Poeta de hoy en Santiago de Cuba

Oscar Montoto

 

Adelaida II

 

 

Con dificultad trepó al andamio de los albañiles. Meneó las caderas, empinó las nalgas – grandes, redondas, paradas – y se sentó en el tablado de pasarelas de mayor altura, dejando en un tamboleo los hierros que la sostenían.

 

Abajo, como espectadores, diez hombres con cascos de trabajo, polvorientos, llenos de cemento, cucharones y palas en las manos, seguían el ritmo de aquellas caderas danzantes; de la blusa corta que dejaban al aire, en esas circunstancias, los senos libres como si estuvieran en un juego de empujones y saltos malabares; como si estuvieran llamando a quince bocas abiertas, sorprendidas, con dientes blanquísimos, que no dejaban la sonrisa de satisfacción o de asombro por el inusitado espectáculo.

 

Así, segundos con segundos apuntalados por las vigas y los suspiros descarnados, el bailoteo del andamio, la fuerte expresión y los trazos de yeso en la pared con cemento húmedo para marcar algo que será, de aquí para allá, de allá para acá, se fue creando el climax de la expectación.

 

Una idea y otra fueron apareciendo en la alta pared.

 

Cuarenta ojos grandes, primero, y sesenta piernas fuertes, después, tomaron el ritmo de trabajo de la escultora. La cadera, el fondillo grande, los senos bravíos y la cara india que no sé qué expresión tiene ahora – en esa altura – hizo de ese día la maravilla del tiempo obrero en el Tropicana en construcción.

 

Para bajar se sentó en los tablones. Sonrió por el miedo y tembló (me lo dijo), y ochenta corazones la rodearon para dejarla sobre un piso repleto de yeso, cemento y arena.

 

 

De las cosas

 

De lo que se trata no es del mensaje que nunca llega

ni de la espiga que muere en flor.

No es de la aurora, ni del viento.

Y no precisamente de la luz.

Ni de un canto a la paz que no existe.

 

Tampoco de las centellas que caen en la guerra

y que también te abrazan candentes en la paz,

y mucho menos sobre la bici que Oscar Wilde regaló

a su amante uniformado en un arrebato de amor. No

es de la oreja de Van Gogh (¿Cuál?)

o de los cuadros que besaron el Sena en otra de esas

noches que alucinaba con y sin razón.

 

De lo que se trata no es de la voz del crepúsculo

como tampoco de los versos eróticos de Yeisi,

Mayelin y Yinet o la creíble virginidad de Yorisel

Y me pregunto:

¿qué serán de los versos malditos de Marino si tres

muchachas sueltan el sudor sobre noches de

mariposas?

Al poeta le va a gustar.

 

Pero no. No es cosa de silencios que atrapan

nostalgias noveladas donde los truenos disipan las

dudas sobre el Creador.

No, porque las raíces desbrozan la tierra para gritar.

 

De lo que no se trata es de la escuela de poetas que

no existe … de la manera de decir y no dicen.

 

De los enajenados de ahora y de siempre con la

misma tonadilla de amores … sin amores

ron ensalivado … sin dinero … frustrados

con sudores de amanecer inútil y huellas de una

esperanza parecida al engaño.

 

                                                                             (fragmento)