Los Cuadernos de Manuel

 

por Mariette Cirerol

 

Cuadernos 3-9 y 4-1

 

 

Cuaderno 3 – Capítulo 9

 

Debussy es un hombre especial, muy sensible, que tiene una idea pura de la música, que no acepta los artificios, sean modernos o antiguos. Hasta le molesta que graben sus obras en discos, porque les quita autenticidad. Es un anarquista. Está en contra de las instituciones, y del conservatorio en particular; ya que, según él, sólo sirve para remover el polvo del pasado y del presente, dejando de lado los verdaderos valores.

 

Es un revolucionario que se deja avasallar para dar de comer a su familia. Y eso de inclinarse, de decir sí y amén a todo, le roe las entrañas. Está divorciado, a solas consigo mismo, se siente incomprendido de todos, y duda de la amistad de los que quieren ayudarle, de Ravel, de Stravinsky y hasta de mí. Saberse  impotente para luchar contra la enfermedad y la injusticia, le da mucha rabia. Comprendo que debe de ser horrible, sentirse así.

 

¿Qué puedo hacer por él? me pregunto constantemente. Mi conciencia me dice que tengo que ayudar al hombre que me ha apoyado tanto cuando lo necesitaba. Por eso, después de meditarlo mucho, me armo de coraje y llamo a la puerta de Paul Claudel. Es poeta y cree en Dios, debe comprender. Pero me dicen que se ha marchado a Hamburgo, en Alemania, donde ejerce como Cónsul General de Francia, y tengo que reconocer, muy a pesar mío, que me alegra la noticia. Me causaba pánico tener que enfrentarme con una personalidad de tanto calibre. Pero el alivio que siento me avergüenza y busco otro camino. Ya lo tengo: iré a ver a  Rodin. ÉL es el culpable, el principal implicado, la causa del dolor, de la frustración; del aniquilamiento moral de Camille. Ella fue la que trabajó en sus obras más importantes: Los Burgueses de Calais, El Beso, y tantas otras: las mejores. El Beso inmortalizó un momento de locura, de pasión entre los dos: ente Camille y Rodin. ¿Cómo puede vivir entre esos recuerdos  entrañables, y  exponerlos, y recibir tantas alabanzas por ellos, sabiendo que su musa, el alma que les insufló vida, está agonizando en un lugar tan deprimente? Al igual que Debussy, no comprendo, no comprendo ...

 

Me dirijo, pues, hacia Montmartre, donde Rodin tiene su taller. Nunca había visto el taller de un escultor. El de Rodin es inmenso. Tiene dos plantas muy amplias donde se amontonan sus obras. Hay una veintena de aprendices que trabajan para él, que son los que verdaderamente meten mano a la piedra. Rodin supervisa, o se encierra con una modelo dentro de su recinto privado, para moldear su cuerpo. En medio de la gran sala de trabajo, también hay una muchacha desnuda e inmóvil, en una pausa inconfortable. Hace un frío y siento pena por ella. En su lugar, yo no duraría más de dos días, me moriría de pulmonía.  Pido por Auguste Rodin y un muchacho me lleva, haciéndome atravesar muchas salas, todas igual de frías y enormes, todas con modelos desnudos posando para los estatuarios. Finalmente, llegamos a una puerta donde llama con los nudillos. Desde dentro, una voz cansada nos dice de esperar un momento. Pasan unos minutos, y la puerta se abre.

 

Delante de mí, aparece un hombre grande, bastante espeso, con los hombros algo encorvados, como si llevara un peso encima. Me mira con ojos inquisidores y tristes, y me pregunta:

 

-          ¿Qué quiere Usted? No me gusta que me interrumpan en mi  trabajo.

 

-          Y yo no me lo permitiría si no me moviera un asunto de suma importancia... ¿Sería posible hablar de ello en privado? ... Si este momento le es incómodo, me adaptaría al que Usted eligiera...

 

Rodin se acaricia la barba, pensativo, luego asiente:

 

Con eso nos llega una voz cantarina y salada preguntando:

 

-          De acuerdo. Acomódese como pueda. Le escucho.

