¿Cisne, magnolio o león?

 

 

ÉSTA ES LA TRISTE HISTORIA de un cisne, magnolio o león.... Creo que en esta triste historia que le tocó vivir, fue una misma cosa: cisne, magnolio y león.

 

El cisne es roca viva que sueña todavía, después de tantos palos recibidos. Él va a contar su cruda verdad, la verdad nunca dicha y siempre mal interpretada por ese águila que comparte sus mismas praderas, jardines y lagos.

 

Se cree un gran águila y, por fuerte y poderoso, se siente con el derecho de poder acosar o mancillar a ese cisne, magnolio o león, como queramos llamarlo, que comparte con él, ese mismo hábitat.

 

Sí, es hora de explicarle al águila la verdad, esa verdad siempre interpretada a su capricho y nunca una verdadera realidad... Hoy, el cisne hablará.

 

Sí, era una flor fresca, muy fresca, un capullo limpio, cerrado en toda su pureza, sin malicia y con un gran corazón. Sí, ¿por qué no decirlo?, es hora de destapar ese corazón, y que el mundo oiga la cruda realidad y las grandes verdades que ocurren, la realidad de la existencia humana.

 

El cisne, magnolio o león, puesto que los tres son una misma cosa, ¿sabía lo que la vida le iba a deparar? ...

 

No, no creo que lo supiera. Por eso, ese capullo cerrado no podía presentir lo que, en su corta o larga vida, el destino le tenía preparado.

 

Era desamor, desengaño, envidias, tristezas, palos duros y golpes bajos; y en ese gran prado junto al lago, y en esa gran floresta, se iba a encontrar con un gran águila, con el cual iba a formar una gran familia.

 

Sin embargo, no pensó que él era águila, y ella, un simple cisne; y juntos, el gran águila y sus pequeños, le iban a destrozar la vida, una vida que siempre había transcurrido limpia y feliz.

 

Cuando el cisne conoció a su águila, pensó que era una alegre gaviota, limpia y clara, como el agua donde ella se posaba. No sabía que era un águila con unos pensamientos muy distintos a los de ella.

 

Al confundir un águila con  una gaviota, no pudo pensar en las grandes consecuencias que aquello le iba a repercutir a lo largo de su vida.

 

Le conoció un domingo, de paseo por el gran lago, y el cisne pensó: “valiente plumaje! ¿por qué no se lo habrá limpiado?”.

 

El águila quiere conversación con el cisne; pues, se encuentra solo y, después de mucho hablar y pasear, piensa el cisne: “¡valiente día me está dando!”; “un poquito palurdo y sin pulir; y, para colmo, no sabe ni expresarse, y encima presumido; pero, bueno, no importa; cada cual es como es y nadie nace enseñado. En esta vida, todo se aprende.”

 

Ahí empezó la historia. El cisne, tonto y sin malicia, cayó en  sus  redes.   El  águila,  que  ya  había  tenido  grandes correrías por todos los alrededores, pensó cambiar a la que tenía ahora de turno, pensando que al cisne le podía sacar mejor partido.

 

Ese cisne era una flor de primavera. Estaba por deshojar. Y, ese cisne o flor, pues todavía no era león, deja de ser, sin darse cuenta, tal como era. No sabe, el cisne tonto, que sólo una vez en la vida, puede ser primavera para él; y ese cisne o magnolio, pues todavía no era león, cierra los ojos y no ve lo que pronto se le avecina.

 

Sigue la vida. Ese cisne que empieza a dar sus primeros aleteos, pasea por el lago, sin saber que ese águila, que el cisne ha conocido, se encargaría muy bien de ponerle una gran venda en los ojos, para que no viese la realidad de la vida. Para que sólo la viese a través de lo que el gran águila le ordenase a ese bonito cisne que empezaba su vida.

 

De su tronco, surgían  sus primeras hojas y flores. No ve cómo de sus flores van cayendo los pétalos y muriendo poco a poco. ¡Qué bien puesta tenía la venda, el pobre cisne! ... Siempre pensó que era inteligente, no torpe como el águila le decía.

 

Empezó a ver a través de los ojos del gran águila. Perdía, poco a poco, todo su ego; y llegó sólo a pensar y actuar según las indicaciones de su gran águila. Llegó sólo a vivir para complacerlo. No se daba cuenta de que cada día iba perdiendo su voluntad, de cómo la mancillaba más y más.

 

Sólo se preocupaba por que su gran águila subiera cada vez más y más alto,  sin pensar en sí mismo:  ¡tonto cisne!

 

Y esa delicada flor de magnolio, o cisne encantado, sigue encantado y no ve las penas y sufrimientos por los que están pasando su dignidad y su ego,  mancillados por ese

gran águila.

