Escritor y poeta de hoy

 

Antonio-S. Urbaneja Fernández

 

 

El Señor de Wallenstein

 

 (Finalista en el X Certamen Internacional de Cuentos de Valladolid, en 1971)

 

 

Capítulo 2

 

“Los cambios de mentalidad en las nuevas generaciones llevan consigo la desgracia, la fatalidad, y los conflictos acarreados alteran al pueblo que se decide por las armas y se alimenta con el rencor. Las secuelas de la guerra siempre serán el hambre y la soledad con buena carga de añoranza. La siguiente dinastía, somnolienta y desorientada, como el que acaba de despertarse sorprendiéndole un amanecer gris, puede ser la más atormentada y la más anónima. Nada ha servido para nada”.

 

Daba pena escucharlo cuando estaba deprimido y, sobre todo, comprobar la interminable convalecencia de su pasada postración, en la que la muerte de su esposa, en un bombardeo, no se acomodaba a su recuerdo. Para más escarnio, la corriente liberadora que arrastró a la juventud en la etapa posterior, en una prematura independización, arremolinó a dos de los hijos del matrimonio separado por la muerte y, cada uno por su lado, sin edad para la precisa aventura de la vida que cada hombre tiene escrita, se separaron de su patriarcado, de su abrigo, de su consejo. Al final resultó que la vorágine de los tiempos le arrebató a dos hijos con la misma furia que la guerra se llevó al mayor. Por todo esto ningún vecino se extrañaba de verle caminar solitario hacia la ladera del imponente macizo granítico que guardaba al pueblo recostado en su vertiente meridional, junto a las murallas del antiguo castillo, altivo en su ruina, desparramando almenas y bastiones por la costera de poniente que se hacía cortina en el barranco; ni trepar el recuesto, antes azagador para el ganado merchaniego, cansino de feria en feria, entre los veriles de hinojos y altabacas curativas; ni pasear por las orillas del río aledaño, junto al verdear agreste de las adelfas y los arrayanes, con flores rojas y gigantonas  o  bayas  negroazuladas,  dando  vista  al  pinar  de las alturas,  al olivar de los pechos  y a las besanas de las campiñas;  ni andar en el relente de la huerta entre setos de ásperos morales y granados de fruta regañada y espléndida, que conduce a la blanca casita de muros alabeados con parral terminado en poyo cubierto de vistosas macetas. Nadie se extrañaba de sus continuas excursiones.

 

Tras él quedaba ese afán comunitario de agasajar al foráneo gigantón con el mejor vino, los más curados embutidos, la fruta más apetitosa y las más exquisitas atenciones. Nada de extrañar, por lo tanto, que, al caer enfermo el señor Wallenstein, se exaltara la general solicitud y que, irresistible, un empeño escatológico naciera en el espíritu de la colectividad al conocer el irremediable desenlace, dispuesta y decidida a salvar eternamente al amigo de todos.

 

Si nadie comprendía cómo la exuberante humanidad del germano podía hallarse postrada en la cama de aquel desproporcionado dormitorio de mobiliario rural – gran cómoda tallada toscamente, biblioteca de gruesos anaqueles repletos de voluminosos libros, y varias sillas en derredor de una enorme mesa plegable de tablero sin pulir -, tal vez en consonancia con su actitud nietzscheriana, en constante intento de ocultar el dolor, si entendían y con obstinación que el grave trance a suceder tendría que resolverse en el seno misericordioso del gran Rabí de Galilea.

 

Mucho tuvo que soportar con las ininterrumpidas visitas de hombres y mujeres, estas más machaconas, que insinuaban cansadamente el obligado aflorar en el otro mundo.  Y entre aquellas, la del cariñoso cura párroco que se responsabilizó, compadecido y terco, de la conversión del que consideraba su feligrés. Pero a pesar de aprovechar y abusar de las ocasiones que él suponía providenciales, no consiguió confesarlo ni medio convencerlo.

 

“¡Ah, don Justo, estoy tan acostumbrado a los viajes! He visitado el mundo entero y éste es el primero que hago al otro – y se reía como de costumbre, pero quedándose como adormecido por el esfuerzo.”

 

Si inexplicable era para el cura la intransigencia de mi enfermo, mucho más lo fue para mí la del sacerdote, bastante acostumbrado en descargar en mis espaldas una buena parte de su cometido.

 

¡Demasiadas conferencias! ¡Demasiadas charlas educativas a la juventud! ¡Para colmo, la tan obligada información sexual! – grité para mis adentros.

