Escritora de hoy en Málaga, España

 

Martina Martínez Tuya

 

 

“Era tímido hasta sonrojarse”

 

 

Esa frase encabezaba la noticia, eso que en los medios suele considerarse un artículo de opinión y que no es más que una mera recogida de opiniones que no suelen ser sino frases hechas para expresar la indignación o el miedo o la sorpresa, o la furia o la solidaridad o cualquier otra cosa.

 

Esta frase era “una opinión” que expresaba la sorpresa. Aquel hombre anodino, tímido hasta sonrojarse, había sido capaz de matar a hachazos a su esposa, de dejar mal herida a su suegra y destrozada a su hija. Era callado, por carecer quizá de arrestos para discrepar, para oponerse o simplemente para decir de vez en cuando no. Dirían que era bueno, sólo quizá porque no tenían otra cosa que decir.

 

Aquella mujer parecía haber olvidado otros tantos casos de personas “normales”, silenciosas, tímidas, inexistentes para la mayoría de sus vecinos, de sus familiares incluso, de sus compañeros de trabajo y que, ellos también, habían cometido terribles asesinatos.

 

El tímido es un gran orgulloso. El tímido tiene miedo de no estar a la altura de lo que él cree que vale y merece. El tímido es siempre un gran resentido. Es alguien que ve pasar la vida ante sí y no se atreve a meterse en ella. Es el que ve triunfar a los otros y no se atreve a medirse con ellos. Es el que está siempre en el filo de la navaja. Se sabe capaz, se cree capaz, pero teme más que nada comprobar que no lo es, que no sabe tanto como cree, que no vale tanto como está convencido de valer. El tímido vive en un continuo tormento en esta sociedad en la que el individuo  no tiene  coartadas. Su  imagen,  su  autoimagen  está llena de rencor. Está sostenida por el rencor hacia aquellos que no le ponen fácil demostrar su valía. Su odio se dirige hacia todos los que demuestran que valen, hacia todos los que no mantienen un mutismo como el suyo.

 

Los tímidos escapaban a su angustia liberados en “la familia”. La familia era ese lugar donde ellos – donde también ellos – podían ser importantes.

 

La familia ya no es lo que era. Ya no es un pacto de roles con sus distribuciones de silencios, de ceremonias, de lugares significativos en los que todos se comprometen y todos se benefician de alguna forma.

 

Las familias ahora son reducidas, viven en un espacio que no permite las ilusiones sobre nadie. Comparten tiempos superiores a los de ninguna otra época y lo hacen sin rituales.

 

Las familias son, además, un lugar del que se ha apoderado eso que llaman la sinceridad y al que todos van a buscar seguridad, amor, afirmación, poder y un espejo en el que siempre se reflejen, no como son sino como se sueñan.

 

El frustrado, el que fuera no se atreve, el que fracasa fuera, el que necesita a los suyos para que compensen sus derrotas, el que aún cree que puede reclamar un lugar de privilegio, está perdido.

 

El más perdido de todos es el que más espera, el que aún cree que puede esperar algo que no sean las exigencias de todos los demás.

 

Ser el padre, hoy, no es una posición de respeto. Es un cúmulo de responsabilidades que son exigidas por todos los demás.

 

Son exigidas y lo son desde la espontaneidad. Es decir, desde lo más primario, lo más visceral, lo más bárbaro.

 

El tímido llega a su casa buscando la revancha. Llega buscando ese espejo mágico que le devuelva la imagen que necesita.

 

Si su fracaso es continuado, si ya ha rebasado las cotas de la angustia más obstinada, si su furor ha destruido cualquier otro sentimiento, una nada bastará para que rompa el espejo, todos los espejos.

 

Martina Martínez Tuya