñeca y la rosa... Yo no dudaba... Y por si acaso, todas las mañanas estaba pendiente de la ventana. Cuando por fin Don Palomo se posó en ella y no salió huyendo al abrirla, comencé a hacerme otras preguntas para las que aún no he encontrado respuesta.  

 

 

Málaga 28-6-2008

 

 

 

 

 

MARÍA ANGUSTIAS MORENO BARRIOS

 

 

El Alcornoque
 
Alcornoque que expandes tu sombra,
a lo más amplio del huerto,
mira hacía abajo y verás,
qué hermoso es lo nuestro.
 
Somos dos adolescentes
que tu tronco han herido,
con un corazón, un te quiero;
y, un, nunca te olvido.
 

 

 

 

 

 

 

ESMAR

 

No son palabras tu voz...

No son palabras.

 

Tu voz...

Cálida brisa en la madrugada.

Ternura de infinitos sueños

en mi ser.

Caricia escondida

de tus dedos sobre mi piel.

 

No son palabras tu voz...

 

Infinito cauce de sonrisas.

Serena armonía de belleza.

Hermosa propuesta de amor.

 

Susurro de gritos y silencios

que hacen vibrar mi alma

y mi cuerpo

en nuevo concierto de AMOR...

 

 

 

 

 

 

 

 

JESÚS DUMONT

 

– ¡Fresquita! ¡Fresquita el agua! –

 

No se escucha al botijero

que al despuntar la mañana,

recorría los jardines

y las calles y las plazas

de aquel Madrid, que dormido,

al verano despertaba,

con el amor hecho verso

y la ilusión hecha alma.

 

Madrid de los años mozos,

de las palomas, posadas

únicas, junto a Correos,

torcaces y enamoradas,

emblemas de aquellos tiempos,

de recuerdos y nostalgias,

donde hasta el soplo del viento,

tenue los labios besaba.

Cuando el parque del Retiro,

al nuevo sol despertaba,

poniendo nimbos de luces

sobre las plantas mojadas

por el llanto del rocío

que entre las hierbas brillaba.

Senderos que recorrieron

parejas enamoradas

en un resiento de ensueño

con promesas y esperanzas.

 

He visto sobre el estanque,

sobre sus ondas de plata,

un palacio de cristal

y un surtidor de esmeralda

que entre sollozos bajaba.

 

He visto, como en un sueño

hecho conjuro de magia,

surgir del fondo del lago

peces de oro y de nácar;

Surcar el espejo roto

de su tersura azogada;

plumajes de cisnes blancos

y aves que abaten sus alas;

los espectros misteriosos

de las frondas milenarias

y un sortilegio de luces,

colores, flores y plantas;

y allá, a lo lejos, el grito

del botijero que pasa,

bebiendo a sorbos la tarde,

cuando la tarde se acaba:

 

¡Fresquita! ¡Fresquita el agua!

 

 

Estatua del botijero, en Guipúzcoa, España

 

 

 

 

 

 

JOSÉ CAMPOS TALLÓN

 

Lancé una flecha de amor

-y antes de llegar a su destino

una mano de las envidias la rompió,

siendo la muralla que supo impedir

aquel mensaje sentido.

 

Y cuando ahora voy andando en la vida,

- solitario sin aquella compañía de ilusión,

me hago a veces la pregunta:

 

¿Quién pudo ser el intruso

que fue mano de cerrar caminos,

decidiendo otro final del futuro?

 

Más la grandeza del vivir

todo lo supera, y aquella pena

ahora se vuelve sonrisa,

como lo hace el payaso del circo

que sabe llorar con risas

y esconder en su disfraz y larga peluca

el dolor de un alma que suplica.

 

En la senda de mi existir sigo

caravana errante que en zig-zag

va pidiendo limosnas de amores

y mi corazón sabe guardar

los sentimientos dormidos.

 

 

Priego de Córdoba

14 de julio de 2006 – 8 de la tarde –

 

 

 

 

 

 

 

DIMAS COELLO

 

 

La señal de la cruz

 

