Sindicato Nacional de Escritores Españoles

 

Relatos y Cuentos

 

 

 

Libro 1

 

Otoño 2004

 

 

 

 

Edita:

 

 

 

Mariette Cirerol

 

El libro convencional de papel está impreso por PUBLIDISA, Sevilla

 

Depósito Legal: SE-4079-2004

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

 

del Presidente del SNEE

Jesús Dumont

 

 

 

Relatos y Cuentos

 

 

“A veinte leguas de Pinto

y a treinta de Marmolejo

existió un castillo viejo

que edificó Chisdanpinto…”

 

Así comienza el cuento rimado, “EL CONDE SISEBUTO”, original de Joaquín Abati.

 

Mariette Cirerol, Secretaria General Ejecutiva del Sindicato Nacional de Escritores Españoles, me ruega y encarga prologar un Libro primero de RELATOS Y CUENTOS. Encargo dulcísimo que este coplero romántico se atreve a escribir porque es el hacer de diez escritores: Calidad, interés, amenidad, pulso firme al escribir, y belleza al expresar. Razón, entre otras, por cuyo motivo, es de mérito admitir que el Libro constituye continuidad de cuentos y relatos habidos en la literatura universal.

 

Es oportuno y necesario hacer paradigma entre este Libro, estos escritores, y nuestros compañeros de otros tiempos, y otras grandezas literarias.

 

Antología inefable, cuyos temas, constituyen hermanamiento con aquellos, muchos, extraordinarios, escritos por autores eximios, bardos de mitos y bellezas, donde ensueños y realidades conviven y palpitan; hablan y preguntan al subconsciente colectivo sobre la magia literaria, y lo hacen, a través del portillo amplio abierto con  la  palabra  escrita,  por  donde  el hálito divino de la narrativa nos invita a escapar de la cotidianidad y devenir presente.

 

“EN LA MESA DEL CRONISTA”, escrito por Cristóbal Delgado Gómez, Cronista Oficial de Algeciras, penetramos esa dimensión casi impalpable del tiempo, guiados por quien sabe que la Historia se escribe con crónicas de sentimientos diarios hechos futuro.

 

Mariette Cirerol, con su poema “AHORA”, nos expresa el mundo axiológico en el cual la filosofía clásica, y la contemporánea, evocan dimensiones del “ser”. También lo hizo Shakespeare: “¿Ser, o no ser”. Mariette, como consecuencia de su calidad definida de escritora, y su concepto acertado filosófico, hecho poema, ha contestado con exactitud y sabiduría: “ES”.

 

Lope de Vega, en el cuento relato “EL PEREGRINO EN SU PATRIA”, o Edgar Allan Poe, con cuentos de terror, revelan la importancia de este género literario inestimable.

 

RELATOS Y CUENTOS, Libro primero, es todo ensueño, pero ensueño que inicia vida con gracilidad, armonía y belleza. Es así, porque así son sus escritores: autores con alma poética y sensibilidad. De manera que este Libro contiene algo más que relatos y cuentos, espíritu y alma trascendente de quienes han dejado impronta de su saber a disposición de todos.

 

“ORILLAS DE SOL Y SAL”, escrito por José Martínez Zotarelli; “EL CAUTIVO (¿UN MILAGRO?)”, de Manuel Garrido,  contienen  alma;  relato  semejante  al habido en “LA TORRE DE LOS SIETE JOROBADOS”, de mi dilecto amigo y compañero, escritor y poeta, Emilio Carrere.

 

“LA DESPENSA DEL VAMPIRO”, de Josefa Gabriela Moreno Gómez, tiene además regusto que encontramos en la lectura del “MONTE DE LAS ÁNIMAS” de José Zorrilla. Asimismo “EL PUENTE DE LA LUNA”, de Manuel Olmo Aguirre, o “LA SABIA DE PIZARRA” de Antonio Urbaneja Fernández, quien nos tiene acostumbrados a su buena literatura, mantienen similitud semántica con el “ESTUDIANTE DE SALAMANCA”, escrito por Gustavo Adolfo Bécquer.

 

Cuentos universales de terror, cuentos románticos, cuentos de misterios, cuentos todos donde la ilusión abre puertas a lo irreal, o nos introduce en hechos transmitidos de boca en boca, por hablantes juglares, recogidos allí donde la leyenda perdió su partida de nacimiento.

 

Otros, no menos interesantes y bien escritos de este Libro, son: “EL LINDES”, de Silvia R. Hesles; “EL NIÑO QUE NO SABÍA REÍR”, “LA APUESTA” y “LA MONTAÑA DE ALTA CIMA”, de Medardo Ramos: tres narraciones con tres moralejas, como si fueran renglón seguido de Pío Baroja, Valle Inclán, o el Padre Feijoo.

 

Mariette Cirerol, en “PARADOJA”, escribe un retazo de acervo literario como lo haría José Zorrilla, o Eduardo Zamacois: texto que queda ya para la posteridad.

 

RELATOS Y CUENTOS, que tengo el honor de comentar, es  continuativo  de  aquellos  otros  escritos  por  autores

magos de Las Letras universales. Mantienen ilusión, acierto en sus temas y belleza. Decir que sus autores se expresan como otros maestros del relato literario, es hacer memoria de aquellos que nos hicieron sentir trasuntos de hechos y conceptos leídos y vividos de manera Literaria íntima.

 

“UN DÍA EN LAS CARRERAS (Y NO CON LOS HERMANOS MARX)”, de Juan José Archilla Pintidura, advierte que en las Carreras de la vida, también hay ganadores, colocados, y perdedores.

 

Se inicia un contenido nuevo de emociones en esta edición, y como otras, mundo mítico, similar al venido desde el ayer con bagaje poético.

 

Afirmar, por ejemplo, que la “CANCIÓN DE LA HONDA”, escrita por el Premio Nobel, R. Lawrence Lea, es sólo un canto bucólico, sería reducir su grandeza y la hermosura poemática que penetra el alma y deja allí su presencia nostálgica. Relatos como “AVENTURAS EN EL MAR”, de Henryk Sienkieswicz, o “CUENTOS DE LOS MARES DEL SUR”, escritos por R. L. Stevenson, tienen delicadeza comparable con el libro “JUAN SALVADOR GAVIOTA”, original de Richard Bach.

 

Los “CUENTOS POPULARES RUSOS”, de Alejandro N. Afanassiev; “LEYENDAS DE IRLANDA”; “CUENTOS DEL CAUCASO”; “SAGAS INGLESAS”; “CUENTOS DE LAS ORILLAS DEL RHIN”, de Erckmann-Chatrian; o “CUENTOS VENEZOLANOS”, de Rómulo Gallegos; han sido los prologuistas auténticos de este Libro inicial de la serie RELATOS Y CUENTOS, que hoy está ante nosotros.

 

Comparo este Libro con otros como “CUENTOS NAPOLITANOS”, de Salvatore di Giacomo; o “CUENTOS CHINOS DE TRADICIÓN ANTIGUA”, escritos por Hawan Ma Ce”; “CUENTOS DE HADAS”,  de Grimm”; y “CUENTOS NORUEGOS”, de Andersen, en cuya conmemoración, el Sindicato Nacional de Escritores Españoles y la Embajada de Noruega, otorgan todos los años premios a los escritores jóvenes. Certamen realizado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

 

Brujas, gnomos, duendes, trasgos, hadas, barritas mágicas, príncipes y campesinos, lo bello y lo terrorífico, mensajes misteriosos de lo desconocido, de la fantasía y del mito, afloran de manera magistral para nuestra ilusión y nuestro deleite.

 

Entre estos cuentos de fama universal, no podían faltar estos otros que parten hoy, unidos ya al río inmenso de cuentos ilustres, cuyo lenguaje forma caudal en el mar de nuestros sueños.

 

RELATOS Y CUENTOS, ideado por Mariette Cirerol, preparado por ella y sus colaboradores, todos de nuestro Sindicato, tiene galanura similar a la colección de nuestro amigo y compañero Antonio Urbaneja. Y no son asuntos baladíes, son de méritos indiscutibles, porque han puesto en los mismos su esfuerzo, su sentimiento, y su genio literario.

 

¡Ha nacido un Libro! Es causa de importancia máxima. Pero además, el Libro comprende relatos y cuentos. Es, por antonomasia, ejemplo de fantasía, de ilusión, de encantamiento, de poder abrir la mente a tierras exóticas, paraísos intuidos, palacios de oro; y surtidores de perlas, donde se mecen rocíos y estrellas.

 

En los cuentos no hay lugar para glorificar la lógica. Aquella lógica metodista que despilfarró la pujanza y florecimiento del siglo XIV, adelantando su decadencia intelectual. Sólo quedó el epígono de la razón desconcertada tal vez, por fantasías que hicieron posible, y hacen, el avance cualitativo sobre la historia y sobre la vida real.

 

Invito a todos, hoy, a través de este Libro, a dedicar homenaje de afecto a los escritores que nos precedieron con sus cuentos y relatos.

 

A ellos, y a vosotros, mi agradecimiento.

 

¡Enhorabuena!

 

Jesús Dumont

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Relatos y Cuentos

 

 

 

 

 

 

 

 

En la mesa del Cronista

 

Tengo una brújula sobre la mesa de mi despacho. Esa brújula señala siempre al Norte con su aguja temblorosa, pero, a veces, un movimiento imprevisto, o la misma vibración de la mesa al escribir, la hace girar levemente y la desvía, señalando a otro punto de la rosa de los vientos. En seguida que yo advierto este cambio de orientación, corrijo presuroso el desajuste, girando la caja metálica que contiene el mecanismo hasta conseguir que el extremo rojo de la flecha vuelva a señalar el Norte. Entonces, me quedo más tranquilo: para mi, tiene una especial significación esa señal de que las cosas están ordenadas, que la brújula debe señalar siempre al Norte de nuestra vida, y que, más o menos, esta aguja palpitante es el símbolo de que nuestro programa de cada día se desarrollará ordenadamente, tal como lo habíamos programado.

 

Encima de la mesa, tengo también un reloj de arena, cuya observación me inquieta: cuando invierto su posición y los minúsculos granos dorados comienzan a bajar del cono superior al inferior, es inevitable para mí considerar el tópico de la brevedad de la vida, de la fugacidad del tiempo; y esta reflexión me lleva aún más lejos: a la negación del presente, porque, contemplando ese elemental artilugio, comprobamos que la parte superior es el futuro, y la inferior, el pasado. Hay sólo un brevísimo instante en que los dos contenidos se encuentran en el estrechamiento de ambos recipientes, y ese momento, de difícil medida, es, sin duda, el presente. El tiempo,  aunque algunos  afirman que  no existe,   está  claramente  contenido en este insignificante aparato: lo de arriba, el futuro, con su carga de ilusiones, de anhelos, de luces y sombras; lo de abajo, el pasado, la historia; y en su punto de encuentro, fugaz como un suspiro, el presente. Es preocupante, pero es así. Tal vez habremos de despertar a una nueva interpretación de estos conceptos: cuando creemos estar actuando en presente, viviendo en presente, gozando o sufriendo en presente; en realidad estamos haciendo historia. Nosotros solamente somos humildes porteadores que estamos   transportando, constantemente, fracciones de tiempo desde el futuro al pasado. Cuando saludamos  al  amigo,  cuando  besamos  a  la  persona  amada, cuando oímos la más bella melodía: en ese mismo instante, ya todo ha pasado. Cuando la audición de la hermosa partitura aún no ha terminado, ya muchos compases se fueron para siempre, ya son historia, más o menos próxima, pero, al fin y al cabo, historia.

 

Consideradas así las cosas, habrá que coincidir en que el verdadero presente es el pasado; y que es, por tanto, en la memoria donde se aloja para siempre, convertido ya en estático, ese presente dinámico que gozamos o sufrimos en un determinado momento, y que luego, merced a la facultad de la mente, podremos nosotros revivir cuantas veces deseemos. Sin duda, el presente nace con vocación de pretérito…

 

A lo mejor, esta noche, mientras contemplo el espejo quieto de la bahía, una estrella fugaz recorrerá veloz el firmamento: será sólo un brevísimo instante, pero su luz se quedará conmigo para siempre.

 

Aquí las cosas han sucedido al contrario. El futuro está ahí arriba, en los granos de arena que aún no han bajado, que aún no son historia; pero nuestra mente ha sido capaz, con la fuerza de su imaginación, de convertir en presente lo que no ha ocurrido. Estamos, pues, aprisionados entre dos presentes: uno real, inmóvil, en la parte baja del reloj; el otro irreal, como un sueño feliz o una pesadilla, en la parte alta, cayendo incesante hacia el pretérito; y en medio, nosotros…:  ¿pasado?,  ¿futuro?,  ¿presente?...

