Escritores poetas de Argentina

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Héctor Rico

 

Sueño

 

¡Oh brujo de la noche!

he pisado el umbral

donde se dicen los conjuros,

donde se deshacen

las formas aparentes,

donde se liberan

de la conciencia despierta.

He ingresado al dominio,

a la potestad de las imágenes,

de los enigmas,

de aquello que al descifrarse

pudiera descifrarme.

 

¡Oh no!

tu fuego somete lo sombrío

como una visión mágica,

abres como una garganta luminosa

el oculto laberinto…

 

¡Oh desierto sin límites!

piedra sobre el aire rígido.

En las vísperas

de mi resurrección

me rodean los extraños nacimientos,

los endriagos,

las furtivas señales

y el error inicial de verte

con los ojos oscuros

en la imposible ceguera

de quien reclama

nacer como hombre

entre los trágicos vestigios

y sordos resplandores.

 

¡Oh nacer!,

nacer en el instante

en que todo deja de ser materia,

encrucijada de tiempo.

Cuando alguien deposita

la corona de luz

sobre la cabeza

cedida al vértigo

de los propios abismos.

¡Oh agua limpia!

mansa en las visiones

de tus devotos,

pequeña ola

que llega a las playas doradas

de la inspiración…

 

Vuelan las hojas del libro de las predicciones…

 

¡Oh sueño que laboras la materia transparente!

Alfarero de la invisibilidad,

de atrevidos fantasmas deletéreos.

 

En tu retablo

palpitan lenguas de fuego,

pájaros sumergidos en el aire,

ofrendas de sombra

y los sitios

donde se oculta el viento

y las alegorías nocturnas

sobre un cuerpo

desnudo y tibio;

sobre sus cabellos insomnes,

sobre su boca roja,

sobre su frente pura.

¡Tierno cuerpo de pájaro

que exhibe el místico amuleto de la noche!…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Beatriz Vázquez

 

África

 

 

Con mis amigas decidimos tomar vacaciones y elegimos África. ¡Fue fantástico!

El fútbol había convocado a todas las razas y tribus del mundo.

Las calles parecían jardines con infinita variedad de flores y colores, que se movían al compás de la música de tambores y vuvuzelas.

 

África negra brillaba como un sol.

 

Me sentía desinhibida y vivía una libertad desconocida. Transmitía cordialidad, alegría, solidaridad.

Me pintaba la cara y el pelo del color de mi bandera, vestía con atrevimiento, reía con desparpajo.

 

Con esa energía conocí a Paul, alto y delgado, me parecía que era el mismo Escipión “El Africano”, con piel de ébano, brillante como mojada al sol. Sonriente, siempre con música en su cuerpo. Bailé a su ritmo, se metió en mi sangre.

No sé si fue el entorno, la debilidad de mujer enamorada del amor o el calor de aquel verano, no sé…

 

Lo cierto fue que pasaron muy rápido aquellos días, y regresé a mi hogar embarazada.

 

Si bien yo era una muchacha vanguardista, transgresora, segura, no me fue fácil enfrentar la situación con mis padres y amigos. Pero lo más difícil quedó escondido en mi corazón, muy en secreto en mi interior.

 

No sabría qué hacer si mi hijo naciera de color.

 

Me sentí acompañada, con mucho cariño, pero viví nueve meses de terror, en soledad.

…Llegó el día del alumbramiento y Dios me regaló una hermosa beba, de piel blanca como la nieve y suave como un lirio.

 

Pasaron los años…

 

Y un verano cálido como aquel… - tal vez por eso pensaba en Paul, ¿viviría, qué sería de él?- por el sendero oía una algarabía cada vez más cercana de niños que corrían, hablaban y reían todos juntos ¡parecían un ramillete de flores! La más pequeñita, de piel de ébano y ojitos claros, se desprendió del grupo y abrazándome las piernas exclamó:

¡te quiero tanto abuelita!

 

 

 

 

 

 

 

Mirta Cevasco

 

Poesía

... “sus señales, sus penetrantes luces

que se filtran por las grietas del silencio”...

