Los Ángeles de la Guarda

 

Capítulo 5

¿Por qué dudaste?

 

 Quisiera ser para ti más hermosa que la luz del día; pero cuando me miro en el espejo, siento como si recibiera una bofetada, una bofetada que me enfrenta a la realidad, que me quita las ilusiones... Entonces, una voz interior me dice: “Sé sensata. Él es un hombre público, se debe a la sociedad, no puede defraudarla”.

 

– Pero... ¿Te has vuelto loca? ... Es verdad, esa gente te ha hecho mucho daño con sus palabras... ¡Vaya ideas que te han metido en la cabeza! ... ¿Pero, cielo, por qué hablas así? ¿Qué clase de gafas te pones, cuando te miras en el espejo? ¿De dónde sacas que eres tan fea? Tendrías que saber que existe una gran variedad de gustos. Podrás parecerles fea, a ellos; sin embargo a mí, me agradas. ¿No irás a pensar, que por ser un hombre público no puedo tener mis propios gustos, que me tienen que imponer los de los demás? ... Deja que la gente piense lo que quiera. Se aburre e inventa historias para distraerse... Nuestro amor sólo depende de nosotros, de nosotros dos, y de nadie más. Lo importante es que nos gustemos el uno al otro. Me gustas. ¿Te gusto yo a ti? ...

 

 A ti ... ¿Qué te parece?

 

 Ya ves, no me permites la duda. ¿Por qué dudas, tú?

 

 Ya no dudo

 

- Es que no tenías que haber dudado nunca. Si un día terminas de gustarme, te lo diré. Seré yo el primero en decírtelo. ¿De acuerdo? ...

 

 ¡De acuerdo! – Y se ponen a reír...

 

De repente, Adán dice:

 Creo que ya sé cómo salir de aquí – se levanta, se agacha y coge una piedra –. ¡Mírala bien! Es puntiaguda. Me servirá de herramienta. Con ella, voy a abrirme unos puntos de apoyo y subiré hasta el orificio. No será fácil. Pero tengo que llegar y lo conseguiré –. Luego, iré a buscar lo necesario para sacarte de aquí. Mientras tanto, procura dormir. Te hará bien. No tardaré más de lo imprescindible. Tienes confianza en mí ¿Verdad? ...

 

– ¡Sí!

 

– Entonces procura dormir. Yo no voy a hablar más. Necesito de toda mi energía para ponerme al trabajo.

 

La ascensión resulta verdaderamente difícil. El cemento cede bajo los pies del muchacho, que retrocede varias veces, deslizándose un buen trozo. A cada caída, se agarra como puede y vuelve a subir, hasta conseguirlo.

 

Sandra no dice nada, mantiene la respiración, mientras que, en sus adentros, va rezando “¡Dios mío! ... ¡Ayúdale! ... ¡Ayúdale! ... Y Dios, que es así cómo llamamos a la Fuerza de Vida; Dios le ayuda. Llega a la superficie con muchos arañazos y cardenales. Es apenas si le escuecen. ¡Lo importante es llegar y no puede perder tiempo! Ha perdido mucha fuerza. Lo primero que hace es señalar el agujero con piedras. De seguida va en busca de una grúa y la encuentra con la ayuda de uno de los guardianes de las chimeneas; también un viejo sillón, una correa y una sólida cuerda.

 

El hombre le da su bocadillo.

  Con todo lo que has pasado ¡y sin probar bocado!, te vas a desmayar si no te lo comes. ¡Anda! que yo ya me he zampado un buen desayuno.

 

La verdad es que a Adán, apenas le quedan fuerzas para sonreírle y agradecérselo. Se sube al camión-grúa, indicando el camino al conductor y llegan – en un tiempo corto, pero que a Adán le parece interminable – junto al pozo donde se encuentra la muchacha.

 

– ¡Sandra! ... ¿Me oyes? – grita Adán tan fuerte como puede –. Ya estoy de vuelta ... ¿Cómo estás? ... ¿Has podido dormir? ...

 

– Un poco.

 

– Te vamos a sacar de ahí; pero tendrás que colaborar. – Procura colocarte contra la pared porque vamos a bajar un sillón! – Cuando lo hayas logrado, avísame.

 

– ¡Un momento! Me cuesta moverme, ya lo sabes... ¡Uf, ya está! ... ¡Adelante! ...

 

Atan el sillón a la grúa, colocando el cinturón de manera que al abrochárselo, Sandra quede bien sujeta.

 

– ¡Cuidado! ...  El sillón está bajando... ¿Ha llegado? ... ¿Ha llegado ya? ...

 

– ¡Ya está aquí!

 

– Ahora escúchame bien.

 

– Te escucho.  ... ¿Qué tengo que hacer? ...

 

– Sólo deslizarte hasta el sillón, sentarte y abrocharte bien. Hazlo despacio, tranquilamente. Nosotros esperamos. Cuando estés bien colocada y cómoda, avísanos. No te precipites. Tenemos mucho tiempo. ... ... ... ¿Puedes?

 

– Lo estoy intentando... Es que me duele mucho... ... Pero sí ... sí puedo... ... ... Ya estoy alcanzando el sillón... Ahora me queda lo más difícil: sentarme.

 

– Para conseguirlo, agárrate al sillón y a la soga... Tienes que moverte lentamente, muy lentamente, para no hacerte daño. ¡Tranquila, no te pongas nerviosa! ... Todo irá bien. ... Ya lo verás.

 

– Ya está ... Ya está ... ¡Lo he logrado! ... Estoy sentada.

 

– ¡Bravo! ... ¡Bravísimo! ... Ahora abróchate el cinturón como si estuvieras en un avión...  ... ... ¿Lo has hecho? ... ¿Estás lista para el despegue?

 

– Sí. Ya podéis subirme.

 

La suben con mucho cuidado, despaciosamente; sacándola finalmente de su infierno. Los dos novios se abrazan, con cuidado : están malheridos. Todo el cuerpo les duele. Felizmente el dolor se esfuma frente a la alegría de verse juntos otra vez y al aire libre. Al notarlo, la cara del guardia se ilumina con una cordial sonrisa. Coge Sandra en brazos – pesa poco y él es alto y fornido –, la sube en el camión-grúa y se van camino de la chimenea; desde donde baja con ellos y no los deja hasta verlos instalados en sus respectivos refugios.

 

Durante el camino, Sandra permanece demasiado silenciosa y pensativa a juicio de Adán. Es como si estuviera ausente. Su cara no refleja toda la alegría que debiera al ser salvada de la muerte, de una muerte que se anunciaba segura.

 

 

Seguirá en el próximo número de AIR