Escritores Poetas de España

___________________________________________________

 

Manuel Olmo Aguirre

                                                       

Amor filial

 

Ella sabía que se encontraba muy débil y que el camino que tenía que andar, aunque en buenas condiciones lo recorría pronto y sin dificultad, en el estado físico en que se encontraba le iba a resultar largo y trabajoso. Además , aquel tiempo tan duro que se había fijado en toda la región hacía más laboriosa una marcha de ese tipo, al tener que efectuarse en medio de la copiosa nevada que caía incesantemente y bajo el azote del gélido viento que soplaba  y  que obstaculizaba el avance al andar. Pero ella no quería faltar a la cita de aquel año, pues deseaba mantener la costumbre de pasadas anualidades y por nada del mundo hubiese querido dejar incumplida la que ya consideraba como una obligación formal. Recordó, incluso, que había verificado tan loable práctica desde los seis años de edad y  que,  la  de  esta  vez,  a  los trece años con que contaba,  sería, justamente, la octava que la ejecutase, de modo que, después de tal asiduidad no podía permitirse la desafección de no ser fiel al precepto, especialmente ahora, cuando se consideraba toda una mujer capaz de asumir la puntual satisfacción de sus compromisos. Armándose, pues, de valor, se puso la capa, se cubrió la cabeza con un holgado y grueso pañuelo y, sin olvidar el imprescindible ramo de rosas rojas, salió de su casa y tomo la dirección del sitio al que deseaba llegar.

 

Mientras caminaba, empeñó a recordar la primera ocasión en que estuvo en él. Iba de la mano de su abuelita y no llegó a comprender de qué se trataba , aunque por lo que ésta le dijese, pensó que era allí donde se encontraría con su madre, que permanecía ausente  de su vista desde hacía una larga tempo- rada, sin que llegase a saber el motivo de su desaparición ni dónde se encontraba. No la vio , por supuesto, pero sí logró intuir algo cuando, a una indicación de su abuela, depositó su manojo de rosas de otoño, que portaba en la mano, sobre una losa de mármol blanco, en la que aparecían grabadas unas inscripciones, que ella entonces no podía entender.

 

En años sucesivos y guiada siempre por su abuelita, reiteró la visita en igual fecha a ese lugar, del que terminó comprendiendo que era el camposanto, al que su querida madre había ido a yacer en su corporeidad, tras la penosa enfermedad que la consumiera.

 

También su anciana abuelita acabó yendo a descansar al mismo paraje y, desde que eso ocurriese, tres años antes, ella se había visto precisada a ir en solitario al recinto sepulcral, para dejarle a su madre  el  ramito  de  flores,   al  conmemorarse  aquella  festividad del Día de Todos los Santos.   Mas aquello no le arredraba, ya que conocía perfectamente el territorio y estaba segura de que no se podía perder, como, efectivamente, así había sucedido en años precedentes y como confiaba que ocurriría en la ocasión a la que ahora se enfrentaba, por el deseo de cumplimentar su promesa.

 

Es cierto que en ese momento actual se encontraba aquejada por una dolencia que le causaba intenso malestar y a la que no podía poner remedio por carecer de los recursos necesarios para acceder al hospital en que podían atenderla en su padecimiento. Ella era consciente de su situación, si bien intentaba sobreponerse a la misma, prosiguiendo su avance con paso decidido y llena de ilusionante anhelo. Para justificar su atrevimiento, llegó a imaginar, incluso, que su madre la contemplaba desde algún ignoto escondrijo y que le otorgaba su aprobación al arrojo que demostraba. Hasta tuvo la sensación de que aquel Día de Todos los Santos era distinto a los que conociera anteriormente y que le depararía algo muy especial. Por eso, mientras imaginaba cosas maravillosas, seguía su andadura y saludaba alegre a los lugareños con los que se cruzaba, de manera que éstos supusieron que se había curado de su indisposición.

 

Pero, pese a su voluntariedad, el mal no la abandonaba y le hacía sufrir sobremanera, agravando sus manifestaciones la adversa situación atmosférica a que tenía que hacer frente. La nieve, en efecto, cayendo en gruesos copos, le cubría la ropa, en tanto que, la depositada en el suelo, le entraba por los zapatos, enfriándole los pies hasta el límite de la congelación. Por ello, tras la exultación inicial, el agotamiento empezó a apoderarse de ella, a la par que una fiebre intensa llegó a ponerla al borde de un estado de delirio.

 

Pese a todo, con un ánimo inconmovible, aquella heroica mujercita continuó arrastrando sus pasos sobre la helada superficie, presa de un deseo incontenible por celebrar aquel encuentro con su madre. Por tal razón, notando que su semblante se deterioraba por momentos, empezó a eludir la comunicación con los aldeanos que hallaba, ante el temor de que, al verla tan demacrada, intentase alguno de ellos, movido por la compasión, hacerla regresar al poblado. Asociándose a su deseo, el cielo matinal, saturado de plúmbeas nubes, llegó entonces a obscurecerse hasta el grado de tomar el parecido de un anochecer, impidiendo ver los objetos a más de cinco metros de distancia. Semejante contratiempo, en consecuencia, lejos de perjudicarla, favoreció a la valerosa niña, que, conociendo a la perfección dónde estaba e investida de un valor sobrehumano, mantuvo su andar, unas veces cayendo en el níveo suelo, otras levantándose y siempre sin querer dejarse ganar por la laxitud que, como una pesada piedra, se apoderaba de ella.

 

Lo más penoso del trayecto, empero, llegó cuando, fuera ya de la zona urbanizada, empezaba la cuesta que moría en el altozano donde estaba emplazado el cementerio. Aquí las caídas y los resbalones en la nieve fueron mucho más frecuentes, sobre todo desde el momento en que sus pies, definitivamente congelados, dejaron de obedecer los estímulos de sus extremidades inferiores.

 

El tesón, no obstante, se impuso, y fue así que, sin siquiera ella misma saber cómo, aquella angelical criatura se vio, al fin, a las puertas del camposanto, que, por ser un día tan particular, estaban abiertas de par en par, si bien es verdad que, por el mal tiempo reinante, eran poquísimas las personas que hasta allí se habían acercado. Franqueó, pues, la entrada del recinto funerario y con buen tino, casi maquinalmente, accedió en un supremo esfuerzo al lecho sepulcral en que reposaba su amada madre, ante el cual se detuvo con un gesto de inefable gozo, porque comprendió que, pese a las calamidades sufridas, había triunfado en su intención de visitar, un año más, a su querida progenitora en el Día de Todos los Santos.