 

Don Justo, desesperado, en última instancia me había encargado, con lágrimas en las mejillas corriéndole por la cara, catolizar al germano. Ni pude ni consintió a que me negara. Realmente yo apreciaba a don Justo. Días antes ya me preocupó el suponerlo cuando coincidimos los dos en la habitación del enfermo de cáncer de pulmón, que no dejaba el cigarrillo, exasperando al sufrido párroco que lo miraba agobiado y con especial apetencia.

Pero la sonrisa de Wallenstein, franca y condescendiente, como un desjugar de la alegría, como un azarbe espiritual por donde el dolor se perdía sin un rictus de amargura, turbaba a don Justo cada vez más desalentado, más cabizbajo y más histérico.

 

La hemoptisis impresionante de la tarde siguiente, al terminar de explorar la matidez de su hemotórax derecho, agrupó en mi cabeza sentimientos de deberes humanitarios – dar ánimos y quitar importancia – con transcendencias escatológicas que en aquellos momentos pesaban con la gravedad de las obstinaciones. Y las dos cosas no cabían en el mismo hondón.

 

De momento resolví mi íntima encrucijada cargando aturdido la jeringa, preparada de antemano, con un cardiotónico que inyecté apresuradamente, limpiando después con el algodón sobrante unas gotas de sangre que pingaban rojas y estremecidas en sus pálidos labios.

 

Pareció que se reponía, porque insistió en arrellanarse en la cama una vez que las mujeres cambiaron las sábanas y se le retiró el escupidor, quedando solo con él. Intenté incorporarlo más y, como de costumbre, me echó los brazos al cuello al tomarlo por las axilas, levantándolo un palmo mientras escuchaba de nuevo su agradecimiento en un extraño castellano al que todos nos habíamos acostumbrado.

 

Sacudí molesto  el termómetro.  Él  sabía que no me gustaba que se moviera al terminar de  escupir  sangre,  pero,  si  le ayudaba,  se esforzaba menos en variar de postura y erguirse, no llegando su ahogo hasta el paroxismo. Después, como siempre, su agradable esbozo de sonrisa.

 

Se había sosegado. Estaba anocheciendo y los postreros rayos del sol caían por zonas sobre los surcos simétricos del sequío y los rebrotes de los tortuosos olivos en ringlera. El otero de enfrente se iluminaba en el último almendro perfilado en el horizonte, antes del azul zarco de las montañas, en la lontananza que encuadraba enmarcándolo el amplio ventanal de la habitación. Un hálito de mieses de hogaño invadió la sala y fue como percibir el perfume de la vida que se mantiene. De repente, como una sombra atravesó el dormitorio y descubrí el revoleteo de un pájaro oscuro en los cristales, que trepidaron, por lo que, asustado, desapareció con un graznido espeluznante. La luz de poniente reverberó unos instantes más sobre los muebles.

 

Era evidente que se había agravado, por lo que de nuevo surgió la exquisitez del alma colectiva de la pequeña población en forma de delicado borboteo de oraciones detrás de la puerta, con un haldear casi imperceptible de mujeres que andaban con pasos disimulados de un rincón para otro, buscando tal vez la frase de siempre, la pregunta taimada para ese misterio que anega el ambiente caliginoso y patético de un moribundo.

 

 

      

 

CAPÍTULO 3

 

Alguien asomó la cabeza y un ruido de mal ensamblado postigo se escuchó al cerrarse la puerta, intentando que la confusión y los rezos no llegaran al oído del paciente. Esto me confortó: ¿Por qué insistirle en la muerte? ¿Quién sabe cómo cada cual se ha adaptado a la idea divina sobre cada persona? Ni deseé que don Justo apareciera, imaginando que posiblemente deformara el momento.

 

Me acerqué al lecho para comprobar su pulso, que era acelerado y con algunas interrupciones. Él me miró con ojos vidriosos, doblando trabajosamente la cabeza, muy cansado, entre un jadeo que se mezclaba con los estertores del pecho. Aparté mi mirada de la suya, serena y sin reservas, llena de verdad, y le apliqué, también en inyectable, otro estimulante.

 

- ¡Fume! – me rogó en un susurro. - ¡Fume! Me agrada el humo. ¡Hágalo!

 

- No debe aspirar humo, Sr. Wallenstein, - le advertí mientras limpiaba con alcohol el lugar del pinchazo.

 

- ¡Fume!, por favor… ¡Qué más da!...