 

Todo esto me ha sugerido ese reloj de arena con el que me obsequiaron manos muy amadas… Y ahora, cuando termino, me doy cuenta de que ya mi trabajo ha concluido: ya no estoy escribiendo, ya he escrito. Para mí, esto ya es pasado; para ti, posible lector que aún no lo has leído, es futuro…

 

Cristóbal Delgado Gómez

Cronista Oficial de Algeciras

Miembro del SNEE

 

 

 

 

 

 

A pesar de que este libro pertenece a la colección de relatos y cuentos, no me resisto a insertar, a guisa de debate con el texto anterior, un poema mío de misma filosofía, que quiere decir lo mismo, diciendo todo lo contrario:

 

Ahora

 

Todo es presente,

sólo existe el presente.

Ahora es mañana

y también es ayer;

pero siempre es ahora.

Por eso tengo tanto miedo

sabiendo que ahora

también es ausencia;

sabiendo que ahora

también es muerte.

Por eso, quiero llenar de vida

la palabra que se escribe hoy,

que es ahora,

que estoy leyendo ahora

que ya es mañana.

Quiero llenar de vida el alma ahora,

que ya es mañana,

que era ayer,

que es eternidad sin tiempo,

sin ayer ni mañana,

que simplemente

ES.

 

Mariette

Secretaria General del SNEE

 

 

 

Orillas de sol y sal

 

A un lado del mundo, se va elevando lentamente por detrás de una enorme roca, al alba, el sol dorado, tan dorado que el disco incandescente parece como recién salido de la fragua. A esa hora, el orbe parece estar quieto, para poder contemplar así el bello espectáculo de la vida, que se abre paso sin que nada la pueda detener.

 

Después, una brisa suave que vuela calladamente por la bahía, que semeja un suspiro, besa la frente del marinero que resignado sale un día más a la mar, a la vida, a enfrentarse al destino… Es la mar su eterna compañera.

 

A esa hora, mirar al sol es una tarea casi imposible: el agua a sus pies se ha vuelto dorada y multiplica su poder en miles de destellos áureos, que parecen las piezas triangulares de un gran calidoscopio.

 

Por la playa del Rinconcillo, un viejo marinero pasea por la orilla, con la misma curiosidad y expectación que cuando era un niño.

 

Con los surcos en el rostro y las manos cuarteadas, que indican la dureza de ese mismo mar que ahora es tan apacible, recorre la playa, como si fuese éste el primer día de su vida…

 

Y cuando cruzan el cielo un número indefinido de gaviotas sobre las dunas, en dirección al Río Palmones, este viejo lobo de mar, se sigue preguntando como cuando era un chiquillo: ¿pero…, por qué vuelan?

 

Las olas, las mismas olas de siempre, hoy parecen distintas, porque saltan a la orilla con mayor frescura y con mayor ímpetu que nunca; es como si quisieran confesarle a este antiguo amigo de correrías algún secreto del mundo marino, de alguna enamoradiza sirena, quizás…

 

Hay un baile rítmico de olas azules que más bien semejan una triste despedida de algo – que no se sabe si tiene vida o no – hacia alguien… La bahía, más que nunca, parece un poema, solo falta un pintor capaz de perpetuar ese momento para siempre.

 

A todo esto, el “Margarita”, el vaporcito que trae y lleva los viajeros de Algeciras a Gibraltar, va dejando un penacho de humo blanco que parece competir en protagonismo con la misma aurora. Hace su travesía de forma grácil, como un barquito de juguete en un enorme estanque de azul cristalino, siendo que muy cerca, los viajeros contemplan distendidos el bello paisaje desde la cubierta; y los caballeros, con sombrero de fieltro y bastón, charlan  y ríen con suma galantería; mientras, bajo el casco de la nave, juegan los delfines, aquellos delfines que el poeta cordobés, Jacobo Meléndez, decía en unos bellos versos “que le ciñen la cintura” a una Algeciras pasional… sirviéndole de freno…

 

Y no muy lejos de allí, en el muelle, apostados en las maderas, hay un grupo de jóvenes maleteros y cargado-res – chiquillos muchos de ellos – que inquietos esperan con ansia la llegada del “Margarita”.  Son  los  hijos de  la incertidumbre,   que   sueñan   con   la   propina  generosa

del   yanito   o   del  rico  comerciante.    Entre  pitillos  y

 

- 23 -

comentarios vacíos  matan el tiempo, sin saber, que es el tiempo el que los mata a ellos.

 

Y en tierra firme, casi besando el mar, justo enfrente de la enorme mole que rompe la línea recta del horizonte, roca de fachada extranjera pero de alma española, la misma que por su sorprendente silueta cautivó a tantos viajeros ilustres que por distintos motivos llegaron a estas tierras del sur, posada delante, en esta orilla andaluza, se encuentra la antigua torre del Almirante Bocanegra, militar que colaboró en el sitio de esta ciudad con Alfonso XI. Ya bastante ruinosa, desgastada por el levante y temporales de esta zona, y lo peor de todo, apartada de sus cometidos, sigue contemplando cada día la vida como si nada le importara, pues aquella responsabilidad de custodiar la costa española, lamentablemente para la vieja torre, ha desaparecido para siempre.

 

Por aquel lugar, de vez en cuando, hay una pareja de jóvenes enamorados que disfruta de la tranquilidad del entorno.

 

Constante como la aurora, pero no tan anciano como ella, desde hace cientos de años, el Río de la Miel baja sinuoso de la sierra, arrastrando todos los secretos del lugar, todos los murmullos de la noche anterior, todos los susurros de la madre naturaleza, y todas las leyendas de esta comarca, hasta llegar al mar, empapando la bahía de su dulzura en una enorme contienda tremendamente desigual, pero, enormemente justa y romántica, entablándose así una especie de lucha bíblica: David contra Goliat.

 

Mientras, en la  desembocadura del Río de la Miel, reposan en un suave letargo balanceándose caden- ciosamente, las barquillas del Lúgano, hombrecillo delgado y tocado con una boina renegrida y gastada que indica al mundo lo mísera que es su existencia.  Más tarde, cuando el sol apriete un poco más, las llevará a la playa del Hotel Cristina para alquilarlas a las parejas de enamorados, a los clientes del hotel o a los jóvenes que acudan a esa cala maravillosa.

 

Algeciras  - fin de serie, encrucijada de civilizaciones – a esa hora ya está engalanada: lista y jubilosa espera a los turistas de medio mundo: unos quieren ir a Gibraltar y otros, al misterioso continente africano, que a veces se halla tan cerca y otras tan lejos, que parece jugar a desaparecer cuando algunos días una espesa niebla cubre la orilla agarena.

 

El sol ya ha inundado todas las calles, casas y rincones de la antigua Portus Albus, ha coloreado y rejuvenecido todas las fachadas del andaluz caserío.

 

Esa luz única, que sólo se destila en esta parte del globo, ya se ha filtrado por todos los poros, grietas y huecos del panorama algecireño: aquella misma luz que Cesar González Ruano aquí exaltó y alabó a los cuatro vientos, como si fuese un producto con denominación de origen.

 

Es en un lugar como éste, asentado en el mítico Mediterráneo – mirador del mundo -, donde la mitología y la historia se han entrelazado y conectado tan profundamente. Es en un lugar como éste, donde tantos pueblos   legendarios    han   querido   establecerse   para  hundir aquí sus raíces: como los fenicios, los griegos, los cartagineses, los romanos, los godos;  y, por último, los árabes; muchos de los cuales han dejado su impronta imperecedera entre nosotros.

 

Es fácil comprender cómo la influencia de este lugar no deja a nadie indiferente, cómo su aparente sencillez no es más que eso: “aparente”; pues es aquí en el Sur, donde las fronteras de las cosas raramente se identifican con total claridad.

 

Entonces, por algunas de esas calles soleadas y bulliciosas, bajará una anciana cualquiera de riguroso luto, que cuando suene en el campanario de la Palma el “Ángelus”, se persignará y dejará salir de su pecho un profundo suspiro, que ni ella misma sabría explicar por qué extraña costumbre se santigua tras cada toque de misa.

 

Esta mujer de ojos cansados, que también fue joven y guapa hace tiempo, ahora duda de muchos de sus recuerdos, ya no sabe qué fue mejor  – la eterna duda de siempre -: lo antiguo o lo moderno, lo de antes, o lo de ahora.

 

Pasan por su alrededor infinidad de cosas que la pobre mujer ni percibe: minúsculos detalles permanecen invisibles a sus ojos, a sus sentidos; porque ella sigue en su mundo, en las tradiciones… en lo invariable, al igual que la bahía que la vio nacer, al igual que la luz que la vio crecer…

 

 Martínez Zotarelli

                                Miembro del SNEE

 

 

El Cautivo

 

¿Un milagro?

 

“Surcos de sangre en tu cuerpo,

clavos de fuego en tus manos,

clavel de hierro en tu pecho

y en tu frente, una corona

llena de alfileres negros.”

 

Cuando el eco de esta saeta aún sonaba bajo el cálido cielo de Málaga, una agnósica voz se escapa de entre la multitud, que, exultante de alegría y férvida de esperanza, impasible aguardaba en breve jaculatoria el fúlgido cortejo de los tronos en su ferviente desfilar por la Alameda Principal, cuando los últimos resplandores de la tarde y el color púrpura y escarlata de la puesta de sol sucumbían a la inminente presencia de una noche que se antojaba rebosante de sensaciones misteriosas:

 

- ¡Mira, mamá! …

 

De esta forma espontánea, señalando con el dedo índice hacia un extremo de la avenida arbolada, el niño requiere la atención de su madre; la cual, sujetándolo en sus brazos, aguardaba pacientemente, en un lugar escogido bajo la copa de un ficus centenario, para ver pasar a las distintas cofradías que, acompañando a sus tronos, tenían aquella noche su paso obligado por aquel punto del itinerario.

 

Madre e hijo se cobijaban del rocío nocturno abrileño al amparo de una de las fértiles ramas del árbol gigantesco. Málaga olía a cera virgen y azahar.

 

Es en ese preciso instante cuando el niño requiere la atención de su madre, la interrumpe con expresión interrogativa:

 

- ¿Qué es aquel resplandor blanco que se ve bajando por la rampa del puente?

 

- Hijo, es la imagen de Nuestro Padre Jesús Cautivo con su túnica blanca de ángel.

 

- Pues, parece que viene andando, ¿o viene volando? – inquiere de nuevo el niño a su madre.

 

- Sí, hijo, viene volando; pero no con sus alas invisibles, sino con las alas de los corazones de más de doscientos cuarenta “hombres de trono”, o “costaleros”, que muy pacientemente lo vienen meciendo sobre sus hombros, para que todos los que venimos a verlo nos rindamos a sus pies, a los pies del Señor de Málaga, como así lo llaman también.

 

- ¡Oye, mamá! – continúa el chiquillo en sus ansias de saber, ávido de sensaciones – También veo a mucha gente viniendo detrás, caminando, ¿es que quiere pasar y no la dejan? …

 

- No, hijo; lo que ves son personas – más de veinticinco mil – que vienen en penitencia para cumplir sus promesas :  Unos,  porque pidieron favores al Cristo y  Él se  los  concedió.  Algunos  incluso  dicen que milagrosamente.  Otros, por pura devoción hacia el Señor.

 

- ¡¿Milagrosamente, mamá?!

 

- Sí, hijo, a veces parece que sí. … Mira, te voy a contar una historia que sucedió hace ya muchos años, cuando yo era tan pequeña como lo eres tú ahora - le dice la madre a su hijito, para que comprendiera el significado de aquella gran comitiva de penitentes, a la cual, por su corto juicio, no le veía sentido lógico - :

 

“Eran las siete de la tarde de un Lunes Santo – continúa la madre – y, en el Barrio de la Trinidad, la gente caminaba gozosa, brillando de alegría, por todos los rincones del Barrio, porque el Cautivo estaba a punto para salir de su templo y recorrer las calles de Málaga, como vigoroso laurel que adorna con su esencia la idiosincrasia malacitana.

 

En ese mismo instante, una joven mujer que no sobrepasaría  los cuarenta años de edad - con el rostro cansado, la piel destrozada por los efectos del sol, y el pelo perfectamente peinado: recogido en un hermoso moño primorosamente adornado con una cinta blanca que sujetaba una bellísima biznaga; y sus pies vestidos con unas recién estrenadas alpargatas, blancas también, atadas a sus tobillos -, estaba sujetando a una niña pequeña en sus brazos. La chiquilla, sonriente aún por la emoción contraída, se distraía jugando con una pelota de trapo entre sus manos…

 

Llevaban, las dos, largo rato frente a la puerta del templo, cuando la procesión comenzó su caminar para realizar su recorrido por las calles de Málaga.

