Cervantes como escritor popular

autor: Antonio-S.Urbaneja Fernández

 

Poco se conoce, casi nada, de la vida de Cervantes; y menos de su intimidad y carácter, de ese conjunto de disposiciones y cualidades que definen a las personas y llegan a diferenciarlas y distinguirlas, incluso en la forma de comportarse, de desenvolverse, en el transcurso de su vida. Cervantes fue un genio, un hombre excepcional del que se duda de su propia ascendencia, porque del padre poco se sabe y menos de su madre, Ana Franca, quizás amante del mismo. Es natural que si tanto se desconoce, menester sea averiguar mucho del extraño y tan famoso autor del Quijote, del que ha costado ímprobos esfuerzos afirmar solapadamente que nació en Alcalá de Henares, cuando su cuna y patria chica bien pudo ser Córdoba, Sevilla, Lucena, Madridejos, Madrid, Toledo, y desde luego, la reseñada Alcalá de Henares. Y que nadie se moleste porque un personaje de tanta importancia merece tal competencia y cae bien la circunscrita Mancha, territorio y no región ni comunidad intransigente, en el centro del país, en donde quizás sólo vivió cuatro años y queda inscrito, quien hasta se consideró cristiano nuevo, descendiente de judíos conversos, según referencias de sus abuelos paternos, por cierto cordobeses.

 

Parece seguro que la fecha de su bautismo fue el 9 de octubre de 1547; y el 29 de septiembre, el día de San Miguel, el de su nacimiento. También se conoce que sus abuelos maternos fueron labradores acomodados en las cercanías de  Madrid;  mientras los abuelos paternos eran cordobeses, siendo don Juan de Cervantes abogado, llamándose su cuarto hijo, padre de Cervantes, Miguel, sordo de nacimiento, lo que maleó su natural y le hizo retraído, desconfiado, triste y desilusionado, al impedir su defecto ser médico y obligarle a practicar el oficio de barbero sangrador. De cualquier forma, mientras el ciego es paciente y tranquilo, el que no escucha está pendiente de cuanto le rodea y de lo que cada uno dice, amargándole la existencia a quien permanece a su lado.

 

Es normal el recuerdo y la añoranza de su juventud transcurrida en Córdoba y Sevilla, como el conocimiento de ambas ciudades y el de su gente para completar la historia de la famosa venta, noble castillo para don Quijote, en cuyo corral dos vecinos de la Heria de Sevilla y tres agujeros del Potro de Córdoba, con cuatro segovianos, “gente maleante y juguetona se llegaron a Sancho y, apeándolo del asno, lo pusieron en la mitad de una manta para comenzar a levantarlo en alto, y a holgarse con él como con perro en carnestolendas“, aludiendo a una vieja diversión popular consistente en mantear perros en carnaval.

 

Los gritos del manteado Sancho fueron tantos que los escuchó su amo “que volvió riendas con penado (penoso) galope”, preparado para enfrentarse a los causantes de tal estropicio que no cesaban de su risa ni de su obra, “ni el volador Sancho en sus quejas mezcladas ya con amenazas”. Finalmente como eran gente de buen corazón, acercaron al asno, lo subieron encima y hasta lo arroparon con su gabán; mientras la compasiva Maritornes le ofrecía una jarra de agua del pozo, sustituida, a instancias de don Quijote, por el “salutísimo” bálsamo de Fierabrás, a base de aceite, romero, sal y vino, que sirvieron en una vieja alcuza “que Sancho tomó a dos manos y, con buena fe y mejor talante, se la echó a pechos”, produciéndole tales vómitos que maldecía el brebaje y a quien se lo dio.