 

Sacó, entonces, el ramo de rosas otoñales que empuñaba bajo su capa e hizo intención de colocarlo sobre la marmórea lápida, mas ese acto final de su epopeya no pudo llegar a realizarlo, porque, extenuadas sus fuerzas y ganada por la enfermedad, cayó de bruces sobre la losa fúnebre, quedando exánime pero con la placidez dibujada en el rostro del que duerme un grato sueño.

 

* * *

 

Tal y como lo presintiera la valiente jovencita, aquel Día de Todos los Santos fue muy especial para ella, puesto que, libre de males que la atormentasen y radiante como un querubín, San Pedro, con su enorme manojo de llaves, le abrió el grandioso portalón del Reino de los Cielos, para que entrase a tan excelsa morada, donde la recibieron los bienaventurados, que la felicitaron por el modélico ejemplo de amor filial que había dado, y donde halló a su madrecita, con la que se fundió en un estrecho  y prolongado abrazo.

 

Y, como de las obras sublimes siempre queda un vestigio, el manojito de flores que llevó tan digna hija arraigó de tal manera en el punto donde cayó al suelo, tras desplomarse exangüe su portadora, que dio origen a un florido rosal, el cual generaba hermosas y fragantes rosas rojas en todas las épocas del año, como testimonio viviente del episodio que acabo de referir.

 

 

Autor del texto y de los dibujos : Manuel Olmo Aguirre

 

 

 

 

 

 

 

María Dolores Terrones Buch

 

Fosforescencia

de la razón,

lamentos en la muralla,

música sumergida espera

palpitando la esperanza.

 

Pálidas, tristes

flores húmedas, se derraman

pétalos sobre las sombras,

mensajeras las miradas.

 

Málaga, 7 de agosto de 2005

 

 

 

 

Cruda realidad

 

Viejo ... viejo con la vida rota,

viento ... con él que secar sus manos,

charco ... donde lavar su cara,

lágrimas esperando el llanto.

 

Surcan los vientos,

pasan los años,

las madrugadas de tormenta,

los relámpagos.

 

La noche cortó sus pies,

el viento borró sus pasos.

Efímera es la juventud,

largo el paso de los años.

 

Dijo el otoño a su oído

se acabó tu primavera,

tu invierno está llegando.

Cuelga tu pena en la noche,

despréndete de tu llanto

 

Málaga, 16 de julio de 1997

 

 

 

 

 

Ricardo Rubio

 

S O C I E D A D E S

 

De nadie yo me fío en este país

que hace alarde de bienaventurado

para el que sufre, cerca, a su lado,

y por nadie ser Francisco de Asís.

*

Pululan  cual avispas y miel roban

a las inocentes abejas, que libando,

el trabajo modesto están honrando

para usufructo de los lobos-lobas.

*

Y así toda la vida, primer inicio,

ocurriendo viene y para el hurtar

sangre de otras venas y sacrificio.

*

Brillantez en unos ; otros, enlutar

sus almas, doquiera ejerza el oficio.

– La avispa de oro, dada al escrutar –

*

De mi patria ha y, y así de otra

Cómo será la tuya, no más decente

porque ¿Qué abunda, sino, la costra

sucia y perversa de mucha gente?

*

Y no hay Redentor y si ayer lo hubo...

¿Qué. pobre de él sin mejor suerte

que la de tantos, sujetos a muerte

en sociedad con ley del embudo?

*

Luchar, habrá que luchar. ¿Sin sangre?

Miedo me daba y da el sólo pensarlo.

Y alguien habrá de venir y hacer algo

para eliminar de una vez sed y hambre.

*

Que desde todo tiempo es epidemia

y desde todo tiempo una catástrofe.

¿Quién o quienes nos darán la fe

para que toda sociedad, del mal su anemia ...

de  ella, el porvenir la cite con apóstrofe?

*

La sangre del espíritu, es leucemia,

y es ésa la roja sangre que se escoge,

que la pobreza  bebe, por no abstemia

- en un mundo de bestias dando coces -.

 

* * *

 

Ricardo Rubio : 27-6-2001

 

 

Nota añadida por el autor en el margen del original:

(La “avispa de oro” es el Poder)

 

 

Nota de la editora :

Hoy, 21 de junio de 2014,

es cuando transcribo este poema.

¡¡¡ Ah que no ha cambiado nada,

y han pasado ... trece años !!!

 

 

 

 

 

 

 

Adelina P. Blaya

 

La Venus del espejo

(National GalleryVelázquez)

 

Nos enseña su espalda deslumbrante,

del color del marfil y de la rosa,

mas no por ello la veréis dichosa.

Su postura ¿es capricho de un amante?

 

El espejo que tiene por delante

nos devuelve su cara borrosa,

no quiere parecer voluptuosa.

Su mirada es modesta y vacilante.

 

Quién es esta mujer - nadie lo sabe -

de gentil cuerpo y de mirada grave.

 

 

 

 

 

 

 

 

Gabriela Moreno

 

Cruz

 

Había terminado de cenar, esa noche me invadía una satisfacción especial : en el hotel donde trabajaba me habían pagado la parte de porcentaje que me correspondía de los beneficios de todo el verano, con ello había adquirido el primer televisor de mi vida y me disponía a ver el festival de Eurovisión.

 

Inesperadamente fuertes golpes dados en mi puerta me sobresaltaron, los golpes arreciaron y una voz de mujer, aguda y llorosa, repitió mi nombre un par de veces, seguido de : "Ábreme por favor, soy Cruz tu compañera de trabajo, estoy en un apuro, te lo ruego ayúdame."

 

Olvidé todas las precauciones y le franquee la entrada, el asombro que sentí por sus llamadas aumentó al ver sus ropas desgarradas y la cara y las manos manchadas de sangre:

 

– ¡Estás herida!

 

– No es nada. ¿Puedo pasar al lavabo? – Sin palabras, le indiqué la puerta del servicio.  

 

El timbre del telefonillo empezó a sonar:

– No abras por favor, ni contestes – gritó desde el baño –-, ahora te contaré.

 

El timbre volvió a sonar más y más y ella a repetir:

– No abras, no contestes.

 

– ¿Aviso a la policía? – dije casi temblando –. Mi vecina tiene teléfono, la puedo llamar por el patio y que ella les llame.

 

– ¡No, no, ahora te contaré, ahora te diré! ...

 

En un rincón de mi reducido salón la pantalla gris del televisor enmarcaba el bello rostro de una jovencísima Laura Valenzuela y tontamente me puse a repasar en mi mente cuantas veces había pensado, a lo largo de aquellos seis meses, que Cruz se parecía a ella:

– ¿Os tocáis algo? - le pregunté sin pensar.

 

– ¿Quién?

 

– Nada, olvídalo, es una tontería.