Héctor Rico, Barro que Sueña (1982), Argentina

 

Escuchas agonías

soportas grandezas

y también la pregunta del día después.

Allí, en medio de las cumbres

donde inquieres las alas de los cantos

aroman tus tiaras de laureles

para aquellos que atraparon los misterios.

Algunos vuelos eliges de mi lágrima

y otros que se oprimen en mi mano.

Rondaría los cuentos, tu danza invisible,

franquearás la entrada, a mi portal azul.

 

Déjame rodar en tus espejos

y acercarme un minuto al manantial.

 

 

 

Susana Cattaneo

 

... y gorriones azules transitan por Puerto Madero, bajo la lluvia que llueve sobre los dólares de los potentados, los carísimos restaurantes, la hipocresía y la arrogancia, sobre la miseria que mira de lejos, los altos edificios, los automóviles importados.

 

Llueve sobre la proximidad del Río de la Plata y sobre el mismo río, sobre los barcos oxidados, el Lazareto, las calles vacías, los carteles de prohibido estacionar.

 

Lluvia sobre la calle Moreau de Justo, los semáforos, la gente apurada y cansadas esquinas.

 

Y más allá también llueve sobre Corrientes, el Luna Park, la Casa Rosada, –  habitat de falsedades – y el Congreso. Y llueve sobre todas las mentiras, las de dios, los políticos, los amantes. Se mojan multitud de agotadas palomas en Plaza de Mayo, en las altas cornisas; se mojan los colectivos y los lustrabotas huyen al refugio.

 

Llueve sobre una ciudad que destila amargas perlas de desencanto. Lluvia sobre el desconsuelo de la gente, el sin futuro, sobre toda la tristeza.

 

 

 

Del libro LLUVIA SOBRE TODA SOLEDAD, Buenos Aires 2003

que me entregó la escritora Mirta Cevasco, en 2005

 

 

 

 

 

 

Roma Rotela

 

Si el tiempo nos hubiera dado

un tiempo

 

A veces

cuando el silencio duele

y hay sonidos

tan especiales sonidos

por la casa

parecen deslizarse

leves pasos.

 

Los conozco

recorren sueños o estrellas

las distancias

y en la alfombra del lecho

detienen su premura.

 

Un hálito presiento entre la niebla

dibujando en el vidrio de las horas

la transparente vigilia

de una lágrima.

 

Sabes madre?

Si el tiempo nos hubiera dado un tiempo

habríamos podido convocarnos

en algún lugar preciso

sin apuro infiltrado en los relojes

donde el invierno, anulara el calendario.

Si el tiempo nos hubiera dado un tiempo

hablaríamos las dos un mismo idioma

para decirnos

aún en distintas dimensiones

esta manera tan nuestra

de extrañarnos.

 

 

 

Zulema de Artola

 

 

 

Cuando me alejo

 

Llevar un puñado de cristal quebrado

                           llevarlo

                                      muy lejos

en huida

                           sin saber

                           si alguna arista

fue aguijón

o leve malestar.

El país te espera

con un arco de triunfo

donde arrojar

esas pequeñas piedras de valor

                                                        negadas.

Todo se confunde

con el polvo y la lluvia

la mutación devastó caras y caminos.

 

Atrás de la verja

hay un desconocido

también tu mano que llama

                   es desconocida.

 

 

 

Del libro ESPEJISMO editado en 1998

por Ediciones Dunken,  en Buenos Aires,

y llegado a mis manos en 2005,

a través de la escritora Mirta Cevasco

 

 

 

 

Marta Olga Palacio

 

Mi amor

 

Cómo quisiera divagar

en la serenidad de tu mirada

y ser la dueña de esa ternura infinita

que llevas en tu alma.

 

Cómo quisiera ser el sol

que te enriquece de alegría en cada mañana,

y estar en el misterio de tu amor

ya que de ti estoy enamorada.

 

Quiero acecharte

en la sombra de tu vida

olvidándome del pudor

que en mi temple vida existía.