 

Era admirable lo bien que aprendió las frases de renuncia: “¿Qué importa?… ¿Qué le vamos a hacer?… ¡No tiene solución!… ¡Es el destino!...”

 

Encendí el cigarrillo, procurando no fumarlo, y me senté después de comprobar la fiebre en el termómetro. Quise como esconderme detrás del aparatito, como agazapado para que pasara el tiempo. ¿Qué podía hacer?...

 

- He preparado mi contestación. En realidad, la tenía preparada. – suspiro con un especial tono de triunfo.

 

Creí que deliraba y me aproximé para reconocerlo, pero me sostuvo en la silla con una lenta pero insistente indicación de su blanquísima mano.

 

- ¡Aguarde un instante! – me suplicó. Deseo probarla con usted. De todas formas es parte de Dios, hijo suyo. Lo que Él pregunte será más o menos lo que a usted se le ocurra.

 

Me sentí terriblemente intrigado. Fruncí las facciones y mi atención entera la fijé en aquel personaje que no tardaría en atravesar los previstos umbrales de la eternidad.

 

Respiraba trabajosamente y supuse que sus entrañas se desmoronaban en la hemorragia general. Tosió con dificultad y expulsó un esputo hemoptoico, inclinando la cabeza sobre la vasija de la mesita de noche. Después se limpió torpemente los resecos labios y continuó.

 

- Si usted fuera Él y brotara en su presencia un alma para ser juzgada, ¿cómo principiaría?...

 

No lo esperaba y quedé atónito. Tartamudeé, rezongué algo, pero me gritó con todas las energías de que dispuso:

 

- ¡Recíbame!

 

- ¿Quién hay? ¿Quién es?... – pregunté precipitadamente, confuso y desconcertado.

 

- ¡Exacto! – exclamó.

 

Quedé pasmado. El moribundo me señalaba con su largo y delgado dedo índice, radiante de complacencia, asintiendo con la cabeza, con las pupilas dilatadas y brillantes. Parecía como enloquecido. Ahora se sonreía con un aire de suficiencia, de triunfo que me indignaba. Me miró detenidamente y me dijo despacio y recalcándolo:

 

-  Le contestaré: “¡Un hombre!”

 

- ¿Le ocurre algo? – y pretendí acercarme a la cama porque aprecié que se hundía entre las almohadas agotado, consumido y en trance de morir, pero otra vez me detuvo con un terco movimiento de la mano que aún me señalaba.

 

- Un hombre. – prosiguió -. Un hombre que ha contemplado un alborear y una puesta de sol. En cierta ocasión me contaron el caso de alguien que subió a los cielos sin admirarse con el rayar del día y el embeleso del ocaso, enclaustrada sin miramiento en la clausura severa de su orden religiosa. El Señor la devolvió a la tierra para que se maravillase con su gran obra creativa. Todas las personas estamos influenciadas por salientes y ponientes, por primaveras con rebrotes y estíos angostadores, en especial las que, como yo, aprendimos a sonreír después de las calamidades y los desastres.

 

Cuando conseguimos transformar, mudar el sufrimiento en gozo, aprovechando humanos resquicios, verdaderas disposiciones, no entristecemos nuestra demarcación, nuestra atmósfera, nuestra dimensión peculiar, consiguiendo así la auténtica grandeza humana. Reír, reír y reír es la mayor superación de un ser formado con barro pero animado con el soplo del Dios del amor. De esta manera se rebasan nuestras propias limitaciones, los normales listones de la vida y las marcas de los héroes. Yo, en mi compleja desgracia, no he ocultado mi sonrisa; yo, el infeliz, el infortunado Wallenstein, he conocido la grandeza humana; yo … y lo acalló un nuevo golpe de tos.

 

Ya se expresaba con extraordinaria dificultad, casi sin modificar el tono de voz, descansando para respirar al final de cada frase. Su rostro adquirió un extraño brillo y una evidente rigidez, haciéndose inmutable, inexpresivo, pero con una sonrisa tensa y mantenida que simulaba un mohín que espetaba el ánimo.

 

 

 

CAPÍTULO 4

 

Al terminar de hablar, quedó postrado;

sin embargo, a los pocos segundos, se irguió cuanto pudo a costa de exagerar el jadeo y bañarse en aquel sudor frío que bruñía su húmeda frente. Quedaba lo más importante, la radicalidad del hecho supeditado, dependiente de mí, de mi juicio y hasta de mi estado de humor.

