Mariette Cirerol

 

Los Cuadernos de Manuel

 

Cuaderno 6 – Capítulo 3

 

De la pensión Alhambra, pasamos a la pensión Carmona, donde me hago llevar un piano, pues lo necesito para seguir trabajando en EL RETABLO DE MAESE PEDRO, que empecé en Madrid, encargado por la Princesa de Polignac. Las escaleras de la casa son muy estrechas y tienen que subir el piano a mi habitación por el balcón.

 

No tardamos en encontrar una verdadera casa donde mudarnos, y con mucho jardín para gustar a María del Carmen. Esta casa tiene nombre, se llama: Carmen de Santa Engracia. Nos trasladamos a ella a principios de 1920, año que no fue muy bueno para mí.

 

Quizá a causa de los muchos cambios y de los nervios por no encontrar las cosas en el momento que las necesito, añadido a las obligatorias visitas de cortesía que tenemos que dar y recibir por ser nuevos vecinos, mi salud se requiebra. Necesito mucha tranquilidad para poderme concentrar y trabajar a gusto, una tranquilidad que estoy seguro voy a encontrar en este lugar, una vez estemos completamente y adecuadamente instalados.

 

Estoy trabajando en el RETABLO DE MAESE PEDRO; y, por ello, leyendo en la obra de Cervantes, DON QUIJOTE DE LA MANCHA, los capítulos que hablan de Maese Pedro, de su retablo y de su mono. Me  cuesta concentrarme porque no me encuentro bien y porque todavía no tengo reunidos en mi estudio todos los requisitos que implica el trabajo que estoy haciendo. Tiendo a sacar las cosas de quicio, como Don Quijote; espero no terminar como él.

 

Con eso empieza un nuevo año que me trae la visita de Ignacio Zuloaga, otro pintor que quiere pintar mi retrato. Verdaderamente, no comprendo ese interés que tienen los pintores por mi físico. Llega en Enero de 1921 y pasa unos días con nosotros.

 

Al pasearnos por Granada encontramos una casa más adecuada y, sobre todo, mucho más alegre. Es un carmen de la Antequeruela Alta, el número 11 exactamente, que nos encantó enseguida a María del Carmen y a mí; y también a Ignacio Zuloaga y a su hija Lucía que le está acompañando en su estancia en Granada. Como pintor, nos da muchas ideas para  decorarla. Quedamos en que volverán a visitarnos cuando estemos instalados en esta nueva casa que espero será la definitiva.

 

No tardamos mucho puesto que vimos la casa por primera vez en enero, y en febrero ya estábamos viviendo en ella. En seguida le mando una carta a Zuloaga, para darle la buena noticia, y también para hablar de otros asuntos que tenemos entre manos, en particular de unos proyectos artísticos que queremos realizar junto con otros amigos. Promete venir a visitarnos en nuestro nuevo hogar; pero tendrán que pasar unos meses, porque voy a estar dando conciertos en Paris y en Londres durante todo el mes de mayo y él no puede venir ni en marzo ni en abril.

 

Mientras tanto, me voy haciendo nuevos amigos : Fernando de Los Ríos, Hermenegildo Lanz, Miguel Cerón, Fernando Vilchez, Raúl Carazo, etcétera... Todos son escritores o artistas. Entre ellos está el poeta y autor de teatro Federico García Lorca, y el guitarrista Andrés Segovia. Demasiada gente ¿verdad? para estar tranquilo; pero ¿qué le vamos a hacer? noblesse oblige como se dice en francés. Aquí sería más justo decir: la música lo requiere.

 

Ignacio Zuloaga vive en París y nos carteamos; sobre todo en este momento, puesto que tenemos un gran proyecto que realizar con los amigos que he citado más arriba, y otros más. Queremos  dar  un festival de Cante Jondo en todo lo alto ;  que sea a la vez un encuentro de la buena música flamenca y un concurso para dar a conocer nuevos talentos. Estamos lanzando la voz a los cuatro vientos; pidiendo la cooperación del Ayuntamiento, de los medios de comunicación y de todos los amantes de la música. Hay que decir que Zuloaga ayuda  como el que más. Los amigos que vivimos en Granada nos reunimos para escribirle una carta de agradecimiento  y firmarla todos. Un amigo de Miguel Cerón, guitarrista autodidacta llamado Manuel Jofré, se encarga de buscar valores genuinos en los lugares más escondidos, y luego nos los presenta para ser oídos. Todos son buenos cantaores y tienen una voz potente y maravillosa. Cantan para nuestro pequeño grupo sin hacerse rogar, gozando del encuentro. Pero, cuando empezamos a hablar de algo más serio, de cantar delante de un gran público, de participar en nuestro concurso; todos se niegan rotundamente y no hay manera de convencerles. Son orgullosos y ariscos, siempre con miedo de ser abusados por los payos -- ¡con razón además! ... --. 

 

Esta noche, el cantaor de turno es un hombre imponente: alto, bien hecho, con un rostro que irradia paz y dulzura, con ademanes lentos y tranquilos; mirada a la vez aguda y ajena ¡pero tan bondadosa!, como si estuviera contemplando la escena desde otro plano distinto al nuestro. Espera a que el silencio sea perfecto, quebrado únicamente por los ruidos naturales de la noche, y se pone a cantar, pausadamente, sin prisas. No sé cómo describir la impresión que me produce su voz, es como una mano que acariciara tu corazón, apretándolo por momentos, como buscando alivio, buscando consolación.  Me entra dolor porque es obvio que el hombre está sufriendo, mas a la vez me entra una gran alegría ya que ese cante que estoy oyendo es el cante jondo antiguo que estoy buscando.

 

Uno de los cuatro amigos reunidos se levanta y pregunta al cantaor:

 

- ¿En qué piensa usted cuando canta?

 

Una nube de tristeza parece abatirse sobre el rostro del hombre, se queda quieto unos segundos y, luego, contesta:

 

- Mujeres ... penas ... cuando se murió mi hijo que era lo único que me quedaba en el mundo ... mi compadre Gálvez ... y yo ... – se para un segundo como para tragar su inmensa pena y añade con una voz que quiere alegre : ...  ¡Cantemos por siguiriyas!  ...

 

Sus palabras escuetas, pero llenas de profundo sentimiento, me llegan tan hondo y de una manera tan rara, como si vinieran de otro mundo, que tengo que santiguarme. Parece una queja venida del más allá, la queja de un hombre cuya vida no tiene el trato que se merece. La queja se levanta en el aire como un dedo apuntándonos, diciéndonos que la gente sufre y que los culpables, somos nosotros.

 

No me olvidaré nunca de ese hombre, se llama Crespó. Dicen que es sordo, lo que explica en parte, el halo misterioso que emana de él.

 

Mientras estamos metidos en los preparativos del festival de Cante Jondo; FANFARE, una revista inglesa, me encarga una obra y quieren que la titule : FANFARE POUR UN JOUR DE FÊTE, así, en francés, un idioma que a los ingleses les encanta. Piensan que hace más chic (elegante) dar a las obras nombres franceses.  Ese encargo lo termino en agosto. Luego, continúo trabajando en EL RETABLO DE MAESE PEDRO que me pidió la princesa de Polignac; hago dos suites; y una versión para pianola del SOMBRERO DE TRES PICOS..