Caratorta

 

HACÍA POCOS DÍAS que había entrado la primavera con un sol radiante que cubría calles y plazas, dando un ambiente alegre, lleno de luz y color, a la ciudad de Málaga, después de un invierno de abundante agua y vientos enfurecidos.

 

Cualquier rincón era bueno para comentar con alegría el espléndido tiempo que se esperaba para Semana Santa.  Saldrían con todo su esplendor, las cofradías que con tanto esfuerzo habían trabajado durante todo el año, en su empeño por mantener la tradición, e incluso mejorarla.

 

Doña Herminia, bajita y regordeta, de cara bondadosa, se había echado a la calle en busca de medias y algún que otro detalle para estrenar el Domingo de Ramos. En su camino de vuelta a casa, se encontró con un muchachito de unos diez años, que iba llorando y limpiándose los mocos con la manga... No lo pudo resistir y lo interpeló:

 

-          ¡Hijo, vas a destrozar tu jersey tan bonito! ...

 

El aludido la miró con sorpresa y no dijo nada.

 

-          ¿Qué te pasa? ... ¿Te has perdido? ... – le preguntó con cariño.

 

No hubo respuesta. El niño hizo intención de continuar andando, pero doña Herminia sacó un pañuelo y secó la cara churretosa ;  se metió de nuevo la mano en el bolsillo y sacó un caramelo que ofreció al chico. Éste, sorprendido, dudó si aceptar.

 

-          ¿Puedo ayudarte? – insistió la señora.

 

-          ¡No! – contestó secamente.

 

-          ¿Te has perdido? – repitió doña Herminia.

 

-          ¿A usted, qué le importa? – manifestó enfadado.

 

-          Si no me importara, no te habría preguntado. No me gusta ver a la gente triste; y tú, pareces muy triste... ¡Alegra esa cara, muchacho; ya mismo tenéis vacaciones!

 

-          Me pongo triste porque quiero – repuso con cabezonería.

 

-          ¡Yo, no! ... Sólo lloro cuando algo, o alguien, me hace daño... ¿Te ha sucedido algo así? – preguntó fijándose en su mirada; y continuó: ... tienes unos ojos preciosos y es una pena que se te pongan tan enrojecidos.

 

Por un momento, pareció que aquel comentario, con referencia a los ojos, le agradaba... Sin embargo, se hizo el duro, afirmando:

 

-          No me sirven de nada.

 

-          Te equivocas... Las chicas se vuelven locas por unos ojos como los tuyos... ¿Tendrás muchas admiradoras ... no?

 

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-          ¡No! ... Mis amigos tienen novias; pero yo, ¡no!.

 

-          ¡No me engañes, grandullón! que más de una suspirará por ti, en la escuela.

 

-          Si no me cree, no me importa ... ¡Total! ...

 

-          Estás muy enfadado y puede que tengas razón. Pero es posible que te preocupes por algo sin importancia. ¿No me lo quieres contar?

 

-          Es que no la conozco de nada... ¡Bueno! ... En realidad no tengo nada que hacer – dijo, encogiéndose de hombros.

 

-          ¿Dónde vives, hijo?

 

-          Cerca de la Catedral – respondió el jovenzuelo, agachando la cabeza.

 

-          Precisamente, voy en esa dirección. Si me acompañas y me ayudas con estas bolsas, te daré un dinerito para chuches –- añadió Herminia, guiñándole un ojo... -- Tengo que ir a Marqués de Larios, a comprar unas camisas para mi marido. Me gusta que estrene, el Domingo de Ramos.

 

Comenzaron a andar. Le preguntó si le gustaban las vacaciones o prefería ir a la escuela.

 

-          ¡No sé! ... Esta Semana Santa ... ¡me voy a aburrir que no veas! ...

 

-          ¿No vas con los amigos a ver las procesiones? ... Cada día son mejores... Yo, si Dios me da salud, no me pierdo ni una.

 

-          El año pasado, fui con mis amigos; pero, ahora, estamos enfadados y no nos vamos a ver.

 

-          ¿Por qué no me lo cuentas? – preguntó ella con interés.

 

-          Me enfadé con ellos. Se pasan el día llamándome por un mote que no me gusta. ¡Se ríen de mí y me tienen harto! ...

 

-          ¿Cómo te llaman?

 

-          Es que no me gusta que se sepa.

 

-          ¡Yo, no soy nadie! ... Cuando lleguemos a la tienda, me iré y no volverás a verme. Así que me llevaré tu secreto conmigo y te prometo que seré como una tumba.

 

-          ¡Bueno! ... Me llaman “Caratorta” – la miró, esperando una carcajada; pero Herminia no se inmutó lo más mínimo.

 

-          ¡No está tan mal, los conozco mucho peores!... Pero, “Caratorta” me parece bonito...

 

-          ¡¿ Sí ?! – exclamó incrédulo.

 

-          ¡Ya lo creo! ... ¡Oye! ... ¿Por eso te has enfadado con tus amigos?

 

-          ¡Sí! ...

 

-          Pues, no merece la pena, sinceramente. El que se fastidia, eres tú, que andas dando vueltas, solo y lloriqueando, por ahí. Pareces un alma en pena... Te lo digo porque te considero mi amigo... ¡Mira! ... a mi hermano, le llaman el “Tirapayá” ... ¿A que no sabes por qué? ...

 

-          ¡No! – contestó, encogiéndose de hombros.

 

-          ¡Piensa, piensa! ... ¿A ver si lo adivinas?

 

-          ¡No tengo ni idea! – advirtió resignado y con cierta curiosidad.

 

-          ¿Te rindes?

 

-          ¡Sí! – asintió con fastidio.

