MANOLO

 

A PESAR DE QUE ESTÉ ANOCHECIENDO, el calor sigue apretando. La carretera revienta de coches, los más llevando matrícula extranjera. Sus ocupantes quieren refrescarse en el mar y dorarse al sol de Andalucía. También sueñan con corridas de toros y fiestas flamencas. Desean pasarlo bien y tienen mucha prisa por llegar. Entre ellos, un coche con matrícula de Soria se está abriendo penosamente camino. El conductor es un hombre guapo, moreno y fuerte, de unos 35 años de edad, más o menos. En este momento se encuentra bastante nervioso y el sudor empapa su rostro.

 

-          ¡Cuántos camiones, gran Dios! ¡No vamos a llegar nunca! Mejor hubiéramos hecho quedándonos tranquilitos en casa – le reprocha a su mujer.

 

Al oír esto, el hijo mayor -- que debe de tener unos ocho años -- replica muy fuerte, para que quede bien claro:

 

-          Yo quiero ir a la playa.

 

-          ¡Ya lo sé, hijo! ¡Ya lo sé!, - se impacienta el padre.

 

-          El viaje ha sido fatigoso de verdad y estamos todos nerviosos, pero pronto podremos reposar y bañarnos hasta saciarnos. Sólo hace falta armarse de un poquito más de paciencia, -- arguye la madre, con el fin de calmarlos un poco.

 

-          Esto ya lo has dicho mil veces –- hace notar el niño –- pero luego resulta que no nos paramos porque todo está lleno... Si yo fuera el que manda, me metería en cualquier rincón, donde no hubiera gente, ni camping ni nada;  donde pudiéramos estar tranquilos.

 

-          Pero hombre, esto no es posible. Tu hermanito necesita un mínimo de comodidades. De todos modos, no hay ningún rincón vacío por aquí... Mira por la ventanilla y dime si encuentras un sitio como tú dices.

 

El niño echa un vistazo y asiente descorazonado:

 

-          Es verdad. Papa tiene razón. Mejor hubiera sido quedarnos en casa; porque si seguimos así, me parece que vamos a girar en redondo sin poder parar, hasta llegar otra vez al punto de partida... En casa, al menos, puedo moverme, puedo jugar... ¡Estoy harto de estar sentado aquí dentro! ...

 

-          No te preocupes, Felipe. Encontraremos un sitio, y pronto. Ya verás.

 

En este mismo momento, ven un letrero anunciando un camping.

 

-          Es inútil -- advierte el padre... ¡Ya veis la cola que hay! ... ¡¿Cómo va a haber sitio para nosotros?! … Más vale pasar de largo.

 

-          ¡Probemos al menos! - insiste la madre.

 

 

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-          Se me está ocurriendo una idea. ... ¡Sí, vamos a probar! ... ¡Bájate del coche, Pilar, y encamínate hacia la entrada! ...

 

Pilar acuesta al bebé a su lado, colocándole la cabeza sobre las rodillas de Felipe, y se dispone a salir.

 

-          ¡No, mujer! ¡Así no! … Tienes que llevarte al niño en brazos... Sólo al verte con un bebé, y este vientre, y con un poco de suerte; se apiadarán de nosotros, y nos dejarán entrar.

 

A Pilar le ofenden estas palabras y así se lo hace comprender a su marido:

 

-          ¡Vaya papelito que me das! ... ¿Quieres que vaya a pedir limosna como una pordiosera? … ¡Pero no, no voy a hacerlo! … ¡Esto es demasiado! … ¡¿Qué te has creído?! …

 

-          ¡Qué tanto chillar! Tú eres la que quiso venir ¿no? … Pues, ahora te arreglas para que nos acepten aquí, o damos media vuelta y volvemos a casa.