 

Es evidente que a don Quijote le agradaba el campo con sus llanuras, lomas y montañas; recorrido siempre por un personal sabio en refranes, proverbios y cantares que guardaban hechos pasados, historias fabulosas de santos y apariciones, como de hechos reales que servían de información y de provechosos consejos. No obstante, a Cervantes siempre se le consideró hombre de ciudad. En su época italiana, le entusiasmó Roma y el alegre Nápoles; como en España le atrajo, de forma especial, Sevilla y Córdoba, la tierra en la que pasó lo mejor de su juventud.

 

El que frisaba ya los cincuenta años cuando comenzó la primera novela de estilo moderno, que era como un retrato espiritual visto reflejado en su espejo falto de regularidad, que lo deformaba por sus luchas, denuedos, fracasos, desilusiones: una vida dura, apenas sin ayudas y pendiente de alcabalas, sueldos del ejército y servicios comprometidos de recaudación que apenas le proporcionaron seguridad económica, y serios problemas que lo llenaban de angustia.  Pero llegó a ser amigo de don Juan de Austria sin caerle simpático Felipe II, llenándose de gloria por su mutilación en la célebre batalla de Lepanto contra los turcos.  Es decir, es persona con relevante relaciones así como con tendencias a lo popular y a lo más característico de cada población. Es significativo su comentario sobre su visita,  en los años de su mocedad, de los lugares más pintureros de distintas ciudades, como los Percheles de Málaga, el Compás de Sevilla, la  Rondilla de Granada, la Playa de Sanlúcar, el Potro de Córdoba o las Ventillas de Toledo, sin olvidar Segovia y Valencia. Precisamente, menciona en el siguiente capítulo al de su armarse caballero, al salir de la venta y después de despedirse del ventero y de la hija del “honrado molinero de Antequera”, ya también doña Molinera, que estaba tan satisfecho “que el gozo le reventaba por la cincha del caballo”, gozo que fue sorpresa y desdicha al tropezarse con un gran tropel de mercaderes toledanos que iban a Murcia a comprar sedas, a quienes quiso obligar a que confesasen  “que no había en el mundo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso”; cosa que no consiguió y sí, una tremenda paliza de un mozo de mulas, que sirvió de respuesta al recién estrenado caballero andante.

 

En este deplorable estado, lo encontró un vecino suyo que venía cantando una tierna copla sacada de un romance. Atendió al señor Quijano, su verdadero nombre, que en aquel momento recordó la novela morisca “Historia del abencerraje y la hermosa Jarifa”, desarrollada en Antequera, siendo su alcalde don Rodrigo de Narváez, y aparecida en el 1561.  Pero por más que insistía Pedro Alonso en que él no era Rodrigo Narváez, ni el marqués de Mantua, ni el Abindarráez, sino el honrado Quijano; poco se aclaraba la confusión mental de nuestro hombre, que finalmente cedió de su obstinación y el labriego consiguió llevarlo a su pueblo, en donde lo recibieron alborozados el cura y el barbero, que eran sus dos grandes amigos.

 

Es de anotar la referencia que hace Cervantes de la buena cara que se le pone a Sancho, subido en su jumento y siguiendo a don Quijote, cada vez que empinaba la bota con tal deleite “que le pudiera envidiar el más regalado bodeguero de Málaga”. Quizás se felicitaba y celebraba también la afirmación de su señor de que los caballeros andantes pagaban los servicios y sacrificios de sus acompañantes, con la donación de los reinos que ganaban; agregando: “Y yo tengo determinado que por mí no falte tan agradecida usanza”.

 