 

Éste, cada día, le coge un poquito más de su terreno; hasta que un día, lo hizo suyo para siempre. Y ahí empieza otra historia, otro calvario, sin darse cuenta el cisne, que todo son exigencias, y que su ego estaba siendo pisoteado. Pero no importaba, ese magnolio tenía una copa ¡tan grande!, que se cobijaba entre sus hojas y flores cuando se sentía mal.

 

Y ese Águila y ese cisne se unen, y de esa unión nacen dos pequeños: ¿águilas, cisnes?... Son una mezcla muy complicada. Y ahora ese cisne, con más fuerza sigue luchando, por que ese gran águila cada día pueda volar y subir más alto, a costa de lo que sea, ¡hasta de su propia vida, si fuera necesario!.

 

Y, para esos pequeños polluelos ... ¿qué quisiera para ellos? ... ¡No la tierra, sino el firmamento! ... Pero la vida sigue y los años no perdonan, cosa que no le importaba al cisne. Él sacaba fuerzas de donde podía, con su cabeza muy alta ¡cómo cisne que era!.

 

Con sus grandes alas, intenta guardar a sus pequeños polluelos todo lo que puede, para que nadie les hiera ni les haga daño alguno.

 

Mas, pronto, un triste día, no de primavera sino de otoño, con su mente confundida, no con ingenua melancolía, sino con angustia  y vértigo,  descubre cómo las hojas del magnolio iban cayendo y dejando ver parte de la vida pasada y presente que él, como cisne, vivía. ... ¡Qué angustia! ... ¡Qué desesperación! ... ¡Qué pena! ... ¡¿Por qué el magnolio fue tan cruel?! ... ¡¿Por qué no mantuvo las hojas siempre perpetuas?! ... La vida es así: algunas veces, muy cruel.

 

Y el cisne empieza, poco a poco, a pensar en su vida: ¿qué fue su vida? pasada, presente? ... y empieza a darse cuenta de cosas que no quiere creer, cómo ese gran águila fue apoderándose poco a poco de su mente, y cómo la había dejado, desde su más tierna edad, sin voluntad propia, a su merced o capricho. El cisne, en aquel momento, se sentía como muerto. El águila había conseguido, con sus bellos vuelos, que él no tuviese más amistad con otros cisnes, porque todos, a los que se arrimaba, no eran buenos; sólo servían para el cotilleo del lago.

 

El lago en el que el cisne vivía se convirtió, para el cisne, en una cárcel. ... Totalmente atrapado, se dio cuenta de que el gran águila, al que ella creyó gaviota, sólo la quería egoístamente. La había querido para él, mientras le hizo falta.

 

¿Y sus pequeños polluelos? ... ¡No! ... Ya no eran polluelos, ni pequeños capullos de aquel magnolio, ni pequeños cisnes. Ya eran dos hermosas y auténticas águilas, con vida y pensamientos propios; pues, así los había criado el cisne.

 

Pensaban, los dos águilas, que ese cisne que había sido su creadora,  no era la más adecuada :  pues,  no supo criar a dos águilas como tales... ¡Claro!, en eso tenían razón. Era, para un cisne, muy complicado intentar convencer a dos águilas de cómo se tenían que comportar como cisnes, y de cómo tenían que actuar en su vida.

 

¡Quizás fue esa la equivocación del cisne: no haber anidado  con  el  ave apropiado?  ...  Eso será para el cisne

una pregunta sin respuesta, y esas ya tres grandes águilas se estaban cambiando el plumaje y dejando su cuerpo y su mente tal cual...

 

El cisne se asusta y piensa: “Pero, ¿era eso lo que yo esperaba? ... ¿Para eso, he luchado yo tanto en mi vida? ... ¿Para eso, yo he sufrido tanto? ...

 

¡Di mi vida, mi juventud, mi ego: lo di todo! ... ¡Qué pena! ... La lucha por la vida no fue lo que el cisne esperaba: no fue alegrías, ni cariño, ni amor... Sólo se encontró con desprecios y desamor.

 

Entonces, es cuando ese cisne se acuerda de nuevo del Dios al que nunca debió dejar de lado; sólo porque para el águila, esas cosas eran tonterías. ...

 

¡Un poco tarde, no! ... Sí, porque el cisne, por amor a él y sin darse cuenta, fue abandonando aquellas cosas que su compañero de la vida consideraba tonterías. ... Hoy, el cisne le dice a Dios: “¡Dios mío!, buen castigo me has dado por mi mal comportamiento hacia Ti, por volverte la espalda y hacer lo que al gran águila le agradaba, y no lo que mi alma deseaba... Te volví la espalda, poco a poco,

por seguirle a él ;  y,  hoy,  comprendo muchas cosas y te pido perdón. Pero ya no tiene remedio, el daño está y la vida sigue, y cada cual tiene lo que se ha creado”.

