El sabor del don o el coíno diligente

 

SI FUERA POSIBLE RECORDAR la edad infantil, casi todo el mundo gozaría de un comienzo dichoso de la vida que en esta época sólo precisa protección y cariño. La infancia marca, pero no se recuerda; mientras que la juventud caracteriza y se rememora, conociéndose la lealtad y la frustración que nos acompañarán el resto de nuestra existencia.  En ella, aparecen los primeros amigos, que comparten y animan; como asimismo, los intransigentes enemigos, con sus rencillas y hasta crueldades. Dale muchas gracias a Dios si no naces cojo, tuerto o bajito. Precisamente Freud refiere la “polimaldad” de este encubierto demonio con cuernos para embestir, pero sin barbas. Por eso, cuando los acontecimientos transcurren con carencias y falta de amor, el trato contiene la tibieza del desinterés prefiriéndose el aislamiento y la introversión para no desplazarse al pasado; que, como el agua del río – lo canta la copla –, no deja de pasar. Es verdad que las dificultades maduran a las personas; aunque también las endurecen hasta incapacitarlas para enternecerse y derramar una lágrima que humedezca las mejillas y refresque los sentimientos. No en balde se afirma que una buena niñez y una feliz juventud es una de las mejores herencias que los padres consiguen dejar a sus hijos.

 

Es posible que estos fracasos influyan en una vocación cenobita allá, en el retirado pueblecito que se alza y esparce   en   la falda de una montaña coronada por almendros tempraneros o bien en las templadas costas, desde las que se descubre el barco lejano o la gaviota próxima. Igualmente en la gran población, que también mantiene su especial soledad con su propio color. Así como Madrid, junto a sus hermosos palacios, está rodeado de grandes barriadas de altos edificios de ladrillos vista, Málaga, con su mar tranquilo, elige el ocre claro para sus villas y construcciones porque, instintivamente, supo que el amarillo era el complementario de su cielo “azul picasso”, luminoso y espléndido, que suaviza y disminuye los malos augurios de ese color puro que no deseo repetir.

 

No obstante, Frasquito había preferido un piso alto, entre aquellas colmenas humanas que no se encalaban para reflejar los rayos del sol del mediodía y resguardarse del calor del estío. Sin embargo, aquella gente, como en tiempos remotos, se desplazaba a las playas mediterráneas para tomar el salitre y el yodo que, de vez en cuando, requería el tiroides para recomponerse evitándose el bocio. Era el mismo atavismo del turista que precisa expandir la vista por el infinito y alcanzar las lontananzas del horizonte que únicamente se aprecian mar adentro, buscando la figurada separación de la tierra con el cielo. Entonces, todo se divide en dos partes que habrá que estimar por separado. La cercana apenas interesa; pero la siguiente, la colindante, invita al ensueño, a la perplejidad y a la fantasía.

 

Esto es lo que más serenaba a Frasquito que desde su piso, quizás un noveno, veía casi todo Madrid; pero sin posibilidad de fraccionarlo definitivamente en dos grandes  porciones,   en  dos  parroquias,   sino  en varias como en todo el interior,  siendo las más precisas las altas y las bajas.  En los pueblos y capitales que no dan al mar, los barrios se dividen corrientemente en bajo y alto, sin otra posibilidad. El individuo siempre sigue siendo de Madrid, Zaragoza o Calatayud, que es su tierra y allí le aguardan sus raíces. En la costa vive el del interior y el del litoral, y ambos pueden transponer una lejanía impresionante que tocaba el fin de la tierra; como a diario los veían los de Finisterre, habituales ciudadanos del fin del mundo.

 

Frasquito había nacido cerca de la costa, en un pueblo rico en agua y colores, pero asimismo con sus pechos, sus alturas y escarpadas, desde las que divisaban como una ancha y reluciente cinta azul, que era el mar a lo lejos; tan distante,  que  raramente  se  distinguía  el  lejano  barco,  ni el precioso velero blanco, ese planeador marítimo igualmente impulsado por el viento, como la gaviota.

