EL MÚSICO  POETA Y LA BAILARINA

 

El MÚSICO POETA NACIÓ un luminoso mes de abril en el seno de una humilde familia campesina. Vio por primera vez la luz de su vida cuando los prados estaban cubiertos de una alfombra multicolor de flores silvestres, a orillas de un caudaloso río, cuyas aguas alimentaban, con sus bondades, una frondosa vegetación en sus márgenes. Los árboles frutales armonizaban con una gran variedad de plantas silvestres: formando todo ello un lugar idílico que albergaba en su seno la más variada gama de aves y pajarillos de vivos colores, al ofrecerles un mágico decorado para la vivaz orquesta de sus trinos. Por encima de este paraíso multicolor y desde las orillas del río, el cielo taladraba un bosque de gigantescos álamos de color grisáceo, parapetando, con su gallardía y altivez,  los silbantes vientos nortinos que les movían las ramas, produciendo, al chocar las hojas las unas contra las otras, un sonido monocorde de música natural.

 

Cuando el joven campesino alcanzó la adolescencia y en su interior comenzaba a sentir los verdaderos valores de la madre naturaleza, le gustaba caminar por debajo del frondoso bosque para sentir, en sus pies, el suave roce de la hierba fresca y las sedosas y lozanas flores que, tímidamente, abrían sus pétalos al acecho del primer rayo de sol que sus gigantes vecinos le permitiesen absorber.

 

Estas fueron las circunstancias que le inspiraron e incitaron a amar la música y la poesía.  Estas artes invadieron con tanta fuerza sus sentidos, que decidió aprender a tocar bellos y rítmicos acordes  y  llenar con hermosos poemas cualquier trozo de papel que llegase a sus manos.

 

Pero, como en el entorno rural donde se desarrollaba su vida no existían los medios necesarios para el aprendizaje de la música, echó mano de una vieja guitarra que había pertenecido a su abuelo; y, tomando los datos de un añejo libro de música que sus padres guardaban en casa, fue como con esfuerzo, buena voluntad y constancia, consiguió interpretar los más básicos acordes. Cada vez que tenía ocasión, disfrutaba con ello. No solamente llenaba su espíritu con los dulces acordes del dios Apolo, sino que también gozaba demostrando sus conocimientos a sus amigos y familiares; los cuales le hacían toda clase de halagos, razón por la cual se sentía cada vez más orgulloso.

 

Ilusionado por el rápido aprendizaje, hacía brotar de sus manos unos bellos sonidos que se escapaban al aire bajo la plácida sombra de los árboles, sumándose al trinar de los pájaros que, celosos de él, se esforzaban en ganarle la competencia con sus  hermosos cantos.

 

Pero también le agradaba recitar sus poemas.  Mas en este punto, aquellos mismos que aplaudían su música, le manifestaban una falta de sensibilidad poética. Cuando le escuchaban recitar sus versos, se reían de él y de su literatura, tachándole de campesino romántico sin futuro en el arte de dar belleza a la palabra.

 

La poca  valoración que daban a sus versos le causaba una pena profunda, y lloraba en silencio ante la incomprensión de sus seres queridos.  Pero continuaba escribiendo sus poemas a pesar de ello.

 

Cuando hubo superado la mayoría de edad, el músico poeta abandonó su entorno rural y se marchó a la ciudad.  Allí encontró un trabajo permitiéndole perfeccionar sus estudios musicales, hasta el punto de que fue contratado para interpretar su arte en una compañía de ballet, donde permaneció durante muchos años, avalado por su gran maestría en el trabajo. Su nivel profesional alcanzó una cota muy elevada. El espectáculo se convirtió en un mágico carrusel de tules y volantes, gracias al estimulo que su música ejercía sobre las bailarinas y bailarines, que gozaban actuando.

 

Mas, nuestro héroe no dejaba de escribir poemas;  aunque, en la sombra.

 

Pasado un tiempo, una joven bailarina se incorporó a la compañía. Era muy bonita e interpretaba la danza con tanta elasticidad, marcaba los ritmos con tanta perfección, que impresionó al músico poeta.

 

La bailarina tenía una cara preciosa y unos ojos que irradiaban la belleza de un rubí.  Sólo contaba con dieciocho hermosos años de edad (algo menos de la mitad de la del músico poeta) y estaba dotada de tanta soltura, arrogancia y gracia natural, que dejaba maravi- llados a cuantos trabajaban a su lado, contagiándoles sus maravillosas dotes.

 

El músico poeta se sentía tan entusiasmado viendo danzar a la bailarina que cuando tocaba, le parecía hacerlo sólo para ella, y de sus manos se escapaban los acordes más hermosos y suaves que su mente podía desarrollar.  Interpretaba los signos del pentagrama con ¡tanta emoción¡, que se imaginaba solo con ella en el escenario: se llenaba de arte e ilusión, admirándola como si fuese una diosa envuelta en tules, convirtiendo el espectáculo en un maravilloso vergel de ritmos y colores.