 

Y, a ese cisne, sólo le queda mirar al lago, a ese lago que llega hasta el mar, su mar, su cielo. Eso es lo que Dios, con su benevolencia le ha dejado.

 

¡Gracias Dios mío por dejarme eso! ...

 

Pero, de pronto, al cisne, se le hace una luz en su mente, y el cisne piensa: “¿Esto, por qué no puede tener arreglo?”, y a sus águilas pequeñas, sigue dándoles todo lo que piden, queriendo que vuelen muy alto ¡a costa de lo que sea, hasta de su propia vida!.

 

Sin embargo, sus pequeños águilas se cansan y no quieren. El cisne insiste, pero las pequeñas águilas no la quieren. Ella nunca se dio cuenta de que no son como ella. Ellos no son cisnes. Ellos nacieron águilas. No pueden pensar como ella. Pero sigue insistiendo hasta que, un día, le dan el gran aletazo y ya no paran. Insisten una y otra vez con el pico, y sus grandes alas la tiran al suelo; y la pisotean, hasta que el cisne cae roto y moribundo.

 

Su alma muere poco a poco, pero, en su gran caída, piensa en su gran águila. Si ella, al menos, se convirtiera en gaviota poco a poco; pues, el mar lo tiene tan cerca y el cielo tan limpio; y, este cisne que muere ¡tiene tantas ganas de vivir y de sentirse amado y volar también alto!. Aunque estén todos los pétalos del magnolio ya en el suelo, no importa, se puede reconstruir. Los pétalos pueden estar juntos, y el cisne lo intenta una y otra vez. ¡Pero, no! ... el águila vuela ¡tan alto! ... ¡tan alto! que es imposible llegar hasta él.

 

Y el cisne piensa en otros medios y se pregunta: “¿y si nos fuéramos al gran lago, donde sólo se vea mar y cielo?” ...

 

El cisne tiene ganas de vivir y juntar de nuevo los pétalos, pero se encuentra solo sin el águila.

 

Tanto insiste hasta que lo consigue y se marcha con el gran águila por el lago, hasta mar abierto, con ilusión.  Se marchan al gran lago, pensando que allí puede empezar un nuevo renacer, una nueva vida, una nueva primavera... ¿Por qué no?, ¿Qué importa la edad? ... Nunca le importaron los años. Nunca tuvo ese complejo.

 

Pero, pobre cisne, su melancolía era su pena, su angustia y su vértigo: era morir cada día un poco más.

 

El águila no lo veía o no quería verlo; y la desesperanza se comió el orgullo de león pisoteado que el cisne llevaba dentro... Al cisne, ya no le importaba él... Sólo quería volver a vivir.

 

Vistió sus mejores galas y con ese plumaje blanco y limpio, y callando su orgullo de león, salió a vivir su nueva aventura.

 

Lo que el cisne no esperaba, era que el águila estaba al acecho para darle su gran y último aletazo, fuerte y mortal; para dejar siempre claro que el cisne estaba equivocado, que el que mandaba era el águila y que éste puede más que ningún ave, por muy lista que sea. ¡Con qué maldad esperó el momento para reírse del pobre cisne! ...

 

Esa espuma ardiente de pensamiento limpio, fugaz estrella, ahora vencida al final por ese vil presagio, es alma vacía, luna eclipsada, estrella muerta.

 

Pero ese cisne, al salir al aire y contemplar el mar tan inmenso, y el cielo estrellado, pensó: “Tengo este mar y este cielo, y aquella fugaz estrella que cruza el firmamento”...

 

En aquel momento, quiso morir... ... ...

 

Aquella estrella que cruzó el firmamento le dijo:

 

-          ¡No! ... Todavía no es tu hora. No tengas miedo. Yo estoy aquí para cubrir con mi manto todas tus angustias, sobresaltos y penas... ¡Búscame por las noches! Yo brillaré para ti más que ninguna. Siempre me conocerás... Aunque el cielo esté nublado, saldré para hacerte compañía en tu largo caminar... ¡Mira el cielo, el mar, el día, la noche: todos son tus compañeros!... ¡Saca fuerza de ese león que llevas dentro y nunca te rindas! ... Yo siempre te haré compañía... ¡Deja que el águila y sus polluelos sigan sus caminos, sus vuelos! ...