Quizás esta confirmación, junto a los tragos poderosos de vino malagueño, alegró y confundió al confiado Sancho hasta el extremo de poder pensar que los molinos de viento, entre treinta y cuarenta, tal vez eran auténticos personajes de aquel tiempo, dueños de un territorio defendido por sus poderosos brazos, extrañas voladeras, que asimismo pudieran ser vencidas y deshechas con la ayuda de conjuros y hechizos que Dios permitiera, porque “el defender agravios, socorrer viudas, amparar doncellas de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes y con toda su virginidad a cuestas” era su misión. “Y doncella hubo en los pasados tiempos que se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había parido”, reseñándose al margen de un cartapacio obtenido en el Alcaná de Toledo y vendido por un morisco aljamiado, que doña Dulcinea del Toboso además “tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha. “Así mismo, se enteró don Quijote de su historia escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo, al que compró todos los papeles y cartapacios que llevaba por medio real, consiguiendo todos  los que trataban del mismo tema por  “dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo”,  descubriendo en su casa que incluso existían buenas ilustraciones como las del enfrentamiento de don Quijote, cubierto de su rodela, y el vizcaíno de la almohada protegiéndole el pecho. Es precioso el comentario de Cervantes sobre la pasión, el miedo y el rencor que pueden influir en el escritor, haciéndole “torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia”.

 

Es curiosa la narración de la melindrosa, rica y hermosa Marcela, que de repente se le ocurre vestirse de pastora e incluso cuidar de su propio ganado; igual que lo decidió, entre otros jóvenes, el desahogado y apuesto Crisóstomo que, como los demás, andaba por esos campos dedicado a cuidar de sus ovejas, cabras, vacas y becerros; buscando el encuentro con la hermosa pastora de la que todos estaban enamorados, y todos gravaban el nombre de Marcela en los frondosos árboles de la comarca; pero el desesperado amor de éste llegó al extremo de preferir la muerte a la pérdida de la tan deseada joven, sin que se hubiera decidido por alguno. Don Quijote, que pisaba aquel terreno detrás de sus particulares aventuras, se entera de la terrible decisión del joven enamorado, como del entierro, y se une al acompañamiento funerario, entrando en conversación y explicando que es un caballero andante, sucesor y cofrade de la inglesa Tabla Redonda en la que don Lanzarote del Lago destaca por sus amores con la reina Ginebra, siendo mediadora entre ellos la anciana dueña Quintañona, de cuya trama nació el tan conocido romance de:

 

Nunca fuera caballero

de damas tan bien nacido

como fuera Lanzarote

cuando de Bretaña vino.

 

Y viene a cuento del descubrimiento de otro entusiasta lector, el ilustre Presidente que fue de la Real Academia de la Lengua, Rodríguez Marín, que recopiló casi veinte mil coplas populares en su gran cancionero, encontrando asimismo el viejo romance de donde Cervantes recogió el comienzo de su genial Quijote: el verso octosílabo “En un lugar de la Mancha”.  Nada extraño en quien encontró en un poeta popular de su misma tierra, de Osuna, Balmaceda, dos curiosísimas coplas que describen los misterios del subconsciente y su manifestación en los sueños, muchos años antes que Freud, el creador del psicoanálisis, lo expusiera.  Son éstas:

 

Todos los sabios del mundo

vienen a aprender de mí

y aprovechan la ocasión

cuando me sienten dormir.

 

En medio de mis fatigas

varias veces desperté

y vi un sabio que escribía

lo que yo soñando hablé.

 

Y es que los poetas, los buenos poetas, aunque sean populares, tienen mucho de profetas; como de ambas cosas tenía el grandioso Isaías. Ya lo comentó Cervantes en la segunda parte de su Quijote al afirmar “que los poetas también se llaman vates, que quiere decir adivinos”.

 

Hay misterio en algunas poesías de Cervantes que con su estructura quebrada tienen gran parecido con las jarchas mozárabes que redondean y finalizan algunos poemas arábigo-judaicos estudiados por el profesor don Emilio García Gómez en su libro LAS JARCHAS ROMANCES, en el que comenta las siguientes jarchas:

 


Gär fareyo

kómo bibreyo:

est al-habib espero;

por él morreyo.

 

Dime qué haré,

cómo viviré,

a mi amigo espero;

por él moriré.

 

As-säbah bono

gär-me d’on benes:

Yá lo sé k’otri amas

e mib non qeres.