 

Con eso nos llega una voz cantarina y salada que pregunta :

 

-          Je peux m’habiller? ...

             J’ai froid, moi, pendant que vous discutez...

 

(¿Puedo vestirme? ... Tengo frío, yo, mientras discutís.)

 

-          Oui, oui... C’est fini pour aujourd’hui. Tu peux partir.

 

(Sí, sí... Basta para hoy. Puedes irte.)

 

Viendo que no sabía donde colocar mis posaderas, desembaraza la única silla de la estancia y me la ofrece. Luego, coge un trapo, le quita el polvo a un bloque de mármol, y se sienta encima.

 

Se queda mirándome, peinando delicadamente su larga barba blanca con los dedos, esperando que entable la conversación.

 

Yo no sé cómo empezar. Es bastante complicado lo que tengo que decir. Por fin, balbuceo nerviosamente:

 

-          Es que... Bueno... Es decir...

 

En sus ojos hay una interrogante algo divertida que me da coraje. Entonces, con una voz más firme y decidida le explico:

 

-          Se trata de una amiga suya, de Camille Claudel...

 

-          “¡Ah, Camille!...” articula pesadamente.

 

-          Sí, Camille, se acuerda Usted de ella, ¿verdad?

 

-          ¡Cómo voy a olvidarla!  Trabajaba para mí. Era muy buena. Con ella esculpí lo mejor de mi obra. Era el manantial de mi inspiración... La echo mucho de menos...

 

-          Se encuentra muy mal. ¿Lo sabe?

 

-          Lo sé, lo sé...

 

-          Usted puede ayudarla... Quiere hacerlo, ¿verdad?

 

-          Quiero, pero no puedo hacer nada. Lo he intentado todo,     créame.  Todo fue inútil. Ella no quiere que la ayuden, es demasiado orgullosa. Es su orgullo que le hace perder la razón.

 

-          ¿Está Usted seguro que la ha perdido?

 

-          ¡Y tan seguro!... Una persona cuerda no puede comportarse de esa manera, cometer semejantes barbaridades. Fíjese que ha llegado hasta mandar pelotas de mierda al mismísimo ministro de la cultura. Ya no razona. Está loca perdida... Y cree que soy su enemigo, yo, que sólo quería ayudarla. Cuando estaba borracha, porque últimamente bebía, ¿sabe Usted?, venía a alborotar delante de mi casa gritando mi nombre lo más fuerte que podía, insultándome diciendo: “¡Tendrás que meterte en la mierda para salir!”, y llenaba el portal de excrementos y de basura. No paraba hasta que la policía interviniera.  Y, al día siguiente, volvía. ... La han encerrado. No podían hacer otra cosa. Se había convertido en un estorbo público. ... Lo siento muchísimo, pero es culpa suya. Me preocupé por ella, le conseguí encargos: los rechazó todos. Toda la dote que le dieron sus padres, la gastó en material; trabajaba día y noche, sólo vivía para la escultura. Hizo obras magníficas y luego las destrozó, - para que no me las puedan quitar, decía -.  Se ha vuelto loca, loca de atar. ...

 

-          ¿Pero por qué? ¿Se lo ha preguntado Usted? ¿Por qué razón una mujer de tanto talento, lo echa todo por la borda? ¿Por qué está tan desesperada que ya no le importa nada?

 

-          Es su enfermedad. Ve enemigos por todas partes.

 

-          ¿Sabe?, soy amigo de Claude Debussy. Él no cree que Camille esté loca. Además, dice que le sobran motivos para estar desesperada, que se siente traicionada por todos. Dice que Usted puede sacarla de allí, que Usted puede influenciarla en el buen sentido, que hasta puede darle todo lo que necesita, porque ella le ama, le ama a Usted, ¿entiende?