La candela se apaga. La titilante vida en la Cruz, termina. El atormentado cuerpo, expira. La llama rutilante, hostiga al sacrificio. Clavado de pies y manos, muere, para cumplir su destino. Es un agrio camino de tortura, junto al madero. Lamparilla, que es símbolo para las ánimas. Lo espiritual a ese misticismo, es la resurrección, como hecho mágico, en lo ultraterreno o metafísico. Un secreto revelado, por lo piadoso. Un hecho indescifrable a esa contemplación divina. Reserva en lo impenetrable, que por enajenamiento, vive en el creyente. Intimidad, en el ara de un madero. Luz estática, a ese éxtasis que el pintor recrea en un garabato. Cordura a una cobarde acción. Extraña fuerza sobrenatural pero inhumana, ante tan menguada y temerosa acción de un discípulo miedoso, que asustadizo se hace cómplice de la muerte. Otros, lo niegan. Novedoso misterio, que lo hace más divino. De ahí lo sereno de la imagen, ante tan cruel sacrificio. Por eso, al interpretar la figura de Jesús, es duda fácil al concebirlo con un exaltado sentimiento, al querer quitar el dolor de los clavos o al limpiar la sangre de un cuerpo amoratado por el látigo, que ha marcado en verdugones, la carne de un Hombre Inocente. Si por misionar la Verdad, es Reo de Muerte, ¿qué dice el pueblo de su doctrina? Difícil fue predicar su “Verdad” como su Reino, “que no era de este mundo”. La muerte de Jesús, vale, para honrar su santo nombre, en ese paradisíaco destino que en lo eterno, conmueve, al oír las bienaventuranzas. Desligarse de la Señal de la Cruz, es imposible, porque el sino de cada persona, está oculto en esa palmatoria que vive y centellea en estremecimiento, al chispear con agitada pasión, el espíritu religioso.

 

 

 

 

 

 

 

 

JUAN JOSÉ ARCHILLA PINTIDURA

 

 

El Elefante Cósmico

 

El elefante cósmico,

con sus patitas de pollo

deja una huella indeleble

en el firmamento,

como la pisada de Amstrong

sobre la  luna.

El elefante cósmico

desaparece en un agujero negro,

como la tinta impresa sobre el papel.

El elefante cósmico,

con su piel rugosa como el destino incierto,

deambula perdido por la sabana

sin hollar la arena.

 

 

Pasadizo, fotografiado por J. J. Archilla

 

 

 

 

 

 

Manuel Garrido

 

Pienso en mí

Pienso en mí

para llegar a conocerme.

Pero no lo consigo.

Me abandono a mi cerebro

y con el diálogo.

En el mismo instante

intenta mostrarme lo bello

y casi me convence.

Me convence de que soy hombre,

que vivo y duermo,

que la gente espera,

que el mundo se mueve

y no estamos solos.

Aunque yo, puede que sí.

Que amor con amor se paga.

Mi cerebro, lo cree.

Yo no pienso así.

El amor pasa como pasa el viento,

y no regresa.

Y cuando por error lo hace,

no cabe.

Su alcoba está vacía,

sólo la ocupa falsas ilusiones.

Me canso de esperar.

Me canso de mí mismo

y del universo.

Mientras tanto,

sigo esperando junto al mar,

porque el mar y su brisa,

algún día me darán la respuesta.

 

 

 

 

 

Antonio-S. Urbaneja Fernández

 

La mirada del perro

 

Esa mirada del perro

tan fija y sostenida

es advertencia, recuerdo,

amenaza mantenida

de cuanto deja si pierde

decisiones compartidas

y dolorosos empeños

que enseñan una vida

marcada por las vivencias

que te recuerdan los sueños,

marchitando tu paciencia

esos tan extraños dueños

que te mantienen alerta,

con el corazón abierto

y la razón tan dispuesta.

 

Sentado estaba en la silla

con el rabo recogido

y actitud tan sencilla

que parecía sumido

en un sueño solapado,

los ojos medio cerrados

y el interés mantenido.

Era un perro encastado

a su instinto sometido.

 

 

 

 

 

 

Emilio Ballesteros

 

¿Para qué la palabra?

 

¿Para qué la palabra?

¿Para nombrar las cosas que los dedos señalan,

que el oído ya escucha,

que los ojos ya saben?

¿Para llamar al viento,

para contar los granos...?

 

¿Para qué la palabra?

Si las piedras ya pesan

y la hierba es lozana...

¿Para sembrar la tierra?

¿Para criar ganado?

¿Para cambiar de mano?

 

No.

¿Para qué la palabra?

La palabra es la fuerza

y rompe lo cercado.

Es la que abre las puertas

a lo no visitado.

La que deja en el aire

un temblor ignorado.

 

¿Para qué la palabra?

Para saber que el humo

se dispersa en la noche

y que un polvo de estrellas,

como niebla que se abre,

nos espera en la calle.

Para saber que habita

en la carne un misterio

que no puede medirse.

Para que al pronunciarlo

resuenen en sus ecos

los cristales del tiempo.

 

Para saber que luego

sólo queda el silencio.

 

 

 

 

 

 

 

 

Pilar González Rubio

 

Mi patio

 

¿Qué será de nuestros patios andaluces?