 

¿Que por qué se fue a Madrid nuestro hombre a un noveno o décimo piso de un edificio altísimo de ladrillos vista? ... Yo recuerdo haber leído que los niños disponen de una memoria especial para las promesas y, tal vez, un emigrante le habló de la grandeza, amabilidad y buena acogida de Madrid que, además, era la capital del país.

 

Yo creo que a ciencia cierta, ni él lo sabía. Cumplió los sesenta años y se jubiló por enfermedad, alegando un penoso lumbago por una artrosis dorso-lumbar; y un padecimiento de bronquios, una bronquitis crónica que no consiguió separarlo radicalmente del tabaco. Cobraba una decente pensión que, junto a sus modestos ahorros, permitía un pequeño desahogo económico.   Había quien recordaba que su abuelo era forastero, quizás madrileño, porque pronunciaba las eses de los plurales y su ceceo no era el característico de la comarca. Tal vez fue eso lo que tirara de él. Pero me parece que algo más influiría en su persona para decidirse a encerrar sus cansados huesos entre unos tabiques, sin la blancura de la cal. Hasta pensé en la altura de aquel habitáculo de unos setenta metros cuadrados que se acercaba al cielo, donde estaba ese aire tan barato que a él ya le costaba obtener. Abría la boca como bostezando, sin conseguir llenar el pecho de oxígeno, ni expulsarlo violentamente en un estornudo que limpiara sus vías respiratorias. Menos mal que la colmena disponía de dos ascensores y nunca se estropearon los dos a la vez.

 

Puede ser que en una ocasión se le sugirió una coplilla referente a vivir en la primera planta :

 

El que vive en la primera

no vive por un antojo

que vive por lo que fuera

o bien porque estaba cojo

y no subir escaleras.

 

Le satisfacía que su televisor, bien grande, recogiera un gran número de canales y, por la noche, iba pulsando cada una de las teclas del mando a distancia hasta agotarse y coger el sueño, porque ningún programa le entretenía. También contaba que algunas mañanas tomaba no sé cuantos metros de distintas líneas, para llegar al zoológico y reírse con la insaciable lascivia de los monos, que no parecían envejecer. Pero una de las cosas que más le agradaba  era entrar en una cafetería y que los empleados lo saludaran con el apelativo de “señor”. ¡Qué lástima que no supieran su nombre! porque resultaría hasta armonioso que le llamaran “señor Frasquito”. No obstante, al cabo de algún tiempo, una madura camarera llegó a su mesa y, sorprendentemente, le preguntó:

 

-          ¿Qué desea el señor Francisco?

 

Se debatió en la duda, hasta convencerse de que se dirigía a él. Ya nunca más tomó café en el mostrador con un pié en la barra y el codo en el tablero - que quizás resultaba de mal gusto.

 

Unos meses después, en una modesta casa de comida, la empleada que normalmente le atendía repitió el inesperado apelativo y ¡hasta le dieron ganas de pedirla en matrimonio!, aunque rápidamente rechazó la idea, porque al ser su esposa de inmediato lo tutearía, que es lo que cada cual hacía, olvidando el “usted” en la primera oportunidad.

 

-          Señor Francisco, ¿desea usted el plato del día? Los callos no son muy picantes ni muy grasosos. – Añadiendo una sonrisa de simpatía que le llegó al alma.

 

Enderezó el torso, levantó la cabeza y, girando el cuello para apreciar mejor a tan agradable mujer, le contestó entusiasmado:

 

-          ¡Bendita paisana, como usted quiera!

 

-          ¡Pues sí! que soy casi su paisana, señor Francisco.

 

Ya no supo qué responderle y la siguió con la mirada, pendiente de su acompasado haldear hasta desaparecer por la puerta de la cocina.

 

“¿Cuándo me iban a decir “señor” en mi pueblo?” – musitó aquel viejo medianero, que desde la infancia vivió en el campo, en una enjalbegada casita con una parra en el rancho cercado por un arriate florido, con un enorme nogal delante y una chumbera en el derrocadero lateral. Apenas recordaba de su niñez que por allí corría y se deslizaba hasta el arroyo y los arrayanes con sus flores gigantescas. Su madre, viuda, le gritaba una y otra vez:

 

-          ¡Que te vas a matar, hijo!

