Escritor de hoy en Santiago de Cuba

 

Víctor Manuel Rodríguez Mercantete

 

El narrador y el poeta

 

 

Era un adolescente cuando lo veía caminando por la calle Heredia, con su cabeza erguida y desafiante. No tenía nada en particular que no fuera ese chivo disparejo en su mentón, que lo hacía más intelectual y significativo.

 

Esporádicamente coincidíamos y cada encuentro despertaba un mayor interés en conocerlo por mi mismo.

 

Me preguntaba cuan grande sería su familia al escucharlo decir: ¡Este es mi hermano! Después me convencía que era una frase codificada de su vocabulario y que él, era hijo único.

 

No me iba a ser fácil escribir sobre este señor andante, contando sólo con mis observaciones y de las lecturas de algunas obras: “Ahora estoy más joven y en el futuro seré un difunto”.

 

No quería llegar a esta sentencia de la vida, sin lograr mi propósito: “La juventud ha pasado y uno sigue pensando ferozmente…” y así estuve durante años hasta que el destino me lo presentó: ¡Mucho gusto, maestro! – le dije – y me estrechó su mano huesuda y fría; en ella me trasmitía modestia, sencillez, honestidad, pero sobre todo esa parte humana, perdida entre muchos incrédulos. Estaba más avejentado y canoso por supuesto, sin embargo su talento prevalecía “fingiendo ser un santo y criando cuervos y víboras”.

 

Me había arrimado a una buena sombra, transparente como su misma fisonomía. Esa tarde al despedirme de él, me dijo: ¡Te quiero! Traduje esa frase en todos los idiomas de la lógica y me dio sólo a un “hombre” en el sentido más amplio de la palabra, luego esta frase se la escuché varias veces.

 

Por espacio de un mes desapareció de mi atención, después conocía de su gira al extranjero.

 

Una vez más volvía a “su ciudad que amanecía entre sus manos y también en su recuerdo”.

 

Ciudad del fuego, del todo mezclado con el “mismo violín en un encuentro con el tiempo, donde la tierra canta y tiene un rostro”; que bien pudo ser el del “último trovador”, o su propio rostro.

 

Lo consideraba aún mi conocido y me saltó el temor de no poder lograr una relación más estrecha, por sus diversas responsabilidades en un mundo intelectual al cual no pertenecía.

 

Nuevamente en la calle Heredia, llena de colorido y con la “balada del tambor…”, volví a verlo. No resultaba difícil localizarlo.

 

Poco a poco fui conociendo a sus amistades: blancos, negros, médicos, barrenderos, poetas, al interesado en un trago, al del dinero prestado, y al que hace una valoración falsa de la amistad: cuando TIN tiene, TIN vale, cuando no tiene, TIN no vale.

 

Fue aquella tarde en el patio del caserón de la UNEAC, en que se abrieron las puertas a lo desconocido, a su mundo. Compartíamos cuando llegó un amigo mío, escritor y periodista: ¡Ah, pero ustedes se conocen! – dijo. Su presencia fue una recomendación directa. A partir de ese momento fui “su socio” y lo tuve más cerca.

 

La vida sin comentarios no tendría sentido, y se decían cosas, pero su talento opacaba cualquier detalle.

 

Llegué a comprenderlo perfectamente: cuando su mirada se encontraba perdida en el infinito, sabía que meditaba, “miraba con luz larga”, con inteligencia de la que estaba convencido que poseía.

 

Alguien me dijo en una ocasión: la madre podía ser mejor que el hijo, por la imaginación que tiene. Después la conocí, es una viejita muy simpática y efectivamente, su edad me transmitió esa inteligencia que él recordaba: “Poesía es mi madre…”.

 

Ahora que tenía confianza en él, resultaba difícil decir las cosas, era como “un poeta que buscaba las palabras y la hoja permanecía en blanco”.

 

Cada día me identificaba con un medio intelectual complejo, dudaba y estuve a punto de abandonar mi intento, cuando volví a la carga “con el mismo violín”,  para  descubrir  nuevas  motivaciones :  no  fue  la  música melodiosa de este instrumento que hizo continuar mi obra, sino el joven “que le duelen las muelas y le faltan algunos dientes”.

 

Diría que nunca supo hacer otra cosa que luchar para lograr ser y estar en el mundo de las letras: Brother, cinco meses estuve “entre las aguas azules donde están los secretos del Caribe”, leyendo, estudiando y comiendo todo tipo de peces. “En alta mar la noche parece un puerto olvidado”. Tendría unos veinticinco años… lo escuchaba atentamente y entre pausas me decía: ¡Date un trago! “Vine a la vida solitario, en secreto y me voy para la muerte con mi rostro de hombre”. Pero aún le faltaba mucho a este señor para descansar y a mí para escribir… era un héroe del arte. De pronto dijo: “Que falta me hace una guitarra” y al patio de la casa Heredia  fuimos a escucharla. No sabía tocarla, era una de sus ocurrencias, de la que conocí ese mismo día.

 

Es muy difícil que entre hombres no se aborde el tema relacionado con la mujer, el sexo y otras cosas: Estaba en el extranjero y alguien me preguntó que si el comandante era un “tirano” y yo le respondí, él, es una masa de pan, el tirano es mi mujer que no me deja salir de noche.

 

Lo escuche al igual que los demás y pensé: no tendría sentido que a una persona de su talento, le faltara el humor.

 

Me levantaba temprano a escribir, meditaba sobre las vivencias del día, sin embargo aún no estaba satisfecho con lo que estaba haciendo. Él, lo hacía primero que yo: cuatro a cinco de la mañana, “tranquilo”, con el humo del cigarro y el café caliente.

 

En más de una ocasión tuve que verlo a primera hora en su casa. Tocaba el timbre y los primeros en recibirme eran un dúo de perros, que con el tiempo se hicieron mis amigos. Allí me lo encontraba, bien en camiseta o en una de sus acostumbradas camisas de mangas largas, sin chancletas, en medias, con su andar meditado, un cigarro entre los dedos, piernas cruzadas, también característico, y la vista fija o perdida registrando su inteligencia: ¡Eso está resuelto ya! – decía cuando las cosas las veía más difíciles, y salía con la certeza de resolver el problema y así sucedía.

 

Había ampliado el medio intelectual y las relaciones que  conocía eran cada vez más importantes. Me sentía agradecido, lo desconocido estaba cogiendo forma. El tiempo profundizó nuestra amistad y sin percatarme de lo habitual,  yo  también escogí como refugio donde aislarme del mundo

 

y lo cotidiano, aquel rincón escuchando “la misma musiquita, ahí ahí” con excepción de aquella: “Déjala que siga andando”, que tanto disfrutaba, haciéndolo cantar y mover los pies, los mismos que en su adolescencia lo hacían bailar guaguancó, una rumba, o arrollar al compás del tambor de una conga, pero ahora “el poeta no quiso bailar más”, y recordaba sin tristeza, (porque nunca lo vi triste), “la única flor que escogió en el camino”.

 

Yo tampoco quise bailar más. ¡Compay! – faltó por decir – porque “esa tarde se supo todo”:

 

 

 

JESÚS COS CAUSSE, El Quijote del Caribe