Argentina

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In memoriam Susana Rillo

 

Primavera

Una suave brisa

comienza a inundar el alma.

Desde el fondo mismo

de la tierra

lanzas de vida

llaman.

Es la savia de los tiempos

que abrirá en mil brotes nuevos,

verdes, son ambición de cielo.

Y será la flor mañana

que continué el cielo,

y será la flor mañana

la que prolongue la vida; en nuevos seres

de flecha,

apuntada a la esperanza

 

 

 

 

 

In Memoriam : Elena Perla Piscun

 

                                                                             

Lo inmenso es pequeño

Cuando llegue,

y llegaré

fatigada por la espera,

me dirás las palabras

que encendían mis rosales.

Entonces,

removeré piedras y

seguiré sembrando flores.

 

Lo sabes, tu sombra me cobija.

Cada alegría, cada tristeza,

multiplica imágenes cautivas

detenidas al borde de mi sueño.

 

 

Se fue el 8 de agosto de 2014, después de una larga enfermedad. Este es el último poema que escribió.

Su alegría y su sonrisa no dejará de acompañarnos

 más allá del más allá.

 

 

Roma Rotela

 

 

Torrente

 

 

Gritemos a los vientos todo el daño
que ciegos insensatos nos hicimos
la vez que descendiendo los peldaños
de la agraz incomprensión, nos ofendimos.
 
Rescatemos si es posible, todavía
del último escalón lo que juramos
olvida tú el dolor, yo la agonía
que por orgullo los dos no confesamos.
 
Que surjan las palabras en torrente
manando sin parar, nuestras verdades
vadeando de los años, la corriente.
 
Después me sonreiré y tú, sonriente
atravesando un mar de tempestades
desbordará el amor como un torrente.

 

 

 

 

 


 

Marta Olga Palacio

 

Él

 

Sé mi aire

y en la mañana, mi gota de rocío,

no te detengas

acércate tempestuoso y pacífico.

 

Sé el principio sin final

de la melodía en mi piel

el manantial de mi vida

la dulzura de la miel.

 

No me lastimes

con la fuerza del engaño.

No quiero una huelga de amor

ya que estoy segura, que te amo.

 

Has dibujado aquel camino

que tanto he soñado,

transparente y secreto

en la esencia, de mis años.

 

 

 

 

 

 

 

Lina Caffarello

                        

 

Ophir

                              

Aquí estoy, Ophir, en estos pedregosos páramos

donde alguna vez alzaste tu ciudad perdida.

Aquí, donde el sol iluminaba tus prodigios

y la luna brillaba poderosa, enorme

como un enorme gong de plata.

 

El viento del destino ya no agita túnicas de seda,

ni ahonda silbos entre vasijas de oro,

ni remonta el pregón de mercaderes de manjares y de vino.

 

No te asombres, Ophir.

Quién mejor que tú para saber

que el vino corre hasta que se secan los viñedos,

y que el fulgor de ajorcas de oro y cascabeles

termina por encandilar la vista de los elefantes

que, ciegos, destrozan las praderas.

 

¡Ah, Ophir!

De nada han servido las loas del Sumo Sacerdote,

ni los cánticos virginales de sacerdotisas,

ni sacrificios sagrados ofrecidos a los dioses.

 

Y nada ha quedado, Ophir.

Sólo piedras repetidas en el fuego de los siglos.

 

 

 

 

In Memoriam

Jorge Ribeiro

 

 

Elegía al Adios

 

Se me escapa la vida

y vos, te vas

con la vida que se me escapa

a ese país profundo.

 

-¡Gabriel! que ya se fue la edad para el asombro.

-Todavía puedo asombrarme.

 

Yo perdí tu sonrisa,

un agua desesperada

y una cuerda amarilla.

 

-¿Para qué asombrarte?

-Para morder una estrella aturdida.

Para gritar una arruga tibia.

 

Se me escapa la vida

hacia una gota desnuda.

 

 

De su libro NI SIQUIERA ESA LLUVIA

 

 

 

 

 

Beatriz Allocati

 

Ad Libitum

 

Se toma un poema indeciso

que tenga buenos modales

y no quiera darse por vencido.

Se mezcla con imágenes

a punto de nube.

A renglón seguido,

se debe esparcir un puñado de metáforas,

agregar frases aromáticas

más unas  gotas de adjetivo.

Luego, permitirle reposar

hasta que se amiguen las palabras.

 

Se sirve justo  en el momento

en que el canto,

recién acicalado,

acaso despierte la poesía.

 

 

 

 

 

 

una niña

- ojos de agua -

acomoda su mirada

al cielo.


sabe que no existe

pleamar de ángeles.

apenas pájaros de cenizas.

busca

en las alturas

el resplandor

que

nunca vio.


de Susana Zazzetti, Villa María, Córdoba, Argentina

 



 

María Quiros

 

El ángel de las alas infinitas

 

Javier, un joven dotado de capacidad, inteligencia y simpatía, era el menor de cuatro hermanos, todos muy unidos.