 

¡Qué poca consideración tienen los hombres para con las mujeres! Quiero decir para con sus mujeres, porque con las demás, se deshacen en galanterías. ¡Y qué mansitos se vuelven! … ¿Qué voy a hacer ahora? … ¿Voy o no voy? … Creo que mejor será que vaya, porque si no, adiós vacaciones … Es capaz de volver a casa, de esto estoy segura, ¡cabezota como es! … Se pondría a conducir sin pronunciar palabra y con cara de funeral, ¡Dios sabe durante cuánto tiempo! – está reflexionando Pilar para sus adentros, y luego, en voz alta, concluye:

 

-          Está bien. Tú ganas…  -- Ven, pequeñito mío, vamos a luchar con nuestras sonrisas.

 

A la entrada del camping, se balancea un cartel muy explícito, diciendo con todas las letras, y además,  en todos los idiomas:  C O M P L E T O.

 

Al encuentro de Pilar, sale un niño de unos diez años que, tras mirarla de arriba abajo, le dice categóricamente:

 

-          No hay sitio, ni siquiera para las mujeres bonitas.

 

-          ¡Vamos! – alude Pilar -- Yo no soy bonita ... ¡Mira lo fea que estoy con este vientre! … ¡Anda! … Déjame hablar con el patrón.

 

-          ¡El patrón soy yo!

 

-          ¡Ah sí! … Entonces, quiero hablar con el director.

 

¿Con el director? -- se pregunta extrañado el niño ... ¿Quién será el director? – Su cerebro no funciona del todo bien: es deficiente mental, pero muy buen chico. Le han dicho de no dejar pasar a nadie y se lo toma muy en serio. Insiste:

 

-          No se puede pasar. Está lleno.

 

Al oír la discusión, se aproxima un señor grande y fuerte de estatura, curtido por el aire libre. En sus labios ostenta una simpática sonrisa.

 

-          A ver, Mateo: ¿qué pasa con esta señora?

 

-          Le he dicho que no había sitio y no se quiere marchar.

 

-          ¡Déjala que pase, la pobre! ¿No ves que está muy cansada?

 

-          ¿Pero? … No …

 

-          No hay sitio, ya lo sé. No te preocupes, yo me ocuparé de la señora. Tú ¡quédate aquí y no dejes entrar a nadie más!

 

El director -- que de él se trataba -- hace pasar a Pilar a la recepción, donde, muy atentamente, le ofrece una silla.

 

-          ¿Supongo que no habrá venido sola?

 

-          ¡Oh no! Mi marido espera ahí fuera, con otro niño. Como que había tanta cola, me he adelantado para ver si había sitio.

 

-          Pues, ya lo ha oído, el camping está lleno.

 

-          Tenemos una tienda muy pequeña… Cualquier rincón nos vendría bien, con tal de poder descansar un poco.

 

-          No se preocupe. Comprendo que, en su estado y con dos niños además, le sería muy penoso volver a emprender el viaje, sobre todo que las posibilidades de encontrar sitio en otro campamento son muy limitadas, hasta me atrevería a decir que son nulas.   Con  el  mal  tiempo  que  rige  en  el  norte, todos se vienen hacia el sur, y claro, no hay cabida para tanta gente… No sé cómo me arreglaré, pero le encontraré un hueco, se lo prometo. Puede decírselo a su marido.

 

-          ¡Muchas gracias! ... De verdad, se lo agradezco muchísimo.

 

Y Pilar, muy contenta, se va con paso ligero. Ya no siente el calor, ni el cansancio de tantas horas de viaje. La satisfacción que experimenta por llevar tan grata noticia a su familia, le da alas. Hasta sus ojos están riendo, lo que da mucho encanto a su semblante y la hace parecer bonita, muy bonita... Pero ella no lo sabe.

 

Mientras tanto, el director llama a un muchacho que está alternando con unos campistas:

 

-          Ven, Manolo, necesito tu ayuda... Va a llegar una familia con niños pequeños y tienes que encontrarles un sitio, como sea.

 

-          ¡Pero, si no hay, papá! … ¡Tú lo sabes de sobra!