 

(Y no es que comenzara en este momento de la tarde, aquel lunes de pasión para los trinitarios, sino que al bañar las primeras luces de la aurora el horizonte con sus blandos rayos, ya habían sacado al Cautivo y a su Madre por las calles del Barrio, acompañándolos en andas, para sentarlos en el trono sobre el cual se mostraría su imagen a todos los malagueños).

 

Pero donde todo el emotivo acto alcanza su punto más álgido, es en la visita que el Cristo y María de la Trinidad  realizan al Hospital Civil.

 

Este acto, que cada año se repite por costumbre popular, contiene un gran significado humano; ya que, cuando la comitiva llega a las puertas del centro de salud, salen los enfermos en sus sillas de ruedas, e incluso en sus camillas, ayudados por el personal sanitario del centro.

 

Durante el tiempo que el Cristo está presente se producen escenas realmente conmovedoras, las cuales nos pueden ayudar a buscar una justificación a aquella mujer ilusionada con su hija sobre sus brazos.)

 

Cuando la procesión reanuda su marcha, esta mujer cargando con su hija, lucha con todas sus fuerzas para conseguir un lugar lo más cercano posible al trono del Cristo, para por lo menos desde allí poder verlo, aunque sólo fuese su estela. Quería sentir en todo momento la presencia del Cautivo.

 

Había transcurrido algo más de dos horas cuando la niña, mostrándose un tanto fatigada y con síntomas de aburrimiento, comenzó a quejarse porque no entendía el significado de tan inútil esfuerzo por parte de su madre.

 

Pero  aquella  buena  mujer,  sin  articular  palabra   y haciendo caso omiso a las quejas de su hija, inició su peregrinar por las calles malagueñas

 

Cuando mediaba la Alameda Principal, los brazos de la madre sentían que el peso de su niña se había multiplicado. Ya era casi imposible sostenerla. También sus pies acusaban el largo camino recorrido desde el Templo y le ardían en un fuego abrasador difícil de soportar.

 

Pero, justo en el momento en que sus fuerzas comenzaban a abandonarla por completo, observó como a su izquierda, en la primera fila de las sillas que la gente ocupaba para disfrutar del santo desfile, había dos de ellas que en este momento se encontraban desocupadas.

 

- Señora, ¿puedo sentarme un momento en una de estas sillas para descansar mientras el trono está parado?

 

- Por supuesto que sí - le responde la mujer que guardaba las dos descansaderas   libres  mientras   sus   ocupantes   se habían ausentado al bar de la esquina, para hacer más soportables las tres o cuatro horas que aún les quedaban de aguantar bajo el rocío de la noche, ese rocío que lentamente bañaba sus hombros -.

 

- Puede usted sentarse en una de ellas, y su niña en la otra si lo prefiere.

 

- ¡Eso sí que no! Mi niña debe permanecer en mis brazos. ¡Se lo prometí al Cautivo y he de cumplirlo! Pero gracias por su ofrecimiento, buena mujer.

 

Aún no habían transcurrido dos minutos, cuando el capataz hace sonar la campana y los “hombres de trono”, colocando sus hombros bajo los varales, levantan al Cristo y emprenden de nuevo su rítmica marcha.

 

La mujer, con su niña todavía en brazos, vuelve a tomar posesión de su lugar de penitencia y continúa su oneroso y lento caminar.

 

Algunas horas más tarde, cuando la procesión rielaba fúlgida en su caminar a lo largo de la calle Carreterías, y cuando el Cristo ya era visualizado por la multitud congregada en la “Tribuna de los Pobres”, las fuerzas de la mujer se agotaron por completo. Ya no le era posible rebuscar ni un gramo de energía en todo su cuerpo para sujetar a su hijita sobre los brazos.

 

Su agotamiento era tal, que hubo de aceptar su impotencia... No podía cumplir su promesa. El Cautivo no podría ser  correspondido  a  su  milagro  para  con  su niña. Había llegado el momento de la deshonrosa derrota para ella. Mas, en el preciso instante en que decidió soltar a su hija y apoyarla sobre el suelo, miró al Cristo. Fijó la vista sobre sus espaldas a la altura del corazón, donde aún quedaba prendida una furtiva y diminuta clavellina de color rosado, y le dijo abnegada, con voz quebrada y angustiosa, bebiéndose al mismo tiempo las lágrimas:

 

- Perdón, Dios mío. Perdón por incumplir mi promesa, pero ya no tengo de donde sacar fuerzas.

 

Un enorme dolor se apoderó de ella, que la desgarraba como una bestia enloquecida.

 

Unos sordos y débiles gemidos se le escapaban, cada vez que la agonía,  como  un  cuchillo,  se agudizaba en su corazón. Sentía  un dolor tan grande que no podía pensar más. Un peso insufrible le apretaba el pecho y le sacaba todo el aire de los pulmones, haciéndole difícil la respiración.

 

En ese instante de la jaculatoria, desde la diminuta clavellina, emanaron unos resplandores como fuente de viva luz, que solamente aquella mujer pudo sentir, y con tanta claridad que sus destellos disiparon las ásperas tinieblas que le atenazaban.

 

Y esa luminaria natural, que brillaba como astro celeste en sus ojos, impactó en su espíritu como manantial refulgente que irradia discernimiento natural y original.

 

Aquel rayo de luz espiritual la vistió de tanta nobleza heroica  que  la  buena  mujer sintió  que su cuerpo era invadido por una extraña sensación de alivio, y durante un pequeño espacio de tiempo, le pareció oír, o sentir algo: era una sensación extraña, algo insustancial, como un grito que se balanceaba sobre un enorme espacio vacío, a pesar del gentío que la rodeaba.

 

Su brazo derecho, sobre el que sujetaba a su hija en aquel momento, experimentó una ingravidez cuando ya se inclinaba hacia el suelo.

 

Un repentino sentimiento de increíble dulzura se apoderó de ella. Un éxtasis intenso, como si Él que estaba ante sus ojos le hubiese enviado un mensaje de amor y resignación que bañara su cuerpo en las aguas de la vida, o en el mar del sacrificio, y levantó el cuerpo de  la pequeña como si de una pluma se tratara. Pronto empezó a sentir en su corazón un despertar de emociones que hasta entonces no había tenido. Era como estar consciente del perfume mórbido de una flor. En ella se despertaba el calor de tierra mojada,  de virgen  preparada para recibir el mensaje de lo divino, la huella de la experiencia, y era atraída a la pureza como decreto inescrutable de un destino que la había exiliado en una oscura fase de su vida.

 

Todo el agotamiento desapareció en un instante. Ya sus pies no le dolían ni sus brazos sentían el cansancio. Y le invadió tanta paz y tranquilidad, que hasta llegó a olvidar todo el martirio sufrido durante las horas que habían transcurrido

 

Así continuó durante el resto del itinerario procesional, hasta que, por fin, llegaron de nuevo al templo, donde el Cautivo sería depositado por los impasibles “hombres de trono”, bajo el clamor exultante de toda la peregrina muchedumbre que lo acompañaba.

 

Habían transcurrido diez horas desde el comienzo de su particular calvario, cuando la madrugada se apoderó del Barrio de la Trinidad y el cortejo llegó a su fin. Un par de horas más tarde, el hermano mayor de la cofradía, que ya se había desprendido de sus vestiduras procesionales, contemplaba con admiración a aquella buena mujer que se dirigía hacia su casa para descansar de la interminable jornada, con el horizonte perdido y el cuerpo dolorido por el enorme esfuerzo realizado durante toda la noche. Pero aún seguía con su niña en brazos.

 

La pequeña ya estaba dormida y la cara de la madre se mostraba desencajada pero impasible al dolor. Se había sentado en el escalón de entrada de una de las viejas casas del Barrio para aliviar el fuego de sus piernas ya agotadas; mas, sin soltar a la niña de entre sus brazos. Su indomable corazón desfallecía a la vista de la fragilidad de su hija: de aquella tierna paloma tan dulce y querida, tan llena de alegría y vivacidad, que algún tiempo atrás estuvo a punto de incrementar el jardín de los inocentes   angelitos   a   causa   de   una  extraña  e  inesperada enfermedad, que fue vencida, según ella, con  la medicina de su profunda oración al Cautivo.

 

Por tanto, suponía una promesa ofrecida con fe, y eso era algo que no podía dejar de cumplir.  Un deber,  una obligación que había nacido con ella, y con ella moriría.

 

- Señora, ¿puedo ayudarla?- Le interroga, absorto, el hermano mayor, alertado por el soledoso cuadro que ante sus ojos se mostraba.

 

La mujer, como respuesta a una interrogante no solicitada, se exclama con un impulso involuntario, mirando hacia arriba desde el gélido escalón donde apoyaba sus posaderas:

 

- ¡Él me la devolvió cuando los médicos me aseguraban que la había perdido! - Decía la buena señora mirando con expresión justificativa la cara del hermano mayor, y secando con la manga de su rebeca unas tímidas lágrimas que le rodaban por sus mejillas.

 

¡Yo me acordé de Él,  y le dije que si me salvaba a mi niña se la ofrecería, y como penitencia, iría con ella en brazos durante toda la procesión! - Continuaba diciéndole esta consternada madre, mirándole fijamente, con los ojos inundados de lágrimas que enjugaba con el pañuelo blanco que guardaba en el  bolsillo de su delantal. - Le agradezco su ofrecimiento, caballero, pero aún continuaré velando el sueño de mi niña al abrigo de mis brazos.

 

Ante la firme respuesta de la mujer, el hermano mayor continuó su caminar por las angostas calles, hasta que su imagen desapareció a la vuelta de la primera esquina. Habían transcurrido diez horas. Diez largas y onerosas horas de penitencia, con el único fin de cumplir con el deber cristiano prometido. Era sólo un ejemplo de auténtica fe para aquella madre. Era el pago por los favores pedidos con profundo convencimiento y que, finalmente, se vieron otorgados..

 

Unos minutos más tarde, cuando la mujer decidió marcharse con su pequeña en brazos camino de su hogar, observó junto a sus pies, un pequeño resplandor que llamó su atención. Era una rutilante clavellina de color rosado que iluminaba el suelo como espontánea luciérnaga. Entonces, inclinó su cuerpo y con esmerada delicadeza la retuvo en sus manos hasta colocarla en un lugar destacado de su casa, junto a la imagen del Cautivo, donde permaneció durante todo el tiempo que vivió aquella mujer, sin que el brillo de sus pétalos abandonara su belleza.“

 

- Por ello, hijo mío, debemos entender que lo que para unos puede ser casualidad del destino; para otros, es un milagro.

 

Quiero que entiendas, y que nunca lo olvides, que para todas aquellas personas que viven en la fe de Cristo, el Cautivo hace milagros.

 

El milagro de unos brazos que injustamente atados por las muñecas, abrazan una noche en la que se respira la primavera de los jazmines y las verdes espigas … donde se clavan las estrellas, en fugitiva armonía, a los finos acordes de una saeta. … …

 

 

“Fueron cuerdas de esperanzas

aquellas que te pusieron,

te amarraron y azotaron

lucero de los luceros.”

 

 

Manuel Garrido

Miembro del SNEE

 

 

 

 

 

 

 

 

La despensa del vampiro

 

Érase una vez un ratón, al que su padre, antes de morir, dejó un encargo: que subiese a las montañas a buscar un cofre con un tesoro que él había escondido hacía mucho tiempo, con el cual podría vivir tranquilamente el resto de su vida y comprarse los mejores quesos del mundo.

 

- Sólo así me iré tranquilo de este mundo, hijo. ¡Promete que irás!

 

- ¡Lo prometo, padre!

 

A los pocos días y ya cumplido el sagrado deber de dar sepultura a los restos de su progenitor, el ratón daba vueltas por la despensa donde se cobijaba, en la cual había pasado mucha hambre, pues, según le explicara su padre cuando era pequeño, era la despensa de la casa de un conde al que no le gustaba la comida y sólo se alimentaba de un líquido rojo que iba a buscar por la noche, envuelto en una capa negra.

 

El ratón no había visto nunca al señor conde: pero recordaba que su padre lo nombraba mucho. Tenía un nombre muy raro, era así como… ¿Bácula? … ¡No! … ¿Mácula? … ¡No, no! … ¿Drácula? … ¡Sí, sí! … ¡Drácula!, eso es: ¡Drácula!.

 

- Saldré de aquí – se dijo el ratón -, le pediré al señor Drácula una espada y subiré a las montañas a buscar el cofre con el tesoro.

 

Así lo hizo, esperó al anochecer y cuando sintió que el conde bajaba la escalera, comenzó a hacer ruido y a chillar. Cuando Drácula abrió la puerta para ver lo que pasaba, el ratón salió y le explicó lo que quería.

