Don Francisco de Quevedo y Villegas

 

Algunas veces las leyendas antiguas sirvieron de cimientos a posteriores obras literarias.

 

Antes de que los chinos inventaran el papel, hubo diversas formas de transmitir la cultura. Los egipcios usaron papiros; pero anteriormente se grabaron signos en piedra, bronce, madera, o directamente sobre la corteza de los árboles.

 

Hoy podríamos decir que en el siglo pasado el libro alcanzó su máxima gloria en papel, para comenzar una decadencia vertiginosa a causa de la informática; pero el libro nunca dejará de existir. Siempre habrá libros, como siempre habrá trovadores, juglares, rapsodas, o cuenta-cuentos, que nos canten, reciten, o narren historias directamente desde su memoria a nuestro oído.

 

Pero las palabras, se las lleva el viento; y lo escrito, escrito está; o como le oía decir a mi madre algunas veces: “hablen letras y callen canas”.

 

Hablando de madres: la madre de la mayoría de las historias de amor españolas fue la de Laureola y Leriano, escrita por Diego de San Pedro en 1465, editada en 1492 y traducida en gran parte de Europa, titulada “Cárcel de Amor”, y ha sido llamada el “Werther” del siglo quince.

 

Una de las figuras de la literatura española que más me ha intrigado desde niña, ya que lo que oí hablar de él era siempre chistoso y burlesco, ha sido Quevedo. Debido a las   referencias   que   el   vulgo   daba  de  él  durante  mi

infancia,   yo consideraba que sería un payaso (en el buen sentido de la palabra). Cuando en los años ochenta pude indagar en los libros, descubro que el chistoso Quevedo, cuyas “aventuras” o supuestas travesuras, se desgrana-ban entre el monótono varear de la aceituna, o el rechinar del arado; o mientras los obreros y obreras, que contrataban mis progenitores para sacar adelante la pequeña finca en la que vivimos tantos años y cuyo enclave nunca perecerá, preparaban sus viandas para el almuerzo, amparados bajo las ramas de un frondoso olivo.  Aquellas personas, inocentemente, se limitaban a decir los chistes que ya habían aprendido en otros campos y que nadie sabía jamás de dónde salían  ni quien los había inventado; ignoraban que aquel que les hacía reír era nada menos que: Don Francisco de Quevedo y Villegas, nacido en Madrid en 1580.

 

Quedó huérfano a temprana edad, cursó sus estudios entre Alcalá de Henares y Valladolid, fue político y diplomático durante el reinado de Felipe III. Cayó en desgracia, seguramente a causa de sus escritos versificados de forma sincera y en consonancia con lo que sentía su corazón y pensaba su cerebro. A través de sus sonetos, hacía llegar su alegría o descontento a toda la corte.

 

Sufrió varias veces destierro y prisión, llegando a estar encerrado durante cuatro años por uno de sus protectores, el conde-duque de Olivares. También estuvo a las órdenes del duque de Osuna.

 

Francisco de Quevedo fue un gran escritor, perseguido a veces  por  su  satírico  lenguaje  lleno  de humor amargo. Destacó como gran filósofo; fue creador de personajes humanísticamente vigorosos, como refleja su obra “Historia del Buscón llamado don Pablo”. Cultivó todos los géneros literarios. A los sesenta y cinco años,  emprendió su último viaje desde Villanueva de los Infantes, dejando al mundo una larga lista de obras en prosa y algunas en verso; no siempre a gusto de todos, pero demostrando una gran cultura y un estilo humorístico y a la vez profundo, difícil de igualar.

 

Desde estas líneas le pido perdón, allí donde se halle, por haber pensado en mi ignorancia de niña que era un payaso.

 

Vayan para Don Francisco de Quevedo, estos versos que hoy invento para él:

 

Hoy en la madurez veo por fortuna

que lenguas viperinas y catetas

hicieron de un gran genio de las letras

un bufón de los chistes de aceituna.

 

Málaga, 10 de marzo de 2005

 

Josefa Gabriela Moreno Gómez