 

 No se preocupó más de mi pregunta y saliendo del baño, ya algo aseada, dijo:

  No puedo salir de aquí, no tengo a donde ir, necesito que me des cobijo hasta mañana a las siete que abren el convento, no te molestaré, puedo dormir aquí mismo – y se sentó en el diván como si sus visitas a mi casa fueran frecuentes.

 

No dije nada. Sabía muy poco de ella. Se podían contar con los dedos de una mano las veces que habíamos hablado y pretendía quedarse a dormir. Cierto que nos veíamos todos los días en el trabajo, siempre a la hora de comer, pero yo soy una persona de pocas palabras, me gusta más escuchar que hablar y lo poco que sabía de Cruz fue a través de las camareras que comentaban sobre el enamoramiento platónico de un botones alto, desgarbado y bastante tímido que aprovechaba cualquier rincón solitario para masturbarse (presuntamente pensando en ella), también que tenía novio y se llamaba Manolo.

 

– ¿Es esa la única solución que hay – dije –, quedarte aquí a dormir, qué dirán en tu casa? Yo no tengo teléfono y es muy tarde para llamar desde casa de Rosa, pero puedo acompañarte hasta donde vivas...

 

– No tengo casa, vivo en el convento y a las diez es la última vez que abren la puerta para las que salen con permiso especial, quien llega más tarde de esa hora se queda en la calle.

 

Era la tercera vez que nombraba el convento. La segunda fue cuando se sentó en el diván y la primera, tres días antes. Me la tropecé cuando me disponía a entrar al portal y me dijo:

– ¿Aquí vives? Qué bien, qué cerca de mí. Yo vivo allí, en el convento.

 

Seguramente, como mandan las reglas de la cortesía, le dije el piso, la puerta, y le ofrecí mi casa sin pensar que lo tomaría al pie de la letra.

 

– ¡Siéntate! Te contaré mi historia en unos minutos y luego tú decides qué haces : si me ayudas o no. Si salgo de aquí esta noche, sólo Dios sabe qué será de mí.

 

Contra la palma de su mano derecha apretaba un trozo de papel higiénico manchado de sangre, ante mi gesto de interrogación me mostró la herida de unos tres centímetros de longitud y no muy profunda. Traje vendas, agua oxigenada, y esparadrapo, y la curé lo mejor que pude. Luego me senté frente a ella y me dispuse a escucharla:

 

– Mi calvario comenzó ya en el vientre de mi madre que se quedó embarazada del hijo de los señores y, a la vez, era acosada por el señor, hasta que se enteró la señora y la echó a la calle. El joven estudiante que era mi padre, la siguió en contra de la opinión de sus genitores que lo repudiaron y desheredaron. Vinieron a esta isla buscando trabajo y felicidad. El trabajo lo encontraron, pero muy precario. Lo segundo, que era la felicidad, no la hallaron jamás. Las peleas eran continuas y papá se dio a la bebida. Por esa causa lo echaban de todos los trabajos. Mamá se lo reprochaba a voces, y a veces llegaron a pegarse. Papá me quería mucho, no así a mis dos hermanos que cuando estaba enfadado, decía que no eran de él. Pero a mí me llamaba : mi niña, mi estrella, mi reina. Y siempre terminaba lamentándose : ¿Por qué consentiría yo que tu madre te pusiera Cruz? ...  Mamá trabajaba mucho, haciendo faenas en las casas y papá,  que  según ella  no sabía hacer nada, se empleaba donde podía; casi siempre de guarda de obras. A mí de pequeña me dejaban con las monjas mientras trabajaban, cuando nació el mayor de mis hermanos yo tenía siete años y cuidaba de él: le cambiaba el pañal, le daba el biberón... A los quince meses nació el siguiente, me vi cuidando de dos bebés y a mi padre, que ya estaba en cama. Yo aún no Había cumplido los nueve años, cuando papá murió.

 

La voz de Cruz se ahogó en un sollozo, me senté a su lado y le puse la mano en el hombro: “¿Cuántos tienes ahora?” pregunté por decir algo.

 

– Veinte – y continuó el relato -. Mi madre, que sólo tenía veintiséis, se volvió a casar y dejó de trabajar. Mi padrastro trabajaba en el mar y pasaba largas temporadas fuera, ganaba bien y no nos faltaba comida pero yo echaba de menos a mi padre y no perdonaba a mi madre que lo hubiese olvidado tan pronto. Cuando mamá se casó de segunda dejamos la habitación con derecho a cocina donde habíamos vivido con papá y nos mudamos a un piso de dos dormitorios donde compartía uno con mis hermanos. Mi madre tuvo dos hijos más, el primero tenía que compartir mi cama y el segundo dormía en una cuna en la habitación de mi madre y su marido. Cuando este último estaba en el mar, todos los niños, menos el de la cuna, se metían en el lecho de mamá. El marido de mamá era muy cariñoso con mis hermanos. A mí, ni me miraba, cosa que le agradecía, pues no tenía nada bueno que pensar de él ni de mamá, cuando a los dos meses de morir papá ya se le permitía entrar en casa; aunque no dormía allí, supongo que por respeto a la señora que nos tenían alquilada la habitación. Mis hermanos iban al colegio, yo por la mañana ayudaba a mamá y por las tardes iba al convento a aprender a coser y a bordar. Allí rezaba por mi padre, al que siempre tenía presente, sobre todo por las noches en que, después de un largo periodo en el mar, volvía aquél hombre, quien, haciendo uso de sus derechos, quería saciar todas sus abstinencias en una sola noche. Yo oía los  gemidos  de  ella  y  los  bufidos  de  él, y lloraba de pena por aquél otro marido tan bueno y desgraciado, al que siempre, desde que yo tenía uso de razón, mamá había tratado con desdén y reproches, muchas veces le decía:

– Me tenía que haber acostado con tu padre en vez de contigo, al menos él me ofrecía tenerme instalada como a una reina.

 

Papá le contestaba:

– No digas eso delante de la niña.

 

Y ella respondía:

– Que se vaya despabilando y cuando le llegue la hora elija al que tenga más dinero.

 

 – Y comenzaba a decirme que mi abuelo siempre la trató con respeto; pero le proponía montarle una casa para convertirla en su amante oficial, cosa que ella rechazó por amar a mi padre hasta el punto de pasar hambre y calamidades con él.

 

Cuando cumplí dieciséis años nos dieron las llaves de un piso comprado con una larga hipoteca. Para ayudar a pagarlo y con una recomendación de las monjas, entré a trabajar en el hotel como  ayudanta  de camarera de pisos.