 

-          Sí, pero este es un caso especial porque, además de tener dos hijos en baja edad, la señora está embarazada... Tú eres un especialista para colocar a la gente, siempre encuentras un hueco cuando te lo propones. Ya sé que es casi un milagro lo que te pido, pero tienes que encontrar este sitio, porque lo he prometido.  No podemos dejar marchar a esa señora en el estado en que se encuentra. No sería humano.

 

Luego, el director entra en el bar del camping, donde nuestra familia se relaja tomando unos refrescos, por cierto ofrecidos por él, y se aproxima para saludarla:

 

-          Pónganse cómodos y no se preocupen, que mi Manolo les está buscando un sitio... ¡Si no lo encuentra él, pueden estar seguro que ni el mismísimo diablo lo lograría! ...

 

Pero el tiempo pasa y Manolo no vuelve. Es que la tarea no es nada fácil... ... ...

 

¡Por fin!, y gracias a la amabilidad de otros campistas que ponen a disposición un poco del sitio que estaban ocupando, se logra plantar la nueva tienda.

 

Y con esto, llega la noche, una noche muy oscura, porque la luna no ha salido aún. Las estrellas brillan más que nunca y Manolo las está contemplando... El guardia de noche está enfermo y tiene que reemplazarlo durante unas horas; luego, se levantará su padre... Con catorce años nada más, este encargo tiene para él el sabor de la aventura. Le hace sentirse mayor e importante. Se pasea satisfecho por las alamedas, su linterna en la mano, asegurándose de que todo sigue tranquilo.

 

De repente, oye gritar y llorar: “Son voces de niños --  piensa el muchacho --, a lo mejor habrán tenido una pesadilla...  Pero se oyen dos voces... Que hayan tenido una pesadilla los dos al mismo tiempo, es mucha casualidad… Mejor será que vaya a ver lo que ocurre... Me parece que viene del rincón de los españoles... Ya me han hecho perder mucho tiempo, esta tarde, para encontrarles un sitio. ¿Qué les pasará ahora?”

 

Felipe, el hijo mayor, sale de la tienda medio enloquecido, pidiendo socorro. Al divisar a Manolo, echa a correr en su dirección:

 

-          ¡Socorro, auxilio! ... ¡¡¡Mi hermano se está ahogando!!! …

 

-          ¡Cómo! ¿Qué me cuentas? … ¿Cómo va a estar en el agua a estas horas?

 

-          No está en el agua, está en la tienda. ¡¡¡Por favor!!! Hay que hacer algo. Se está muriendo de verdad --añade llorando el chiquillo.

 

-          ¿Dónde están tus padres?

 

-          Han salido.

 

-          ¡Han salido! … ¡Dices que han salido! ... ¡No comprendo! ... ¡Tan cansados como decían estar!…

 

-          Te lo explicaré luego... ¡¡¡Ven ahora, por favor, que mi hermano se está muriendo!!!

 

Penetran en la tienda.  El bebé está tendido sobre un colchón de plástico, de los que se hinchan, en un rincón de la tienda. Su piel se ha vuelto azulada. Ya no llora, ni se mueve siquiera. Su manita rolliza está estrechando el aro de un chupete. Tiene la boca abierta, los ojos desorbitados... Manolo se lo queda mirando, horrorizado... Cree comprender lo que ha pasado:

 

-          Se ha tragado el chupete ¿verdad?...

 

-          ¡¡¡Sí, pero hay que sacárselo; si no, se va ha morir!!!… ¡Dios mío, qué podemos hacer! …

 

-          Ten confianza en mí... Yo se lo sacaré... Sé cómo hacerlo.

 

Sin pensarlo más, Manolo oprime con sus dedos la nariz del pequeñuelo, y mientras, va introduciendo los dedos de la otra mano en su garganta. Todo esto lo hace manteniendo el bebé boca abajo...  Cuesta trabajo, pero, ¡¡por fin!!, logra hacer vomitar al bebé, que echa comida y chupete.