 

Al conde le pareció todo muy bien con tal de que se marchara. Aunque a él ni le molestaban, ni le gustaban los ratones, prefería tenerlos lejos de casa; de modo que le dio un alfiler para que lo usara como espada y le dijo:

 

- Voy a hacer más por ti. Te acompañaré; pero tú, a cambio, me haces un favor: entretendrás al ogro que habita en la gruta, para que yo pueda clavarle mis colmillos; y, cuando yo haya comido y el ogro se encuentre sumido en un ligero sopor, iremos a por tu cofre.

 

- Y, ¿si me lo quitas? ……

 

- No te preocupes – le dijo Drácula -, a mí, no me interesan las riquezas ya que mi comida no se compra. Además, ya tengo suficiente.

 

Aquella misma noche se pusieron en camino y, como el plan les salió redondo, se hicieron muy amigos y el conde se encargó de comprar quesos y frutos secos al ratón con el contenido del cofre. El ratón, a cambio, iba con él a las fiestas, escondido en un pliegue de su capa; y, cuando al conde le gustaba alguna dama, a una señal convenida, se dejaba ver; la dama se desmayaba y, entonces, el conde la metía en su carruaje y se la llevaba a su castillo para cenar con ella.

                 Josefa Gabriela Moreno Gómez

                                  Delegada General de Actividades del SNEE

 

 

 

 

 

 

El puente de la luna

 

 

 

Dibujo original del autor: Manuel Olmo Aguirre

 

Cándido no era un muchacho dormilón, pero, una vez que se acostaba, solía pasar la noche hecho un “tronco”, como vulgarmente se dice, y no despertaba hasta que el Sol del nuevo día había ascendido un buen trecho sobre el horizonte. Sin embargo, aquella noche, acaso por el murmullo que hacían las ambarinas gotas del rocío al golpear en los cristales de la ventana, el joven abrió los ojos, en ese momento, precisamente, en que la madrugada se encuentra en el conticinio y todo parece haberse detenido, quedando sorprendido en extremo al ver, a través del ventanal que había en uno de los laterales del dormitorio, una Luna, en su fase llena, de un tamaño muy superior al que hasta entonces la había visto y que inundaba toda la estancia con su luz, llenándola de una viva claridad.

 

El muchacho, que no esperaba este encuentro, adormecido aún como estaba, se sobresaltó, sobre todo al comprobar que la Luna parecía mirarlo burlonamente, como si quisiera vanagloriarse de que lo había sorprendido cuando dormía a pierna suelta, como un despreocupado. Pero pronto se tranquilizó, comprendiendo que sus recelos eran infundados y que no debía de dejarse amedrentar por tales delirios de imaginación. Además, pensó formalmente, ya era todo un hombre, dado que el día anterior había cumplido, justamente, los catorce años y era razón de que fuese dejando atrás todas las fantasías y los temores de la infancia.

 

El último vestigio de inquietud que pudiera quedarle, por otra parte, pronto cedió el paso a la admiración en el joven, al observar éste con más detenimiento el brillante disco lunar, sobre el que aparecían perfectamente dibujados los perfiles de las montañas, mares y cráteres de su superficie y que resaltaba sobre un fondo de cielo, teñido de un azul indescriptible. Por ello, olvidándose del sueño y hasta del lugar en que descansaba su cuerpo, Cándido se entregó por entero a la contemplación de tan soberbio espectáculo, con una suerte de fascinación magnética, que parecía atraerlo irresistiblemente hacia el plateado astro de la noche, acortando la distancia y provocándole la impresión de que dicho astro aumentaba sus dimensiones por momentos.

 

Esta impresión de acercamiento al mundo selenita, no despertaba en el muchacho el más leve asomo de preocupación, pues, lejos de ello, empezaba a sentirse sumamente relajado y satisfecho con aquella aventura, de modo que siguió mirando con avidez la superficie lunar, como si intentara penetrar con la mirada en sus más insignificantes detalles y descubrir, camufladas entre ellos, quién sabe qué cosas.

 

Estando en esta observación, advirtió Cándido que, del interior de uno de los cráteres lunares que ante su vista aparecían, empezaban a asomar unas líneas brillantes, que semejaban ser rayos de luz y que, oscilando, ganaban en longitud progresivamente.

 

Pronto aquellas radiaciones, sin perder su trazado perfectamente recto, alcanzaron notable longitud y se adentraron en el espacio sublunar, orientándose resueltamente en dirección a la Tierra, cual si pretendieran alcanzarla. A nuestro atento observador le pareció, incluso, que aquel haz de rayos apuntaba exactamente hacia la ventana de su cuarto y, ya fuese pura coincidencia geométrica o simple efecto óptico, lo cierto es que semejante convergencia resultó ser auténtica, porque, de la pared del dormitorio opuesta a aquella en que se hallaba la ventana, el mozalbete vio surgir y prolongarse, en breve, unas líneas luminosas, en todo parecidas a las que procedían de la Luna y con las que mostraban clara intención de querer juntarse.

 

Así ocurrió, en efecto, ya que, saliendo esas nuevas radiaciones al exterior, por el cristal de la ventana, unas veces avanzando y otras retrocediendo, como un rayo de luz que parpadea, terminaron por unirse con las que venían de la Luna, allá donde la atmósfera terrestre se enrarece de tal modo que se identifica con el vacío cósmico. La soldadura de unas líneas radiantes con otras fue tan perfecta que no se notaba dónde se había producido y, de ese modo, quedó establecido un puente rutilante entre la Tierra y la Luna.

 

Jamás  aeronauta   ni  aventurero  alguno   sintieron  una tentación más fuerte de acercarse a nuestro satélite que la que se experimentaba ante la contemplación de aquel magnífico puente terreno–lunar, pues, lejos de parecer un mero flujo lumínico, daba toda la impresión de ser un puente rígido, hecho de materia sólida, por el que se podía transitar sin peligro alguno, hasta alcanzar el tan ponderado astro nocturno.

 

Cándido miraba el espectáculo con una admiración rayana con el éxtasis y le parecía que estaba acostado sobre el mismo puente, del que, aunque solo veía la parte que atravesaba el espacio, estaba seguro que sería mucho más largo, prolongándose por el otro extremo, el que le impedía ver la pared de su cuarto, hasta las entrañas mismas de la Tierra. Luego, se le ocurrió pensar que ¿para qué un camino tan maravilloso si nadie lo iba a utilizar? y, como en refutación de su precipitada opinión, pronto empezó a percibir puntos y formas que se movían por el puente, no tardando en comprobar que se trataba de seres animados que deambulaban por el mismo.

 

En un principio, eran pocos los paseantes que se notaban en aquel lugar, pero, poco a poco, fue creciendo su número, hasta quedar el viaducto sumamente concurrido. Cuando, por otra parte, aquellos seres se hallaban distantes, Cándido apenas si los distinguía, mas, cuando brotaban de la pared de su cuarto y pasaban, prácticamente, por encima de él, entonces sí los podía ver con todo detalle, ocupando unos primerísimos planos, que le obstruían momentáneamente la visión del puente.

 

A  decir  verdad,  se  trataba  de unos seres tan originales, que bien valía la pena observarlos con el mayor detenimiento. Lo que más destacaba entre ellos, era la diversidad, puesto que allí se podían ver tipos de todas las clases: enanos, gigantones, normales, gruesos, delgados, jóvenes, viejos, niños de corta edad, varones, hembras, personas lujosamente ataviadas, individuos desarrapados, gente de buenos modales y sujetos agresivos, con aspecto grotesco y hasta repulsivo. Muchos de aquellos viandantes guardaban un gran parecido con los personajes fabulosos de las leyendas y los cuentos fantásticos, como los duendes, los gnomos, las hadas, los genios y los trasgos; en tanto que otros tenían un aspecto más normal, aunque con todo el semblante de una aparición del más allá, por su aire macilento y su figura demacrada. Había seres, incluso, que poseían más de monos que de humanos y, otros, tan raros en su forma y modo de actuar, que recordaban a los elementos más extraños del mundo zoológico.

 

Cándido se fijaba en aquellos caminantes con la curiosidad que es fácil de comprender y no tardó en hallar entre ellos rostros conocidos, como su abuelo Crisóstomo, que pasó a mejor vida dos años atrás y que, en opinión del joven, seguía presentando un aspecto inmejorable, salvo, claro está, la palidez, que era más pronunciada que la que tenía estando vivo; su amiguita Paula, que resolvió todos sus problemas al caer por el hueco de la escalera de su casa y que, por lo visto, continuaba tan traviesa como siempre, y el carnicero de la esquina, que murió de un ataque cardíaco y que todavía llevaba puesto el delantal de faena y empuñaba en las manos las herramientas de trabajo.

 

A primera vista, podía parecer que, una multitud de transeúntes tan considerable como la que allí se daba cita, había de mantener entre sí una comunicación animadísima. Sin embargo, no era así, porque cada uno marchaba sin preocuparse de los demás y en su rostro, que era un fiel reflejo de su estado de ánimo interior, solo se podía leer una sensación de vacío, de congoja o de asombro.

 

Todos aquellos noctámbulos, además, marchaban preferentemente en dirección a la Luna, por lo que Cándido los solía ver de espalda o de perfil. De cualquier modo, no mantenían un andar seguro ni constante, porque muchos caminaban con pereza, algunos se paraban a un lado con indiferencia y otros se volvían hacia la Tierra, como si se les hubiese olvidado algo, si bien no faltaba, en esos casos, quien propinara un buen empujón a tales indecisos, para que caminaran como era menester y no entorpecieran el paso de los demás

 

Reparando en esta forma de comportamiento, Cándido se preguntó ¿cómo era que a él, que estaba atravesado en el puente, nadie le hacía la menor observación? Quizá, pensó, eso se debía a que nadie lo estaba viendo, mas ¿cómo no podían verlo a él, si él veía a todos los demás? … Un hombrecillo de mirada maliciosa lo sacó, al fin, de la duda, cuando, al pasar por su proximidad, se volvió de frente y se le quedó mirando. Luego llamó con un gesto a otro sujeto que andaba cerca, especie de tragavirotes, de figura muy enjuta y elevada, y ambos lo examinaron minuciosamente. A continuación, tras un breve intercambio  de  impresiones,   los  dos  tipos  aquellos  le hicieron un expresivo ademán de que se les acercara y se uniese a ellos.

 

Ante tan inesperada invitación, Cándido se quedó confuso y no sabía qué hacer, aunque, al advertir lo que sucedía, otros paseantes repararon en él y, entonces, todos parecían animarlo a que se fuera con ellos, por lo que terminaron por convencerlo. La posibilidad, además, de llegar hasta la Luna, andando cómodamente por aquel camino refulgente, era incitadora en demasía y no se podía desaprovechar así por las buenas.

 

Tomada la decisión, el joven se puso en pie, dirigiose resueltamente a la ventana, la abrió y, tras lanzar un vistazo al radiante disco de la Luna, que ahora parecía sonreírle por su atrevimiento, se encaramó en la barandilla de la ventana y echó un pie hacia delante, para iniciar su andadura por el quimérico puente lunar que a sus ojos se ofrecía espléndido y prometedor…

 

El resultado de la aventura fue conocido al día siguiente por varias personas, cuando descubrieron sobre el pavimento de la calle el cuerpo exánime de un muchacho, de unos catorce años de edad recién cumplidos, que parecía haber sufrido una aparatosa caída desde una considerable altura. Pronto quedó rodeado de un círculo de curiosos, entre los que cada uno emitía la interpretación del suceso que creía más oportuna.

 

- Ha debido de caer desde aquella ventana que está abierta – decía uno.

 

- Sí – admitía otro -, pero ¿por qué se habrá caído?

 

La respuesta a semejante pregunta pareció tenerla un hombrecillo de mirada maliciosa, que nadie había visto por allí hasta entonces, al opinar lo siguiente:

 

- Sin duda que este muchacho no había oído nunca aquello de que “cuando escuches que algún desconocido te llama, no hagas caso y sigue tu camino”.

 

Los que lo sintieron, como es natural, no comprendieron qué quería decir con tal sentencia, aunque todos estuvieron de acuerdo en reconocer que aquel hombrecillo tenía razón.

 

Manuel Olmo Aguirre

Miembro del SNEE

 

 

 

 

 

 

La sabia de pizarra

 

Érase una vez un pueblo pequeño situado en la ladera de un enorme macizo montañoso llamado El Hacho, con un palacio de un conde y un marqués, padre e hijo; un río, nada menos que el Guadalhorce, y una extensa vega de limones y naranjos con sus azahares en primavera y sus frutos, rojos y amarillos, en invierno. También disponía de su plaza con su iglesia y su torre, quizás tirando a mudejar, con asiento con respaldo para los viejos y espacio para niños, pequeños y mayores, para que no ocurriese como en la copla:

 

Una plaza sin bancos

para los viejos

es iglesia sin santos

o novio lejos.