 

-          Eso no es verdad. No me ama, me odia, me aborrece... Antes, sí, me amaba. Pero eso es tiempo pasado. Desde que le di a entender que no podía dejar a mi mujer, que no gozaba de buena salud, para vivir con ella; cambió completamente. Ya no quiso trabajar para mí, quiso ser autónoma y se destruyó. ... Póngase en mi lugar. Yo la necesitaba para mi trabajo, era mi musa. También era mi amante, no voy a negarlo. Me gustaba mucho. Era joven y se ilusionó, se creyó lo que no era. No podía dejar a mi mujer por ella; no podía porque la amaba. La amaba de otra manera. Camille era la pasión, el trabajo; mientras que Rosa, mi mujer, significaba la paz, el hogar. Las necesitaba a las dos. ¿Cómo iba a decirle a mi mujer? : “¡Vete, búscate otro hogar porque éste, ya no es el tuyo!” ... Yo no podía hacer eso. Además, estaban los niños. ¿Cómo iba a abandonar a toda mi familia? ... ¡Nos arreglábamos tan bien! ¡Éramos felices tal como estábamos! ¿Por qué quiso cambiarlo todo?... ¿Por qué? ... ... No puedo hacer nada. Soy un hombre viejo, ¿no ve Usted? Ya no puedo luchar contra esas cosas. ... Allí es donde tiene que estar. Estará atendida... ¡Y ahora, váyase!...  ¿No ve que me está atormentando?

 

-          Entiendo... Me voy... Pero, por favor, no olvide que Usted es probablemente la única persona que puede dar un poco de consuelo a esa mujer, a Camille. ... Tenga compasión... ¡Vaya al menos a verla! ... ¡Dios se lo pagará! ...

 

-          Usted no sabe, Usted no puede comprender. Ella no me recibiría. El verme le haría más daño todavía... No puedo intervenir. Hay que dejar que el destino siga su curso.

 

-          ¡Por favor! ... Haga al menos algo para que la saquen de allí, ¡que le quiten esa humillación de encima! ...

 

-          ¡Por favor! ... ¡Váyase! ...

 

-          Es que no comprende que no puedo irme antes de que me dé, al menos, unas palabras de esperanza para llevar a mi amigo, que también se encuentra muy mal.

 

-          ¿Al joven Debussy? ... ¿Todavía está chiflado por ella?

 

-          Debussy ya no es joven, pero tiene buen corazón y no puede cruzarse de brazos cuando una amiga suya sufre semejante injusticia. ¿Puedo decirle que Usted hará todo lo que pueda para sacar a Camille del manicomio? ... ¿Puedo decírselo? ...

 

-          Bueno, sí, dígaselo. Se hará lo que se pueda. ¡Y ahora, váyase ... váyase de una vez!

 

Me voy, dirigiéndome directamente a casa de Debussy. No le comento mi visita, porque sé de sobra que Rodin mintió para alejarme, que nada emprenderá para salvar a Camille. Se ama demasiado a sí mismo y no le interesa remover cosas que podrían perjudicar su imagen y su carrera... Estoy pensando en ir, yo mismo, a visitar a esa mujer que no conozco, pero cuya vida me parece interesantísima.

 

Me encuentro con un Claude Debussy muy deprimido: “Manuel” me dice, “tú que hablas con Dios, pídele que me ayude ... Estoy desesperado. París se me hace cada día más odioso... Quisiera irme, a cualquier parte, y olvidar. ... Pero eso no arreglaría las cosas. Hay demasiada injusticia, demasiados intereses que se nutren de la desgracia ajena. ... La enfermedad me paraliza y hay que luchar. ... Pero ¿Cómo? ... ¿Cómo, Dios mío? ... ¡Siento que voy a estallar de impotencia! ... ... ¡ NO PUEDO MÁS!” ...

 

Pocos días más tarde, lo que estalla, es ... ¡LA GUERRA!

 

Camille Claudel

 

 

 

Fin del tercer cuaderno

 

 

 

 

 

Cuaderno 4

 

Doloroso verano de 1914

Primera guerra mundial

 

Capítulo 1

 

El verano se esperaba caliente. ¡Pero, no tanto! No se esperaba calor de fuego, de cañones, de fusiles. No se esperaba ese calor que mata, que corta vidas, que salpica el campo de horribles amapolas…

 

El espíritu del mal se ha insinuado en la mente de los poderosos, les inculca malas ideas, pensamientos de envidia, de dominio.

