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Discurrir acerca de los recuerdos

(Carta a las Musas)

 

 

A la Doctora Carmen Rodríguez Román, con mi afecto

 

 

31 de agosto de 2004

 

 

ESTABA SOBRE UNA ROCA. Abajo, en el valle, comenzaba la luz a llegar sobre la piedra.

 

Los objetos, antes visibles por sus volúmenes, se contemplaban ahora con claridad. Muchos abetos despojaban sus capirotes de brumas, asemejando fantasmas de luz entre anocheceres muertos.

 

Más lejos, casi donde la cinta del horizonte jugaba a la comba con los oscuros últimos, volaban varios buitres leonados: planear solemne, alas extendidas, mirada al fondo del paisaje clavado en tierra con puñales de pinos y amanecidas.

 

Conjunto romántico natural, lleno de silencios. Me pareció que Dios sostenía el paisaje con su Espíritu inmutable. Entonces, perdí la dimensión morfológica de mis fronteras. Había empequeñecido en la fracción de un sentimiento apenas comprensible.

 

Olvidé todo: incluso tribulaciones y sentimientos desagradables. Prevalecía el recuerdo de mi esposa en ese lugar íntimo, donde habitan diosas humanas y sueños.

 

Cuando los recuerdos son sólo recuerdos, el amor es pájaro sin destino: imaginación que vuela hacia regiones donde el corazón pierde su último latido. Es volver a nuestra procedencia ambigua, regresar a la Nada; y, este presentir retrospectivo nos hace más vacíos de futuro; pero también, más concretos con la realidad, y más nostálgicos.

 

Nadie me dijo que los recuerdos se miran en sí mismos como virtuales y asimétricos, se empujan para ocupar lugar en el fondo de nuestra alma. Mi voz no puede expresar el alcance de su ámbito porque ha perdido la magnitud de su palabra.

 

In ictu oculi, donde existen vivencias contiguas, emociones, amor, sentimientos diversos, inteligencia y memoria: tránsitos de nuestra mente donde dejaron huella imágenes y sentimientos que después regresan desde un letargo de lejanías.

 

Recordar, es tener historia propia, poema en el corazón, denotar las cosas unidas al conocimiento. Nos guste o no, somos pensamiento y recuerdo. Con estos principios básicos, descubrimos mundos distintos y novedosos, órdenes nuevos, sensibles, para formar otra visión abstracta interior que supere las contingencias del mundo real.

 

Fray Octavio Uña Juarez, Profesor de Filosofía Pura del Colegio Mayor Universitario María Cristina, y agregado en la Universidad Complutense de Madrid, durante el Pregón de las Fiestas conmemorativas del Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial pronunciado por él, y que tuvo la delicadeza de dedicarme el día 5 de agosto de 1980, expresó el cuarteto original del fraile augustino, Restituto del Valle:

 

“Cien picos en cada monte,

en cada pico una cueva,

en cada cueva una historia,

y en cada historia un poema.”

 

Las cosas forman parte de nosotros, están en nosotros, son ya nosotros; y su historia, unida a la historia propia, es también parte del mundo que nos contiene. Allí permanecen intimidades y sensaciones que viajan hacia el mar de nuestros silencios.

 

Cuidemos el tiempo presente, y demos al viento, y al ensueño, lo más preciado del acontecimiento íntimo, lo más noble, lo más leal y lo más grato, con el alma puesta al servicio de nuestra verdad única: motivo de nuestra existencia y plenitud de nuestras realizaciones.

 

No lejos de donde estoy, es decir, de mí mismo; está cuanto recuerdo ahora, como si pisara los talones de mi vida. Y voy, mejor dicho, vengo; regreso pletórico de esperanzas, soñador de caminos que no he recorrido y nunca recorreré. Bardo de mis “coplas”, y huérfano de una manera de estar y enjuiciar la vida.

 

Este “coplero” humilde, amadas Musas, cuyo espíritu asciende cumbres montañosas de muchos países, perseguido por el cadáver futuro de su soma, está hoy aquí, ante vosotras, pretendiendo intuir vuestra presencia, lo mismo que en otras circunstancias; anhelando recibir el numen de esas gracias vuestras que acompaña a la Musa de mi vida, y a quien escribo estas cartas: Hablar a mi esposa con mi voz y mi cariño.