Como ya he dicho el marido de mamá estaba largas temporadas en el mar y cuando volvía para estar muchos días en casa., mamá no hacía casi nada, pues el señor quería que estuviese todo el día con él, así que toda la carga de los quehaceres domésticos era para mí, cosa que no me molestaba tanto como lo que me decía:

– Cruz, ten cuidado con los niños, que no entren al cuarto: Nos vamos a echar un ratito  –. Yo ya sabía lo que eso significaba: los gemidos, los bufidos, los ¡ay, ay!, de mamá...

Un día me armé de valor y le dije:

– Mamá, hace muchos años que te escucho gemir cuando estas con tu marido, con papá no te pasaba. Se rió mucho y dijo:

– Desde luego que no, tu padre sólo me hizo llorar de amargura y de hambre. Arturo me da placer, mucho placer, me gustaría que cuando tu te cases des con un hombre como él, es maravilloso.

 

Esto me hizo pensar en Manolo, un chico algo mayor que veía todos los días en el autobús. Manolo trabajaba en una obra, era alto, bien parecido, me miraba con franqueza, me saludaba muy respetuoso y me dejaba el asiento. Me recordaba a mi padre, no se le parecía pero ¡era tanta la añoranza que tenía de papá! ...

Poco a poco hicimos amistad y hablamos de muchas cosas, un día me dijo que se terminaba la obra y lo iban a enviar a otro lado. Me pidió quedar para dar un paseo, contesté que tenía mucho trabajo y no podría y él me dijo:

– Está bien, yo te buscaré.

Y a los cuatro días lo volví a encontrar al bajarme del autobús cuando volvía del trabajo. Eran las seis de la tarde y dimos un paseo. A partir de entonces me esperó muchas veces y nos hicimos novios.

No dije nada en casa, temía que a mamá le pareciera demasiado mayor para mí, tenía veintisiete años y yo iba a cumplir dieciocho. El día que los cumplí, al volver a casa y abrir la puerta de mi habitación, me llevé una sorpresa : un dormitorio de nueva y reluciente madera había sustituido al viejo ropero y a la cama de tubos azules, donde dormía con el pequeño Arturito.

– Espero que te guste, es mi regalo – dijo Arturo detrás de mí. Bueno y el de tu madre –. Es para ti sola. No metas a Arturito que podría orinarse en el colchón. Para ellos, les hemos comprado unas literas.

El pequeño lloraba, no quería dormir solo y no dejaban que se acostase a mi lado. Arturo no decía nada, entraba cuando estaba dormido y se lo llevaba a la litera. Cuando hacía esto ni siquiera me miraba, cosa que no me importaba mucho. Me hubiera gustado poder verlo de otra manera, tenerle algún afecto, era el padre de dos de mis hermanos y el marido de mi madre. Ella lo quería, se llevaban bien, le entregaba todo el dinero que ganaba, con él nunca había vuelto a hacer faenas en las casas; pero ninguno de estos razonamientos lograba convencerme de que no era un hombre oscuro y ocultaba algo.

 

– A las ocho entraba en el hotel  y  me ponía el despertador a las seis y media. Como sólo teníamos uno, cuando Arturo se tenía que ir al barco más temprano se llevaba el reloj y después me lo ponía en la mesilla. Siempre he tenido un sueño muy profundo y soy difícil de despertar, pocas veces me enteraba cuando me ponía el reloj o cuando sacaba a Arturito de mi cama. Una noche en que Arturo se marchaba a las cinco, tuve una pesadilla: algo suave y viscoso se me enredaba en las piernas, intentaba librarme y no podía, luchaba con aquello inútilmente, los tentáculos del monstruo habían llegado a mis partes más íntimas y hurgaban en ellas, suavemente, sin brusquedades; pero insistentemente. Quería pegarle y los brazos no me respondían, quería gritar y no me salía la voz, pensé que era un sueño y despertaría de un momento a otro. Aquello me rozaba más y más hasta que una flojedad desconocida me invadió y lloré sin fuerzas a la vez que decía: “Déjame, déjame...” Desperté y entre lágrimas percibí una sombra que se apartaba de mi cama y salía de la habitación. Llevé la mano allí donde me rozaba el monstruo y comprobé que la parte de la braga que cubre la entrepierna estaba a un lado dejando media vulva al aire, el camisón lo tenía subido hasta la cadera. De un salto salí de la cama y de la habitación, Arturo salió del baño y sin mirarme se dirigió a la puerta de entrada:

– Has sido tú ¿verdad? – dije con rabia -. ¿Qué me has hecho desgraciado?

 

– Calla – dijo acercándoseme -. No te he hecho nada, sólo quiero que disfrutes como lo hace tu madre. Tú la oyes ¿verdad?

 

– ¡Sinvergüenza, monstruo! – la congoja me hizo llorar –, se lo diré a mamá.

 

– No lo hagas, sólo la harías sufrir  y yo lo negaría. Ella me creerá a mí, no seas tonta, no te he hecho daño, sólo te he dado placer, lo he notado, he visto como te estremecías; pero si no quieres no volveré a hacerlo, te lo prometo.

 

Cerré la puerta de mi cuarto y me desplomé en la cama llorando.

 

Tardó casi un mes en volver. Durante ese tiempo me rompí la cabeza pensando qué podía hacer. Manolo me preguntaba qué me pasaba y a punto estuve de contárselo. Pudo más el pudor y callé, él era muy respetuoso conmigo: algún casto beso, o me cogía de la mano cuando paseábamos, y nada más, una vez me dijo:

– Te llevaré al altar como a una Virgen.

 

Cuando el monstruo se apercibió de que no había dicho nada a mamá, volvió a mi cuarto de madrugada. Desde su vuelta dormía vestida y ponía una silla detrás de la puerta. Le afee su conducta y volví a amenazarlo con hablar a mi madre. Me dijo que él no le había dicho que yo andaba con un hombre mayor que seguro estaba casado y lo que quería era hacer de mí una prostituta para explotarme y vivir a mi costa, yo dije:

  Ese hombre es mi novio y ya quisieras tú ser la cuarta parte de lo que es él de decente y respetuoso conmigo.  ¡Sal de aquí! ... Cuatro días después oí la silla moverse, toqué el rodillo de estirar la masa que tenía bajo la almohada  y esperé temblando, simulando que dormía, despacio comenzó a bajar la sábana, cuando buscó el bajo del camisón se detuvo sorprendido al ver que estaba vestida, no desistió y me subió la falda, apreté el mazo y me removí un poco por si se marchaba, se detuvo un momento y continuó muy suave introduciendo los dedos por la parte de la ingle, no pude esperar más ... ¡Le descargué el mazo en la cabeza! ...