¡Qué lástima de ese trozo de Andalucía,

de nuestras raíces,

de esas huellas de mi Andalucía,

de luz y color con sus cerámicas sevillanas...!

 

Ese relieve de hermosos diseños,

ánforas con ramos y colores

llenos de alegría y de primavera...

Madera noble de pino rojo:

¡Ese Cristo doloroso con farolillos de latón,

cristal y color...!

¡Hermosas rejas con sus penachos ondulantes...

 

¡Ay, mi patio...!

Con su nido de golondrinas lleno de vida,

con sus gorgoteos pidiendo comida...

 

¿Qué será de la buena sombra que disfrutan mis plantas?,

¿de ese “alo” de vida

que se respira en los patios de mi Andalucía...?:

¿Por qué los condenan

y destruyen para hacer cajas de cemento

que endurecen nuestros corazones andaluces?

 

¡Ay, mi patio! Que lo han condenado en Málaga.

¡Qué pena!

¡Ay, mi patio!

¡Ay, mi Andalucía!

Y se me va de las manos mi alegría...

 

 

 

 

 

 

 

María Consolación Mateos

 

El viejo abuelo

 

Se marchó, se marchó la uva ya de su parra

y la hoja seca cayó en su campo.

Se marchó la tarde, se marchó el día.

Se va perdiendo los años

hasta envejecer, abuelo.

 

Y hoy ya cansado y viejo,

recuerda con tanto anhelo

aquellos años dorados

y los chiquillos jugando en los atardeceres rojos,

el agua burbujeando,

con la flor y el alelí.

 

Ya no queda nada abuelo,

sino el tallo sin su flor.

Ya se marchó, se marchó,

pues un día aquí estuvo

con aquello que dejó.

Todo pasa, va pasando,

pero permíteme Usted

que un paréntesis yo haga.

 

Mas ¿qué queda atrás de mí?

fue el fruto de mis hijos;

y así podré yo morir

con la semilla que dejo

para que puedan vivir.

 

Y se fue el abuelo, se fue el abuelo.

Ya sólo queda el recuerdo.

 

 

 

 

 

 

María del Carmen Guzmán

 

Yo  Soy   el Viento

 

Yo soy el viento,

el que sopla en tus noches heladas

y encrespa las olas,

el aire enloquecido,

el que transforma en látigo

tus cabellos de seda,

el que llena las velas de los blancos veleros,

un repicar de dedos sobre el cristal mojado,

coreografía de trapos bailarines

danzando en los cordeles,

una orgía de ramas,

un silbar de serpientes,

un aullar de mastines,

vertiginoso giro de papeles,

un tremolar remoto de mar embravecido,

un alar desgajado,

un álamo abatido

y el jazminero atónito y desnudo.

 

Yo soy el viento amargo

silbando en el desierto,

el azote en la tundra,

el beso en el verano,

la tempestad furiosa

derribando palmeras.

Cálido, frío, brisa y huracán.

Silente, esplendoroso

acariciando el pasto.

Siroco, vendaval,

viento solano,

el que roba los sueños de los niños,

el que llega en la noche, solapado

para arrancarte el alma.

 

Primer premio de Poesía Romanillos de Medinaceli (Soria)

 

El viento sopla, por Marlet (1847-1914)

 

 

 

 

 

 

 

Antonia Bravo Calderón

 

Fuera

 

Hay un proverbio que dice, “fuera”.

Fuera todo aquello que te invade,

que destruye,

que cambia de color y no se ve la tierra.

El fuego quema y arde,

mezquina mañana, que llegó a cegarte,

como cegó el fuego de tu alma y tu amor.

Fuera las calles vacías,

fuera el color opaco,

fuera todo colorido que oscurece la vida.

Fuera. ¡Fuera por el amor de Dios!

Que nadie venga destruyendo la tierra

para alcanzar el imperio de un material sin color.

Fuera las guerras, los niños sin techos.

Fuera el poder y que triunfe el amor

y que todos los pueblos unidos

no tengan razas ni color.

Sólo una misma bandera, con una paloma blanca,

símbolo de paz y de amor.

 

 

 

 

 

 

 

José Gil Martín

 

 

          Rafael Santana

Figura inolvidable

 

En Canarias tú fuiste el sol

que brilló con la luz de la ciencia,

que alumbró al que a ti se acercaba

a la SANRO, que era tu empresa.

 

Tu memoria produce dolor,

pues tus dotes de sabio nos dejan;

pero Dios en el Cielo te ofrece

el seguir derramando grandezas.