 

Todas estas circunstancias, que casi a diario percibían los impresionados ojos del músico poeta, constituían una mayor inspiración para su arte, sobre todo para la poesía.  Tanta emoción espiritual le aportaba la bailarina que, cada día, de su pluma se escapaba un bello y furtivo poema dedicado a ella.

 

Por casualidad, uno de aquellos poemas llegó hasta las manos de la bailarina.  Al leerlo, quedó tan impactada con las bellas palabras que, en forma de versos, llenaban la hoja de papel, en la que su admirador silencioso hacía resaltar sus mágicas cualidades artísticas y personales, que quiso conocerlo más profundamente;  no sólo para agradecerle directamente el exagerado concepto que tenía de ella; sino para tener cerca de su persona, además del músico, también al poeta; y poder intercambiar impresiones: A ella también le gustaba la literatura y, de vez en cuando, se atrevía a escribir algún que otro poema.

 

Ambos dialogaban a diario largo rato sobre sus aficiones, poniéndose   el  músico  poeta  muy  contento  por  haber encontrado a alguien que podía entenderle, que no se reiría de sus versos como lo hacía el resto de las personas que conocía.

 

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Con el transcurso del tiempo, se forjó una  bonita relación amistosa: intercambiándose poemas y creándose entre ambos, un armonioso ambiente artístico.

 

A la amistad se sumó la confianza. Entre los dos, la transparencia en las palabras era algo habitual, sin otro significado que el de la cordialidad.

 

Cuando esa amistad hubo alcanzado un alto nivel, el músico poeta quiso que la bailarina le diese su consentimiento para expresar con libertad sus sentimientos poéticos hacia ella. Le pidió que fuese su musa sin mediar la clandestinidad. Pero, con la sola intención de escribir poemas, tomando de ella exclusivamente aquellos datos que le sirvieran para la inspiración, respetando sus libertades. Sin que ello interfiriese en su vida y, sobre todo, sin herir la sensibilidad del amor que la bailarina sentía por otro hombre, al que estaba comprometida. Y, por supuesto, sin dejar de lado la diferencia de edades entre poeta y bailarina, que sobrepasaba los límites de cualquier otra intencionalidad.

 

Ella aceptó gustosa, puesto que realmente se sentía muy halagada, tanto como artista como por ser mujer. Entonces, el músico poeta quiso dar un nombre a su musa, y la llamó Rubí: porque para él, los ojos de la bailarina irradiaban toda la belleza de esta piedra preciosa, cuando las luces de los escenarios incidían sobre su rostro.

 

Como agradecimiento por concederle el honor de ser su musa, el músico poeta le regaló tres pequeñas rosas artificiales de mórbidos colores; y, en lo sucesivo,  escribía cada día  un poema  que  hacía  llegar a Rubí, a la que desde ahora sería su numen, sin secretos.

 

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Cientos de versos llenos de amor y admiración, manaban a diario de sus manos: todos  escritos en honor de la bailarina; que, aún siendo real, surgía como un ser imaginario navegando en el interior de su mente, con la misma pasión que pudiera sentir un amor platónico hacia un amor imposible.  Todo sucedía con tanta intensidad que, pasado algún tiempo, la bailarina sintió miedo. Era un miedo infundado, producto de su imaginación, que la llevó al convencimiento de que el músico poeta no pretendía solamente encontrar en ella su inspiración; sino que entendió que quería hacerla su amante. Llegó a esta conclusión por la forma en que el bardo se expresaba en sus versos.

 

Ante el temor de lo que se le parecía como algo absolutamente imposible o, por lo menos, al margen de lo socialmente natural -- así lo consideraba también el poeta -- la bailarina decidió romper toda relación con su fiel compañero de trabajo.

 

Verdaderamente, fuese o no infundado el temor de Rubí, lo cierto es que ella experimentaba también una pasión en su interior, que no lograba entender:  Se sentía enamorada del poeta, aunque no del hombre.  Amaba su poesía, pero no a su creador. Y esto la incomodaba. Al mismo tiempo, le daba miedo de que sus sentimientos se uniesen  a   los  dos   seres,   razón   por   la  cual  Rubí  ya no aceptaba los poemas, procurando soslayar cualquier oportunidad de diálogo.

 

No obstante, el músico poeta la invitó en numerosas ocasiones para dialogar  y explicarle su sana intención,  para hacerla  comprender   que  estaba  en  un  error,   que  sus temores eran infundados. Pero ella siempre tenía una excusa para desviar el compromiso.

 

Como consecuencia de la actitud negativa de Rubí, y a medida que se acentuaba el alejamiento, el músico poeta descubrió que también sentía un gran amor.  Pero el suyo era tanto por la bailarina como por la mujer. Mas, comprendía que aunque el amor por la artista podía ser lógico y lícito; el amor a la mujer no tenía sentido, aunque su corazón se empeñase en lo contrario.