 

Le hubiera gustado averiguarlo, pero ... aquel nombre ¡sí que era una adivinanza! ...

 

- Por su profesión, todo el mundo lo conoce así en el pueblo. Al principio, cuando lo supo, le sentó un poco mal. Pero después, lo aceptó de buen grado. Ahora ya no le importa nada. Es más, se siente orgulloso: su mote es de los mejores del pueblo... ¡Claro que el tuyo me parece fantástico! ... ¿Has oído hablar de que la cara es el reflejo del alma? ... La tuya es tan dulce y hermosa como tu corazón, quizá por eso te llaman así.

 

-          ¡No! ... Es porque soy un poco gordito y tengo la cara redonda como una torta – explicó quejoso.

 

-          ¡Ah, no! ... ¡Eso sí que no! ... Te lo dice esta anciana que sabe mucho del mundo.

 

El chico comenzó a sonreír. Le hacía gracia la señora aunque estuviera equivocada. Seguro que no veía una palma más allá de sus narices.

 

En su andar lento, a causa de sus piernas hinchadas, hablaron del colegio, hasta llegar a unos pasos de la tienda. Mas el chico aún no sabía por qué al hermano le llamaban “Tirapayá”. La pregunta quería salir de su boca y no se atrevía, pero la curiosidad pudo más:

 

-          ¿Y su hermano ... por qué le llaman “Tirapayá”?

 

-          ¡¡Ah!! ... ¿No te lo había dicho? ... : Es un guardia de tráfico. Cuando llega algún forastero y le pregunta por el Ayuntamiento, o cosas así; él responde : “ Tire usted pa ”. De ahí, el “Tirapayá”... ¿Tienen motes otros niños de tu escuela? ...

 

-          ¡Sí! ... Casi todos tienen mote. ... ¡Pero el mío, es el más feo! ...

 

-          ¿A ver ... dime alguno que esté en tu misma clase?

 

-          ¡El Aceituno! ... Le dicen así porque su padre tiene un campo muy grande, y él va con su padre a recoger aceitunas.

 

-          ¡No está mal! ... ¿Se enfada cuando le llaman Aceituno?

 

 

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-          ¡Qué va! ... ¡Se ríe! ... Y dice que su padre se va a comprar un coche cuando vendan las aceitunas, naranjas y no sé qué más.

 

-          Y ¿qué dicen los otros?

 

-          Se mueren de envidia.

 

-          ¡Anda! ¡Háblame de tus amigos! ¿Tienen mote?

 

-          ¡Sí! casi todos. El “prófe” también tiene: le llaman “bailón” o “el engaña baldosas”. Es que es un poco cojo, de un accidente, creo; y, cuando parece que va a pisar en un sitio, luego pisa en otro.

 

-          ¿Ves? ... ¡No tiene la menor importancia! ... Cuando conocí a mi marido, tardé unas semanas en saber que se llamaba Diego. ¿Sabes por qué? ...

 

-          ¡No! – contestó sonriendo abiertamente el mozalbete, que se estaba divirtiendo con aquella conversación.

 

-          Todos le llamaban “el Norres”. No es porque sea mi marido, pero es un hombre especial, muy inteligente. Le llamaban así porque, desde pequeño, tenía cierta dificultad en pronunciar la “rr”. Pero, como te acabo de decir, es tan inteligente que buscaba otra palabra que no tuviera “rr” y que significara lo mismo.... ¡Total! ... que tiene más vocabulario que cualquier otra persona.

 

-          Y ¿no se enfadaba?

 

-          ¡No! ... Ya te he dicho que es muy listo y, además, tiene un carácter estupendo... Creo que debes ir en busca de tus amigos y demostrarles que no te importa nada lo que digan... ¡Mira! ... Si los llamas por teléfono y te preguntan de parte de quien. Tú respondes: “de parte de “Caratorta”... Verás qué cara se les pone... Te reirás tú más que ellos...

 

-          ¿Cómo se llama usted? – preguntó el muchacho sonriendo.

 

-          No te lo vas a creer.

 

-          ¿Por qué no?

 

-          Porque me llamo Herminia; pero, cuando tenía tu edad, me llamaban: “Fina”... ¡Imagínate!, yo que siempre he sido gordita, quizá la más gordita de mi clase y de mis hermanas.

 

Al chico, se le fue una carcajada que no pudo controlar. Estaba realmente divertido.

 

Llegaron a la puerta de la tienda y Herminia le preguntó:

 

-          ¿Quieres entrar o prefieres esperarme fuera? ...

 

-          Espero fuera. Desde aquí, veo cómo ponen las sillas para la procesión.

 

-          ¡Bien! ... ¡Dame las bolsas y no te muevas! ... En cuanto salga, te daré el dinerito que te prometí.

 

Cuando salió, miró a un lado y a otro, pero Caratorta no estaba...  Había un matrimonio delante del escaparate. Le preguntó:

 

-          ¿Han visto ustedes a un niño de unos diez años, con vaqueros y un jersey oscuro? ... Estaba aquí hace unos minutos.

 

-          ¡Sí, señora! – contestó el hombre. Vinieron unos chavalines de su edad, hablaron algo, y se fueron saltando y corriendo.

 

Herminia se quedó pensativa y sonriente. No le había dado el dinero para chucherías, ni sabía el nombre del chico; posiblemente, no volvería a verlo; pero, se había reconciliado con sus amigos... Se sintió satisfecha. Inició su vuelta a casa, metida en sus reflexiones.

 

¿Quién no se ha sentido dolido ante las burlas de los amigos? ... ¡Los motes han marcado la vida de tantas personas! .... Pero también inmortalizan el buen hacer o la bondad de otras, que lo llevan con orgullo, desde generaciones...

 

 

Silvia Hesles