Me pegó, me insultó. Yo le volví a dar otro golpe. Cuando mamá entró al cuarto, él le dijo que yo acababa de entrar de la calle, que me había visto con un viejo que sería mi chulo, que él lo sospechaba hacía tiempo, pero que no le había dicho nada hasta estar seguro ; y que, al sorprenderme y recriminarme, yo le había atacado abriéndole la cabeza. Era verdad, tuvieron que ponerle puntos. Mamá le creyó al verme vestida y no quiso ni escucharme Me prohibió que viese a Manolo y que si volvía a verlo me fuese del piso.

 

Le  dije  a  Manolo  lo  ocurrido  y se portó muy bien,  me sacó de aquella casa, me dejó depositada en el convento y estamos esperando a que cumpla los veintiún años para casarnos, ya que el monstruo es el que tiene que dar el consentimiento y se niega.

 

Esta noche Manolo se ha marchado a trabajar a la península en el barco de las nueve treinta. He ido a despedirlo. Cuando me disponía a volver y aún estaba dentro del muelle, el monstruo me secuestró a punta de navaja, me arrastró a una caseta solitaria y... ...

 

Me defendí con todas mis fuerzas, logré quitarle la navaja, se la clavé en algún sitio, él la recuperó haciéndome el corte en la mano. Me tiró al suelo después de abofetearme, me rompió la ropa, se echó sobre mí, me aplastó...

Olía a alcohol, a tabaco... ¡Qué asco!  ... Iba a vomitar... Y encima, me decía que si iba a la policía lo negaría todo, diría que él sólo intentaba llevarme a casa para que volviese al buen camino, porque estoy deshonrando su nombre y su familia ; que al encontrarme en el muelle a aquellas horas, me acusaría de prostituta y me meterían en la cárcel por agredirle... ...

 

 

Cruz lloraba desconsoladamente, me senté a su lado, la rodee con mis brazos y lloré con ella, pensé que podría ser la hija que tendría algún día y desee que los tiempos cambiaran para que casos como el de cruz se pudieran evitar...

 

El televisor, ajeno a nuestro sufrimiento, seguía transmitiendo el festival de Eurovisión. Massiel, muy jovencita, muy bella y elegante con un mini-faldero vestido blanco, cantaba la canción “La, la, la”.

 

Pasados dos meses desde que Massiel ganara la Eurovisión, Cruz volvió a llamar a mi puerta:

– Necesito que me ayudes otra vez, por favor, estoy en un apuro muy  gordo.   Manolo  me  ha  dejado  y tengo que ir a un sitio al que debe acompañarme un hombre que se haga pasar por mi marido, no te pedirán papeles ni documento alguno, es una clínica  privada, tengo el dinero y... ...

 

No precisé mas para sospechar lo que le pasaba y saber lo qué pretendía, la llevé al diván y la hice sentar:

– ¿Quién te ha dado el dinero, ha sido el monstruo verdad?

 

Se puso a llorar.

– ¿Crees que si te lo quitas – continué –-, Manolo volverá contigo?

 

No – dijo apasionadamente –, yo no volvería con él, me ha condenado por algo de lo que no soy culpable.

 

En ese caso te ayudaré, pero olvídate de lo que piensas hacer. Devuelve ese dinero a tu padrastro y casémonos. Ya estoy echando de menos a mi tierra. Mi madre es muy mayor y siempre que me escribe me dice que le gustaría tener un nieto antes de morir

 

La alegría del bello rostro surcado de lágrimas me convenció de que pasara lo que pasase había encontrado la mejor solución: la vida.  

 

 

 

 

Salvador Ramírez Vázquez

 

3ra parte de su manuscrito

Luna de enfrente

 

Adonai

 

El Jesús de Nazareth

de la Sábana Sancta de Turín

hacia mí un día se dirigía entonces

de obscura ceniza en su pura

desnudez pasmosa que ahora

todavía me asombra.

 

Y la misma grieta de siempre entonces estás esperando ocultarlo:

que me tienda tal cual es, elongado,

que huya y refulja ya en este mundo

de su horrible fasto.

 

Porta él solamente una espada,

que bien a las claras denota

su cernida condición de invencible guerrero,

con la que en su pudor,

en su temido recato

oculta el sexo de un hombre desnudo

que yace ahora inmenso por los siglos de los siglos.

 

El Ángel Tierra, por fin,

hasta mí ha venido,

intacto, impoluto, Él,

como un ser incorpóreo, etéreo,

que sin embargo existe

en su consumación,

incólume y eterno,

ha de decirme a mí, serenamente, algo

y apaciblemente.

 

9

Ensueño

 

Como estoy ensoñando

– dijo el actor travieso –,

se me aparece un texto

filosófico, que leo yo;

pero por lo mismo me resulta a mí

completamente imposible ya escribir;

ahora mismo que ensueño

en mi atril como siempre,

incluso, anodino,

y entonces

suspendo yo mi examen.

 

De repente, son perros

negros del infierno

los que ante mí se ciernen,

y yo que cierro los ojos

y pierdo entonces mi sexo,

puro y casto, no obstante,

en sus fauces terribles.

 

Y, al final, al ir entonces yo a cruzar

el puente que lleva, que conduce

hacia la ciudad oriental,

me detiene un miliciano, maronita y árabe;

digo yo entonces mi nombre,

ahora que lo consigo

digo yo, por más señas, escuetamente la verdad;

y, así, él no me impide ya

pasar a vadear un río,

ahora ya mismo en pos

de mi ensueño tranquilo,

luminoso y álgido,

hacia el otro lado hermoso

de esta corriente cernida.

 

En fin – el mismo actor travieso termina en apostilla -,

creo yo ensoñar pero despierto al rato

y entonces claramente cesa aquí ya de ensoñar este hado.

 

 

El Húsar blanco de Chesterton

 

Un aún joven príncipe encantado, se dice

dice entonces de nuevo el mismo actor travieso ,

aparece, y se posa ahora ante mí

vestido de húsar blanco,

como en un viejo cuento de Gilbert Keith Chesterton.

Y después, finalmente, es él el rey don Alfonso XIII,

que no quiso pisar, también se dice,

la grey confusa de los que, espantables,

todavía parece que le odiaran aún más.

 

Perdónenme, por tanto – dice nuevamente, otra vez,

el mismo de siempre –, tal osadía tamaña

en explicar pormenores

que no asisten a este instante,

ni enfrentan oriflamas al viento

a dragones terribles,

ni tampoco engredan la madeja de siempre,

que está sucia de podredumbre,

el villano de la sempiterna sevicia,

que nos recibe con gusto, se supone,

a eviternos videntes o, tal y cual, místicos

al sol viejo y dorado de esta misma justicia,

a la Luna temible de vates y de orates,

al Ángel Tierra, en fin y en pos,

que ahora, al ocaso,

perdona ya lo triste

y, por acaso, olvida relatar

Es que existe...