 

Lo que nunca olvidaría, fue la entrada en la casa de un verdadero señor: un médico de alguna edad que le acarició  su  revuelta  melena  antes  de llegar  a  la  cama de su madre, que debía de estar muy enferma para permanecer acostada. Estuvo un buen rato reconocién- dola, por delante y por detrás, hasta que se sentó a sus pies y, sobre una carpeta que llevaba, recetó unas medicinas. Le dio el papel a su tía Rita y se despidió muy preocupado.

 

-          ¡Descansa, Ana! – le aconsejó, sin decirle señora, pero observándola con tristeza.

 

Le hizo un gesto a la tía Rita, con la mano, sin querer admitir sus honorarios.

 

-          En otra ocasión – le dijo y se marchó, atusando de nuevo el pelo al niño.

 

A los pocos días, vino aquel hombre bondadoso, el señor médico, acompañado por el cura del pueblo, que le hizo varias cosas en la frente y en los pies; pero, ninguno de los dos logró salvarla. Aún resonaba en sus oídos las palabras del facultativo:

 

-          ¡Hijo!, tendrás que hacerte hombre antes de tiempo.

 

Una vecina, precisamente su tía Rita, se hizo cargo del huérfano, que pronto tuvo unas cabras que apacentar y un par de cochinos que cuidar en la pocilga aledaña a la casa. Siguió viviendo solo, porque su tía contaba con varios hijos y ningún espacio para él. Pero no le faltó sus atenciones y muchas veces lo estrechó entre sus brazos.

 

Al año, un buen labriego de por allí le compró los cochinos cebados y agregó a su piara las cabras, contratando a Frasquito como pastor. Con aquel dinero se abasteció de ropa y calzado, sobrando algo que su tía impuso a su nombre en una libreta de ahorro.

 

-          ¡Dispón de tu casita y disfruta de tus ahorrillos! - le dijo su patrón, ofreciéndole cama y hogar entre los suyos.

 

Pero él prefirió su alabeada casita de tanto blanqueo, viviendo en aquella soledad que, en el fondo, le agradaba.

Allí había un crucifijo, en el que se fijaba piadoso, repitiendo un trozo de un salmo de David, que su madre le enseño: “A los que buscan al Señor, nada les falta”. También pendía de la pared la estampa de una virgen, a la  que,  moribunda,  confió la buena madre  la protección del pastorcillo; y, finalmente, una foto familiar con sus padres y él en medio de los dos.

 

Vivía tranquilo y todo lo que deseaba,  era que alguna vez pudiera volver la cara como el cortijero cuando le llamaban señor Rafael.  Era casi lo único que le pedía a las dos imágenes, figurándose que sus progenitores se alegrarían en el cielo ante este triunfo sobre ¡tantas! dificultades. Quién sabe si el aliento de los dos permanecía por aquellos lugares y movieron la buena voluntad del acomodado labrador para que se preocupara de su conocimiento de la lectura y de las cuentas elementales como hizo, ordenando a la maestra rural que a diario daba clase a sus dos hijas, atendiera igualmente a aquél chiquillo que se estaba criando entre sus gentes. Y ¡claro! que aprendió a leer como a escribir, lo que le valió para obtener, años después, el permiso de conducir tractores, dominando asimismo su mecánica. Ya no era un simple pastor, sino un trabajador del campo encargado de arar las tierras, recolectar el grano y remediar las averías mecánicas. Lo que nunca dejó de ser fue retraído, parco en palabras y poco amigable. Su niñez dejó huellas en su posterior madurez, pero no anuló su posibilidad de refinamiento.

 

Quizás celillos profesionales y la pequeña propina con la que agradecía los servicios, en la casa de comida, movió a aquella sirvienta a distinguirlo de manera especial:

 

-          Don Francisco, ¿qué postre prefiere usted?