 

Pero además, para tener de todo, sin que lo tuviera el pueblo de al lado, disfrutaba de su sabia, una más lista que pícara mujer metida en años, los precisos para conocer la vida con sus altibajos, que curaba la depresión y otras psicopatías mediante un método que algunas décadas después se llamó “mensaje corporal”. Era verdad que recibía al paciente, si era mayor, con especial amabilidad y, si de poca edad, incluso lo tomaba en brazos, lo besaba y hasta le cantaba una nana para darle toda clase de cariño. Era famosa en toda la comarca, por lo que pronto supo de ella un médico joven que fue destinado a aquella cómoda plaza cerca de la carretera y con  un  vecindario  acomodado  y acogedor.  A los pocos días de su llegada los dos se conocieron  porque  la  buena  mujer  cayó  enferma   y  verdaderamente precisó la atención del galeno, que se la prestó gustoso y casi como compañero, puesto que no aceptó honorarios de la curiosa curandera, prometiéndole seguir visitándola hasta conseguir curarla de su proceso neumónico.

 

Era natural que ella se sorprendiera, tal como le ocurrió al facultativo asombrado de los conocimientos que poseía de la ancestral medicina egipcia e hindú, como de las medidas populares en desuso y otros conocimientos que pasaron desapercibidos y apenas se transmitieron. Muchas veces había comentado entre mis conocidos la copla del desconocido poeta Balmaceda, descubierto por el insigne Rodríguez Marín en su famoso cancionero:

 

En medio de mis pesares

varias veces desperté

viendo un sabio que escribía

lo que yo soñando hablé.

 

Aquel paisano suyo, también de Osuna, vislumbró el psicoanálisis mucho antes que Freud y, sin embargo, se dedicaba a la humilde tarea de la limpieza de los vagones de los primitivos trenes de carbón.

 

Cuando fue mejorando la mujer sabia, el curioso facultativo comenzó a dialogar con su extraña enferma, interesándose por aquel planteamiento de reforzar la autoestima de los niños mediante la demostración directa y evidente del amor con todo su calor, entrega y miramiento, tal como las madres, todas las madres, instintivamente lo hacían. Según la buena y observadora  mujer, lo más opuesto al amor no era el odio, sino la fría indiferencia y el alejamiento, estableciendo distancia para el compromiso y el afecto humano. Por lo tanto, al niño triste y apocado había que restregarle por todo su cuerpo el cariño y la dedicación, estar con él igual que la gata lo hace con su lengua que hasta limpia con ella a sus pequeñas crías.

 

- Me agrada tener en la casa una hermosa gata que anda por los tejados y en un rincón del patio cuida su cubil sin dejar de amamantar y asear a su camada con cariñosas lenguaradas – comentó la sabia, indicando sus naturales observaciones.

 

- Es conmovedor el tiento, el cuidado y el mimo con los que, sin pisar, sin molestar siquiera, se acurruca la madre entre sus gatitos para ofrecerles la templada leche de sus abultadas ubres mientras lame la cabeza de cada uno, aún con los ojos cerrados, para asearlos con esa saliva que hasta contiene antibióticos para desinfectar y proteger la delicada piel del recién nacido. Yo también viví en un pueblo y en mi casa había patio con parra, corral y el precioso, ágil y cazador gato que impedía que los ratones pasaran del tejado a la pulcritud de la cocina y a la nobleza del salón – le contestó el médico a aquella buena mujer abandonada por su marido, madre de dos hijas, con inteligencia y gracia, como afirmaba la gente, para curar la tristeza y consolar al angustiado.

 

Antes de marcharse, el facultativo le aconsejó que permaneciera en el sillón bien arropada, porque así los pulmones se expansionan mejor. Al salir recordó su casa, también  con  tejado,  techumbre  que  se va perdiendo en detrimento del gato, cada vez menos corriente como animal de compañía, con sus misteriosos ojos y su ascendencia posiblemente egipcia. ¡Qué duda cabe que sus antiguos ascendentes conocieron al dios Toth, que los griegos llamaron Hermes, nada menos que el dios de la sabiduría! Tanto los egipcios, los griegos y los propios gatos reverenciaron su memoria durante centurias enteras y también conocieron su mayestático nombre de Trimegisto, “tres veces grande”, porque su nombre era sinónimo de fuente de ciencia e ilustración.

 

De repente también rememoró a la hermosa gata de su niñez y el apego a sus crías, siempre ocultas, y que él siempre descubría al amanecer, al escuchar sus tiernos maullidos. Le miraba inquieta, y después se tranquilizaba porque sabía que inmediatamente le llevaría un trocito de pescado. En una ocasión, se le ocurrió preguntarle a su madre si también les contaría cuentos como ella lo hacía. No supo qué contestarle, pero le acarició la cara añadiendo: “¿Quién sabe los misterios del universo?”.

 

Era la primera visita que le efectuaba a la considerada curandera en su domicilio, comprobando las crepitaciones, matidez y esputos, con la fiebre de la muy probable neumonía observada en la clínica días anteriores. Tenía una casa limpia, muy ordenada, y sus dos hijas pendientes de ella, dando la impresión, el ambiente y la familia, de un extraordinario equilibrio porque nada estaba fuera de su sitio y todo a la mano. Era natural que aquella armonía y sensatez infundiera esa seguridad y positiva confianza que indudablemente transmitía con su mensaje corporal a los  niños.  Pero  la  sabia  no  era  tan  sabia  porque  se sorprendió cuando su marido, advirtiendo que salía a la calle para tomar café, se marchó a Cuba … y, si vivía, allí llevaba cerca de diez años. Sin embargo, ella esperaba su regreso, afirmando que recogería al padre de sus hijas cuando apareciera vencido y exhausto. Aquello y sus dos responsabilidades la hizo crecer mentalmente porque, como ella sentenciaba, “crecer es abandonar lo viejo”, aunque tampoco aspiraba a ser una giganta.

 

Mucho le sirvió esta idea conservadora porque en los conflictos matrimoniales, que ya comenzaban a raíz de los enarbolados derechos de la mujer, ella alegaba que “siempre es mejor un mal marido que un buen querido”. También repetía: “hay que esperar a que el marido vea en camisa a la presunta rival y decidirlo después del desayuno”. De esta manera, salvó a muchos matrimonios e hizo felices a muchos hijos. Y es que existe un tiempo indeterminado, el que va desde el inicio de la infausta aventura hasta la determinación del acto, la decisión más o menos pensada, en el que se puede intervenir calmando ánimos y aclarando actitudes, en el que influye poderosamente la buena intención y el consejo del amigo sincero o el resentimiento del amargo despechado. En estos casos, la pareja está tan sensibilizada que cualquier estúpida opinión puede provocar un desenlace que jamás se solucionará, implicando a gente tan inocente como los propios hijos, sin edad para cambiar de ambiente y de padres.

 

Existe una labor solapada en la que intervienen los niños inadvertidos que comentan con sus madres cuanto aconteció  en  día  de  salida  con su padre,  incluyendo la consabida aparición de esa extraña amiga que va granjeando la simpatía de ambos. Es una auténtica misión de espía que molesta y a nadie agrada que, además, indica el comienzo de lo irremediable. No obstante, esta inesperada cita no suele acaecer en los pueblos, en los que todo se sabe sin recurrir a los hijos, por lo que el definitivo desenlace casi es imposible de prever. Quiero aclarar que siempre existe un tiempo vacío de mal entendimiento, de falta de examen de conciencia, de posibilidad de diálogo, de ejercicio de humildad, de esclarecer quién es el verdadero culpable; de desilusión, sin que aún se ennegreciera la convivencia con la infidelidad; durante el cual, la sabia intervenía aprovechándolo admirablemente, incluso empleando a los niños como utilísimos interventores. Estaba convencida de que una apremiante soledad invadía el hogar apenas se despedía uno de los cónyuges, sintiéndose la angustia de la separación, que nunca es irreparable si no hay infidelidad. Y esto lo repetía hasta la saciedad, afirmando que lo que definitivamente rompe la solidez del compromiso matrimonial es el adulterio.

 

Poco tiempo estuve en aquel pueblo que siempre se quedará en mi memoria, sin dejar en el olvido a la mencionada curandera, sabia y dispuesta mujer, con talento para nunca comprometer al facultativo, llena de seguridad y firmeza, sobrada de delicadeza que se adelantó a su tiempo, como Balmaceda, con su tratamiento de “mensajes corporales”, a la que sólo faltó la piscina climatizada.

 

Al  cabo  de  los  años  supe del regreso de su marido, un mediano “cantaor” que regresó de Cuba ronco y mal pertrechado, muy delgado y tal vez enfermo que apenas se atrevía a cruzar el umbral de su domicilio, a lo que le ayudó su excepcional esposa con una frase genial: “Pasa, “malange”.

 

Dicen que le echó el brazo por encima y ambos subieron despacio, la escalera que conducía a la alcoba. Lo acostó, lo arropó cuidadosamente y lo dejó llorar a solas, porque los hombres, según él, nunca lloraban.

 

Antonio-S. Urbaneja Fernández

Presidente Adjunto del SNEE hasta septiembre 2003

 

 

 

 

 

 

 

 

El Lindes

 

El olor a humedad invadía la pequeña casa, en especial el dormitorio, de paredes desconchadas, con grietas criando moho. La habitación, apenas decorada por un cristo en la cabecera, un almanaque amarillento en recuerdo de la última cena, y un rosario de semillas colgado de una alcayata, seguía tal cual estaba el día del fallecimiento de Fermina, la sufrida esposa de Cipriano. La cama, con cabecero de hierro forjado, deteriorada por el paso de los años, una mesilla de noche a cada lado de la cama y un armario pequeño y estrecho configuraban todo el mobiliario. Ahora, excepcionalmente, cuatro cirios prestados por don Anselmo, el cura párroco, iluminaban la estancia. A los pies de la cama, en un rincón, doña Socorro y doña Piedad rezaban el rosario sentadas sobre sendas sillas de anea. Don Anselmo las había mandado llamar para que el difunto no pasara sus últimas horas tan solo como lo había estado parte de su vida. Aunque el propio difunto insistió, en vida, ser ateo y no tener nada que ver con la iglesia, el cura consideró una obra de caridad acompañarlo en un momento así. Tenía un hijo en Alemania, otro en Cataluña; y su santa Fermina enterrada, según el pueblo muerta de disgustos y de la mala vida que le dio el avaro e insoportable marido.

 

Sonaron las campanas del reloj del Ayuntamiento. Anunciaban las siete de una mañana oscura y fría. El silencio reinaba en todo el pueblo, aunque se percibía movimiento dentro de las casas, tras las ventanas iluminadas.

 

Juan, el sepulturero, acompañado por Domingo, su nuevo ayudante, entró en la casa sin llamar: la puerta estaba entreabierta a la espera de su llegada. Normalmente, el cementerio permanecía cerrado hasta las nueve, pero el teniente alcalde, para evitar problemas, había dado orden de enterrar cuanto antes a Cipriano. De sobra conocía a cada uno en el pueblo y sospechaba que el asunto no se resolvería tan fácilmente.

 

Juan, experto en su oficio, hizo una señal al compañero para ponerse manos a la obra. El féretro cerrado reposaba sobre la maltrecha cama, oxidada y sucia. Domingo, con cara de desagrado, escudriñó su alrededor, deteniendo su mirada en el par de ancianas vestidas totalmente de negro que, sentadas en un rincón, hablaban en un susurro.

 

Levantaron la caja mortuoria ante los ojos impasibles de las dos mujeres, que parecían no sentir absolutamente nada ante el momento tan importante para el dueño de la casa.

 

Una vez montada la caja sobre el carro mortuorio de madera tirado por “Valiente”, el viejo mulo de Juan, que tantos y tantos paseos habían dado juntos a lo largo de los años; arrancaron a paso lento camino del cementerio, mientras a sus espaldas, las dos ancianas cerraban la puerta de la casa con llave y se alejaban, sin comentario alguno, cogidas del brazo. Las campanas de la iglesia doblaban, esparciendo la noticia al viento en contra de la orden del alcalde. En el pueblo había muerto y aunque sin misa, Cipriano iba rumbo a su última morada.

 

Domingo no salía de su asombro, en su vida había visto cosa igual.

 

- ¿Son las hermanas del difunto? – preguntó sin poder reprimir su curiosidad.

 

Mientras hablaba, miraba de reojo a Juan que no había abierto la boca en ningún momento. Ese le contestó que no, con la cabeza.

 

- ¿Qué hacían allí? – insistió Domingo.

 

- Las mandó el cura.

 

- Y … ¿Por qué no estaba el cura?