 

 

1

Epitafio

 

Se levanta el general Franco

contra el mismo pueblo en armas,

y él sol o, al final,

meramente se acalla,

y queda melancólico, sufrido e indeciso,

por cuatro duros puros habanos inservibles.

¡ Oh “CAROS CONTEMPSIT!  

que gritaba en alerta,

por fin, este actor travieso,

cuando al soñar el instante

de ser ya uno mismo

y quizá ya para siempre.

 

Es la ocasión ínclita,

ubérrima e inconstante,

de ensoñar epitafios

en memoria de gente

que ha existido y existe, no obstante,

pero que ya la muerte

los llevó – esto es triste –,

y acaso no retornen

a su preferido lar;

pues, honrémosles.

 

–. Final.

 

 

 

 

 

 

María Antonia Caro Fernández

Año 2006 – María Antonia sube las escaleras del CHINITAS.

Irradia felicidad : le van a imponer la Medalla de San Isidoro.

 

Mariette eres buena

amable y cariñosa,

eres todo bondad,

para mí eres una rosa

y AIR es tu rosal

 

Con afecto

María Antonia Caro

Málaga, 24 de julio de 2014

 

 

 

Vivencias de un día de fiesta

en Las Cruces:

“Los Santos Inocentes”

 

Ese Día, mi amiga Agustina y yo, acompañadas del padre de ella –debido a que en aquellos tiempos las mujeres no salían solas --, emprendimos , a caballo, el camino de Las Cruces. A dicho lugar, acudían todas las pandas de verdiales de los pueblos de Málaga. Se pasaba muy bien y con mucha alegría.

 

En ese encuentro, las mozas bailaban con los sombreros de los Tontos – así es como llamaban a los verdialeros, en Las Cruces.

 

Se hacían apuestas y, entre ellos, los jóvenes organizaban una especie de subasta. Empezaba uno diciendo:

– Doy un duro – que eran cinco pesetas – para que baile mi novia con un sombrero.

 

Y, de seguida, se adelantaba otro:

– ¡Treinta reales, y que baile la mía con el sombrero!

 

Pero antes de que terminara de hablar, se alzaba otra voz anunciando:

– ¡Quince pesetas, y el sombrero se lo pone mi novia, para bailar!

 

Y así continuaba: desde que llegaban, por la mañana, hasta poco antes del anochecer; porque, al ponerse el sol, la fiesta se terminaba. Era un día muy alegre. Se montaban puestesillos y se vendía de todo.

 

Los sombreros de los Tontos eran de palma y estaban forrados de seda. Por dentro, en la copa, sujeta con un cordón de seda, se escondía una postal con una pareja amorosa; y, por fuera, se cubrían de flores de muchos colores; y por detrás, de lazos – la mayoría ganados en las carreras – bordados por las novias.

 

A los lazos, les cosían un fleco corto de seda en un extremo; y en el otro, el de arriba, un anillo de alambre, antes de colgarlos a una cuerda o cable muy tirante, de un albor a otro. Había una treintena de cintas, más o menos. Los jinetes pasaban por debajo y, si tenían buen tino, y suerte de introducir el palillo que llevaban en el anillo, se llevaban la cinta. Algunos cogían varias; otros, con menos puntería, una o ninguna. También dependía de la astucia del caballo... Estos lazos eran los que las mozas ponían en el sombrero de sus novios, con todo el amor del mundo.

 

Las carreras de cintas, el día de los Inocentes en Las Cruces, los paseos a caballo, son recuerdos que sólo de pensarlos, dan alegría y ganas de vivir.

 

Con este relato, quiero poner en conocimiento de las nuevas generaciones, la cultura de aquel tiempo. No sé si estas costumbres se habrán perdido, o se olviden con el paso del tiempo, lo que sería una pena.

 

En Las Cruces, además de pasar un día muy alegre; a las jóvenes, les salían pretendientes. Por eso, los mozos pagaban para que bailaran con el sombrero. Unos días más tarde, iban a pre- tenderlas a sus casas, y darles el silletazo: esto quería decir, sentarse a su lado por primera vez.

 

Si a la chica que van a ver, no le gusta el pretendiente, no se sienta; y si le gusta, lo hace gozosamente. A partir de entonces, son novios; y el joven va a verla los miércoles y los domingos. Esa era la costumbre de los lagares. Ahora, no sé cómo será, con estos tiempos que corren ¡tan modernos y liberales! Con las motos y los coches, no hay problema de desplazamiento. Antes sí, ya que tenían que ir a caballo y se tardaba en llegar a los cortijos. Más de una vez, les sorprendía un buen chaparrón. No importaba. Llevaban una buena pelliza y, por delante de la montura del caballo, una manta que se echaban por los hombros. Venían de lejos y querían ver a su amada.

 

 

Es curioso todo esto. Es cultura andaluza : de los campos de Málaga, concretamente. Por esto lo comento, recordando un día feliz de mi vida de jovencita en el campo.

 

De esto hace unos cincuenta o sesenta años : cuando escribo este relato, tengo setenta y seis.

 

Aunque soy malagueña cien por cien, estuve catorce años en Álora y me acostumbré pronto a las cosas del campo. Me agradaba mucho todo lo relacionado con él.

 

María Antonia Caro Fernández

Málaga: 21 de febrero de 2003

 

 

 

 

María Antonia con 17 años

 

 

 

 

Francisco Javier Parera Gutiérrez

 

La balada del gringo

 

Joe, comisario para los asuntos indios, acudía al atardecer al Saloon Beautiful girls para beber su acostum- brado vaso de whisky. De hecho en el aburrido pueblo de Abilar era el único lugar con diversión en muchas millas en el desierto del Oeste. El funcionario era alto, corpulento y destacaba en su cabello negro las abundantes canas. En el local las muchachas habían acabado su repetido Can-Can y en la tarima de madera apareció una delicada figura de una joven mujer de cabello dorado y seductoras curvas. Entonaba la canción Princess' day con una hermosa voz.

 

– Pero si tiene acento sureño – dijo Joe al dueño del local.

 

– Se llama Jennifer. Vino hace una semana de Luisiana – replicó el amo –. Tú estabas demasiado ocupado con el presidente de Estados Unidos : Ulysses Grant.

 

– El antiguo general "No surrender" habrá arrojado a la papelera las quejas de los indios cuando me marché de su despacho. ¡Déjame escuchar a esa bailarina!