 

El águila piensa que la nueva vida que se ha planteado ahora es la mejor, la más cómoda, la única que le va a dar satisfacciones y alegrías. Por fin, ha encontrado su ego y ya el cisne no le sirve para nada. Pretende hacer creer al mundo que es un gran águila muy buena, pero incomprendida.

 

-          ¡Déjalo con sus creencias, pobre de él! Un día, la vida le mostrará lo equivocado que estaba; y ahora, te toca ocuparte un poco de ti y, desde la gran distancia, siempre te amaré y siempre cuidaré de ti, procurando que tengas a alguien donde apoyar tu cabeza.

 

El cisne piensa ahora que sus tres águilas le han defraudado tanto, le han hecho tanto daño, que está roto en mil pedazos. Ya, su plumaje cae. Por mucho que quiera encontrar sus plumas, su corazón tendrá alguna grieta.

 

Se despide de sus tres águilas: “¡Qué Dios los bendiga, les ayude a ellos!”. Es lo que más desea de corazón y se lo pide, un día tras otro; pero, también pide que no le hagan más daño; pues, ya conoce bien a sus tres águilas y, en el más mínimo encuentro, le pueden dar un aletazo mortal. Sabe que el gran águila, en su más hondo pensar, cree que arropando a sus pequeños águilas, ya tan grandes como él y con un plumaje bellísimo, ellos a su manera lo creerán más bueno.

 

El cisne sabe que por mucho que tape a sus águilas, tiene la desgracia de que, en el pequeño lago, se cotillea todo. Es el primero en enterarse de las críticas que le hacen.

 

“Bueno, mi misión ya ha terminado. Son adultos y sus vuelos son grandes, pueden ser infinitos. Ya están preparados para su gran caminar por todos los cielos, mares, prados y bosques del mundo”.

 

 

Sí, ésta es la verdad de la vida de este cisne:

de la fresca flor de primavera,

del alegre cisne,

de la delicada flor de magnolio

y, sobre todo,

del gran león.

 

 

 

Y ese volcán ardiente que quiso ser siempre, de orgulloso león que tanto luchó en la vida ... ¡torpe cisne! ... Debió actuar de otra manera ... Y, ahora, le da igual lo que piense el gran águila. Él siempre pensará del cisne negativamente. ¡Qué pena!, ¿verdad? ... Claro que lo hace porque le interesa, esa es su excusa, su escudo. Se dice: “Es un cisne, nunca llegará a mi altura”.

 

 ¡Qué iluso! No se imagina que algún día ese cisne le puede hacer falta.

 

Ahora el cisne vaga por la vida, triste, sin compañía, esperando, siempre  esperando.  

 

Le mantiene vivo la lucha por sobrevivir : por aquella promesa que le hizo una noche a su brillante estrella, de luchar y no rendirse nunca. Pero, ya lo tiene claro: siempre estará solo, sin una bonita palabra de sus seres queridos, su alma destrozada.

 

La lucha por la vida, para el cisne, no fue alegría. Sus amores ya eligieron su camino, despreciándolo. Ahora, le toca luchar sólo por sobrevivir. Su orgullo de león quedó pisoteado hasta la saciedad.

 

Su interior, que fue fuego vivo; el gran águila no quiso encontrarlo, o no le interesó. Y, sigue reflexionando el cisne, si Dios, aquella noche en el gran lago, no le hubiera mandado aquella estrella brillante que cruzó el firmamento, ¿hoy, qué sería del cisne? ... ¡No, no quiere pensarlo! ... Sólo sabe que hoy ya no tiene amor de nadie, porque no quiere besos comprados ni compromisos; piensa que está solo en la vida, y eso no es ser negativo, es una triste realidad.

 

Tenia que haber actuado de otra manera: ¡Sí!, pero hoy, por desgracia, ya es tarde para el cisne. Ya el magnolio se secó. ...

 

Hoy el cisne vaga por su pequeño lago: viendo como nuevos cisnes y magnolios crecen, ven el cielo y las flores,

las montañas, la lluvia, el sol ... y piensa que Dios es grande: Le ha dejado el pequeño lago para ver todas las cosas de su entorno y, por las noches, seguir hablando con su estrella, que sigue ¡tan brillante! que un día de soledad y desesperación, ¡cruzó para él todo el firmamento! ...

 

Con la esperanza puesta en ella y con su ayuda, ha aprendido el cisne a vivir en soledad. Y siempre, aunque sus águilas no quieran verlo, seguirá pidiendo por ellos y por su felicidad.

 

¿Éste es un punto seguido o final? ... Nunca se sabrá. ...

 

Es la triste historia de un cisne que no supo comprender,

o no supieron comprenderlo,

y fue todo o no fue nada:

Cisne, Magnolio o León.

 

María