 

Cómo quisiera rozar tus labios

con los míos o con mis manos,

sentir el respirar de tu aliento

y a la vez perderme entre tu brazos.

 

Tropezando con piedras o flores

que estén en mi camino

no importa si es lejano el sendero

siempre que tú seas, mi destino.

 

 

De su libro “SIMPLEMENTE AMOR”

editado en Buenos Aires por Pórtico Azul,en 2004

 

 

 

 

Yanina Avilés

 

Dos hombres

 

Dicen que eran dos hombres. En un atardecer oscuro.  Se habían encontrado en campo abierto, desafiando al dios de la naturaleza con su presencia tangible, entre el verdor de la pradera - un oasis de calma y agua llenando los  ojos -. Se observaron desde lejos, midiendo en la distancia la fuerza de los músculos que asomaban bajo el hábito de monje, la capa de viajero, el cinturón que envolvía un cuerpo vigoroso, pleno.

 

Eso cuentan… También que durante un segundo, sólo se escuchó el rugido imponente de uno de ellos, aquel que empezó la lucha, quien se acercó al otro sin clemencia, la barrera del viento no lo detuvo, y acabó estrellado en el pecho del forastero que osó cuestionar su valentía.

 

La lucha comenzaba, y al mismo tiempo se detenía, regida por los movimientos del gran Shiva que, bajo sus pasos, escondía la verdadera razón del enfrentamiento.

 

Era cobardía de su parte, por no aceptar la verdad que muchos habían lanzado a los aires. A sus oídos llegó la leyenda creciente de Arjuna. Pero Shiva no quería creerlo. No podía admitir que un mortal fuera aún más osado que él, que un simple humano atravesara  llanuras de miedo y muerte, sembrando a su paso los pastos de la grandeza.

 

Por ello Shiva bajó de lo alto, abandonando su rueda del destino a la paciente vida que lo esperó detenida, el tiempo que duró el combate. Eso cuentan quienes todavía lo recuerdan.

 

Pero quizás lo más asombroso, lo que no deja lugar a la imaginación, llenando de suaves movimientos el relato, fue la presencia de la mujer.

 

Los guerreros no alcanzaron a verla, pero su silueta se dibujaba en los pasos mortales, por la piel vibrante, con la respiración exaltada que el esfuerzo les demandaba. Una mujer rebelde, libre, con la voluntad indómita y el alma plena de una brisa caliente que transformaba su rostro de bella a inmortal, de sensual a salvaje, con los mismos rasgos de tentación que el mar en una mañana de verano.

 

Sí, así fue. La gran dama se enredó entre los pliegues de la fuerza brava de Arjuna, llenándolo de una energía renovada y creciente, que encendió aún más la furia en su rostro de acero; mientras Shiva se asombraba por dentro del fuego con que luchaba aquel hombre.

 

Brahma lo había dotado de un poder único, quizás herencia del suyo propio. Aquel dios creador quería dejar la impronta de su valentía en los seres de la tierra, eligiendo para ello al hombre que ahora enfrentaba a Shiva sin saberlo.

 

Mientras la hermosa dama se movía de un lado al otro, desde el dios al hombre, amándolos con la premura de la inexperiencia, la tarde iba cayendo.

 

Afuera el mundo era testigo de algo único, un encuentro que marcaría para siempre el destino de los remisos, el pecho de los humildes, y las voces mudas de aquellos que perdían a diario.

 

Sí, allí estaban, en feroz encuentro aquel que nada tenía por perder, más que un nombre grabado en piedras a través de los años, y quien, sin saberlo, temía la apuesta más grande, las fichas se volcaban hacia el otro lado, con el acero destellando en cada espada.

 

Y aquella mujer seguía enredada como una raíz sinuosa a los pies de Arjuna sin entender aún que ella lo había elegido, con la sabiduría de la paciencia, la maravilla de un cuerpo que se encendía ante el coraje evidente que él demostraba.

 

Al fin, un remolino de arena fina detuvo el tiempo.

 

El hombre y el dios se miraron  a los ojos, reconociéndose en la rivalidad que los había unido. Poco quedaba ya de aquel encuentro,  nada más que algún testigo escondido tras las piedras.