 

Te buscaba extendiendo mis brazos

en los aires con pena  y tristeza,

cuando supe que habías dejado

una vida de tantas empresas:

¡Por servir y valer para todos

 

entregaste tu vida completa!

Lo que tú trabajaste por otros

se merece una gran recompensa.

 

Te buscaba, mi amigo, y decía:

¿Dónde, dónde, mi amigo, te encuentras?...

¿Dónde estás, mi querido Santana?...

No te encuentro creando en la tierra:

¡porque estás en el Cielo con Dios

ya gozando de  glorias eternas!

 

¡Oh qué mente tan sabia y fecunda

fue tu vida en las tres Academias!

¡Esas  obras y esfuerzos en SANRO

le sumaron a  Las Palmas grandezas!

Tus valores  llegaron al mundo

con tu pluma de altas ideas

que alumbraron las mentes oscuras

con valores  más ricos que estrellas...

 

Solitario, suspiro sin ti

y te busco en despachos y agencias

con el alma transida en dolor,

porque ya en las Canarias no creas.

 

Yo veía en el Cielo una nube

solitaria, alejada y serena,

y en la nube tu cara veía

sonriendo a mis ojos, contenta.

 

Se agotaba mi aliento esa noche

recordando tu imagen con pena

cual  palmera sin riego del agua

que suspira y se muere reseca.

 

¡Y tu amor yo lo siento en mi pecho

 

como triste y sedienta azucena!

pues tu vida ofrecía servicios

de escritor, creador de bellezas.

 

A la estancia que vives con Dios

en mis Misas el alma se eleva

recordando tu vida en la mía

y le ruego a Dios que te  tenga

en su gloria gozando de paz

como un ángel que en Dios se recrea.

 

Tu familia jamás ya te olvida

ni tus nobles obreros de empresa.

¡Tus amigos no olvidan tu vida

y con gratos recuerdos se quedan!

 

Málaga, 3 de octubre de 2007

con todo amor y admiración

José Gil Martín

 

 

 

 

 

 

Adelina Pérez Blaya

 

 

Extraña, etérea fruta

 

¡Qué ansias de besos,

de besos ardientes!

¡Suben con mi aliento,

rodean mi frente!
¡Penetran mi cuerpo,

anublan mi mente!

¡Qué peso de besos!

Me ahogan, me doblan

¿Sabes lo que es eso?

¡Estoy florecida, arrollada

crecida de besos!

Me pesa en los ojos
todo lo que anhelo
me pesa en las manos
lo que no es tu cuerpo.

Soy un árbol cargado de frutos,
de frutos de besos.

Los respiro y me van embriagando
como un vino nuevo,

como mariposas buscando mi boca,
y otra boca donde quedar presos.

¡Si pudiera cargar con los tuyos,
que alivio a mi peso!

 

 

 

Strange, ethereal fruit

Versión inglesa por Mariette Cirerol

 

What a long for kisses,

ardent kisses!

They come up with my breath

encircling my brow!

They go into my body

annulling my mind..

What a weight from kisses!

They suffocate, bend me!

Do you know what is that?

I am blooming, growing.

I am crushed by kisses.

My eyes are heavy

from all I long for.

My hands are heavy

from what is not your body.

I am a tree full of fruits,

fruits of kisses.

I breathe in their smell and they make me drunk

like a new wine,

like butterflies searching my mouth,

and another mouth where to remain prisoners.

If only I could carry yours,

what a relief for my weight!

 

 

 

Arrangement from a photo of  J.J. Archilla Pintidura

 

 

 

 

 

 

Ramón Álvarez Jiménez

 

En esencia

 

No esperes luces de amaneceres,

destellan en horas etéreas.

No busques ternura en besos,

ignoran tu alma hambrienta.

No implores con la mirada,

nadie atiende tu silencio.

No juegues a soñar despierto

en un mundo vil y pérfido.

Todo cuanto tú buscas,

lo hallarás sin esfuerzo.

Cristalizará un día en colores

y alegrará tu senda.

Sólo tendrá un nombre:

¡Amor en verdadera esencia!

 

 

Granada, 21 de febrero de 2002

 

 

 

 

 

Medardo Ramos

 

Don Juan el bigotudo

 

En la mañana despliega,

se empieza el alba a mostrar.

Se escuchan los pajarillos

con su canto singular.

 

En el silencio sereno,

junto al bar “La paloma”,

en la calle del tranvía,

allá, Don Juan se asoma.

 

Su costumbre matutina

es hacer: ¡a jam!, sin más;

por si alguien no le ha visto,

por si cuenta no te das.

 

Da un silbido, soplo suave,

y luego empieza a mirar.