 

Cuando ella acabó su melancólica balada, el públicó aplaudió con entusiasmo; sin embargo, dos individuos de chalecos, pantalones y sombreros negros, observaron la función con frialdad y la muchacha reconoció sus rostros, palideció y se retiró inmediatamente a su camerino. Aquellos personajes no parecían los típicos cazarrecompensas, pero el dueño alegó que no daban problemas desde su llegada al mediodía. Joe pagó su vaso de whisky y se relajó paseando por unos minutos por la ancha avenida del pueblo cuando la noche cubría el lugar. En aquel  instante  oyó  un desgarrador grito de mujer y sus asuntos burocráticos se desvanecieron mientras desenfundaba su pistola. En una calle adyacente, los dos individuos de oscuras  indumentarias acosaban a la bailarina.

 

  ¡Caballeros! ¿Se trata así a una dama? -preguntó Joe.

 

Un enemigo falló en su disparo y el comisario le apuntó con rapidez al pecho. Cayó muerto. El otro se escudó detrás de la rubia, pero una rápida bala del funcionario atravesó la cabeza del rival. Mientras se derrumbaba sobre la tierra, la bailarina se abrazó a él, aunque estuviese salpicada de sangre. En Abilar los pacíficos habitantes oían escasamente disparos, por tanto, pronto la calle se llenó de curiosos y por supuesto llegó el sheriff. Jennifer explicó que eran dos admiradores con malas intenciones que la seguían hacía semanas por los pueblos donde actuaba. Joe solamente se refirió a los hechos. Cuando ordenaron despejar el lugar, la bailarina sintió pánico; y, en lugar de dormir en el hostal, pidió descansar unos minutos en la casa del comisario, el cual no se negó. Cuando llegaron, la mujer se despojó de su disfraz de víctima y, mientras fumaba un cigarro y bebía whisky, explicó su verdadera historia a un asombrado Joe.

 

En realidad me llamo Elmira – dijo ella –. Fui bailarina de Saloon en los pueblos de Río Grande, pero me cansé de esa vida y fui amante de Castello. ¡Sí! ¡No me mires así! Es el famoso jefe de la banda que asola la frontera entre México y Estados Unidos. En una noche de alcohol y ... otros quehaceres ... él confesó que sabía dónde encontrar un tesoro. Hace tres siglos, los conquistadores españoles exterminaron a los tinacuas, un pueblo precolombino, y se llevaron su oro. Pero un encuentro con colonos ingleses les obligó a esconder otra vez aquella fortuna en la ciudad de arcilla donde lo encontraron. Nunca volvieron. Una noche escapé de su caverna con las indicaciones del tesoro porque me repugnaba estar con él.

 

– Y esos admiradores eran bandidos de Castello detrás de tu pista. Yo soy un sencillo burócrata – comentó Joe –. Hablaremos mañana con el sheriff y...

 

– ¡Te lo he dicho porque eres uno de esos hombres con valor! –exclamó la muchacha –. Sabías disparar contra esos ladrones. Localizaremos el tesoro. Mitad para ti y mitad para mí. Dejarás este puesto en esta aburrida oficina. Con esa fortuna, jamás te encontrarán. Quizás tú y yo...

 

Jennifer se levantó de su silla y se abrazó a Joe mientras el comisario vacilaba por unos instantes.

 

– ¡De acuerdo! – exclamó él –. Nos ayudaremos mutuamente. Una cantidad de oro no se puede llevar en alforjas, por tanto nos acompañará mi amigo, Tod, el herrero. Tiene un carro y...

 

Cuando el sol cobraba nitidez entre las montañas del horizonte, un pequeño carromato, conducido por un viejo herrero de plateado cabello y orondo cuerpo se alejaba con el funcionario. Sentada detrás, iba la bailarina. La partida no pasó desapercibida para los habitantes de Abilar y de hecho el mismo sheriff inmediatamente se presentó en la oficina de correos para que telegrafiasen un mensaje. Pedía información sobre los dos posibles cazarrecompensas y la muchacha del Saloon llamada Jennifer.

 

  Esta historia no acabará bien – dijo el anciano mientas bebía un buen trago de whisky y azuzaba a los dos caballos para adentrarse en el desierto.

 

Se guiaron por las indicaciones de la mujer. La primera parada era un pueblo mejicano de la frontera llamado Tajora. Afortunadamente cuando llegaron, a la caída de la tarde, comprobaron que estaba abandonado hacía tiempo. Las ruinas y posibles fantasmas reinaban en las casas. Jennifer dijo que debían ir al cementerio y buscar una tumba con el nombre de Sargento Ross. Con la llegada de la noche y breves ráfagas de viento, las puertas y ventanas se golpeaban entre sí en las espectrales calles. En el camposanto iniciaron la siniestra búsqueda,  hallando entre cruces la tumba del militar.   El viejo y Joe excavaron con la ayuda de un pico y una pala. Pronto golpearon la madera del ataúd y la bailarina ayudó a  desenterrarlo. Abrieron la tapa y vieron un esqueleto con uniforme. Nadie se atrevía a moverlo y el comisario buscó en su chaqueta. En un bolsillo encontró el plano del tesoro. El herrero y ella lo miraron también, pero la aventura se complicaba, pues debían atravesar las Montañas Grises y una antigua mina que se situaba en los alrededores. La leyenda aseguraba que se abandonó porque sus capataces y empresarios no ofrecían garantías de seguridad. La leyenda dice que al producirse el derrumbamiento de la galería donde murieron muchos trabajadores, los lugareños abandonaron el pueblo movidos  por el miedo. Afirmaban que por la noches veían a los espectros  de los muertos que intentaban regresar a la mina, para proseguir con su labor...

 

Si iban con tiempo, llegarían a la noche siguiente. Al amanecer proseguirían el viaje por un desfiladero de la cordillera.

 

– Dormiremos en Tajora – ordenó Joe mientras sacaba agua, víveres y mantas del carro –. Jennifer, no busques otra ruta para evitar esa mina. Tus antiguos amigos de la banda no te darán tiempo, pues seguramente te localizarán. Quizás el mismo Castello dirija la operación cuando sepa que sus mejores pistoleros no han vuelto. ¡Tod! ¡No bebas whisky o los fantasmas huirán cuando huelan tu aliento! ...

 

Intentaron dormir, pero entre los turnos de guardia y los golpes de las destartaladas puertas y ventanas, nadie tuvo un sueño relajado. Cuando salió el sol, acabaron un frugal desayuno y reanudaron su viaje...

 

En esa misma mañana, Castello y sus veinte forajidos irrumpieron en Abilar como una fuerte tormenta de arena en el desierto. Los jinetes de sombreros, chalecos y pantalones negros ocuparon la avenida principal mientras los temerosos habitantes se encerraban en sus casas. Aunque  el  lugar estu- viese  alejado  de  su  zona de acción,   el mejicano era conocido por los pasquines y su delgado rostro con una leve cicatriz en la mejilla derecha no pasaba desapercibido. En el otro extremo de la ancha calle solamente el sheriff se atrevió a salir de su despacho.

