Mariette Cirerol

 

Los Cuadernos de Manuel

 

Cuaderno 6 – Capítulo 1

 

Quiero hablar un poco de un gran hombre que no quiero olvidar; y, menos aún, que los otros olviden. Se trata de un pianista extraordinario, con manos de plata y corazón de oro. Le conocí en Paris y fue, extrañamente, durante la primera guerra mundial, la que aniquiló mis planes y los de mis demás amigos; cuando él, tuvo la suerte de viajar por América Latina dando conciertos, recogiendo éxitos, dinero y fama. Sin embargo, no se olvidó de los amigos que había dejado en Francia pasando dificultades en medio de la contienda; y, por ello, le estaré eternamente agradecido. Sabe ayudar sin humillar y lo hace de manera inteligente, porque quiere de verdad. nunca me cansaré de dar las gracias a Dios por haberme dado tan buenos amigos! La verdad es que, sin ellos, mi vida hubiera sido muy obscura. Me doy cuenta de que todavía no he mencionado el nombre del amigo del cual estoy hablando: se llama Arthur Rubinstein, es polaco y nació en Lödz en 1887. En el momento que estoy contando, tiene treinta y tres años y le quedan muchos años para trabajar la música, porque no va a pasar a mejor vida antes de 1982 cuando le falte tan sólo cuatro años y un mes para ser centenario. Es tan amigo de sus amigos que, al enterarse de que Igor Stravinsky estaba pasando apuros en Suiza, donde se había refugiado, le mandó una substanciosa suma de dinero, pidiéndole le compusiera una obra para piano.

 

De esta misma manera me encargó, a mí, FANTASÍA BAETICA, obra que le voy a entregar ahora mismo, en el Hotel Palace de Madrid donde se está hospedando. La he compuesto dentro del estilo del AMOR BRUJO, como lo convenimos, pero en más culto.

 

Quiero que obtenga a la vez, el aplauso de la crítica y el del público.

 

Me recibe calurosamente como siempre y se dispone enseguida a escucharme; pero, no me siento al piano antes de decirle lo siguiente:

 

– Con esta partitura quiero expresar mi agradecimiento por tu ayuda; mis ansias de superación y mi deseo de adaptar la obra a tu manera de tocar. Puede que la encuentres un poco larga, pero no sobra nada. Cualquier cosa que se le quitara le restaría calidad. Tengo el gusto de dedicártela puesto que está concebida para ser interpretada expresamente por ti, que está hecha pensando en ti y que no podría existir sin ti. Me he empeñado en hacer de ella, un homenaje eterno a la amistad. Un homenaje sin pedantería, mas con mucho cariño, un cariño que quiere acompañarte a lo largo de tu vida, ayudándote a triumfar todavía más, si cabe.

 

Y me callo, emocionado por mi diatriba, casi avergonzado por dejar traslucir mi sentimiento. No estoy acostumbrado a hablar tanto; pues, soy bastante tímido. Es como si las palabras me dieran miedo; o como si fueran ellas, las que tienen miedo de salir de mi boca. Siempre temo que sean mal interpretadas; y, cuando finalmente me decido a soltarlas, me quedo sufriendo, hasta que alguien me convenzca de lo absurdo de mi postura.

 

Miro de reojo a mi amigo y su sonrisa, que no se inmuta, me tranquiliza en cierto sentido, en el sentido de que me gusta ser motivo de alegría. Pero, por otra parte, tengo la impresión de que se está divirtiendo a mi costa, y esto molesta mi amor propio.

 

Mientras estoy aclarando mis pensamientos, el manuscrito abierto sobre el atril me impone sus notas con otra sonrisa burlona.  “¡Anda! ¿Qué esperas para empezar?” – parece decirme.

 

¿Por qué estaré tan nervioso, Dios mío? ¿Por qué me afectarán tanto las emociones?  ...  Siempre tengo el mismo “trac”  ... ... Cualquiera negaría que estoy acostumbrado a tocar en público... ...

 

Las notas se ponen a bailar, juntándose en arpegios cada vez más complicados, obedeciendo nada más que a mis dedos que parecen haber perdido elasticidad, sin preocuparse demasiado de las directivas de mi mente. He querido superarme. ¡Vaya si lo he conseguido! Tanto, que ni siquiera yo, soy capaz de interpretar mi propia música. ¡Qué bochorno! ... ¡Dios mío! ... ¡Qué vergüenza estoy pasando! ... Cuando estoy a solas en mi cuarto, sin que nadie me mire, lo consigo sin problemas; y volvería a conseguirlo ahora mismo, estoy seguro. Pero aquí, delante de mi amigo, no hay manera. ¡No me sale! ... Quizás sea por importarme demasiado quedar bien; sí, debe de ser por esto. También podría ser que fuera un castigo de Dios por mi vanidad. Hay que reconocer que me pica demasiado el orgullo: no me gusta nada que me miren con ironía. Y soy tan poca cosa, que tendría que aceptarlo.

 

No me satisface el primer intento y vuelvo a empezar, mas no consigo tocar como quisiera. Entonces me paro, necesito dar una explicación... Rubinstein no ha borrado su sonrisa, se queda muy tranquilo, en una expectativa sin prisas, comodamente sentado en su sillón.  Y yo también me quedo sin decir nada.