 

Volver al pasado, evocar, es conocer, evitando así lo innecesario en nuestra conducta. El ayer y el hoy se aman, se complementan, abren la puerta del conocimiento, y nos inundan con sensaciones que marcan nuestra manera de ser y de sentir.

 

Y es que vivir, es pautar nuestro ser forjado con ideales y con hechos, motivo por el que yo os he soñado; porque necesito vuestra presencia, porque no entiendo felicidad alguna sin la delicadeza de vuestra inspiración; porque, a fuerza de contemplar espacios sin límites en mis pensamientos y en mis sentidos, he aprendido a amaros y a conocer la belleza.

 

Unir vuestras lealtades a mis recuerdos viajeros sin norte por rutas del destino. Atravesar ese mar ignoto del subconsciente, a veces, tenebroso, y a veces, presidido con imágenes deseadas por nuestros recuerdos; momentos que fueron alma de nuestra alma, e impulsos para nuestra vida.

 

Recorro la avenida ancha y larga del pensamiento, y connoto un acontecer nuevo en mi soledad. Comprendo que la soledad actúa como lenitivo del dolor.

 

Hoy, entre las vivencias de mi memoria, recuerdo una anécdota ocurrida a mi dilecto amigo de letras, AGUSTÍN DE FOXA. Vivía en el número uno de la calle Ibiza de Madrid. Era escritor, poeta y diplomático. Un día nos comentó, a Federico García Sánchiz y a mí, lo siguiente:

 

Salía el señor Foxá del Ministerio de Asuntos Exteriores a las doce de su mañana, cuando se encontró con el Señor Ministro, y éste le dijo:

 

“¿Don Agustín, no le parece a usted una hora muy temprana para salir del Ministerio?”

 

Agustín de Foxá contestó con su agudeza satírica de siempre:

 

“La misma que le parecerá al Señor Ministro para entrar”.

 

Otra vez me explicó:

 

“Jesús, en Portugal, donde he ejercido como Embajador, alaban mi título de Marqués de Coello de Portugal y Conde de Foxá; cuando yo, me considero humilde pescuezo de Lusitania.”.

 

Fue siempre excelentísimo, no sólo por su título; también por su grandeza de alma; y, además de sus versos satíricos, me impresionaron otros que conservaba; entre los mismos, unos que me recitó antes de publicarlos:

 

“Y pensar que no puedo en mi egoísmo,

llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja,

y que la luna brillará lo mismo,

y ya no la veré desde mi caja”.

 

Le contesté improvisando otros versos:

 

“La muerte es un fin forzoso,

lo nacido acabará

y el Mundo proseguirá

su ciclo exacto y grandioso”.

 

Este tiempo de final de agosto me pareció más cuajado de sensaciones, más humanizado y más hermoso que en otros momentos vividos. Algunas hojas comienzan a presentir el otoño que viene, y las nubes se trasladan amillarando cercanías.

 

Razón por la que esta promesa de otoño que viene, llega con evocaciones de tiempos que fueron, cuando mi voz está perdida entre rimas, con vuelos de métricas y eufonías.

 

Desde aquí, las retamas, los rosales silvestres, nacidos para estar donde están, incapaces de vivir fuera de su nacencia; las margaritas y brínculas, como las madreselvas, aparecen sedientas, agostadas, y ya formando parte del recuerdo.

 

Tengo en mis labios un adiós sin prisa y sin futuro; tardo y yacente para su despedida; un adiós que se mide por encima de su largueza, y acaba adherido al alma.

 

¡Necesito vuestra presencia! Porque, ahora, es aquí, en estas páginas, donde puedo hablar con vosotras; donde la luz de vuestra imagen me parece más luz, más amorosa, y más anhelada; donde me fundo con el recuerdo en un sueño que no termina... ¡Adiós, Musas, hasta siempre!...

 

Jesús Dumont

Presidente del SNEE