 

- Al Lindes, no le gustaban los beaterios. Jamás iba a la iglesia. Doña Fermina, que en gloria esté, sí que era una buena mujer.

 

- ¿Vendrá el cura al cementerio?

 

- No, no creo.

 

- Y … ¿Qué dice el cura de todo esto?

 

- ¿Qué va a decir?... Si no quiere misa ni nada

 

- Yo me crié con su hijo mayor en la escuela – añadió Domingo. Era un muchacho muy normal, concluyó, moviendo la cabeza en señal de asentimiento.

 

- Porque se parecía a su madre, gracias a Dios por el muchacho – contestó Juan con naturalidad.

 

- ¿Sigue en Barcelona?

 

- Eso dicen en el pueblo, pero, vete a saber …

 

- Yo siento pena por este hombre, te lo juro, Juan: morir tan solo, ¿es que no tiene a nadie? … Al fin y al cabo ha sido un hombre trabajador, con mujer e hijos.

 

- El solito se lo ha buscado. Si no lo quieren en el pueblo por algo será. El mismo Alcalde nos mandó enterrarlo a una hora en que hay poco personal por las calles, para evitar problemas. Yo mismo, que llevo tantos años en el oficio, no recuerdo haber enterrado sin apenas amanecer. El cementerio no abre hasta cerca de las diez y nosotros, como dos gilipollas, camino del cementerio a escondidas, como si nos hubiéramos cargado al lindes y, encima, para colmo, el párroco tocando las campanas a muerto. Y bien que se lo avisó el Alcalde, pero es que don Anselmo es así, cabezón con sus cosas.

 

 - Pero, Juan, un toquecito de campanas no hace mal a nadie.

 

- Qué, ¿te has creído tú eso? Antes de llegar a lo alto de la loma, la vamos a tener, y si no al tiempo … - contestó contrariado, mientras animaba al mulo para que anduviera más ligero.

 

El carro continuaba su marcha subiendo la pequeña colina. Tras ella el cruce de caminos y estarían a tiro de piedra del cementerio. A lo lejos se escuchó un murmullo según se iban acercando.

 

- Sabía yo que este viaje nos iba a costar un disgusto – exclamó Juan moviendo la cabeza a uno y otro lado.

 

- Yo no entiendo por qué está el pueblo tan revolucionado con este pobre hombre, dijo Diego encogiéndose de hombros.

 

- Pues, te vas a enterar de momento, porque si Dios no lo remedia … hoy vamos a tener sus más y sus menos. Mira, chico, el lindes ha sido lo que se llama una mala persona toda su vida. Ha hecho daño siempre que le fue posible. Don Cipriano, su padre, sí que era un hombre trabajador y respetado en el pueblo. Tuvo cuatro hijos. El mayor se marchó a Barcelona, a currar, en cuanto salió de la mili porque aquí, en el pueblo, no había trabajo: la verdad, muchos jóvenes se tuvieron que ir a buscarse la vida. Al padre, le dio pena, pero entendía que las cosas estaban así. El segundo hijo, el Andrés, se metió en la construcción con un pariente, de ahí fue prosperando y tiene su propio negocio. Dicen que le va bien con su familia. Total que como pueden más dos tetas que dos carretas, se van al pueblo de la mujer. El tercer hijo fue el lindes, ¡vaya pieza!, ni quería trabajar por ahí, ni ayudar al padre por acá con las bestias o en el campo. El cuarto era el que iba con el padre a todos los sitios, siempre dispuesto a echar una mano, muy trabajador. ¡Un buen hijo! … Hace poco murió y lo sintió todo el pueblo.

 

A la muerte del padre, lo lógico hubiera sido que uno de los hijos siguiera trabajando las tierras, pero el lindes armó la trifulca. Él quería su parte a toda costa. Decía  a todo el que quería oírlo, que si no había trabajado las tierras era  porque  no  pensaba  estar  al mando de nadie, incluido su padre; pero, ahora, tenía la oportunidad de labrar por su propia cuenta. Así que buscó a un abogado y se terminaron partiendo las tierras, cosa que no quería ninguno de los hermanos. Los mayores renunciaron a favor de la madre y del hermano menor. Dividir tan poca tierra entre tantos era un error. La cosa no quedó ahí porque el muy sinvergüenza metía el arado cada vez más en las tierras de los que lindaban con él. Al no haber escritura pública con las medidas, las parcelas se vendían aproximadamente, por días de bueyes; y como que, además de sinvergüenza era astuto, sus tierras se volvían cada año más grandes. Ten en cuenta que desde antiguo, aquí no se ha necesitado papel para cerrar un trato de compra y venta, todo quedaba acordado de palabra y se cerraba con un apretón de manos. Jamás un hombre faltó a su palabra, hasta que este hijo de … se saltó todas nuestras costumbres, como si de un charco se tratara. …

 

Lentamente se van acercando. Casi están delante de la puerta del cementerio. Pero … una pequeña multitud aguardaba en silencio la llegada del carro mortuorio tirado por Valiente, el mulo leal, que Juan amaba más que a su propia mujer.

 

- ¿Qué es todo este lío? – preguntó sorprendido el joven, aludiendo al grupo de personas mirando con cara de pocos amigos el avance de la comitiva.

 

- Ya te lo había avisado. Empieza el follón.

 

- Pero, ¿Qué pasa?

 

- ¡Aquí, ése no entra! – gritaron algunas voces.

 

- Dejaros de gaitas que yo tengo que hacer mi trabajo – replicó Juan, aparentemente tranquilo.

 

El carro tuvo que detenerse ante el grupo que impedía su paso.

 

- Te lo hemos dicho muy claro, Juan: ¡aquí, no entra!

 

- Éste ya poco daño puede hacer, tengamos la fiesta en paz.

 

- Juan, tu sabes que no tenemos nada contra ti, te apreciamos; pero el lindes no se va a quedar donde tenemos a nuestras familias descansando.

 

- Y ¿dónde queréis que lo lleve? – preguntó con paciencia el enterrador.

 

- A nosotros no nos importa. Como si te lo quieres llevar al mismo infierno.

 

- Salvador, mira, que otro día te puede tocar a ti; que, aquí, nadie se libra del “paseillo” – dijo Juan, contrariado, señalando la tierra.

 

- Pues, por eso. ¿No pensarás que nos vas a enterrar al lado del lindes?

 

- Pero … ¿A dónde llevo yo a este desgraciado? – insistió Juan, moviendo la cabeza de un lado a otro.

 

- ¡Mira! - dijo uno del grupo señalando el camino –, Allí viene la autoridad.

 

- ¡Uf! respiró aliviado Juan. ¡Menos mal!

 

El cura, el alcalde, el cabo y un número de la guardia civil venían a paso ligero por el camino, seguidos de las dos beatas que habían velado al lindes la noche anterior. Al llegar junto al carro, el alcalde preguntó:

 

- ¿Se puede saber qué pasa?

 

- Señor Alcalde, nosotros no queremos faltarle al respeto, pero entienda usted: Aquí tenemos a nuestras familias. Éste es un Campo Santo, ¿o no? … Pues, ése, aquí no entra. Así de claro lo vemos nosotros.

 

- ¡Pero, hombre de Dios! – exclamó el cura alzando las manos al cielo.

 

Una de las beatas se aproximó al cura y le susurró algo al oído.

 

- Doña Piedad ha tenido una idea muy buena. – aclaró el cura mirando las caras de unos y otros. – Podemos enterrarlo en el rincón de las Ánimas Benditas, donde están los de fuera que nadie reclama  A ellos, no les va a importar y acabamos con el problema.

 

- De eso, nada. – contestaron a coro algunos con cara de miedo - . Luego pasa lo que ya sabemos.

 

- Son supersticiones. ¿Quién se va a creer que … No digas tonterías, Salvador – le amonestó Don Anselmo, el cura.

 

- Yo tengo una idea mejor, - repartió con entusiasmo otro pueblerino-. Esperamos la noche y se lo metemos a los del pueblo de al lado, en el cementerio, sin que se den cuenta.

 

- Eso ya se pasa de castaño oscuro – intervino el alcalde. Mira, Millán, he oído muchas tonterías a lo largo de mi vida, pero eso de meterle un muerto a los vecinos …

 

- ¡Y nada menos que el lindes! – aclaró el cabo.

 

- Se trata de un hombre, cabo. Seamos sensatos. Un hombre que nació, vivió y murió aquí – rectificó el alcalde.

 

- Un hombre, dice usted. Era el mismísimo demonio. ¡Un canalla de la peor especie! – se indignó Salvador.

 

- Bueno, basta de litigar. Seamos razonables: se le entierra y en paz.

 

- No señor. Aquí no entra. A mí, me envenenó el pozo y  le mató el perro a mi hermano. Usted comprenderá que no podemos admitir a ése con nuestra gente – insistió Salvador.

 

- Es lo que yo dije, lo mejor sería largárselo a los de otro pueblo; eso sí, con discreción, sin que se enteren.

 

- ¿Pero cuando se ha guardado un secreto en este pueblo? – intervino el cabo -. Además, no son tontos y en cuanto se dieran cuenta de que hay un nicho ocupado sin más, se liaría la de Dios.

 

- Haz el favor de dejar a Dios tranquilo – repuso indignado el cura -. A ver si tenemos más respeto. ¡Como os mande una plaga, sí que os vais a acordar de Dios vuestro Señor.

 

- Tranquilo, padre – interviene el cabo, poniéndole la mano sobre el brazo que se había levantado con ímpetu, señalando el cielo.

 

- Qué digo yo – dice Millán, señalando con el dedo los montes. – Entonces, lo mejor sería largarlo por ahí, debajo de un buen árbol.

 

- ¡A ver si os enteráis de una vez que el muerto es nuestro! ¿Cómo hago yo para metéroslo en esas cabezas tan duras como tenéis? - El alcalde no podía más, lo estaban sacando de sus casillas y se mordía la lengua para no soltar una sarta de palabras mal sonantes.

 

- Yo lo bajo del carro ahora mismo, mi Valiente no va a estar todo el día de arriba para abajo, - sentenció Juan, el enterrador, harto de dimes y diretes.

 

- No me las busques, Juan. Ya te he dicho mil veces que hace un año que tenemos coche funerario como todo el mundo, y tú, te empeñas en seguir con el mulo. El carro funerario va para un museo y a tu mulo, lo jubilas que ya es hora. Pero hoy, terminas el trabajo y no se hable más.

 

- Señor Alcalde, yo he llegado hasta aquí lleno de buena voluntad, pero los paisanos no dejan que uno haga su trabajo.   No la  tome  usted  conmigo,  mi Valiente  no ha

dicho ni “muu”.

 

El cabo, indignado, dijo:

- ¡Eso faltaba, que el mulo entrara en la conversación!

 

El sol se alzaba tímidamente entre neblinas mientras los vecinos seguían dando su opinión que parecía no tener fin. Una fina lluvia comenzaba sin apenas ser percibida en la acalorada charla. El mulo, sin orden alguna, con la cabeza gacha y paso lento, comenzó su marcha alejándose del grupo, y entró en el cementerio.

 

Silvia R-Hesles

Miembro del SNEE

 

 

 

 

Tres cuentos de Medardo, con moraleja

 

El niño que no sabía reír

 

Érase una vez un niño llamado Fausto, el cual tenía fama en su pueblo por una cualidad que él tenía y que  llamaba la atención a muchos: Fausto no sabía reír. Nunca le vieron ser un niño sonriente. Él era muy serio.

 

Una vez se reunieron un gran grupo de personas en las afueras y hablaron entre ellos, discutiendo que a Fausto se le podía quitar la seriedad con cosas que entre unos y otros hiciesen. Concertaron ir a verle cierto día y a cierta hora junto a la fuente donde él solía ir a sentarse a tirar piedrecitas al camino.

 

Unos le contaban chistes. Otros hacían cosas graciosas con sus gestos. Otros le miraban fijamente. Otros le contaban historietas de humor. En fin, entre unos y otros le intentaron ayudar. Le querían enseñar a reír. Cuál fue la sorpresa de toda esta pobre gente al ver la reacción de Fausto, que siempre era la misma: seguía serio. Se le iba a subir la sonrisa, ellos creían que iba a reír, se entusiasmaban, cuando de pronto … otra vez se quedaba serio.

 

De repente, sin esperarlo, un niño se adelantó hasta donde estaba Fausto y le hizo una pregunta:

 

- ¡Oye Fausto!, ¿por qué no te ríes nunca y estás siempre tan triste?

 

Y la respuesta fue la siguiente:

 

- Me ha hecho gracia todo lo que he escuchado. Me ha dado alegría ver que os interesáis por mí. Pero, hay una cosa que me entristece y me afecta más que cualquier otra : Es el saber que soy un gafe;  es el temor, al pensar cuántas cosas tristes voy a tener en mi vida: desde  hoy, que soy un niño,  hasta el día que me muera.