Da su primer paso firme,

la manga hace estirar.

 

Su bastón, forrado en cuero.

Zapatos, relucientes.

Peinado de raya en medio.

Se ve un “Gardel” de frente.

 

Traje antiguo que es de rayas.

Con su camisa blanca.

Con su corbata de antaño.

De orgullo, ¡no se estanca!... ¿?

 

Por debajo de los ojos,

gafas de medio cristal.

Se las pone como adorno,

porque él, no se ve mal.

 

Pero al mirar su semblante

destaca su mostacho.

Hasta incluso se echa laca.

¡Don Juan, no es un muchacho!...

 

Su gran bigote enroscado,

lo ve de gran prestigio.

¡¡Pero cuando ha sonreído,

a alguien sacó de quicio!...

 

Al castañero de enfrente.

¡Pues en otoño estamos!

Se rió al ver su sonrisa.

¿Por qué?, ¿nos acercamos?...

 

Diente de oro entre los fijos.

Mastica sin trabajo.

Pero en medio una gran mella,

y otra también abajo.

 

Don Juan ya está caminando,

barriga hacia delante.

¡No se ve “hombre cualquiera”,

parece “un almirante”!...

 

Los vecinos ya le miran,

pendientes de él están.

Y le dice cada uno:

¡Muy buenos días, “Don Juan”!...

 

¡Ay Señor, vaya qué hombre!...

Es único, sin dudas.

¡Allá va a hacer su jornada,

con cosas tan agudas!... ¿?

 

¡Oh, qué tendrá él en su mente!...

¡Cuánto hará hasta la noche!...

Aunque monótona vida...

“Merece de oro un broche”.

 

 

¿Podría ser Don Juan?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IN MEMORIAM

Emilio García Espinar

 

El primer día de febrero de 2010, en la reunión semanal de los lunes del SNEE, me comunican el deceso de nuestro querido amigo y poeta, acaecido a finales de enero. Era una gran persona y un remarcable poeta. Nos visitó hace poco en la tertulia, y, si no me equivoco, nos dijo que tenía 92 años. Tuvo una larga vida, aunque al final, si te encuentras aceptablemente bien, siempre te parece corta.

Que descanse en paz!...

 

A continuación: algunos poemas suyos para no olvidarlo:

 

 

DESENCANTO

 

Todos venimos al mundo

coronados de  antemano;

unos de plata y de oro,

otros de espinas y esparto:

y es que el destino inicial

va marcando a los humanos

con risas y cantos algunos;

los más, con tristeza y llanto.

Yo he venido al mundo así,

desnudo de amor y salmos,

solitario por la vida

con mi angustia y desencanto.

Sólo me queda el consuelo

de saber que pronto espero

una vida de esperanza,

en la inmortalidad del cielo.

 

 

 

Desesperación

 

La conciencia es la esencia

del espíritu del alma,

donde detrás de la calma,

busca la fusión gemela,

de esa sustancia que falta.

Y entonces te desespera,

y pierdes las esperanzas.

Mas yo te aconsejo la espera;

que después de la tempestad

siempre viene la templanza,

llena de serenidad.

 

 

 

 

VACÍO

 

He perdido muchos años

en vulgares cosas vanas.

Hoy siento un gran vacío

en el fondo de mi alma;

siempre echando de menos

lo mucho que me faltaba

y lo largo que se hacía

aquello que no llegaba.

Hoy al final de mis años,

siento que todo se acaba.

 

 

 

INSOMNIO

 

Cuando en la noche callada

es imposible mi sueño,

ciñendo la sábana blanca

como un sudario mi cuerpo,

en mi mente se atropellan

imágenes del recuerdo,

sin lograr poner en vano,

tantos y tan bellos momentos.

 

 

 

Pesar

 

Cuando dijiste: ¡me voy!

mi ardiente espiral de fuego

se tornó en blanco sudario

que me heló todo el cuerpo.

Desde entonces voy errante

sin rumbo fijo e incierto

mendigando inútilmente,

un amor que en vano encuentro.

 

 

 

DESTINO

 

A veces el destino injusto,

va marcando en este mundo

el justo y el pecador.

Mas no veo la razón

de este destino tan cruel,

en que a veces el pecado es bien,

y el justo es el pecador.

 

 

 

 

 

 

 

Mercedes Reina Rosillo

 

Renovación

 

¡Vamos!, allí donde se conjuga

la piedra con el agua

en la antigua ciudad

que tiene ya

muros verdecidos

con fondo de romanzas.

 

¡Vamos!, la ciudad brota

cada mañana de sus viejos

cimientos, y nos hace la vida

ALEGRE