Poeta de Mozambique

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Florindo Martins Mutender

 

Versos en Harapos

– octava parte –

 

Hay no el lugar sino sus inmediaciones

Hay  el hábito de soslayar 

Y hay el de las sutiles alusiones 

Hay el hábito de evocar

Hay un punto que no es de partida ni de término   sino el intermedio     

 

Cuando ya no pesa ni el silencio ni la ausencia del silencio

Cuando ya no hay una mirada que sostener

Cuando ya no pesa ni agobia el sopor ante la inminencia

del mal tiempo

Cuando ya no importa ni el sueño ni la vigilia

Cuando ya no pesa en la concavidad de la mano

el mango del báculo 

Cuando ya no apremia la necesidad de responder

o de obtener una respuesta

Cuando ya no resuena como agujero soplado

el vacío de lo que se añora 

Cuando ya sorprende tanto lo habitual como lo novedoso

Cuando ya no hay un obstáculo que soslayar

Cuando ha acabado el día y no ha entrado aun la noche 

Cuando se vislumbra el contorno irregular de la ciudad

y la turbia llanura que de allí parte hacia delante 

Cuando es posible prefigurar lo cierto y también lo enigmático

Cuando ya no apremia la necesidad de apaciguar

la urgencia del deseo

Cuando es posible mirar sin sobresaltos

el paisaje ulterior al cancel

 

Qué luz volvedora me deslumbra una y otra vez

Qué destello en tu mirada me ciega ya para siempre   

Qué agua acentúa mi sed 

Qué eco de tu voz detrás de la cual ya nada más resuena

 

 

La magia del artilugio que retiene una sombra y una luz

La luz violeta y la luz roja  

La luz cristalizada en una gota de miel

La luz cuajada e impregnada de cobre y que gotea como la miel

Una pirámide de luz 

La luz amarilla y tranquila 

La luz volvedora   y la luz infinita

La vaporosa en las albas

La que huele a agua desmenuzada  

La luz que rodea una rosa

Y la que irrumpe de golpe como una flor que se abre

La que estalla como una gota al caer de los aleros 

La luz filtrada por el polvo de agua

La luz de los ojos que brillan

La oblicua y puntiaguda

La que traza una elipse en el aire

La luz que bordea y resalta una orilla

La que centellea y palidece y al fin se apaga

La luz desagregada por una pirámide de cristal

La que vibra y resuena con la cuerda de la guitarra

La que deslumbra  y da vértigos

La que quema los ojos y tuesta la piel

La luz ampliada por una lupa cóncava

La que se filtra por las rendijas

La que hace temblar los parpados del dormido

La que se vislumbra a los lejos

La luz que comienza pálidamente y va ganando en intensidad

Una piedra de luz

El fulgor de cualquier luz en el borde filoso de una navaja

 

Continuará en el próximo número