Mariette Cirerol

 

Los Cuadernos de Manuel

 

Cuaderno 5 - Capítulo 5

 

 

María, María de la O,

no la mía, desgraciadamente, se está volviendo más peligrosa que una bruja. Y la veo, a la bruja, metida en su cueva sombría, preparando sus potingues; un pajarraco multicolor, erguido sobre su hombro, le dicta la receta. Debe de encontrar un placer enorme haciendo este trabajo, porque suelta una carcajada que me estremece y las notas resuenan y resuenan bajo el correr de mis dedos. El pan de Ronda, pienso yo con rabia, pero ahuyento esta imagen que no viene al caso. Sólo tengo que pensar en el amor brujo, al amor brujo de ahora, no al de Ronda; y tengo que pensar en él musicalmente, soltando notas, no otra cosa... Bueno, ya estoy metido otra vez en la cueva, espiando a la bruja que suelta otra carcajada y se va, quizás a buscar otros ingredientes... Con esto llega Candela, que no es ninguna de las dos Marías, pero que bien pudiera ser una de ellas, y supongo que ya sabréis cual... Llega, ¿y sabéis por qué llega? : Llega porque quiere pedirle a la bruja que le haga una poción mágica para que su novio, que apenas la mira, se vuelva loco de amor por ella. ¡La muy pérfida!... Pero la bruja no está - ¡bien hecho por ella! - Eso no le gusta, no se lo esperaba, sin embargo no se desanima por ello. Curioseando dentro de la cueva,  llega  al   rincón  donde   el   potingue  se  está  cociendo.  Lo remueve con un enorme cucharón que estaba al lado, coge un poco y se lo lleva a los labios. Pero se detiene. ¡Y si fuera veneno! ... Ve a un gato durmiendo sobre una silla y le da un poco. El gato lo lame. Parece gustarle tanto que pide más; se refriega contra las piernas de la gitana, ronroneando, acariciándolas con el frotar de su cuerpo. Tiene que ser la poción del amor, justamente lo que estaba buscando. Bebe un poco y se dispone a salir con la olla, cuando oye un ruido de pasos que se van acercando. ¿Será la bruja? ... Mira por un agujero del muro y ve llegar a su novio. ¡Vaya!, ¿y ahora qué hago? ...

 

Rebusca por los escondrijos y encuentra el lugar que sirve de ropero a la bruja. Deprisa, endorsa su vestimenta; y, tapándose la cara con el velo del sombrero, se coloca al lado del fuego, coge el cucharón y se pone a remover el potingue.

 

Entra su novio, ¡que no soy yo!, sino un hombre hermoso, alto y moreno, como quisiera ser. ¡Seguro que él no tendrá problemas con las mujeres! ¿O quizás sí?; porque, mira, que si se te pegan como un enjambre de avispas no debe de ser nada agradable. Habría que ahuyentarlas como moscas. El caso es que éste viene solo y tiene problemas; por eso viene a ver a la bruja y se dirige a ella, pidiéndole ayuda. Candela se vuelve. Con el velo cubriéndole la cara y la voz cambiada, su novio no la reconoce. Le dice que sabe lo que necesita, que por algo es bruja; y que tiene preparada la poción que le devolverá la alegría.

 

Y Candela se pone a bailar, recitando conjuros, moviendo su cuerpo, ondulando como una serpiente alrededor del joven, embrujándole con sus curvas y con su perfume; enseñándole, como por inadvertencia, cachitos de su carne fresca, sensual, llena de deseo. Luego, le da de beber del potingue, y ella bebe también. Y se ponen a bailar los dos, juntos, siempre más juntos, al son del fuego que está quemando su sangre.

 

Y de repente, suenan las campanas de la medianoche, el joven levanta el velo de su compañera. Al darse cuenta que se trata de Carmela, la abraza, se abrazan; se sienten felices de empezar juntos el nuevo día, escapándose corriendo y riendo, antes de que llegue la bruja.

 

Se buscan un nido y allí, la danza del fuego continua con todos los ingredientes que la bruja fue a buscar, y que les llegaron como por arte de magia.

 

... ... ...

 

¡Vaya! ... Me gusta ... Sí, me gusta ... Me considero satisfecho...

 

Llaman a la puerta, insistentemente.

 

- ¿Quién es? ... ¿Eres tú, Gregorio?

 

- No, no es Gregorio. Soy yo, María. Dijiste que íbamos a trabajar juntos, y has estado toda la tarde encerrado aquí dentro.

 

- Entra, María.

 

- ¿Cómo que "entra", si estás encerrado con llave? Hace horas que te estoy llamando.

 

- Pues, no te he oído. ¡Entra, mujer!

 

- ¿Es que quieres tomarme el pelo? ¡Te digo que la puerta está cerrada con llave!

67

- ¡Ah, sí! ... No me acordaba.

 

Me levanto y le abro, contentísimo de poderle enseñar mi trabajo. Lo escucha, y mientras lo va oyendo, su enfado se va disipando.

 

- Ahora, te toca a ti, le digo, ponle letra.

 

Y ¡vaya letra que le pone! ...

 

María de la O Lejárraga

 

 

Seguirá en el próximo número

68