 

Aurora bella

de dónde vienes:

Ya sé que a otra amas

y no me quieres.

 


Ambas seguidillas existían en los villancicos antiguos con su métrica 5-5-7-5; y lo que no añadió don Emilio, es que aún existe en la copla andaluza y parecida a algunas poesías de Cervantes. ¿Quién no conoce estas letras?:

 


No será preso,

no será preso

mientras mi jaca torda

tenga pescuezo.

 

Va la partía,

va la partía

y el capitán se llama

José María

 


Entre las notas de Florencio Sevilla Arroyo, en la “Canción de Crisóstomo” que es la “Canción desesperada” del mismo, se señala con muy acertado ingenio cómo en los últimos versos de estas estrofas se repiten unos esquemas métricos de 7-5, que ocasiona un evidente ritmo de seguidillas que de esta forma lo mantiene.  Es así:

 

De mi amargo pecho

forzoso desvarío

por el gusto mío.

 

----

 

Pues la pena cruel

que en mi se halla

para contarla.

 

---

 

Y el portero infernal

de los tres rostros

y mil monstruos.

 

 

Esta estructura interior por supuesto, es la que permite el cante y el lamento profundo, solemne, del asunto sentimental y grave.

 

Nadie puede dudar del gran talento de Cervantes, de su capacidad creativa, de la extraordinaria capacidad de su prosa, de sus bien trazados prólogos; pero su poesía era como dicen estos versos tan conocidos:

 

Yo que siempre trabajo y me desvelo

por parecer que tengo de poeta

la gracia que no quiso darme el cielo.

 

Sin embargo, nadie negará que posee una cadencia especial, como su prosa que corre libre y con facilidad; mientras su versificación precisa apoyo, sustentación, esa misma que disfruta la vieja seguidilla, corta y ligera a la vez.

 

Yo pienso que el fino escritor Andrés Trapiello tiene mucha razón, cuando en su libro “Las vidas de Manuel de Cervantes” afirma con decisión “que el Quijote es el gran poema de la literatura española, “pero poema popular repleto de dichos y refranes, como el propio Cervantes escribe al encontrarse con el otro caballero andante, el caballero del Bosque, asegurando que don Quijote “cuando se encontraba más elegante y memorioso era al traer refranes”. Y es que era un auténtico amante de la sabiduría popular, que siempre viene de fuera y es preciso buscarla. Se me ocurrió decirlo así:

 

Sabiduría,

que vienes de fuera,

en mí te crías

y en mi prosperas

porque te hago mía.

 

Tuvo tiempo en Argel, en su penoso cautiverio después del desastre de Lepanto, para enriquecerse espiritual- mente, ahondando en las tradiciones populares con la humildad  que le proporcionaba su brazo izquierdo,  seco y paralizado. Y es que como tantas veces se ha repetido “el conocimiento de uno mismo es el principio de la sabiduría”. Otro sufridor fue su amigo y admirado dramaturgo sevillano, Lope de Rueda, también entusiasta de los pucheros y oraciones de la madre Teresa de Jesús, la santa de los poetas inspirados y sencillos.

 

Cuando preparaban la tercera salida en busca de aventuras, Sancho le sugiere a don Quijote que le abone un sueldo de forma regular, quizás mensual, por su entera dedicación, porque no le convence aventurarse en algo que incluye además de peligrosidad, una total dependencia;  lo que no convence a su señor que no siente vocación patronal, vislumbrando inconvenientes que en épocas muy posteriores serán realidades laborales. Pero, como casi todo tiene arreglo, pronto se solucionó el problema y casi inmediatamente ambos toman decididos y contentos el camino del Toboso, a donde llegan anochecido, topándose con la iglesia y su plaza, esa pequeña explanada con sus bancos, de la que yo hice dos coplillas tan ingenuas como sencillas:

 

Una plaza sin bancos

para los viejos

es iglesia sin santos

o novio/a lejos.

