Poeta mozambiqueño de hoy, estudiando en Valencia, España

 

Florindo Mudender

 

Foto tomada en la Casa Diocesana de Espiritualidad,

en Málaga,  en la Semana Santa del año 2003,

durante la VIII CIELE, Primera de la Nueva Andadura

 

 

 

Oda a la Alegría

(Primera parte)

 

 

¿Qué puede alegrarme hoy?

 

 

A veces me alegró el simple hecho de asistir al nacimiento de la luz. El verla propagarse por los intersticios de las cosas o de las almas.

 

A veces me alegró el mirar detenidamente un rostro iluminado por una luz débil. Cualquiera de esas cosas encierra en sí suficiente fuerza para embriagarme de dicha.

 

Hubo quien en el andén de un apeadero me habló de los precisos mecanismos de los relojes, de las minuciosas manos del constructor de relojes y del pintor de vitrales. A veces fue el contemplar la tierra reseca y rascada por el viento o la vasta y densa nube de polvo, el tronco sin ramas de un árbol seco y asolado por el viento, y otras fue el simple hecho de pensar en la lluvia.

 

Otras veces fue el incensario de un templo abandonado. El techo hundido de un templo abandonado.

 

Recuerdo que a veces me alegró el pensar que hay algo de eterno en lo perecedero. El mirar de lejos los libros, apilados en los anaqueles de los estantes, o quietos sobre la mesa. Algunos he hojeado y hubo que fueron como un peregrinaje por un sueño tumultuoso del que se despierta sudado y más cansado que cuando se durmió.

 

Hay que me hablan de pozos y de acequias, de la polea con que se revuelve el fondo y trae a superficie agua turbia salobre y fresca, la roldana con que se revuelven y se traen a superficie deseos petrificados.

 

(De niños pasábamos las tardes junto a la noria. Nos alegraba girar pausadamente la roldana, y era mi sueño de timonel solitario, de timonel que en alta mar gira con precisión el timón y se mantiene sereno durante el mal tiempo.)

 

Hay cosas a las que atribuyo un valor elevado sólo porque su conquista me fue penosa. Fue con lentitud que las cosas se me fueron revelando, que las grandes alegrías me envolvieron (la luz que entró de golpe me embriagó más que de lo que pudiera hacerlo el vino o el agua. El invierno que llegó temprano fue el más desolado y cruel. Hay sueños cristalizados en los corazones como el hielo en los aleros de las casas. Escasea la leña a pesar de habernos pasado la mayor parte del otoño preparándonos para el invierno)

 

Me enquisto al prever que la lluvia será rala, los abrevaderos secos, el rebaño famélico y disperso, y en el horizonte, las densas nubes del polvo. Así permaneceré hasta que fluya mi sangre y se eleve el caudal de los ríos y se inunden los pantanos y canten las ranas.

 

Tengo cerca de mí el motivo de mis deseos, y sin embargo no pudiendo poseerlo, lo miro con una mezcla de alegría y tristeza. No existe en mí una alegría que no esté habitada de tristeza, o que no nazca del mismo lugar de donde me nace la tristeza.

 

Cada presencia en mí es una presencia habitada de ausencias. Vivo la tristeza como si estuviera alegre.

 

 

(Segunda parte)

 

Hay cosas que no me hicieron esperar sino sólo el tiempo necesario y eso llenó mi alma de una alegría desbordante. Alguna que llegó justo cuando me disponía a renunciarla, pero también y quizás gracias a ello me alegró. La mayor de todas las alegrías me llegó de la renuncia: cuando ya mis acciones no se hallaban encadenadas a ningún propósito, cuando aprendí a trabajar sin penar en la recompensa; floreció mi huerto.

 

Cuando dejó de preocuparme el fin prematuro de las cosas, se me reveló lo eterno que habita en lo perecedero.

 

Me alegran las pequeñas miserias, la miseria soportable, como la ausencia de la sal, o la acidez de los limones. A veces la agonía y a veces el tedio. A veces el fuego y a veces el hielo.

 

La fuerza que nace de la debilidad, o los sórdidos laberintos que me sorprenden en las cosas rectas y coherentes.

 

Durante el verano me gusta a veces una noche de orgías en los barrios de lata o sentarme en el zaguán sin camisa, cansado del calor del interior de las casas y cansado de pensar en lo feliz que sería si me encontrase lejos de donde estoy, de pensar en lo feliz que sería si me encontrase en un lugar donde nunca hubiera estado antes.

 

“Pienso en ese lugar como si hubiese estado allí muchas veces. Una mano me llama y yo acudo irresistiblemente. Siempre el mismo aguijón levantado del alacrán que se arrastra sobre el pavimento, el mismo manojo de girasoles secos en un florero de cristal y sin agua, la misma mariposa amarilla presa entre las redes del pescador…  vuelvo al mismo lugar, noche tras noche. Es un lugar distante, y extraño, sin embargo siento que me uno a él,  impulsado por esa  misteriosa fuerza  que nos hace pertenecer a lugares donde nunca hemos estado… Los reconstituyo minuciosamente… Los siento como si me pertenecieran, y yo a ellos, como si en cada uno de ellos hubiera nacido y hacia las capas más profundas de cada uno de esos lugares, se remontaran mis raíces… Como si, de ninguno de ellos, nunca hubiera salido”.

 

Cada lugar nuevo al que llego se me revela familiar. Es un lugar que ya había habitado intensamente antes de conocerlo. Cada rostro nuevo es un rostro con el que había intercambiado afectuosos saludos. Todo eso, aunque difícil de comprender, me alegra de una manera embriagadora.