 

-          ¡Lo hemos logrado! ...  ¡Lo hemos logrado!…

 

Emocionados, los dos niños se abrazan llorando; pero esta vez no lloran de pena, sino de alivio, agradecimiento y alegría... El corazón del bebé, del pequeño Tomás – como se llamaba ---, vuelve a latir normalmente y,  poco a poco, su piel va recobrando los colores de la vida... Para demostrar que está bien vivo, se echa a llorar, logrando así convertir el llanto de los demás en risa... Una vez calmados, le dice Felipe a nuestro Manolo:

 

-          Te debo la vida de mi hermano... He tenido mucha suerte en encontrarte... Es muy difícil lo que has hecho y puede que una persona mayor no lo hubiese conseguido… Hasta puede que nadie se hubiera molestado en venir y socorrerle; y, entonces … entonces ... ... ...

 

Y deja la frase sin terminar porque sus ojos se vuelven a llenar de lágrimas y su garganta se hace nudo, recor-dando el miedo horrible que acababa de pasar.

 

-          Sí, - le contesta Manolo - Tienes mucha razón, porque yo soy muy inteligente. Lo sé hacer todo. No digo que todo me sale perfecto; pero, al menos soy capaz de sacarme de apuros, y también a los demás cuando me lo piden... Ahora que todo está arreglado, ¡dime! ¿por qué se han marchado tus padres dejándoos solos en la tienda? ... Me dijeron que estaban extenuados ... ¡Si supieras lo que me ha costado encontraros este hueco! ... Y consta que lo he hecho por compasión, porque me daba pena tu madre, con su vientre y un bebé en brazos. Pensaba: “pobre señora, lo cansada que debe de estar después de tan largo viaje!”... Y ¡ya ves! ... ¡¿De qué ha servido preocuparme tanto,  si luego se me van de juerga?! … ¡Hay que ver cómo son! ... ¡Hay que ver! …¡¡Pero es que hay que verlo para creerlo!! … Y, aún así, no comprendo.

 

-          Mi madre estaba agotada de verdad. Hubiera preferido acostarse, lo necesitaba, pero mi padre quería divertirse.

 

-          Entonces, tenía que marcharse solo y dejar a tu madre en paz.

 

-          Es lo que quería, pero mi madre no lo consintió y le acompañó.

 

-          Creo que comprendo. Son cosas de mayores. … Menos mal que nos hemos arreglado muy bien sin ellos. Ya ves a qué sirve la materia gris que tenemos aquí -- le dice Manolo apuntándose la frente --. En el campo de la inteligencia no me gana nadie,  enseguida lo entiendo todo  ...  Bueno, quizás pueda ganarme mi padre. Pero nadie más...

 

Con esto, llega a sus oídos el ronroneo de un motor y, enseguida, Manolo se encamina hacia la entrada, seguido de cerca por Felipe... De pronto, un rechinamiento largo y estridente les hace correr.

 

“¡La verja! … ¡Vuelven a abrir la verja otra vez! …¡Es que no entienden que están despertando a todo el mundo! … ¡Palabra de Manolo que no lo volverán a hacer!” --  piensa el muchacho mientras corre --  “Van a ver cómo sabe trabajar mi cerebro...  Se me está ocurriendo una idea fenomenal... Ya no tendré que precipitarme hacia la entrada cada vez que oigo el ruido de un motor... Esto se acabó”...

 

Y llega justo a tiempo para impedir el paso a un viejo cacharro petardeando y ronqueando más fuerte que un tractor. Lo hace retroceder, a pesar de las protestaciones de su conductor, y vuelve a cerrar la verja -- que no va de pared a pared, sino que deja un pasaje libre para los peatones... Según el reglamento interno, los campistas que llegan después de la medianoche tienen que aparcar el coche fuera del recinto, para no perturbar el descanso nocturno.

 

-          Ahora, amiguito mío, vas a ver lo que somos capaces de hacer los dos, porque tú vas a ayudarme.

 

Mientras habla, Manolo coge a su nuevo amigo de la mano y lo conduce delante del bar, donde se encuentra un coche grande y potente.

 

-    ¿Te gusta? -- le pregunta.

