La gallina traviesa

 

FUE EN EL OTOÑO de mil novecientos sesenta y cuatro, cuando vine a Málaga por primera vez. Esto no tendría mucha importancia para nadie, si no fuese por la compañera que tuve que soportar durante las casi cinco horas que duró el viaje en tren. Pero, en fin, vamos a comenzar el relato desde el principio.

 

Resulta que tenía yo a mi hermana, la mayor, en Málaga, casada con  un malagueño, y con un hijo de pocos meses. En mi pueblo, tenía un primo hermano cuatro años mayor que yo; que, por su trabajo, viajaba muy a menudo a esta ciudad. Ese día, antes de emprender el viaje, se pasó por casa para preguntar a mis padres si querían algún recado para su hija.

 

Mi madre, ni corta ni perezosa, dijo que le gustaría mandarle una gallina, para que le hiciera “calditos” al niño; pero, como que no quería cargarlo más de lo normal, lo mejor era que yo fuese con él y me encargara de llevar la caja de la gallina. Así, de camino, vería a mi hermana, cuñado y sobrino.

 

Mi primo, que era y es un “buenazo”, y nos hemos querido siempre como hermanos, se alegró mucho de que yo le acompañara; pero, advirtió a mi madre que no se podían llevar animales en el tren; que si nos descubrían, nos harían bajar en la primera estación y nos multarían con mil pesetas.

 

Estas palabras quedaron grabadas a fuego en mi mente y el pensar en aquél billete me dio escalofríos, ya que sólo conocía de él el nombre y el color; pues, mi padre, que era mecánico de máquinas de escribir, cobraba a veinticinco pesetas la limpieza; y las composturas, doscientas o trescientas. Cuando salían más caras, era porque había que cambiar piezas que valían más dinero. No quiero decir con esto que mi padre no ganara esa cantidad, la ganaba, pero había tantas cosas que pagar, que no daba tiempo ni a mirar el billete.

 

Además, con el billete de mil pesetas, en aquél tiempo pasaba como ahora con el de quinientos euros, que si nos lo dieran nos veríamos negros para cambiarlo.

 

Siguiendo con el relato, os diré que mi madre, que era una fervorosa creyente, le dijo a mi primo que no se preocupara, que Dios nos protegería. Me preparó unos bocadillos y le dio a mi primo un poco de dinero para mi billete de tren; y allá nos fuimos, a correr nuestra aventura.

 

A las doce del día, cogimos el “coche Gabino”, que era el que enlazaba mi pueblo con la estación de Luque, ya que hasta mi pueblo no llegaba el tren.

 

Mi primo iba con su equipaje de viajante y yo con mi bolsa de comida; una maleta muy vieja y muy descolorida que mi madre quiso que me llevara -- por si mi hermana tenía ropa que no le sirviese que me la trajese para el pueblo -- y que yo, después de algunas protestas, me llevé atada con una cuerda, ya que los cierres estaban rotos; y una caja de cartón cerrada con otra cuerda, con la gallina dentro.

 

Mi madre, para que respirara la gallina, le hizo un agujero a la caja, en un lado, del tamaño de una moneda de cinco céntimos de euro, o de una peseta dorada ¿por qué no decirlo?, ¡tanto no hace que nos dejaron las “rubias”!.

 

Cuando subimos al tren, metimos la caja debajo del asiento donde me senté y mi primo se acomodó frente a mí. En el compartimento iban ya ocho personas; las cuales, pasada una hora, más o menos, comenzaron a sacar comida, a cual más apetitosa, y llenaron el recinto de un aroma embriagador. Nosotros también sacamos nuestros bocadillos y todos nos pusimos a comer.

 

Cuando más entusiasmados estábamos “haciendo por la vida”, por la puerta del compartimento asomó el revisor pidiendo los billetes. Miré a mi primo y vi que hacía señas raras con los ojos. Señalaba hacia mis piernas, y yo comprendí que era algo relacionado con la caja de la gallina. Así que junté más las piernas y las pegué al asiento, tratando de que al revisor le pasara desapercibida; pero entonces noté algo... Comprendí, aterrorizada, que era la cabeza de la gallina. Se las había ingeniado para hacer el agujero más grande. Seguramente, el olor de la comida la había inducido a ello.