 

Me gustan las bellas formas, las cosas esbeltas y voluptuosas, las pulpas ácidas de algunas frutas, la nata de la leche, la carne azada, el queso fuerte y rancio. La euforia de los tambores y la voluptuosidad de la danza alrededor del fuego.

 

Me alegró, en un día de lluvia, la columna de humo que subía desde una choza en lo alto de las colinas. A través del humo, aquella casa humilde, distante y aislada y que no supo de mí, sin embargo se me manifestó de la manera más cálida. Y eso me transmitió más alegría y cobijo de lo que hubiera hecho una hoguera encendida cerca de mí.

 

 

 

(Tercera parte)

 

Me alegra el olor a mar en el barrio de los pescadores; el tiempo en su poder de debilitar y de fortalecer las cosas; el agua de los manantiales que no aplacaron mi sed; la fuerza oculta de los ríos subterráneos. A veces, las islas; La hierba pálida que crece entre las rocas; el león de piedra agazapado a la entrada de los rígidos edificios; la aridez de mi mano; el cacto, el áloe y una flor amarilla disecada en un libro antiguo.

 

A veces una pequeña pérdida: de una esperanza o de un amor. Algo hay en las partidas que todavía me puede alegrar.

 

No sé exactamente la clase de emociones que busco. Sé, sin embargo, que las mayores de mis alegrías fueron súbitas, desmotivadas; y fueron sobretodo efímeras, pero las viví con intensidad desbordante.

 

No conozco ni conoceré todas las sensaciones que continuamente me llegan. Todos los sentidos de mi ser no me permiten experimentar la mayor parte de las sensaciones. Lo que he hecho, lo hice con emoción, y viví cada emoción con la mayor intensidad que se me permitía.

 

Tuve alegrías que fueron lentas, como el deslizarse del agua por los vidrios de las ventanas. Otras fueron, lentas y sutiles. No recuerdo su causa. Sin embargo fueron las que más hondamente sentí, cambiaron mi modo de alegrarme y de transmitir esa alegría. Sé que la mayor de las alegrías es estéril y vana si no encuentra algo en qué manifestarse y que a la vez la transmita.

 

El propósito de las cosas es que se puedan manifestar; pero mucho más que eso, lo importante es que se pueda percibir la manifestación de cada cosa.

 

Encuentro dondequiera que vaya, una alegría que aguarda mi llegada. Aprendí a alegrarme por todo lo que veo, aunque el conjunto fuera triste; sin embargo, no permito que esa tristeza eclipse la infinidad de pequeñas alegrías que la constituyen. No permito que la más grande de las tristezas ofusque la más pequeña alegría.

 

Me alegran  los círculos de agua  que se forman al saltar una

 

rana sobre el estanque quieto; la hierba de tallos suculentos que crece a la orilla de los estanques… …

 

A veces, en actitud de defensa, cruzo los brazos y cierro mi alma del mismo modo que se cierran las conchas de un bivalvo. No le permito ningún contacto con emociones que no nazcan de ella. La enseñé a anhelar solamente aquello que nazca de ella. Le enseñé a preferir lo eterno frente a lo infinito; pero lo eterno es también flácido y tedioso, por lo que cultivé en ella la paciencia; y fue la paciencia la principal fuente de mis alegrías. Con paciencia vi llover, y apagarse el fuego de mi hoguera.  Vi  derretirse  como una piedra de hielo  lo que era rígido.

 

Mi vida no ha sido sino una larga y tediosa espera, y ello podría llenar mi alma de desasosiego; pero aprendí a transformar mi desasosiego en ternura.

 

Todas esas cosas a veces me alegran, sin que la suma de esa alegría sea suficiente para alegrarme hoy.

 

En cada gesto o cada objeto, busco una alegría diferente y cada cosa encierra en sí una alegría para transmitirme. Las encuentro en los cantos tristes de los marineros, o en las mañanas lluviosas; en las flores silvestres a la orilla de los caminos, o en los rostros arrugados; en la oración del ermitaño, o en las ruinas de un antiguo asentamiento humano.

 

Es el remedio amargo que no calmó mi dolor pero que me transmitió la esperanza de poderlo hacer; y yo transformé esa esperanza en una alegría desbordante.

 

Nada más anhelo, sino a veces atravesar un camino; divisar a lo lejos una ciudad, o simplemente ver el camino que a ella conduce  e imaginarla alegre y luminosa;  y eso basta para que

 

mi alma se desborde de una explosiva alegría.

 

Puedo nombrar cada una de esas cosas; eso también me alegra. No sé explicar el por qué, pero es una alegría que nace del mismo lugar de donde me nace la tristeza.

 

Esperaba encontrar en el amor la más grande de las emociones, pero fue en un poema que la encontré. En el abrazo esperaba encontrar el más tierno cobijo, pero fue en la hoguera de una choza abandonada.

 

Encontré cosas que me podían alegrar; sin embargo no lo hicieron porque me transmitieron una alegría superior a la que podía percibir. También tuve alegrías demasiadamente anticipadas, otras precedieron un dolor o un desasosiego, y eso me preparó para otras alegrías, las más disfrazadas, y las más tardías.

 

Tengo hambres que no son saciadas a pesar de la abundancia y la diversidad de los alimentos. Tengo sedes no mitigadas, aunque conozco la fuente.

 

Recuerdo que todo eso me alegró, pero ese recuerdo, por muy intenso y nítido que resulte hoy, no me acerca a aquella alegría. Lo que hoy me alegra, no es aquella alegría, ni el recuerdo de ella. Ahora, estoy persuadido. Hoy me alegra todo, incluso la ausencia de la alegría.

 

 

                               Florindo Mudender

 

fin

 

 

Para leer otro trabajo poético de Florindo, pinchar sobre el título:

 

Antes de la lluvia