 

De repente el mundo se quedó callado, y un hombre y una mujer partieron de la mano.

 

 

 

 

 

Lina Caffarello

 

Avei coae

 

No lo digas

esa no es la sombra violeta

de algún ciervo.

 

De este lado hay una mesa

pero quemarás tus uñas

y arderán los peces

antes de que encuentres un lugar.

 

Hay herbaje en aquel techo

y nadie creerá

que cae como risas o tijeras

sobre las tablas de Hornero.

 

De este lado

hay una estela blanquecina

y dos palabras ciegas que

de un solo tajo

cortan corazas y plumones

 

No lo digas

pero aún es posible que tu viaje

escinda las razones del océano.

 

 

Este poema apareció en octubre del  2004,

en el número 28 de Tamaño Oficio.

 

Avei coae” quiere decir “tener ganas” en lengua genovesa

 

 

                                                                                                     2 de noviembre de 2004

Lina presentando su libro : Alguien tiene un talismán

en el cual viene el siguiente poema, y también el primero.

 

Los trinos

El límite es la piel.

Encallecida por los golpes,

por palabras,

y la andanada incontenible,

                                             incontenida,

de injurias

que buscan sepultarnos.

 

El límite es la piel.

Hacia adentro, sordos pájaros

saludan la mañana,

limpian sus alas dibujándoles el vuelo

y alertan al tigre soñoliento,

que otra vez tendrá que desgarrarse

para permanecer    enteros.

 

 

 

 

Ana María Cicarilli

 

El karma de Atal

 

Era una noche más en la vida licenciosa de Atal, departiendo con jóvenes, otros no tanto, en aquel tugurio de humeante aspecto. Desfilaban rostros absortos, inmersos en problemas y copas; así como bellas mujeres envueltas en gasas opalinas, ofreciendo sus cuerpos como una simple mercadería. Las horas se sucedían, mientras Atal ejercía el deshonroso ejercicio de “la trata de blanca”, labor realizada por seres sin escrúpulos, pero tan vieja como la historia misma. Su corta vida en la ciudad de Calcuta había sido oscura y tenebrosa, medrando en la noche de calles polvorientas y desvanes poblados de existencias solitarias.

Él no había pedido venir a este mundo, en aquella tienda de raídas telas, rodeado de ausencias y tierra árida; no conocía lo que era amanecer bajo el anhelo de un sueño deseado.

 

Su joven y enferma madre lo dejó bajo una intensa luna, la única que alumbraba tanta miseria y dolor.

 

Las risas se acrecentaban, el alcohol confundía las palabras cuando una lánguida mujer se acercó a su mesa. El velo que llevaba impedía ver su rostro triste y preocupado. A su lado, una hermosa joven de dieciséis años, expectante, observaba.

 

POBREZA: Soy la mamá de Amat, no tenemos para comer, Señor. Le dejo mi hija para …. se entrecortó su voz, mientras Atal sacaba de una pequeña bolsa de cuero gastado, unas monedas.

 

Gracias, contestó la frágil señora, escurriéndose como un halo misterioso, sin dejar vestigio. Transcurrieron los días y los meses, Amat se había convertido en una niña sometida y abusada. ¡Al menos un sólo hombre denigraba su esencia de mujer, en cada noche    lo    recordaba ,    después   de   elevar   sus   plegarias   y

entregarse al sueño... En cierta forma, lo agradecía!

 

Una tarde, Amat, caminando por calles agitadas y estrechas del mercado, cargada de bolsas llenas de legumbres, sintió que alguien tomaba una de ellas, aliviándole el peso a sus delicados brazos. Cuando giró su rostro, se encontró con los ojos más dulces y comprensivos; quizás los únicos en el trayecto de su corta existencia.

 

- ¡Ghias, me llamo, hermosa!.... ¿Cuál es tu nombre?

 

Y ella temblando como una hoja en fuerte tempestad, le respondió:

 

- Amat, pero Atal no debe vernos hablar. Tengo temor por el destino de los dos … corre peligro.