 

Rubí se negaba a cualquier relación directa con el poeta.  No debía permitir que los sentimientos ganaran la batalla a la razón; y, para no doblegarse a lo que parecía evidente, decidió que a partir de aquel momento, ni siquiera le correspondería al saludo.

 

Fue entonces, cuando la desolación se apoderó del ánimo del músico poeta.  Sintió que de nuevo estaba como al principio.  Había perdido aquel hilo de esperanza que abrigó su corazón por encontrar a una persona que le comprendiera, que valorase su poesía, que no la considerase una simple “tontería”; que no se riese de él, como tuvo que soportarlo durante toda su vida.  Y se quedó de nuevo afligido, marginado; e incluso se sintió despreciado.  Y lloró nuevamente, como lo había hecho durante muchos años: No sólo perdía a su joven musa; sino también a su amiga, a su compañera en el arte.

 

Trató desesperadamente de recuperarla, aún a cambio de quedarse sin aquella musa que tanta inspiración le proporcionaba.

 

Intentó también hablarle con el propósito de que olvidase todo lo acontecido en el pasado, y comenzar de nuevo una amistad de diálogo y respeto, como al principio. Pero la bailarina no aceptó y el músico poeta volvió a ponerse triste, llorando amargamente.  No obstante, aunque desolado, continuó escribiendo poemas en silencio y soledad. Escribió tantos que llenó de papel innumerables cajones, pensando en una musa imaginaria, como si lo anterior hubiese sido un sueño del que despertó cuando más dulce se le antojaba.

 

Algún tiempo más tarde, Rubí abandonó la compañía de ballet donde trabajaba.  Desapareció de la noche a la mañana sin decir nada a nadie, ni siquiera a sus compañeras más cercanas.  Temía que el músico poeta conociese su paradero, porque estaba segura de que la buscaría. Y ella sabía que los sentimientos brotarían con mayor intensidad todavía, que posiblemente se hundiría en un laberinto que, aún siendo placentero, para ella resultaba antinatural. No quería que las circunstancias dieran lugar a postrarse en un pedestal de ¡tanta brillantez!, que la hiciese resbalar en el momento más feliz.

 

Más tarde, se supo que Rubí se había marchado a la gran ciudad para ampliar sus estudios, llegando a convertirse en una magnífica profesional, una auténtica estrella. Conoció a mucha gente y se esforzó en olvidar al poeta. Sin embargo, sus versos y su música sonaban en su corazón con tanta fuerza, que jamás pudo apartarlos de su vida :  En su mente siempre oía el ritmo de sus versos,

y su cuerpo siempre bailó a los compases de su guitarra.

 

Siguieron unos años llenos de tristeza para el músico poeta sumido en un dulce recuerdo. El tiempo pasaba sobre su ajado cuerpo con un solo pensamiento que siempre le acompañaba :  su soñada musa Rubí, la que llenó un corto, pero intenso espacio de su vida, de una felicidad inimaginable.

 

No volvió a mostrar sus poemas a nadie, temiendo que una vez más se riesen de él sin comprender cuál era su verdadero sentir, sus verdaderos valores.

 

Cuando ya su mente no podía dirigir sus manos;  cuando el peso de la desolación y la desesperanza fue aplastando sus años, convirtiendo cada uno de ellos en cinco, y los surcos del recuerdo se hicieron tan profundos que rasgaron su corazón en mil pedazos; su pluma cayó sobre la mesa, dando fin al último poema que, casualmente, iba dirigido a la bailarina de ojos de rubí, aquella que una vez fue el origen de su existencia:

 

 

De paso por la tierra,

¡OH, Diosa!

Truecas en espíritu, fuerza y ternura.

¿Donde la senda tomaste, que a su fin no doblegas?

Ayer, ¿qué fuiste?

Hoy, eres mujer.

¿Y mañana?

Probablemente águila o golondrina,

o los contornos de un arpa.

Diosa que hoy truecas en oro lo desnudo y pobre,

guárdame el alma, que yo seré lo que tú seas.

Mujer eres hoy.

Pero mañana cuando reencarnes, hazlo de plasma.

Plasma perfumado.

Exhala templanza, amor y sosiego,

canto de primavera para los pobres de espíritu.

 

 

Ahora, en su sueño eterno, el músico poeta permanece a la espera de encontrarla algún día, aunque sea lejano, reencarnada en su igual, y sin diferencia de edades.  Posiblemente en el mundo de los pajarillos y en la libertad  del espacio.

 

Desde la meditación, tres hermosas y pequeñas rosas artificiales, tímidamente escondidas al pie de una humilde tumba -- y observadas con nostalgia por unos ojos de color rubí, tardíamente liberados de las tinieblas de un temor infundado o, quizás, de una justificada cobardía --  simbolizan el recuerdo de un corto espacio de tiempo, lleno de sensibilidades y emociones poéticas, que pudo haberse prolongado y no lo hizo, por culpa de una errónea interpretación del verbo en la palabra.

 

Manuel Garrido