 

– Sé que una bailarina del Saloon se ha refugiado en este pueblo   dijo el capitán –.  Devolvédmela y no arrasaré Abilar.

 

– Esa mujer se marchó del pueblo con el comisario para asuntos indios y el herrero del pueblo ayer por la mañana – respondió el funcionario –.  Se dirigían al sur.

 

– ¿Y dónde están mis dos sicarios?

 

El sheriff señaló la colina que había en las afueras del pueblo. Sobre su cima se apreciaban las siluetas de tumbas y cruces. Añadió que el comisario disparó contra ellos en defensa de la mujer. Castello miro seriamente al único hombre que estaba allí ante él. Espoleó su montura y ordenó a sus bandidos que se dirigiesen al sur también. Cuando los forajidos desaparecieron por el otro extremo de la avenida entre una enorme nube de polvo, el funcionario respiró aliviado. Entonces los habitantes salieron de sus casas para honrar su valor, pero sus palabras eran falsas.

 

Por la noche, el carromato de los tres fugitivos llegó ante las Montañas Grises. La mortecina luna se vislumbraba entre las accidentadas laderas. Observaron las cabañas de los mineros, la entrada de la mina y el desfiladero. La muchacha repetía que debían continuar por el citado desfiladero.

 

- Lo siento - dijo Joe -, pero los caballos están cansados y en la oscuridad nos podríamos perder. Yo haré la primera guardia. ¡Preparad los fríjoles, el tocino y el café para la cena!

 

Avanzaba la noche y el comisario permanecía despierto, winchester en mano. De repente notó una suave brisa y las llamas de la pequeña hoguera danzaron siniestramente por unos   segundos.   Oyó  a  sus  espaldas  el  rumor  de  un  lúgubre cántico. Cuando se giró, vio cómo una comitiva de hombres, cubiertos de harapos y uniformes sudistas, se dirigían a la entrada de la mina. Avisó entre susurros a Tod y a la muchacha, quienes se horrorizaron al ver el espantoso espectáculo. Un fantasmagórico brillo rodeaba a aquella desdichada gente y lentamente se fue apagando mientras iban desapareciendo en la galería. Los tres buscadores del tesoro no necesitaban demasiados argumentos para quedarse allí, prepararon el carro y huyeron por el desfiladero.

 

Al atardecer del día siguiente, llegó la banda de Castello al abandonado pueblo de Tajora y los insultos y barbaridades brotaron de la boca del capitán cuando descubrieron la tumba abierta del sargento Ross. Se acercaba la noche y los caballos estaban reventados, por tanto decidieron dormir en el sórdido paraje.

 

El carromato de los tres fugitivos llegó cansadamente a una aislada montaña que se alzaba como la cabeza de un gigante en la llanura del desierto. De hecho la erosión había tallado entre las flamígeras rocas la efigie de un rostro aquilino. Se adentraron en un estrecho desfiladero y desembocaron en una inmensa caverna que albergaba una vieja ciudad de estilo precolombino. Sus derruidas cabañas de barro se amontonaban con cierto desorden en torno a una plaza de estructura circular. En ese momento notaron unos leves temblores de tierra y caminaron por el paraje con prudencia. Joe descubrió que la casa más grande debió ser un templo y hallaron una enorme kiva. Se trataba de los lugares sagrados que empleaban los hechiceros indios para sus rituales y sintieron miedo.

 

– Desafiamos el peligro por el oro – dijo el funcionario a Jennifer. – Claro ...

 

Cuando acabó su temeroso comentario, vieron las efigies de tres ancianos brujos cubiertas con mantos. Se levantaron de sus erosionados bancos de piedra y ...

 

– ¡Somos supervivientes que guardamos el tesoro de los conquistadores españoles! ¡Solamente atrevidos extranjeros llegan aquí por el oro!  ¡Ahí lo tenéis! – exclamó un hechicero, mientras un huesudo dedo de su mano señalaba una grieta –. Los frecuentes terremotos de la región abrieron una brecha y las riquezas fueron tragadas por la tierra. Es vuestro, pero el precio es ... la vida.

 

Los fugitivos retrocedieron unos pasos. Sabían que la arriesgada aventura solamente tendría una trágico final, por tanto abandonaron el templo y regresaron al carruaje. Ni la ambiciosa bailarina  insistió.  Pero al llegar al rellano donde descansaban los caballos y el carro, aparecieron los bandidos de Castello, quienes desenfundaron sus colts con rapidez. Joe, Tod y Jennifer tuvieron tiempo de protegerse detrás de unas rocas, pero eran veinte revólveres contra tres whinchesters. En aquel momento la tierra volvió a temblar y el muro de piedras que resguardaba  a los forajidos se tambaleó, cayendo sobre ellos. Su temido capitán murió aplastado por toneladas de piedras. Una ancha grieta se empezó a abrir cerca del carromato. Antes de ensancharse, los tres intrusos subieron al carricoche y azuzaron los caballos. Más rocas cayeron sobre los bandidos que quedaban en pie y no pudieron disparar contra ellos. El comisario, Tod y Jennifer huyeron mientras a sus espaldas la ciudad precolombina se derrumbaba.

 

– Tendremos buena suerte si salimos con vida – dijo el funcionario mientras chasqueaba un látigo sobre los cansados corceles.

 

Cuando se alejaron unas millas, también observaron cómo parte de la ladera de la misteriosa montaña se resquebrajaba entre una espesa nube de polvo. Entonces el terremoto cesó y los forasteros decidieron volver a Abilar con cierta decepción. En el pueblo aguardaban las autoridades del condado que previa- mente habían sido avisadas por el sheriff. Tod quedó libre; Joe demostró ser el patriota que luchó al lado del general Ulysses Grant  en  la  Guerra  de  Secesión,   por  lo cual  obtuvo  la plaza  de comisario para asuntos indios. Volvió a su aburrido puesto. Cuando las autoridades buscaron a Jeniffer, la bailarina había huido otra vez. En la posterioridad las leyendas recordarían este acontecimiento, pero solamente un escritor mejicano lo convirtió en una larga poesía que se conoció con el título de :  

La balada del gringo.

 

   Francisco Javier Parera

 

 

1864  El Comandante General de las Armadas Unidas de América : Ulysses S. Grant, fotografiado en City Point, con su hijo menor, Jesse; y su mujer... Fue uno de los “Peacemakers” (Hacedores de paz), junto con Sherman, Lincoln y Poter... El 4 de marzo de 1869, le nombraron Presidente de los Estados Unidos, sucediendo a Lincoln vilmente asesinado.