 

GHIAS: - ¿Quién es Atal, mi dulce princesa?

 

AMAT:  - Él me posee desde la noche en que mi madre me dejó en sus manos por algunas míseras rupias. Mi familia las necesitaba para comer…. Te dejo Ghias, adiós...

 

La mirada de ese hombre quedó prendida en aquella joven esbelta.

 

Atardecía, los pasos de Amat se acrecentaban, cundiendo la inquietud en esa vulnerable India. Ella arribaba cuando escuchó a Atal conversar con una persona, acaloradamente. Su barba desprovista y sucia junto a sus ojos enardecidos la asustaban. Uno de sus espurios arreglos sería! Ya que una bella joven esperaba ingresar por el lúgubre zaguán hasta las despobladas habitaciones. Carecían de mobiliario, lo necesario para ser ultrajadas noches eternas. Vivían en una extrema promiscuidad: alientos nauseabundos y respiración entrecortada, mezcla de alcohol y ropas enmohecidas de sórdido andar, abusaban de sus cuerpos e integridad.

 

Había transcurrido una semana y Ghias ingresó al prostíbulo de Atal. Con absoluta seguridad se acercó a él y le balbuceó: vengo en busca de Amat, la vi una vez en una bulliciosa calle del mercado, la amo, ella será la madre de mis hijos. ¡Te advierto, no te opongas porque con tu vida termino, vil mercader de inocentes corazones! ¡No mereces perdón!

 

Atal quedó perplejo, azorado ante un hombre realmente digno de aspecto y palabra. Así fue que Ghias se dirigió al triste aposento de Amat, la abrazó y ambos se perdieron en la inmensidad de un cielo estrellado. 

 

Los días de Atal transcurrían sin motivos, nada lo incentivaba, de a poco se estaba apagando, como ese pabilo que en tantas noches lo acompañara en el submundo de sus turbios negocios.

 

Una mañana al despertar su rostro lucía enfermo y desolado, huía de Calcuta,… sin pensarlo estaba rumbo hacia la ciudad de Nueva Delhi. Despojado de toda pertenencia, agotado y sin ingerir alimento alguno, se aproximó a uno de los puestos, cerca del Templo de la gran urbe. Comió unos panes con té caliente, sus exiguas fuerzas lo abandonaron, extenuado cayó en las escalinatas de aquella mezquita…. El frío de una ciudad inmensamente grande como es Nueva Delhi recibía a Atal en una desolada y nostálgica víspera. Allí a la intemperie, yacía más solo que nunca.

 

Anu muy temprano acostumbraba ingresar a la aljama y rezar una oración antes de asistir a su trabajo. Ese día sus pasos rozaron las piernas de Atal, él se incorporó y la observó, ella le inspiró ternura mitigando la abrumadora marginación en la que estaba sumida su vida.

 

ATAL: - Disculpa, conoces algún lugar donde necesiten una persona para trabajar?

 

ANU:  -  Sí,   mi  padre  está  buscando.   Aguarda.  Cuando salga del templo vamos juntos hacia allá. Así lo hicieron. Él caminaba al  lado de esta mujer sin conocer su nombre. ¿Quién era ella? Percibió un leve escalofrío en su desmejorado cuerpo, una tierna mano lo acariciaba guiándolo, era la de su madre pariendo en aquel endeble camastro, su extrema enfermedad se la había llevado cuando él tenía tan sólo cinco años.

 

ATAL: ¿Cómo te llamas?

 

- Anu, nací aquí, junto a toda mi familia. Trabajo en la panadería que heredamos de mi abuelo. ¿Y tú?  “Mi nombre es Atal, vengo de Calcuta, muy cerca del sagrado Ganges, dejando dolores y sombríos caminos de abandono.

 

Un gran cartel se imponía frente al negocio de Anu. Ya llegamos, entra, así te presento a mi papá. Al cabo de una hora, después de haber tomado un reconfortante desayuno, Atal estaba trabajando con ahínco y una leve esperanza se leía en su mirada.