 

Moraleja:    

 

Muchas personas no viven felices porque buscan lo negativo de la vida para verse siempre desgraciados y no vivir bien.

 

 

 

La apuesta

 

Una mañana, se encontraron dos amigos después de mucho tiempo sin verse. Al cabo de un rato, se juntaron con varios más; y, tras una larga conversación, se pusieron a discutir acaloradamente. Los dos amigos se decían el uno al otro:

 

- Yo como más que tú, porque soy más tragón.

 

Pero el otro le respondía:

 

- Pues yo, con esta tripita, lo hago más; como más que tú sin tener el barrigón que tú tienes.

 

Tanto y tanto discutían sobre el mismo tema, que uno de los presentes alzó la voz y dijo:

 

- ¡Se acabó! … ¡Que ya estoy cansado de oíros hablar  siempre de lo mismo! … Me estoy empezando a aburrir. Por eso, os propongo una apuesta en plan de amigos; ya que eso es lo que sois. Y, además, para que el tema se aclare y haya solución: ¡Comed ambos en esta mesa; y así, pues, ganará quien aguante más!

 

Y así lo hicieron. Trajeron, entre varios de los presentes, algunas ollas de comida. Unas de comida ya hecha, y otras que hicieron. Volvieron a reunirse todos y empezaron a comer de tres, cuatro, cinco ollas. Tanto fue así, que los dos amigos llegaron a hartarse de comer y comer, de tal forma que estuvieron a punto de desmayarse. Y tanto comieron y comieron, que todo lo volvieron a echar por la boca: ¡Venga a echar y echar comida! … Ninguno podía parar. Tanto vomitaron que la cantidad incluso sobrepasaba lo que comieron. Al notar el amigo testigo que nada se había solucionado, pidió más ollas para que pudieran seguir comiendo; pero al verlo, nuestros contrincantes se cayeron sin sentido.

 

- ¡Vosotros sois mis testigos de la apuesta de este día, y de que el resultado ha sido empate por parte de los dos. Pues han empatado ambos en comer y en devolver comida!

 

Moraleja:

 

Como dice el refrán: “la avaricia rompe el saco”. Esto les ocurrió a estos dos amigos que apostaron. Y esto le ocurre a tanta gente. Pierden mucho o no llegan a adelantar nada por culpa del egoísmo. Sin saber hasta donde termina su fuerza y su resistencia, se atreven a querer ser más que otros; o que estos sean menos que ellos. Todos somos iguales y tenemos dones ante Dios.

 

 

La montaña de alta cima

 

En una aldea pequeña, cercana a un pueblecito, vivía  un montañero famoso en toda la comarca, por sus muchas montañas subidas.

 

A pesar de lo satisfecho que estaba por cuanto había hecho, una pena afligía su alma y le tenía angustiado: Nunca había subido una montaña de alta cima. Hasta que un día, a solas, se decidió hacerlo. Cogió todas las cosas que solía llevar para escalar y emprendió la marcha.

 

Mientras subía y subía hasta una altura no más de lo normal, no más de lo que él había subido hasta entonces,  no tuvo problemas. Pero estos comenzaron cuando el montañero empezó a notar el exceso de altura que aún le quedaba para llegar a la cima; mientras que el pueblo, cerca del pie de la montaña que estaba subiendo, se hundía siempre más. Al observar todo esto, se vio en su soledad y sus palabras así sonaron:

 

- ¡Ay!, ¿quién me mandó escalar tan alta cima, si entre todas las que he subido, forman más del doble que ésta?

 

La  soledad  no  le  contestaba.    Repitió  su  queja  tantas y tantas veces, que terminó creyéndose lo que decía. La cobardía le venció. Se lamentaba más y más mientras subía. Tanto fue así que al final se desmoralizó y no llegó arriba. Al contrario, bajó hasta el pie de la montaña. Se fue a su casa y siguió y siguió escalando montañas, como las tantas que subió antes de la de “alta cima”, que nunca lograría alcanzar.

 

Moraleja

 

1 – El pesimismo impidió e impedirá a muchos, conseguir más de lo obtenido hasta el momento. No hay que justificarse de lo que no se pudo hacer, sino luchar y creer en lo que se busca en la vida, antes de emprender su conquista.

 

2 – Una buena compañía puede animar nuestra lucha solitaria.

 

 

Medardo Ramos

Miembro del SNEE

 

 

 

 

 

Paradoja

 

Es un lugar bonito. La primavera viste sus mejores galas: su vestido verde floreado y su sombrero azul intenso. Se oye trinar y cantar toda clase de pájaros. Los animalillos de la tierra corren, se esconden y juegan alegremente. No parecen temer nada ni a nadie. Gozan de la vida con sus cinco sentidos. El sol se levanta acariciando con su cálida y suave luz la mejilla del durmiente. Un conejo pardo se sienta sobre sus patas traseras para contemplar mejor al hombre tendido en medio de la alta yerba verde y de las amapolas color de sangre.

 

“¡Qué guapos son los humanos cuando no se mueven, y qué pacíficos parecen! … Pero, ¡cuando te apuntan con la escopeta! … … ¡Cuidado! … ¡Se mueve! … ¡Yo me largo! … ¡Adiós!”

 

El hombre parece muy joven, no debe de tener más de veinte años; está en el verano de su vida. Parpadea un poco al abrir los ojos, a causa de la luz demasiado intensa. Se los frota, extrañado al encontrarse en tan silvestre lugar. Su memoria se despeja lentamente mientras respira con placer el aire puro de la madrugada. Sale con rapidez y alegría de su saco de dormir, se pone a comer y a saltar, gritando de gozo muy fuerte en su interior, pero con voz floja para que nadie le oiga:

 

“¡Estoy libre, libre, libre como los pájaros! … Lástima sin embargo que no pueda volar como ellos; resultaría muy práctico,  podría  irme  lejos,  ¡ muy lejos !,  en un batir de alas. … ¡Nadie me encontraría jamás! … De todos modos sabré esconderme: ¡Me meteré con deleite en el corazón mismo de la naturaleza!”

 

Luego se sienta, saca un bocadillo de su mochila y se lo come. Tiene bastantes provisiones y un saco de dormir, todo mandado por el ejército. Ahora, tendría que estar camino de la guerra y va camino de la vida. Siente amor por su patria, la quiere mucho, ¡muchísimo!, con ternura. También quiere a sus compatriotas y compadece, lleno de amargura, a sus contemporáneos, a estos pobres muchachos tan repletos de ilusión y de vida como él, conducidos como un rebaño hacia el odio y la muerte.

 

Echa su pesada mochila sobre sus hombros y va caminando, adentrándose siempre más en la espesura del bosque, lejos de los caminos de los hombres.

 

“¡Qué hermosa es la naturaleza! ¡Qué paz y qué armonía se respira aquí, lejos de la civilización y de sus moradores! … Me siento mucho mejor, mucho más sosegado. Al fin puedo pensar y admirar a mis anchas, todas las maravillas que la vida crea a cada instante. … Me siento libre y contento. … Sin embargo, demasiadas sombras permanecen en mi alma para que pueda sentirme enteramente feliz. Pienso en los míos, en mis padres. … No quisiera que tuviera que pasarles algo malo por culpa mía. … Obro según los dictámenes de mi conciencia; pero, para la sociedad, soy un desertor; y serlo, según las leyes vigentes, es un delito castigado con la muerte. …¡Dios sabe durante cuánto tiempo tendré que esconderme como un apestado! …”

 

Con estos pensamientos contradictorios, unos alegres y otros tristes, el joven David va camino del Norte, de la frontera. Va subiendo por los senderos de la montaña, escogiendo siempre los más escarpados, los más enmarañados, los que parecen más abandonados.

 

Al ocaso, ve dibujarse una cabaña en el horizonte. Se aproxima y el espectáculo se le ofrece maravilloso: un prado color esperanza, una casita de madera que parece abandonada, y un cielo de colores: azul oscuro, rojo y rosa.

 

“¡Qué suerte la mía! – está pensando –.Tendré un techo para pasar la noche.”

 

Entra y ve una mesa rústica hecha de un tronco y de un tablón de madera maciza, otro tronco más pequeño sirviendo de silla; y, en un rincón, un montón de paja con una manta echada encima: Alguien vive aquí. … ¿Quién será? … ¿? … La estancia está limpia. … Hay un saco de tela cerca del lecho, y nada más.

 

Al poco rato, oye el ruido de unos pasos que se mezcla con el rumor de la brisa rozando el follaje, y con el concierto alegre y alborotado de los pájaros buscando sitio para dormir. El corazón de David se oprime: … ¿Lo habrán seguido? …

 

Los pasos se aproximan, son ligeros, el visitante no tiene que pesar mucho. David agudiza el oído en vano, tratando de identificar al caminante. Notando que los latidos de su corazón no sólo enmarañan, sino cubren cualquier otro sonido, procura tranquilizarse armándose de coraje. Recibirá dignamente a la persona que viene, cualquiera que sea.

 

La tosca puerta de madera gira suavemente sobre sus goznes. Una jovencita con trenzas entra, y se asusta tanto al verle que escapa corriendo montaña abajo.

 

David va tras ella, llamándola, olvidando la norma de silencio que se había impuesto. La pierde de vista pero sigue bajando. De repente, la proximidad del poblado le hace recapacitar y retrocede. Reemprende la subida lentamente, pensando en la extraña moradora del refugio:

 

“¡Pobrecilla! – está pensando -¿Dónde irá?” … “Seguro que no se atreverá a volver esta noche; sería inútil y tonto no aprovechar el cobijo”. …”Me iré mañana – decide -, al apuntar el día.”

 

Cuando llega junto a la choza, está muy cansado y piensa dormir de un tirón toda la noche. Abre la puerta de par en par, para localizar el lecho con la última luz del ocaso.

 

Al meterse bajo la manta, tropieza con el tibio cuerpo de la muchacha,  que se echa de un lado, como si le estuviera esperando.

 

- ¡Vaya sorpresa! … Se ve que has perdido el miedo. … Me alegro muy de veras. Estaba preocupado por ti. … Has sido muy valiente volviendo: te habrá hecho falta mucho coraje. …

 

- ¡No tanto! Se me ocurrió pensar que esta noche me iban a  buscar por todas partes, menos aquí. … Te pido disculpas: me comporté tontamente. … Creí que venías a por mí. ¡Pasé un miedo espantoso! … Pero ahora estoy contenta de que estés aquí. Cuando regresaste, y vi dibujarse tu silueta en el umbral, mi mente se iluminó. De repente lo comprendí todo. … A ti también te persiguen, ¿verdad?

 

- Eres muy inteligente.

 

- Lo único que sé, es que necesito serlo más que nunca. Es una cuestión de vida o muerte. … Y tú, ¿por qué huyes, qué delito has cometido?

 

- No temas. No tengo que reprocharme nada. No quiero ir en contra de mis convicciones; esto es todo.

 

- Me parece muy bien; tampoco yo quiero. …. Pero, ¿qué es lo que te imponen hacer?

 

- ¡La guerra! … Esta mañana, que ya está lejos, tendría que haberme marchado con mis compañeros, camino del frente. Soy un desertor, por muy amarga que la palabra me suene.

 

- ¿Te da miedo combatir?

 

- No, no soy un cobarde, pero me repugna matar a mis semejantes, a unos muchachos que no me han hecho nada, tan sólo porque estamos en tiempo de guerra y ellos tienen veinte años. ¡Que peleen los dirigentes entre ellos, puesto que no llegan a entenderse; que se maten si quieren, pero que no destruyan la savia joven que vigoriza el país! … Yo estoy en contra de la violencia,  cualquiera  que  sea.  Los  problemas  tienen que arreglarse de otra manera, si queremos que la paz llegue y perdure. …

 

Pero ya basta de hablar de mis cosas. Dime tú, ahora, ¿por qué te escondes?

 

La muchacha no contesta enseguida. Hace fresco allí arriba. Se está bien en la tibia cama y la compañía de un ser humano resulta agradable. Su compañero es un ferviente pacifista: ¿Sabrá comprenderla a ella, si le participa su verdad?

 

- ¿Sabes? – va diciendo –, a veces, matar resulta necesario para que pueda regir la justicia y esta paz que tú tanto deseas.

 

- No lo creo. Tampoco quiero admitirlo.

 

- Pues, yo sí. Tengo que admitirlo por la fuerza, porque, para mí, no hay otra opción. … Me persiguen por terrorista.

 

- ¡No es posible!

 

- Lo es, ¡y tanto! …

 

- Si eres casi una niña. … Tú no puedes … ¿?

 

- ¡Sigue, sigue! … ¡No tengas miedo! … ¿Qué es lo que yo no puedo hacer?