 

Yo también me enderecé creyendo haber encontrado la sutil abertura que llega a los sentimientos, oportunidad que rastreaba desde que don Justo se descargó en mí, ufano ahora de estar en el camino que le correspondía al sacerdote. Por eso me aventuré a sugerir una idea:

 

- Dios, en su sabiduría infinita, conocerá si esa grandeza de superación  es  buena   porque  va  recorriendo  los  cauces  de  su

 

voluntad conforme a los talentos, poder e inteligencia de su dueño. Es decir, a cada hombre le corresponde su prueba y siempre partiendo de sus disposiciones evangélicas. Hasta para crear el mundo y el cielo pasó revista y afirmó que cuanto fue surgiendo de la nada era bueno, estaba permitido.

 

- No desvarie, doctor. – protestó enojado.

 

- No desvarío; es así y Dios lo espera – le contesté con tristeza. Pensé que el médico siempre debe de dar esperanza.

 

- No se preocupe. Ya sé que estoy cerca de ÉL; pero dispongo de mi contestación. Toda la vida preparándola. Condéneme, entonces, si no está de acuerdo.

 

- Condenar, desaprobar categóricamente y con derecho a castigo; afirmar con certeza y tajante que se incurrió en la pena eterna… - musité.

 

Comencé a sentir miedo porque la curiosidad se convirtió en recelo supersticioso. Pensé que si hubiera perdón después de saltarse las disposiciones divinas, algo, no sé qué, fallaba. Tal vez me sentía vencido por un moribundo apenas sin fuerza. Pero, indudablemente era una persona digna. Me figuré que me introducía en un antiguo cuadro flamenco para transformarme en raro nigromante rodeado de retortas, talismanes, tósigos y alambiques. Había dentro de mí mucho de soberbia, de decepción y de ira; había algo de demonio. Por ello le contesté cuando el judío germano gritó con todas las fuerzas que le quedaban:

 

- ¡Condéneme y terminamos de una vez!

 

Claramente percibió mi reticencia: ¡Sepárate del amor, de la confianza, de la protección, de la pureza, del gozo perdurable, de la paz, de la claridad del cielo y del manto celestial y, sin remedio, húndete en la desesperanza, en desaliento, en el hastío, en el fango negro de la depravación del espíritu, en la contradicción, en la renuncia y el dolor de la soledad.

 

Noté  que  una  mano,   la  de  don  Justo,   que  había  entrado  y permanecía a mi lado, apretaba, contracturaba mi hombro y una voz, la de don Justo también, exclamó implorante:

 

- ¡Basta! ¡Basta!

 

- ¡Por fin! – Murmuró Wallenstein – Por fin y yo contestaré a mi Hacedor. Señor, ¡Otra vez!

 

Seguía inmóvil, como saboreando su acierto, con la mirada pendiente de un punto singular y distante, con la mano señalándome, pero apoyada en las coberturas de la tumularia cama. Reparé en mi derredor la inefable sensación de final y de silencio. El celoso cura soltó de mi hombro la mano derecha, que se alzó sobre mi cabeza para dar una bendición mientras balbucía unos rezos y dejaba escapar unos entrecortados sollozos. Y es que fueron buenos amigos.

 

Estábamos a oscuras porque la tarde se había marchado, como de improviso, al caer unas gotas de llovizna en los cristales del desproporcionado ventanal.

 

- ¡Señor Wallestein! – Llamó don Justo nervioso.

 

Me levanté de mi asiento y me fui al enfermo para tomarle el pulso. De pronto me sobrecogió el pensamiento de haber asistido a un juicio divino que se desarrolló en mi presencia, por lo que me precipité hacia el semita que, efectivamente, estaba muerto.

 

Encendí la luz y escudriñé la cara; aún sonreía, pero sin tirantez, sin incitar, indiferente. Miré a don Justo que seguía con sus rezos y se limpiaba la cara de lágrimas con un enorme pañuelo de horroroso estarcido. Suspendió las oraciones y me miró sonriente como en un triunfalismo que inundaba su espíritu y llegaba a sus facciones y a sus ojos hasta rebosar por los labios, alegres y balbuceantes.

 

- ¡Se ha salvado! – Afirmé porque en la simpleza de la convicción del cura se encerraba todo el sentido maravilloso de puente que entre Dios y los mortales se ha establecido.

 

Al instante vino el fondista y las mujeres y el muerto perdió su misterio.

 

F I N

 

 

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Las acuarelas de Rodrigo Vivar