 

Pasaron meses importantes y trascendentes en la vida de este hombre, próximo a cumplir sus treinta años. La familia de Anu era maravillosa, lo comprendía. Ellos supieron ver en sus ojos la pena y la soledad que les invadían…. Atal y Anu se amaban. Ella resplandecía a su lado. Salían juntos, recorrían lugares desconocidos para él, departían y contaban sus proyectos…. Deseaban casarse. Así lo hicieron, fue una hermosa boda colmada de amor y exóticos platos, mujeres bellas de enigmáticas miradas, envueltas en sedas multicolores deslumbrando la noche. Su endeble y joven mamá era la esencia de Anu. Ahí estaba para acompañarlo en el dharma de la felicidad, la realización espiritual, dejando su pasado en una Calcuta que aparecía en su mente con imágenes difusas….ya casi olvidadas.

 

El sentimiento puro y sincero de ambos alegró aún más sus vidas,  con la llegada de Jaya :  una  indiecita  tan  bella como los pétalos de una blanca rosa bajo el rocío estival. Sus ojos eran dos esmeraldas delineados con fino pincel. Dios y la naturaleza le habían concedido muchos dones, entre ellos una importante rebeldía.

 

Cuando su hermano Uday asomaba al mundo, luciendo una piel cetrina y cabellos renegridos ... Jaya ya tenía seis años.

 

Atal prosperó, pudo desarrollar su potencial y llegó a poseer su propia panadería. Trabajaba con esmero y dedicación. Con su hermosa y amalgamada familia se reunía para celebrar las fechas importantes.

 

Jaya estudió Derecho, asistía a la facultad obteniendo notas excelentes. Así pudo relacionarse con gente admirada. Cuando obtuvo su título, comenzó a  desarrollar su profesión en un importante Estudio. Jaya salía con frecuencia, no regresando todas las noches a su hogar.

 

ATAL: - ¿Qué vida estás haciendo hija? Eres una visita en esta casa. ¿En algo te puedo ayudar, mi pequeña? Serás siempre mi nena mi hermosa princesa. No me agradan tus ausencias tan asiduas.

 

JAYA: - Querido padre, son muchos mis amigos dentro de la profesión. Nos reunimos para departir, consensuar y litigar sobre diversos casos. ¡No debes preocuparte papito, ya soy toda una mujer! Sonriendo le dijo: “sé defenderme sola, eso lo  he aprendido muy bien”.

 

No obstante, Anu y Atal estaban a la expectativa de las conductas un tanto extrañas de su hija.

 

Transcurrieron tres años y Uday decidió radicarse en Alemania, deseaba especializarse en motores de avión… Era ya un avezado ingeniero. El nido iba paulatinamente quedando vacío. Esporádicas eran las visitas de Jaya a sus padres.

 

ATAL: - ¡Vístete, bella Anu, más aún de lo que irradia tu alma! Te invito a cenar bajo la penumbra y tenue luz de las velas ¿Recuerdas aquel restaurante exótico y distinguido? ... Anu estaba deslumbrante, los años no habían dejado rastro en su esbelta figura y tersa piel. Bebieron, rieron, se amaron. La madrugada los acariciaba con los destellos de un cielo de luna llena… Arribaron a su hogar, él la tomó en sus brazos y la amó hasta que el primer rayo de sol iluminó sus cuerpos desnudos y plenos. ¡Eran tan felices!

 

De pronto alguien golpeó a la puerta. Atal se levantó, abrió y se encontró con un hombre uniformado ... quien se presentó.

 

- ¿Es esta la casa de Jaya Jurram señor?

 

- Sí  ¿qué pasa? Soy su padre.

 

- Su hija llegó en estado de suma gravedad al hospital… Ha sido un hecho muy lamentable, por esto estoy yo aquí….

 

Atal sintió que sus piernas se aflojaban, fue en busca de Anu y ambos partieron al encuentro de lo que nunca hubieran querido ver. Ingresaron a la habitación, se encontraron con un cuerpo herido y un rostro desfigurado por los golpes, Jaya ya había fallecido…

 

En la impotencia y desolación del abandono, recordó su infancia poblada de pobreza y sus huesitos acurrucados al lado de la hoguera, en una fila de frágiles tiendas.