 

- ¡Tú no puedes tener estos sentimientos, tú no puedes matar,  es  imposible,  me  resisto  a  creerlo! …  ¡Con esta carita de niña asustada, pero buena, que tenías esta tarde! … ¡Si yo sentí compasión hacia ti, ganas de protegerte! …

¡Parecías tan indefensa, tan expuesta a toda clase de peligro! … Por esto corrí tras de ti. … No quería que por mi culpa tuvieras que pasar la noche fuera. … ¡Y, ahora, me vienes con estas cosas: con que, no sólo eres partidaria de la violencia, sino que participas en ella! … Pero yo no puedo creerlo. … Tú no eres lo que dices. … ¡Tus reflejos, tu cara, toda tú, claman lo contrario! …

 

- Verás, me es mucho más fácil comprenderte a ti, que tú a mí. Respeto tu posición y la encuentro digna de elogio. … Sin embargo, mi caso es muy diferente. La sangre de mi familia ruge en mis venas, está pidiendo venganza. Mis progenitores y mis hermanos han muerto después de una larga agonía, una agonía atroz e inhumana, programada por una mente diabólica. Si dejamos vivir a la “persona” que fue capaz de tramar semejante ignominia, ¿quién sabe ¡cuántos inocentes! seguirán todavía siendo torturados, con crueldad maquiavélica, hasta que la muerte se apiade de ellos? … ¿No vale más matar a uno que mueran miles? …

 

- Hablas acaloradamente porque estás personalmente implicada en esta tragedia. Te es imposible analizar la situación con sangre fría. … No estás en condición de poder juzgar ahora. Tienes que dejar que pase el tiempo, procurando tranquilizarte lo más que puedas. Piensa que toda acción conlleva, por sí misma, la recompensa o el castigo que se verifica tarde o temprano, sin necesidad de que nadie tenga que tomar la justicia por su cuenta. Cuando estamos sanos,  tenemos sentimientos humanos: humano   deriva   de   hombre  y  quiere  decir  que  le  es propio. La crueldad es profundamente inhumana y denota un cerebro enfermo, cuyo pensamiento no recorre los cauces normales de la lógica; porque en su transcurso, tropieza con algo averiado o que ha dejado de funcionar.

… En vez de matar a una persona así, habría que someterla a un tratamiento psíquico-mental para descubrir las causas de su comportamiento. Hay que buscar responsabilidades fuera de ella, en su entorno, en las circunstancias en las que vive. Hay tantos factores capaces de influenciar negativamente a un ser. Puede haberse encontrado entre la espada y la pared: no haber encontrado otra alternativa para seguir viviendo. … Además, la fuerza del mal es una fuerza destructora que termina destruyéndose a si misma; mientras que la fuerza del bien es todo lo contrario.

 

¡Vente conmigo! … Nos iremos lejos de aquí, donde nadie nos conozca, y seremos felices, muy felices. ¡Te lo prometo!

 

- ¡Mira como estoy temblando!  ¡No puedo remediarlo!… Siempre  me pasa lo mismo cuando pienso en estas cosas ¡tan horribles! … También lloro, me cuesta hablar. … ¡Perdóname! … Eres muy bueno.  … Creo que vendré contigo. … Quiero tratar de olvidar este trágico pasado y empezar una vida nueva. … No sé si lo conseguiré, pero sé que con tu ayuda, esta nueva vida podrá ser  hermosa, hermosa para los dos.

 

David la rodea con sus brazos. Sienten una honda emoción y se unen, cuerpo y alma, hasta lo más profundo de sus seres ávidos de amor y de vida. Una paz cálida y suave les mece;  mientras  lentamente,  paternalmente,  el sueño se adueña de sus cuerpos.

 

Toda la noche, un ruiseñor canta desde la cima de un árbol cercano. Toda la noche sueñan con el amor, con  estar  juntos,  con crear  un aura de armonía en su derredor, con regalar sonrisas y amistad a sus semejantes. Toda la noche está empapada de amor. …

 

Y por la mañana, al abrirse la puerta, entra el sol, el sol que quiere alegrarles la jornada… Pero, también entra la guardia civil; y sobre su dicha, cae la muerte.

 

Mariette Cirerol

Secretaria General del SNEE

 

 

Texto inédito antes de aparecer en este libro, escrito en junio de 1982 en el Camping LA HABANA,

sito en Adra, Provincia de Almería, España

 

 

 

 

UN DÍA EN LAS CARRERAS

 (y no con los Hermanos Marx)

 

Hay quien, en recuerdo del título de cierta película, decide pasar un día o una noche en las carreras.

 

Lo primero es buscar aparcamiento  cerca de la puerta de acceso al hipódromo. Lo segundo, como no, pasar por caja y soltar tres euros. Después se entra y una señorita muy amable, o muy pelota, te ofrece el programa de carreras por otros tres euros. Me habla en inglés y yo le digo “no, gracias, no voy a apostar”, aunque sea mentira.

 

Una vez metido en el ambiente turf se da uno cuenta de la razón por la que las azafatas speak English. Hay un dos o un tres por ciento de españoles y el resto son guiris.

 

Debo de haber llegado demasiado pronto porque esto está medio vació y faltan, teóricamente, diez minutos para que empiece este tinglao. Con bastante retraso salen los caballos al paddock a darse una vueltecita para que el público los vea antes de apostar. Aquí llega lo bueno. Hay mucho tahúr, ludópata, y poco entendido. Algunos llevan prismáticos de visión nocturna y la lista de ganancias de caballos, jockeys y entrenadores. “Este es bueno en la milla, pero esta carrera es de dos mil cien metros. El otro viene de ganar la copa de oro de Lasarte pero ya está pasado de forma. Hay uno que es buen arenero, apostaré por él, porque el jinete es el que más pasta lleva ganada desde el año pasado“. Yo los miro con cara de póker, de no tener ni idea de lo que hablan. Leo con desesperación el folleto que me entregan sobre las apuestas, y le saco punta a todo:

 

“Ganador”. Esto lo tengo claro, el que gana.

“Colocado”. Premio al más borracho, al que vaya dando tumbos.

“Gemela reversible”. Si me hago la vasectomía reversible puedo tener gemelas, si me capan no.

“Trío”. Sin comentarios.

“Doble”. Este es el whisky que se bebe el que acaba “colocado”.

 

Los caballos también tienen nombres bizarros.

 

Mortadelo”, que digo yo que  no será un equino, que es el personaje de cómic haciendo gala de un disfraz.

YingYang “, uno que seguro que es budista y va con túnica naranja.

“El Corvejones”, y se me ocurre una rima fácil.

 

Apuesto lo mínimo, dos euros a “colocado”,  por alguno de los participantes sin dar mayor importancia a nombrecitos raros, cuadras, jinetes...

 

Poco después, todo está listo para que esto se ponga a funcionar. Encierran a los animalitos en unos cajones minúsculos,  y a correr. No sé por dónde va el mío, sólo lo veo al llegar a la meta, y queda antepenúltimo. Desde luego que  colocado estaba yo... mira que apostar por ese bicho...

 

Vamos a beber algo, me digo. “Me da una cerveza”, y no me  hacen  caso.   “¡Beer, caray!”,  y la camarera dice “yes:

¿Budweiser, Carlsberg? ...”. “Budweiser, please”. ”Four euros”. Barato, muy barato este sitio.

 

Cuatro carreras después, y con más pena que gloria, me voy a mi casa. No he gritado porque mi favorito hubiese ganado o perdido, no me he gastado grandes fortunas, no he visto a Harpo ni a Groucho... Ha sido una noche light en las carreras.

 

 

Este relato coincide en un 99,9 % con la realidad.

 

 

    Juan José Archilla Pintidura

Delegado de Información del SNEE

sobre Certámenes y Concursos

 

 

 

 

 

 

breve semblanza de los antologados

 

Por orden de aparición:

 

Cristóbal Delgado Gómez

 

Nacido en Algeciras. Cronista Oficial de Algeciras (Cádiz). En 1963 fue nombrado Director de la Biblioteca Municipal que hoy lleva su nombre. Medalla de San Isidoro otorgada en el año 2000 por el Sindicato Nacional de Escritores Españoles.  Fue Consejero Provincial de Cultura en 1973. Tiene muchas publicaciones sobre Algeciras y lleva pronunciadas más de 200 conferencias. En 1997, por iniciativa del Alcalde de Algeciras, D. Patricio González, se le ha erigido un monumento en bronce en la calle Ancha de su ciudad natal. Le rindieron varios  homenajes por su dedicación a la escritura y a  su patria chica.

 

 

José Martínez Zotarelli

 

Colaborador de Prensa. Columnista en publicaciones locales y comarcales. Conferenciante sobre temas culturales.  Acaba de terminar su primera novela y tiene en preparación dos obras: una monográfica sobre determinados aspectos históricos de la ciudad de Algeciras; y otra biográfica, sobre un destacado personaje de la ciudad.

 

 

Manuel Garrido

 

Nacido en Churriana (Málaga). Lleva escribiendo desde que tiene memoria, sobre todo poesía. Es autor de tres libros: Alborada de Recuerdos: prosa y poesía; Nido: novela; y 40 Años de Historia, sobre el Grupo Municipal de Danza de Fuengirola del cual es Director Comercial. Es miembro del Sindicato Nacional de Escritores Españoles, de la Agrupación Literaria de escritores, del Ateneo de Málaga; etc. … Ha obtenido premios de poesía y Villancicos. Colabora en la revista internacional de literatura AIR.

 

 

Josefa Gabriela Moreno Gómez

 

Nacida en Baena (Córdoba). Escribe poesía, relatos y guiones de teatro. Tiene varios manuscritos depositados en el Registro General de la Propiedad Intelectual, esperando su publicación. Colabora en AIR y otras revistas literarias. Es Delegada General de Actividades del Sindicato Nacional de Escritores Españoles.

 

 

Manuel Olmo Aguirre

 

Es licenciado en Filosofía y Letras y Miembro del Sindicato Nacional de Escritores Españoles. Forma parte de diversas instituciones de carácter cultural. Autor de diecisiete relatos y de dos novelas cortas, además de sesenta poemas de diferentes géneros: épico, lírico y didáctico  (fábula y epigrama) .   Ha escrito  una veintena de artículos de opinión sobre asunto social o científico, aparecidos en distintos periódicos y revistas. Ha participado en varias antologías poéticas. Cultiva también la música, el dibujo y la pintura. Declara ser independiente en su creatividad, sin estar vinculado a movimiento ideológico o intelectual alguno.

 

 

Antonio-S. Urbaneja Fernández

 

Médico-Escritor y poeta, nacido en Coín (Málaga). Fue Rector del Centro de Estudios del Movimiento de Cultura Contemporánea y Presidente Adjunto del Sindicato Nacional de Escritores Españoles. Creador y Director de la revista MÁLAGA del Colegio Oficial de Médicos. Miembro numerario de la Asociación Española de Médicos-Escritores y Artistas. Flamencólogo: estudió el folklore andaluz en sus aspectos literarios, históricos y musicales. Es autor de varios libros. Colabora en la revista internacional AIR.

 

 

Silvia R-Hesles

 

Nació en Jaén. Tiene varios libros editados. Cultiva la novela, el relato y los cuentos. Sus dos últimos libros: POR EL HONOR DE FLORINDA (2001) y MAMBRÚ, EL DUQUE DE MARLBOROUGH (2003), son de corte histórico. Es miembro del Sindicato Nacional de Escritores Españoles.

 

 

Medardo Ramos

 

Nace en Málaga. Tiene obra inédita y dos libros de auto-ayuda publicados. Cultiva también la poesía. Es miembro del Sindicato Nacional de Escritores Españoles. Ha colaborado en la revista internacional AIR (número 14).

 

 

Mariette Cirerol Golliard

 

Nació en Suiza. Tiene editadas tres obras en forma de libro: dos de poemas y una novela; más dos novelas, con sistema de entrega por capítulos, en la Revista ESPIRAL DE LAS ARTES de Madrid. Es creadora de la Revista Internacional de literatura AIR, que edita y distribuye. Ha participado en varios encuentros literarios internacionales: en España, Cuba, Japón e Inglaterra. Escribe en francés y en español y traduce del inglés. Es Presidente del Comité Internacional y Permanente de la CIELE, Convención Internacional de Escritores de Lenguas Europeas; y Secretaria General Ejecutiva del Sindicato Nacional de Escritores Españoles.

 

 

Juan José Archilla Pintidura

 

Nace en Málaga. Tiene publicados artículos y poemas en boletines y revistas; y en la antología MOSAICO LITERARIO VI, del SNEE. Tiene depositadas obras inéditas en el Registro de la Propiedad Intelectual. Es Delegado de Información sobre Certámenes y Concursos del Sindicato Nacional de Escritores Españoles.