 

Era un pueblo sin plaza

y era tan triste

que dejaron sus casas

y ya no existe.

 

No obstante, además de sus refranes, que han perdurado y siempre están de actualidad, son admirables las consideraciones que nos depara el ya “Caballero del león” en la casa de don Diego, padre de Lorenzo, sobre la manifiesta falta de humildad del poeta que siempre piensa de sí “que es el mejor poeta del mundo”, al que igualmente consuela si no obtiene el primer premio en los concursos literarios, considerando más justo el segundo, sin olvidar la importancia del tercero. Y es impresionante el elogio como las virtudes que deben acompañar al caballero andante que, entre otras están su preparación médica y “principalmente de consumado herbolario”, algo parecido a lo que aún es ese dignísimo médico rural de nuestra época, que precisa tan buena preparación como meritoria disposición.

 

Buen merecedor fue don Quijote, del enaltecimiento del mismo Cervantes ante su actitud en las bodas de Camacho; admitiendo, como en las guerras, la  legitimidad y estratagemas para vencer al enemigo actuando a favor del débil, de Basilio, con tal valor y entereza que el siguiente capítulo clama, según los presentes, todos los invitados, el pueblo entero que “fue un Cid en las armas y un Cicerón en la elocuencia”.

 

Tan meritoria es la fantástica y distraída aventura de la cueva de Montesinos, tan desbordante de figuración y utopía, que el mismo Cervantes parece disculparse obligando a retractarse al mismo protagonista; y Cide Hameto pone en boca de su primo, que lo acompaña, al menos la gratitud por la descripción del nacimiento del Guadiana como por la formación de las siete lagunas de Ruidera,  gracias  al  encantamiento  del  tan  mencionado Merlín sobre las siete hijas de la dueña Ruidera.

 

Es curiosa la seguidilla que iba cantando el soldado que encontraron en el camino de una venta, en la que se quejaba de tener que servir al rey por carecer de bienes, a lo que responde don Quijote con una magnífica disertación sobre el deber y la honra que sólo pueden disfrutar los jóvenes.  La popular copla es ésta:

 

A la copla me lleva

mi necesidad;

si tuviera dineros;

no fuera, en verdad.

 

En mi época de médico rural, a lo que se accedía mediante unas oposiciones nacionales y una verdadera vocación médica, conocí a un digno funcionario local que sólo tenía el defecto de alegrarse demasiado cuando fuera de su trabajo y entre amigos, después de unas copas de vino, casi en familia, como decía don Quijote “empinaba la bota”; le daba por imitar el sonoro y escandaloso rebuzno del asno, con tanta perfección que de algún corral o cuadra le respondía alguno de la localidad, con lo que todos sus compañeros se regocijaban felicitándolo. Quizás por esto nunca he leído referencia a nada que me causara tanta gracia como El Quijote; y, como facultativo, recomiendo su lectura a quien padezca tristeza y depresión. Yo pienso que jamás existió quien, como Cervantes, llegara al pueblo con tanta facilidad; y su pluma escribiera escenas tan llenas de gracia y comicidad, que te hacen reír cada vez que las repasas o recuerdas.

 

Y, tal como continúa la historia, “después de haber salido de la venta don Quijote determinó de ver primero las riberas del Ebro”. Subiendo a una loma, vio cómo se acercaba un escuadrón de unos doscientos hombres con abundantes banderas, entre las cuales descubrió una blanca en la que estaba pintado “a lo vivo” un asno con unos versos:

 

No rebuznaron en balde

el uno y el otro alcalde.

 

Se comentó que los dos regidores que rebuznaron en el pueblo del rebuzno “viniesen con el tiempo a ser los alcaldes”.