 

- ¡Acompáñenme Señores, por favor! Su hija fue brutalmente maltratada por un Maharajá muy nombrado en la ciudad de Nueva Delhi.

 

ATAL: - ¡¿Cómo, qué hacía con él?!

 

POLICÍA:  - Señor,  Usted  no  conocía que su hija trabajaba para esta persona, me comprende ahora? Este Maharajá es un “tratante de blanca”; y Jaya era su preferida por su gran belleza y presencia. En un arrebato de celos, la flageló de esta forma, ¡hasta matarla! ...

 

El día se oscureció, la vida se había llevado lo que más amaba. Entonces comprendió la humillación a la que había sometido a Amat y a tantas otras jóvenes, en aquella desdibujada Calcuta que lo había visto nacer. Le invadió un fuerte dolor en el corazón. ¡Había mancillado la dignidad y el honor de tantas personas!

 

Atardecía, el sol brillaba tenue en un lejano horizonte, el karma de Atal se esfumaba de a poco junto al último resplandor… La vida era prodigiosa y lo iluminaba nuevamente. Anu mecía en sus brazos una tierna y bella pequeña, mientras himnos sagrados protegían sus rostros con esperanza de un mañana en armonía.

Era el inicio de un dharma de luz y salvación.

Buda y la rueda del Dharma

 

 

 

 

Estela Barrenechea

 

El foco

 

- 1 -

 

La huella del brecque

a la tardecita y las fantasías

de las grietas en el barro.

Y la mente osada

de un niño que quiere

ver el aire opaco y la revolución

del polvo trajinado.

 

Cómo reíamos del traqueteo

airoso de las ruedas

y del látigo innecesario que

Honorio hacía restallar.

En el verde paraíso del paseo

llegar era lo más irreal

tan incierto como el entusiasmo

de atravesar ese pueblo

mínimo de cuadras

entrampado en el horizonte

de charcos y lagunas.

 

En pleno día, un solo límite:

la tranquera junto al resplandor

indefinible de la alegría

 

- 2 -

 

La hora incierta del instante

y las figuras reposadas miran

la lejanía líquida,

el ligustro mal cortado,

la hilera asombrosa de los pinos

y más allá la invisibilidad.

Lo que más importa,

lo que nunca ha sido

en este montón de tiempo plegado

en el paisaje de la conciencia.

 

La voz familiar estalla

movida por la prisa.

¿No ven que la noche está furiosa

y es hora de entrar?

Dejen el tejo, jugaron 4 horas.

Catalina amasó nuestra cena.

Quién dice que los niños deban esconderse

bajo la luz blanca de la niebla

y reír como locos ante la disonancia cruel,

casi infernal del gallinero.

Un secreto y basta. Terminen

con el barullo, la comadreja se fue.

Las gallinas están quietas.

Recen la oración. No hay fantasmas.

Todo el mundo lo sabe.

Que se lleven el candil. Los niños

pueden soportar la oscuridad.

 

El sonido dispara

por rajaduras y dinteles.

Un rumor invisible suspira.

 

La fantasía crece en la penumbra

junto al cuco,

junto a mi chucho de miedo.

 

 

 

De su libro : La distancia y el foco (julio 2003)

 

 

 

El reloj de cuco más grande del mundo.

Se encuentra en Schonach, Selva Negra, Alemania.

Copié la foto de la Wikipedia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Norma Sabatini

 

Aquellos años

 

Llegué a la esquina, a media cuadra divisé la casa, la campana de bronce silenciosa, oscura, herrumbrada por los años.

 

Entré… La puerta estaba sin llave, como esperando mi llegada, perdida en el tiempo de muchos años atrás.

 

Respiré hondo, mis ojos muy tristes observaban lo que quedó de aquello. Hoy envejecido por el polvo, ausente de sombras, de voces, de imágenes de los nuestros.

 

Quedé solo, tuve fuerzas para acercarme a la casa de antaño, a recordar con nostalgia.