 

Quedó perplejo, pensando al instante que si había llegado  a  ser tractorista titulado,  bien podía alcanzar un

 

 

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estrato social más elevado. Entonces entendió que precisaría mejorar sus prendas de vestir y, desde luego, olvidar sus pantalones de pana y sus recias botas de soldado con clavos en las suelas, que rechinaban rayando el suelo. Necesitaría mejorar muchas cosas; eso sí, sin prisa y con cuidado. De esta forma, un día compró unas camisas; otro, unas corbatas; y ¡hasta encargó una chaqueta a la medida!.

 

Era un hombre fuerte, curtido y musculoso; más bien alto y sin adiposidades. Su pelo blanco y no muy abundante, le daba cierta distinción como impresión de sensatez. De vez en cuando, se permitía un inocente atrevimiento, intentando hacerse agradable. Sin embargo, siempre aparentaba parquedad y reserva. En fin, con sus nuevos atavíos, había ganado mucho su aceptable presencia y un extraño empaque la resaltaba.

 

No era del todo sorprendente que unos palurdos de los alrededores lo confundieran con un adinerado pueblerino. Pero su tez morena por el sol del campo confirmaba su procedencia rural y su condición de obrero agrícola.

 

En aquella ocasión, en el mismo comedor, escuchó algo inaudito, en labios de un patán conversando con otro no menos rústico:

 

-          Este es un remilgado señorito.

 

Frasquito se sonrió al oírlo mientras mascullaba: “Un señorito: como el alcalde, el boticario, el médico o el mismo señor don Rafael, el cortijero”.

 

Ya llegó a pensar que, a sus sesenta años recién cumplidos, aún podía mejorar su aspecto si adelgazara un poco, reduciendo su voluminoso vientre, que incluso empeoraba su andar zapatudo y torpe.

 

La contestación del endocrino, después de revisar los análisis, completamente normales, y después de entregarle un impreso con el régimen hipocalórico fue algo definitivo:  Todo está muy bien. Debe moverse por este Madrid inmenso. ¡Hay mucho que ver, don Francisco ! ”.

 

*

 

Cuando recibió la carta del señor Rafael, su antiguo amo y benefactor, comunicándole la oferta de una entidad constructora, comprándole su casa y la fanega de tierra que la rodeaba, comprendió que debía aparecer por la finca siquiera para recoger la imagen del Cristo, la estampa de la Virgen y el retrato de la familia.

 

Quizás por timidez llegó por la tarde y, acto seguido, se puso cómodo, desprendiéndose de la ropa de la capital, colocando cuidadosamente en una silla la chaqueta encargada a la medida; usando ahora: un recio blusón, unos remendados pantalones de pana y sus antiguas botas camperas.

 

No tardó en aparecer su tía Rita -- muy envejecida -- y sus primos, todos al acecho; sintiéndose acompañado y protegido.

 

Pronto  se  puso  al corriente de la importancia que estaba

 

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tomando el turismo rural: que había revalorizado las tierras mejor comunicadas, estando las suyas entre las más solicitadas. Era una excelente parcela, con  abundante agua de pozo y preciosas vistas.

 

Casi al instante, entró un distinguido empleado de la constructora, que una vez que se presentó, sin más rodeo, precisó:

 

-          Don Francisco, realmente nos interesa su finca.

 

No sabía ni qué contestar. Esta vez le habían dicho “don Francisco” estando vestido de hortelano. Aquello tenía que saborearlo; por lo que permaneció en silencio, sentado en su silla. Y, sin precipitarse, citó al educado corredor de la empresa para el día siguiente.

 

 

 

 

Poco más pude conocer de este hombre salido del primitivismo agrícola, que consiguió el don y hasta el pertenecer a un modesto grupo de poetas que le enseñó a componer versos. Sólo tengo noticias de estos que transcribo:

 

Sólo aprendí a leer

y de cuentas recontando

los pesares que pasé.

En la vida me encontré

que cuanto fui calculando

me sirvió para saber

que siempre fui caminando

al derecho, no al revés.

Y de esta manera andando

alcancé el “don” aquél

que siempre estuve anhelando.

 

 

La colectividad acertó a contestarle debidamente con el siguiente dicho:

 

 

Y quedó como refrán

que el “don” merece ese hombre

al que el pueblo se lo da

aunque los demás se asombren.

 

Antonio-S. Urbaneja Fernández