 

Podrían estar satisfechos, porque Europa ha llegado a conseguir un bienestar que sobrepasa lo soñado, pero no les basta. Cada país quiere ser el más rico, el más poderoso, el más grande; y, para lograrlo, alimentan toda clase de intrigas.

 

El pueblo se rebela y el espíritu maligno se aprovecha de esa rebelión, para apoderarse también de su mente. Se filtra por todas partes. Obsesiona a los jóvenes, inculcándoles ideas de venganza; implantando en sus almas, pasiones destructivas…

 

El 28 de junio de 1914, en el territorio serbio de Sarajevo, entonces anexado  a Austria-Hungría, asesinan al archiduque heredero de la corona: Francisco Fernando de Habsburgo. Esta tragedia da lugar a un torrente de ultimatums que desembocan en un enfrentamiento, dando nacimiento a la primera guerra mundial…

 

El embajador alemán entrega personalmente a la corte, en San Petersburgo, el sobre conteniendo la declaración de guerra contra los países bálticos. Y, el 18 de julio de 1914, el Zar, Emperador de Rusia, declara el estado de guerra, prohibiendo la venta de bebidas alcohólicas en las dos capitales: San Petersburgo y Moscú.

 

Los diarios de la zona reportan que unas cien mil personas permanecen arrodilladas delante del Palacio de Invierno, blandiendo sus banderas nacionales.

 

También leo que el 26 de julio, los representantes de los distintos partidos y nacionalidades hacen acto de presencia en la reunión triunfal de la Duma del Estado. Todos tienen una misma idea, un mismo gran sentimiento. Quieren que el mundo se entere de que están dispuestos a cualquier sacrificio con tal de mantener el honor y la dignidad del indivisible Estado Ruso.

 

El pueblo lituano va a esta guerra como se va a una guerra santa. Los hebreos acuden para defender su patria, movidos por un sentimiento de profundo amor. Los residentes alemanes y polacos consideran a Rusia como su patria adoptiva y se ofrecen incondicionalmente para luchar por ella. Los letones, los estonianos, los tártaros; todos acuden y hacen la misma promesa. Todos están preparados para impedir la invasión, dispuestos a dejarse la vida en ello, si fuera necesario.

 

El 28 de julio, el gobierno de Viena declara la guerra a Serbia.

 

El primero de agosto, Alemania, aliada de Austria-Hungría, declara la guerra a Rusia, aliada de Serbia.

 

El 3 de agosto, Alemania declara la guerra a Francia, aliada de Rusia.

 

Y por último, la violación del territorio belga por el ejército alemán, entraña, el 4 de agosto, la declaración de guerra de Gran Bretaña a Alemania…

 

Esta maldita guerra desbarata todos mis planes, ahora que empiezo a ser conocido y estimado en París. Estoy trabajando en mis SIETE CANCIONES ESPAÑOLAS que gustan mucho a mis amigos. Quieren ayudarme a publicarlas, pero, ¿cómo va a ser posible? En tiempo normal, ya  es  difícil  y,  en  el  momento  que  cuento,  la  gente  sólo  piensa en la guerra, y mis amigos no hacen excepción. Es como si no existiera otra música que la de los cañones. ¡Es horrible, horrible!...

 

En Francia, la sangre hierve. Y poco falta para que estalle una guerra civil: Por un lado están los nacionalistas que quieren luchar al lado de los rusos; y, por otro, están los pacifistas que siguen al socialista Jean Jaurés, fundador del diario L’HUMANITÉ, que luchará hasta el final de sus días por la paz. Muere, asesinado por el otro bando, el 31 de julio de ese fatídico año 1914.

 

Mis amigos se alistan, se van, se van a luchar por Francia; se van voluntarios al ejército. Hasta Maurice Ravel, tan flacucho como yo, y todavía más bajo, declarado inútil para el servicio militar, quiere alistarse en el ejército del aire.

 

 

Jean Jaurés

 

 

 

 

Los Cuadernos de Manuel

fueron publicados integralmente y  por entregas, en la revista

Espiral de las Artes

 

 

Cuaderno 4, capítulo 2