 

…Muchos años atrás, correteábamos por los pasillos anchos del interior, esa galería bordeada por macetas antiguas, con flores cuidadas por las manos de mamá … por el lugar de los perros; una pareja de labradores: Lola y Casimiro.

 

Por la ventana aparecía la figura de una enredadera sin flores, pidiendo agua, sola, esperando…

 

Recorrí con pasos lentos los ambientes.

 

Abrí la puerta del fondo, divisé la jaula de los pájaros, ausentes; el tendedero hecho por papá, oxidado y caído; la huerta marcando caminos desprovistos de hortalizas…

 

Al fondo, el horno de pan que hicimos con papá,  y el tapial por donde espiaba el camino a la hora de la llegada de Susana… Todo se fue… Hoy debo regresar a casa...

 

Un tornado de emociones recorría mi mente… Todo pasó, volaron los momentos dejando huellas.

 

Subí la gran escalera que llevaba al primer piso, -hoy de frágiles escalones- . Me sostenía de la baranda; que, floja, esperaba.

 

Al llegar, divisé el escritorio de papá , donde disfrutaba de horas de lectura; hoy desprovisto de papeles, libros, lápices. Pero en el estante dormían dos libros, los tomé sintiendo volar ese polvillo fino y un poco húmedo.

 

No sabía que a papá le gustaba escribir. Rescaté los libros.

 

A unos pasos, el dormitorio de abuelita, -tan amada por todos- era única. Fuimos herederos de esa gran mujer.

 

La cama tendida como siempre, su chal tejido al crochet, de color crudo, apoyado sobre un sillón hamaca.

 

Cerré los ojos y visualicé a esa mujer anciana; con una sonrisa en sus ojos que expresaban muchos años; esas arruguitas dibujadas y un abanico negro que la acompañaba en el verano.

 

Así entré en el cuarto de mamá, cerré los ojos para acomodar los objetos. Dejé libre mi memoria, la sentí llegar, sentí el perfume de las violetas – su flor preferida –. La vi sentada, tejiendo… Casi escuché: ¡Pasa hijo! ... Pero ella no estaba. Lloré, extrañaba aquel ayer que fue vida.

 

Salí, cerré la puerta tras de mí, ese ruido retumbó en mis oídos.

 

Bajé… La cocina con aroma a tostadas, mate cocido; la mesa puesta… ¡Chicos, la comida está lista! ¡A lavarse las manos!... Sentados: papá en una cabecera, mamá en la otra punta… Comenzaba el almuerzo. Hermosa reunión de familia.

 

Salí,  corrí ...   A  pocos  metros,  la  plaza …  Nuestro banco... Allí conocí a Susana… La niñez, la adolescencia, el noviazgo, el amor – único – ¡Ese amor de todos los momentos!

 

El aromito que cerca nos acompañaba, el sol, – hoy escondido – que nos iluminaba.

 

Una copiosa llovizna caía sobre mi cuerpo y después de ese encuentro, estaba triste.

 

Debía volver a casa, a mi hogar.

 

 

 

–¡Susana!... Estoy entrando…

 

– Puse la pava… Tomamos unos mates.

 

Se abrazaron.

 

En la cocina, sentados, tomados de la mano, con el olor cálido de las tostadas, conversaban.

 

-Franco, cuéntame, cómo te fue hoy… Te esperaba más tarde, como de costumbre.

 

-Hoy, fui a visitar a mis viejos. Ellos no me esperaban…Tal vez estuvieron ocupados.

 

Estaban casi presentes, silenciosos. Algo en el aire me decía: ¡No te vayas! Quédate un minuto más. Creo que no volveré. Traje viejos recuerdos, hoy es otra casa, se nota la ausencia de ellos, que le daban vida a ese hogar nuestro donde nacimos y fuimos tan felices…

 

Están por llegar mis nietos con sus padres, no podemos faltar los abuelos en cada domingo…

 

La vida es una sucesión de momentos enlazados por el amor y la sangre.

 

Suena el timbre…

– ¡Susana, abre, son ellos!