IN MEMORIAM

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Mario de Vero

 

- Fallecido a principios de junio 2006 –

 

 

 

El Vecino de Casa

- cuarta parte –

 

 

Sigamos ahora a los navegantes en algunas etapas de su camino.

 

Tras salir de su patria lusitana, y después de muchas semanas de travesía en que habían visto el sol levantándose a la izquierda, notan los marinos que las luces del alba empiezan a alumbrarles de frente: han llegado al fin a la punta extrema de África. No habría hecho falta que algún Hércules austral pusiera sus columnas, para amonestar que no se fuera más allá. Ya se sabía que Gibraltar y el Canal de la Mancha, lugares favoritos de tempestades, debían esta característica al comunicarse dos mares con el Atlántico; y si con respecto a éste los dos mares eran pequeños, aquí chocaban las aguas de dos océanos. El peligro se concreta y asume semblante humano: ante las naves se forma un enorme remolino y de las profundidades del mar surge el gigante de roca, amenazador e irritado. “Soy el Cabo de las Tormentas, de las dos partes del mundo austral rey soberano. Por mí, se va de Europa a Cipango, de las Indias a Taprobana.  Desde el comienzo de los siglos yo impero y guardo los confines que he marcado. Nadie se ha atrevido a franquearlos, y nunca las gentes del Sol naciente encontrarán a las de donde el Sol muere. Esto yo he establecido. Te castigaré a ti, hombre, y a tu osadía.

 

El hombre tiembla, pero va adelante. Las fuerzas de la Naturaleza se desencadenan, y estalla la tempestad. Una gran nube negra aparece, aumenta el viento y las velas se agitan cada vez más. “¡Alerta! ¡Amaina la gran vela!”, es el grito general. No hay tiempo. Con un ruido ensordecedor la vela mayor se vuela, convertida en pedazos por los feroces vientos; la cubierta se cubre de agua. Los soldados corren a la bomba, contrastados por los balances temerosos del mar; las olas se hacen altísimas. Ora, dice el poeta, las olas del furibundo dios les sube a las nubes; ora parece que los balances les hagan tocar el fondo del mar. La noche oscura se iluminaba de rayos “con que el polo se inflamaba”. Los mismos delfines se hunden en las cuevas más profundas del océano, y ni siquiera allí se sienten seguros. Arranca el mar arena de su fondo, y las olas la arrojan a las naves. “Ni las hondas arenas” pensaron “que pudiese // tanto el mar, que sobre él las revolviese”.

 

Llega el alba y alumbra el mar, un mar ya en calma. Los marinos han vencido. Con las primeras luces miran en torno. Hay muchos daños en los barcos. Se cuentan: algunos de sus compañeros ya no están con ellos. Pero han franqueado el cabo, si bien a costa de una batalla y de la pérdida de amigos valientes y queridos. El viaje es largo todavía y otras pruebas les esperan; a cambio, desde ahora el sol se levantará cada día frente a la proa. Ya no tendrán temor a las tormentas: la batalla les ha aumentado la actitud decidida, y la esperanza. Pues adelante. Hasta donde les lleve el coraje y el destino de ser hombres.

Oiría el gigante, vencido y humillado, las dos palabras, respuesta a su amenaza de antes: Plus Ultra.

 

La travesía prosigue. No todos los hechos del viaje son bélicos y dramáticos, hay periodos de reflexión y sereno relajamiento. El rey negro de Melinde (en el actual Kenia), acoge festivamente a los navegantes y manifiesta interés por saber el origen de esta gente y los acontecimientos del viaje hasta allí. Vasco refiere al rey los varios sucesos de la travesía, no sin enfatizar que su viaje ha sido incomparablemente más largo y peligroso que los de Ulises y Eneas – y además los peligros han sido verdaderos, y no inventados por Homero y Virgilio. Asimismo le cuenta diferentes episodios de la nación portuguesa, y entre ellos destaca la historia de la bella e infeliz Inés de Castro. Recomendamos a los que quieran leer de forma antológica el poema, que – aparte del episodio grandioso del gigante Adamastor – no omitan esta dramática página, que narra un suceso que todo portugués recuerda, y que es una de las más bellas y trágicas historias de amor que se pueda conocer. Más bella y trágica que la de Romeo y Julieta, y aún más terrible por tener lo que ésta última no tiene: la veracidad histórica.

 

Mario de Vero 

 

Continuará en el próximo número             

 

 

Inés de Castro : Reina de Portugal (a título póstumo)

 

                                                                        

 

Asesinato de Inés de Castro, el 6 de enero de 1355, cuando tan sólo contaba con 30 años de vida; era amada apasionadamente por el Príncipe Pedro, Infante de Portugal, quien la había tomado como esposa un año antes, y con el cual tuvo 4 hijos. Inés viajó a la corte de Portugal en 1340, como dama de compañía de su prima Constanza, la cual iba para casarse con el Príncipe. Las dos jóvenes llegaron juntas a la corte, conocieron al Príncipe al mismo tiempo. Pero el destino quiso que Pedro e Inés se enamorasen a primera vista. Mantuvieron su pasión secreta puesto que, por el rango que ostentaba, demasiado alto, Inés no podía acceder al título de prostituta real.  Sólo consiguieron casarse 9 años después de la muerte de Constanza, que falleció al dar a luz a su primogénito, en 1345. Después de su muerte, les unió en matrimonio el Obispo de Guarda, con algunos servidores haciendo de testigo. No pudieron presentar ningún documento oficial que lo atestiguase y asegurara tanto los derechos de la mujer y de los 4 hijos que tuvieron. Todo el mal vino por una lucha de poderes entre Castilla y Portugal y, como siempre, los inocentes son los que pagan. Dicen que la venganza del Príncipe fue terrible.