 

Había terminado el primario con las mejores notas. Pronto a iniciar el secundario, una dolencia desconocida comenzó a afectar su cuerpo.

 

Emilia y Miguel, sus padres, preocupados emprendieron un duro camino buscando el alivio para Javier. Recorrieron consultorios médicos, pero todos los adelantos en medicina no podían con su enfermedad.

 

Poco tiempo después se manejó en silla de ruedas. A pesar de lo que estaba viviendo su humor no decaía, era una persona de fe, se había propuesto mirar todo con amor.

 

Amaba a sus padres, no quería ver llorar a su madre por su culpa.

 

Pablo, Diego y Luis siempre que podían compartían momentos, reuniones de trabajo… Pocas veces se lo veía solo.

 

A pesar de la discapacidad llegó hasta tercer año del secundario.

 

Se hacía difícil ir todos los días a la escuela… Se propuso terminar y logró hacerlo como alumno libre y antes de lo previsto. Al recibir su diploma, orgulloso, lo entregó a sus padres.

 

 

 

 

 25

 

Miguel y Emilia veían el esfuerzo de Javier, que no se dejaba vencer. Unos meses más tarde, el padre compró una computadora para entretenimiento y distracción.

 

Esto lo animó a hacer algunos escritos para pasar el tiempo. Libros que llegaban a sus manos los leía y releía. Fantasías, historias, hechos reales… Ingresaba en cada historia, era el personaje principal. Apasionado, se entregó a escribir, cada día mejoraba más.

 

Una tarde entró Diego al cuarto, se sentó a su lado y se vio atraído por un cuento breve.

 

¿Me permites leerlo Javier?

Léelo hermano, seguro te vas a reír al terminar.

 

Minutos más tarde, Diego exclamó: ¡Javier! Tienes condiciones, ¡esto es buenísimo!.

 

Imagino que te daría placer presentar un libro con tus cuentos.

 

Sería satisfactorio para mí… pero ir a una presentación en este estado.

 

Tranquilo Javier, si me autorizas me ocuparé en buscar asesoramiento, seré tu representante, vos dedicate a enriquecer tus cuentos, yo haré todo lo que haga falta.

 

Esa noche en la cena Diego hizo saber a sus padres y hermanos lo decidido con Javier. Todos aplaudieron al joven dando su apoyo.

 

Miguel, viendo que su hijo no se dejaba vencer dijo: Yo arreglaré la habitación donde pasas el tiempo escribiendo, por varios día estarás en el comedor, intentaré dar color, vida a ese lugar.

 

 

26

¿Papá, puedo seguir escribiendo allí?

 

Un escritor debe tener un buen sitio para inspirarse…

 

Las paredes fueron pintadas con colores que iluminaban la habitación. Para el cielorraso llamó a un artista, quien debía pintar un ángel con alas enormes que cubrieran de pared a pared. Sus grandes alas, estrellas brillantes, harían más real el trabajo.

 

Al otro día llevaron a Javier camino a la sala…

 

¡Qué misterio! Estuve quince días sin ver los cambios. ¿Cuál será la sorpresa?

 

Creo Javier que esto te agradará. Miguel abrió la puerta, la sorpresa fue grande…

 

El ángel en el techo lo dejó sin palabras.

 

¡Papá, esto es extraordinario! Creo que saldré de aquí sólo para comer y dormir, el ángel será mi inspiración.

 

¡Bravo hijo, serás un buen escritor!

 

A pesar del avance de la enfermedad se lo veía bien. Una tarde Diego le hizo saber que un editor deseaba ver uno de sus trabajos. Se sintió feliz por la noticia y le dio uno de sus cuentos más queridos, colmado de pensamientos, recuerdos de su corta vida, del amor de su familia… Agradeció al creador.

 

Esa noche, lleno de proyectos se fue a dormir.

 

A la mañana siguiente luego del desayuno en familia, cada uno retomaba sus compromisos. Le pidió a su madre que lo llevara a la sala, Emilio le dio un beso en la frente y lo dejó solo frente a la computadora.

 

Antes de comenzar a escribir, miró el techo y le habló al ángel: Me tienes que ayudar a encontrar la verdad, si aún puedo ser útil en el estado en que me encuentro. Mi cuerpo cada vez responde menos, pero mi mente, mi capacidad intelectual está intacta.

 

Se concentró tanto en ese ángel que lo miraba con misericordia, que pudo sentir la tibieza de las alas que lo rodeaban y extasiado se preparó para ascender con “el ángel de las alas infinitas” a contemplar la verdad sobre su futuro.