 

Vuelvo a empezar con cierta dificultad todavía. He querido apartarme lo más posible de la facilidad. Me molestaría grandemente que encontraran en esta obra cualquier parecido con la zarzuela. De repente, me doy cuenta de que si para su creador resulta complicado interpretarla, mucho más lo va a ser para cualquier otro músico, aunque sea un genio. Este pensamiento un tanto egoísta consigue devolverme la seguridad en mí mismo. Me relajo completamente, mis dedos recobran toda su agilidad y la música fluye con armonía, cautivando el ambiente, envolviéndonos en la fragancia de la España cañí de mis sueños.

 

Y vuelvo a pararme porque la partitura es larga. Necesita de muchas explicaciones para ser interpretada correctamente.

 

– Siento que sea tan difícil – le digo a mi amigo –. Quería que fuera una obra maestra, quería ofrecerte ago digno de tu virtuosidad... ...

 

– No te preocupes. Soy bastante mayor para saber que lo bueno nunca resulta fácil. Te prometo que voy a dedicar a FANTASÍA BAETICA, todo el tiempo que sea necesario para conocerla a fondo; y luego, es muy probable que la estrene en España, en una capital de provincia... Es un acontecimiento que se tiene que preparar bien y con tiempo. Cuando sepa dónde y cómo, te lo comunicaré... Y no pongas esa cara. Parece como si estuvieras decepcionado.  No me importa que sea difícil, me gusta. Me gusta de verdad, me gusta mucho ¡muchísimo! ... ...

 

Además, tendrá mucho éxito, estoy seguro. Tan seguro, que vamos a celebrarlo ahora... ...

 

Nos damos un abrazo de hermanos y casi bailamos de contentos... ... Y salimos ... ¡por supuesto! ... ...

 

En el momento que estoy narrando, Arthur Rubinstein está presentando un aspecto de eterno adolescente, a pesar de sus treinta y tres años. Se está haciendo famoso como pianista, interpretando obras de Frédéric Chopin, su paisano, un compositor cuya maestría yo también admiro mucho. Hablamos de él, de su corta vida que tuvo que vivir muy deprisa, ya que muere antes de cumplir los cuarenta años. Hablamos de su música a la vez tierna y apasionada, romántica, y sobre todo cargada de honda emoción; de su inmenso talento innato: a los ocho años ya componía y a los diez y nueve, era el mejor compositor de Polonia, su país. Hablamos de sus amores con Georges Sand, de su estancia con ella en la Cartuja de Valldemosa, donde tuvo que guardar cama durante casi todo el tiempo ;    donde   tuvieron   un   montón  de  problemas  por  ser extranjeros, sobre todo porque él era tísico. Al saber de su enfermedad, la gente se apartaba, huyendo de él como de un apestado. Y por si fuera poco, ella vestía y se comportaba de una manera entonces impropia en Mallorca para una mujer, provocando críticas y murmuraciones. Los vecinos prohibían asus hijos jugar con los niños que acompañaban a la pareja: Maurice y Solange, fruto del matrimonio de Aurore Dupin  – verdadero nombre de Georges Sand – con el Barón Dudevant.

 

Aurore tenía que esconderse bajo un seudónimo de hombre para escribir. De saber que se trataba de una mujer, no le hubieran publicado nada. Tenía un carácter impetuoso, apasionado y enamoradizo. La relación entre los dos amantes fue tempestuosa, principalmente a causa de la incompatibilidad de sus temperamentos y de sus ideales políticos. Él, aristocrático y distinguido, amaba la paz y la armonía en el trato con los demás; mientras que ella, revolucionaria convencida, gozaba provocando a la gente.

 

– Total  – termina diciendo Rubinstein  –, eran tan desiguales como la noche y el día. Me pregunto qué es lo que les habrá enamorado el uno del otro. Él solía decir que no se podía mezclar la música con la literatura; y, sin embargo... ... Salvando ese caso, yo no creo que poner literatura en la música  – o viceversa  – resulte contraproducente. Me inspiro a menudo de poemas en mis composiciones, y tú también... ...

 

– A mí, eso no me preocupa. Al fin y al cabo, es el resultado lo que cuenta. Cuando una obras me gusta, bendigo la inspiración que la hizo posible, venga de donde venga... ...

 

Es invierno y de mañana. De repente, como para darnos una idea de lo complicado e inesperado que pueden llegar a ser las cosas; el día que había empezado siendo apacible y soleado, se vuelve borrascoso. Un viento huracanado salido de Dios sabe donde, nos coge en sus garras amenazando tumbarnos.

 

– ¡ Vaya  viento  que  se  ha  levantado !    Menos  mal que nos ha cogido justo delante de “La Mallorquina”. Es un lugar muy acogedor. ¿Qué me dices si entramos y nos tomamos cada uno un buen tazón de chocolate caliente?

 

– Estoy de acuerdo, por supuesto. Entraría en cualquier lugar por no ser presa de este maldito viento. Además, tengo tántas ganas de comerme una de estas deliciosas ensaimadas que hacen aquí, que la boca se me hace agua! – ¿No sientes ese olorcito que sale del local? ... ¡ Humnmn ! ... –

 

– Entonces ¡entremos! ¡Invito yo! para celebrar la entrega de FANTASÍA BAETICA.

 

La copiosa ración de chocolate nos emborracha al revés, es decir que en vez de euforia, lo que nos provoca son unas inaguantables ganas de dormir. Por lo que, al llegar a casa, lo primero que hago es beberme otro tazón ¡pero de café, esta vez! ...

 

Seguirá en el próximo número de AIR

 

 

Arthur Rubinstein en 1906