 

-          ¡Mucho! ... ¿De quién es?

 

- De mi padre. Sé conducirlo ¿sabes? Mi padre me enseñó… Mas, ahora verás lo que hacemos con él… Como que no podemos ponerlo en marcha, tú te subes, te pones al volante y yo empujo… ¡Anda!... ¿Qué esperas? ... ¡Súbete! ... ¡No tengas miedo!... ¡Es muy fácil!... Sólo tienes que girar un poco el volante hacia la izquierda cuando yo te lo diga, nada más… ¡Así, mira! … Y, cuando te diga “stop”, tiras de esta manivela con fuerza... ¿Entendido? ...

 

-          Creo que sí - , asiente, sin mucha fe, el pequeño Felipe.

 

-          Entonces: ¡Adelante! … Mantén el volante firme, sin mover las manos, hasta que yo te diga: “¡A la izquierda! … … …

 

Logran colocar el coche detrás del portal de hierro y se quedan un buen rato contemplando su hazaña, muy satisfechos.

 

 

 

Los padres de Felipe están regresando y por cierto, de muy mal humor. A él, le hubiera gustado ir a divertirse de verdad, sin su mujer. Y ella no puede más con su cuerpo, de lo extenuada que está; culpando de ello a su marido... “Espero al menos que el bebé me dejará dormir lo que queda de noche” -- está pensando la pobre Pilar.

 

 

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-          Si vieras la cara que pones -- le está diciendo José, su  marido  --.   La  culpa  es  tuya si estás cansada.

¿Qué necesidad tenías de venir conmigo?... Ya sabes que a mí no me agrada sentirme custodiado... Creo que después de haber conducido tantas horas seguidas, me merecía un poco de libertad... ... ¡Siempre contigo, día y noche, noche y día, no hay quién lo aguante! … Y, ¡¿qué te pasa ahora?! ... ¡Sólo faltaba eso, que te pusieras a llorar! ... ¿Cuándo comprenderás que tu sitio está con los niños?... Tú eres la madre ¿no? … No se pueden dejar solos así. Un día les pasará algo y ... ¿Qué tendré que hacerte entonces? … ¿Matarte? ...

 

-          Olvidas que si yo soy la madre, tú eres el padre, y  además, mi marido.

 

-          No, no lo olvido. Esto es precisamente lo que no pareces asimilar correctamente: que no es lo mismo ser madre que padre, que el hombre será siempre un hombre y la mujer, una mujer, con todo lo que comporta cada estado… ¡Menos mal, ya estamos llegando! … Me estaba cansando de discutir contigo… ¡¿Y ahora qué?! ... ¡¡¡Esto sí que es el colmo!!! ... ¡¡¡Nos han cerrado la puerta!!! …

 

-          Y ¿qué te creías tú? ¿Que te iban a estar esperando toda la noche?... Son más de las tres de la madrugada. ¿Lo sabes? … De todos modos, ¡mira!, hay una rendija libre. Podemos entrar.

 

-          Nosotros sí, pero el coche no. Y no te creas que lo voy a dejar fuera. Nos lo podrían robar.

 

-          No tienes más que cerrarlo. Hay otros.

 

-          Es inútil discutir contigo... ¡Vete ya con los niños!... Me las arreglaré solo.

 

-          Ten cuidado, han puesto un coche detrás para que no pase nadie... ¡Fíjate!, aquí está escrito: “Después de las doce de la noche, los coches tienen que permanecer fuera del recinto”... No interfieras al reglamento, sería de muy mal gusto; ¡con lo bien que se han portado con nosotros!...

 

-          ¡Cállate de una vez y déjame en paz!

 

-          ¡Ya me voy, no te preocupes! Y, ¡no chilles tanto, que vas a despertar a todo el mundo!