 

 

 

* * *

 

 

 

 

 

 

 

Beatriz Vázquez

 

El artista y la Modelo

 

El artista pasa las horas en su taller. Ha conseguido un trozo de mármol y lo tiene frente a él. Está inmerso en el bloque estudiando sus vetas, admirando el color.

 

La luz entra en el recinto por un amplio ventanal, multiplicando el reflejo sobre las blancas paredes y el piso.

 

La modelo lo mira en silencio con admiración y embeleso. Yace displicente recostada sobre blandos almohadones.

 

Ella da luz al lugar, con el contraste de su piel morena brillando al sol. Pareciera ignorar al artista, pero respeta sus silencios, conoce sus momentos, sabe cuando crea, deja que su mirada primero la recorra, después la internaliza en su mente. Él la mira una y otra vez, entrecierra sus ojos, nadie sabe qué visión atrapó su sensibilidad de artista, mueve la cabeza al ritmo de una música inaudible y ya está, se levanta, se dirige hacia ella, sólo le dice: ¡gracias!

 

…Y comienza a trabajar, el buril se clava en el lugar preciso, busca la forma, despeja, exige, reclama, sigue, sigue, no desea nada sólo quiere llegar, llegar…

 

Cada intento es como un orgasmo, queda exhausto pero feliz.

 

Ella sabe, conoce su ritmo, lo siente en su cuerpo, se pone tensa, se relaja luego. Hay una química especial entre ambos.

 

Por el día basta, no hay para que seguir, ya está, mañana será otra etapa. Le toma la mano, le ayuda a levantarse, ella lo besa agradecida.

 

 

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Cierran el taller y se van abrazados, cruzan el parque. Se los ve cada vez más lejos, al vestido de ella liviano como espuma, lo levanta el viento.

 

Pasan los días, no aparecen por el taller. Aún no es el momento, hay que esperar.

 

Llueve, el cielo está encapotado, las plantas lánguidas han cedido a la humedad.

 

Una pareja, tomados de la mano cruza el parque, saltando charcos. Son ellos.

 

Entran mojados, entran en el taller riendo. La acústica del lugar desprovisto de objetos, multiplica el volumen de la alegría. Sólo están el uno para el otro. Ella se descalza, se tiende sobre almohadones, juega con su pie deslizándolo por el cuerpo del artista y despojándose de sus ropas las arroja lejos. ¡Espera, detente ahí!…

 

Sólo tiene cubiertos el hombro y el pubis, su pelo mojado cae ondulado sobre la espalda.

 

El artista destapa el mármol que ha permanecido herido en su intimidad bajo un lienzo blanco y comienza nuevamente su trabajo, con una fuerza renovada, incentivada por el amor que sienten.

 

La modelo está callada, con la mirada insinúa y con el cuerpo seduce, se mueve sensual en los almohadones buscando acomodo y queda dormida.

 

Otra vez la ausencia y el silencio en el taller. Nadie los ha vuelto a ver.

 

…Llegó el invierno, sin sol, opaco y gris. La puerta se abrió con un quejido inesperado.

 

 

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El artista entró solo, se sentó en el suelo y lloró, en silencio, como lloran los hombres, sin sollozos ni suspiros, pero con mucho sentimiento. Y trabajó con rabia y también con infinita tristeza.

 

Llegó el verano y la escultura de la modelo fue levantada en pedestal, en el mismo parque que tantas veces los viera cruzar abrazados.

 

 

* * *

 

 

La Venus de Urbino

 

 

 

 

 

 

Héctor Rico

 

El río y su sombra

 

El río es un cristal empañado

por una lágrima de pájaro.

 

Atraviesa la piedra

como un ser invisible,

acechando

con manos de espuma.

 

Desde la boca del viento

se desliza,

no se detiene,

transcurre…

Gira como perla luminosa,

como la rueda de Shiva,

como los segundos

que caen desde mis párpados

y ruedan por mis manos

quitándome una luz.

 

El río es un espejo

que se quiebra

y se lleva cada rostro,

cada estrella apagada,

cada fuego.

 

En sus orillas

se deshace la piel,

se inmola la mirada,

se ven caer trozos de sol

que ya no relumbran.

 

 

El aire es opaco,

las horas suceden en la boca

y se vuelven silencio.

 

Ruedan piedras oscuras,

-arena de otro paraíso-

alas que entierran su vuelo

despojado de pájaro.

 

En sus orillas

se duerme y no se sueña,

se duerme y el dolor

permanece en los ojos.

 

No es la noche, no,

es una playa infinita de sombra,

una nube oscura

que todo lo cubre.

Agua de sombra,

despertar de sombra.

 

* * *

 

 

En esta casa-torre frente al río se despidió,

para reunirse en el más allá con su amante y esposa,

que nunca pudo ni quiso olvidar,

 el célebre poeta metafísico :

John Donne (1572-1631)