 

Casi comienza a terminar la gran historia del Caballero de los leones, cuando “al ponerse el sol y salir de una selva”, apareció un verde prado en el que estaban cazadores de altanería (aves de presa) y una gallarda señora “que en la mano izquierda traía un azor”. Don Quijote mandó a Sancho a saludarla “mirándose en el hablar y en no encajar algún refrán de los suyos en su delicada embajada”. Hecha la oportuna presentación, comienzan los graciosos acontecimientos de nuestros personajes, en especial con Sancho, que merece el comentario de su señor “que no tuvo caballero andante del mundo escudero más hablador ni más gracioso del que yo tengo”,  cuando comprueba que son acogidos en el castillo, en el que asombra Sancho a la concurrencia recitando “unos versos de Lanzarote cuando de Bretaña vino”, oídos a su señor y referentes al cuidado de su rocín, encargado a una de las dueñas de la aristocrática dama:

 

Que damas cuidan dél

y dueñas de su rocino.

 

Fue durante la comida cuando verdaderamente se lució el escudero con sus dichos y cuentos; y, en especial, cuando se refirió a la huida de Dulcinea ante las inesperadas atenciones de don Quijote al verla venir encantada entre las dos mozas del pueblo, saltando de su cabalgadura con tanta agilidad que así lo narraba: “En ligereza y en el brincar no le dará ventaja a un volteador … saltando sobre la borrica como si fuera un gato”.  Pero fue don Quijote quien le contestó tan adecuadamente al eclesiástico indignado con la creencia en los encantamientos y la vida azarosa de ambos personajes, arremetiendo contra su parecer en una magnífica exposición sobre el bien y el mal y los grandes beneficios de quienes se entregan en cuerpo y alma en la ayuda del menesteroso, del oprimido, del olvidado, de la viuda, del huérfano y de todos los que precisan protección. Es impresionante como se carcajea el extraordinario escritor de quien, sin seso, está por encima de la serena compostura humana, fría y reservada.

 

Es digno de reseñar el cortejo de tres personajes vestidos de negro y una casi gigantesca figura de igual forma, ésta con la cara tapada con un oscuro velo y una gran falda cubriendo un ancho tahalí y desmesurado alfanje; que, al recibirlo el burlón duque, se alzó el antifaz del rostro, mostrando una horrorosa cara. Presentándose como el escudero de la condesa Trifaldi, por otro nombre doña Dolida, que llegaba desde el lejano reino de Candaya en busca del sin par don Quijote.

 

(En la versión unglesa hay un retrato de Dulcinea;  uno del Quijote y otro con el Quijote y Sancho)

 

El duque permitió la entrada y aparecieron doce doncellas con la condesa Trifaldi, la de las tres faldas,  detrás con su escudero Trifaldín de la Blanca Barba.

 

Es curiosa la aventura del viaje sobre el caballo Clavileño, tan de madera como el del Paladión de Troya, mencionado por Virgilio, que presentaron a la diosa Palas. Y no es menos interesante la mención de Cervantes sobre la musicalidad, el ritmo y la popularidad de las seguidillas, como el conocido refrán de “bien está san Pedro en Roma si no le quitan la corona”, con un sentido claro y perspicaz del arbitrario desposeimiento.

 

Realmente el Quijote es una ingeniosa manera de exponer toda la sabiduría popular, la de los proverbios y los refranes, la de las viejas coplas y dichos, de una forma agradable y risueña, quitando severidad y acritud. Para esto es menester mitigar la dura realidad para que no sea odiosa y miserable, porque la comunicación proviene de lo más profundo de nuestra conciencia, en donde se encuentra el dolor y la ironía de su superación. Es la postura y la disposición de quien, como el desdichado Cervantes, ha sufrido hasta el límite de la desesperación, necesitando padecer ese vaivén vital de la superación y el deseo de transmitir.  El mismo lo afirma con sus versos:

 

Yo he dado en Don Quijote pasatiempo

al pecho melancólico y mohíno,

en cualquier sazón, en todo tiempo.

 

Y dicho esto, termina mi atrevida exposición que no permite más espacio.

 

Antonio-S. Urbaneja