 

José espera a que Pilar se haya alejado lo suficiente para perderla de vista, antes de meterse con la puerta. Se da cuenta que no está cerrada con ninguna llave, que lo que la mantiene en posición son dos gruesas piedras. Por supuesto, no hace el más mínimo caso de la advertencia de su mujer y las quita. Entonces, movida por su propio peso, la gruesa puerta de hierro se pone en movimiento y, con la rapidez de un rayo, se estrella estrepitosamente contra el coche del padre de Manolo, convirtiéndolo en chatarra.

 

El estruendo hace aparecer al adolescente, seguido del pequeño Felipe. Ya se pueden imaginar lo consternados  que se quedan, sobre todo Manolo... Sin embargo, el que se enfada es nuestro “buen señor”, causante del desastre.

 

-          Me gustaría saber quién ha tenido la magnífica idea de poner este maldito coche aquí detrás... ¡Sólo  a  un  tonto  rematado,  se  le  puede  ocurrir semejante disparate! … ¿Y vosotros dos, qué hacéis aquí, mirando? … Tú, Felipe, tendrías que estar durmiendo, y desde hace tiempo.

 

-          ¿Por qué has hecho esto, papá? … ¿Por qué? … -- pregunta Felipe con sollozos en la voz --  Has obrado mal, ¡muy mal! … ¡Me avergüenzo de ser tu hijo!...

 

-          ¿Qué me estás diciendo, mocoso?...

 

Le extraña al padre tanto atrevimiento. Nunca su hijo le había hablado con tan poco respeto.

 

-          Sí, y lo repito, me avergüenzo de ser tu hijo... Mi amigo Manolo se ha portado muy bien contigo y tú … tú le pagas con tan mala moneda... Además, si no fuera por él, no volverías a ver a tu pequeño Tomás con vida… Se iba a morir y Manolo lo salvó. … ¿Me oyes? … Y mira tú lo que has hecho… El coche era de su padre. … Nosotros lo pusimos aquí… ¿Qué le va a pasar a mi amigo, ahora?... ¿Dime? … ¿Qué le hará su padre? …

 

José sólo oye una cosa, que Tomas, su pequeño, ha estado a punto de morir. Lo deja todo plantado y se va corriendo hacia su tienda...

 

Felipe no le sigue. No quiere ir con él. Está pensando que no va a querer ir con su padre nunca más.

 

Ve cómo su nuevo amigo contempla el desastre con rabia contenida, luchando para no llorar; y se acerca a él. A pesar de sus pocos años, comprende esta pena silenciosa y quiere aliviarla.

 

Cuando está sufriendo, su madre siempre encuentra algo divertido para distraerle, para alejar de su mente la causa de su dolor. ¿Qué podría hacer él, ahora, para distraer a Manolo, para salvarle de la desesperación?... Porque su padre estará furioso y le va a pegar, ¡y mucho! De esto, Felipe está seguro... Pasea su mirada a su derredor, buscando una respuesta, y ve levantarse la luna sobre la mar, cual hermoso balón encarnado.

 

El espectáculo le parece tan maravilloso que piensa que puede distraer, al menos un poco, a su afligido amigo.

 

-          ¡Mira qué hermosa está la luna! Nunca la he visto tan colorada ni tan grande. Es la primera vez que la veo así. Es como si se alzara para alumbrarnos desde el cielo, después de haber dormido todo el día, y parte de la noche, en su cama de agua.

 

Ensimismado y preocupado por lo que va a suceder dentro de unos instantes, cuando su padre se levante y se enfrente al desastre, Manolo ni le hace caso, ni parece oírle siquiera.

 

Felipe se le queda mirando tristemente un buen rato, sin saber qué hacer ni qué decir. Luego, de su boca de niño salen estas palabras, tan sensatas:

 

-          Lo siento. Lo siento muchísimo. Más aún por ser culpa de mi padre. … Pero, tienes que reconocer una cosa: tu idea no fue buena. Uno no puede fiarse demasiado de su cerebro. Por inteligente que sea, también puede equivocarse.

 

   Mariette Cirerol

 

 

Escrito en el Camping LA HABANA, en Adra, Almería, España,

seguramente a principios de los años 80 y antes del verano de 1983.