 

Agaché la cabeza sobre mi regazo al mismo tiempo que bajaba la falda de mi vestido, en un torpe intento de ocultar, en lo posible, la caja. Entonces, oí algo ..., era el gorjeo de la gallina. Temí que el revisor lo oyera también; aunque ahora comprendo que, con el ruido del tren, era imposible. Pero, entonces, ni siquiera lo pensé.

 

Con los dedos, índice y pulgar, sujeté el pico del animal; el cual se agitó, haciendo más ruido todavía. Simulé un ataque de tos y solté el pico. El revisor (según me dijeron después, ya que yo, en aquellos momentos no veía ni escuchaba nada fuera de mi preocupación) preguntó qué tenía. Mi primo contestó que me mareaba. Entonces el buen hombre pidió a un señor, que iba sentado al lado de la ventana, que cambiara el sitio conmigo. Yo dije: “¡No, no, ya estoy bien!. Levanté la cabeza y miré al revisor. Imaginé que el hombre lo examinaba todo con desconfianza, sobre todo los equipajes que iban en los altillos. Luego, vi que miraba hacia las cestas y paquetes que asomaban bajo los asientos... ...

 

Aguanté la respiración. “Seguramente ha notado algo raro en el ambiente”, pensé. Me vi bajando del tren en cualquier estación desconocida, yo sola con mi gallina; porque por nada del mundo quería estropear el viaje a mi primo, ya que era su trabajo. -- Aunque él, más adelante, me dijo que jamás me habría dejado sola.

 

Noté el pico de la gallina en mis piernas y la escuché. Miré al revisor a la cara, dispuesta a afrontar mi culpa y recibir mi castigo. Soporté su mirada de desconfianza con valentía y entereza. ¿Qué pasó entonces...? Nada, aquél hombre de mediana edad, alto y fuerte, no pudo resistir la mirada de una niña enclenque de dieciséis años, dio media vuelta y se fue. Entonces pensé: “David ha vuelto a vencer a Goliat”.

 

Cuando se marchó el revisor, todos los compañeros de viaje se pusieron a hacer comentarios chistosos sobre lo que había ocurrido y lo que pudo ocurrir.  Una señora me dijo: “¡Ahora que se ha ido, coloca la gallina bien en la caja, puñetera, que puede volver en cualquier momento ya que no se fue muy convencido!”.

 

Entonces, un muchacho sentado al lado de la puerta, se asomó y dijo que el revisor ya iba tres compartimentos más adelante.

 

Yo empecé a empujar, con cuidado, en la cabeza de la gallina, para que la metiera dentro de la caja; pero parecía que la había sacado a presión, porque el agujero era demasiado pequeño. La gente se empeñaba en darme ideas y consejos. La señora de mi lado no paraba de decirme: “¡Sácala, sácala!. Y yo, toda nerviosa, extraje la caja de debajo del asiento e intenté, con el dedo, hacer el agujero más grande.  Entonces, la señora comenzó a lamentarse de que le estaba haciendo daño a la gallina, en el pescuezo. Le repliqué:

 

-          Bueno. De todas maneras, se lo van a cortar cuando llegue a Málaga.

 

-          Bien – dijo la señora -. Pero, mientras tanto, debes de tratarla con cuidado... ¡Animalito!.

 

-          Señora – dije yo – al animal, ni siquiera lo he tocado. Sólo quiero romper un poco el cartón, para poder meterle la cabeza hacia dentro. ¡Déjenme una navaja! ...

 

-          ¡Ay, no! – siguió la misma mujer –. Desata la soga y coloca la gallina bien, para que haga el viaje cómoda.

 

Con todo esto,  la gente seguía comiendo.   Yo,  que no había terminado mi bocadillo y que nunca me ha gustado que me interrumpan cuando estoy comiendo, me encontraba un poco mosqueada; y, de un tirón que di a la lazada, la cuerda se desató, coincidiendo con unos aletazos que dio la gallina asustada; la cual, sin saber cómo (aún no me lo explico), saltó encima de los viajeros, aleteando y diciendo: “¡cuá, cuá, cuá! ...”

 

Los viajeros que iban en el compartimento comenzaron a protestar y a proteger su comida, ya que la gallina no se asustaba de nadie y se iba derecha a los bocadillos; y a más de uno, le dio picotazo.

 

-          Ayudadme, cerrad la puerta! – suplicaba yo, muy asustada.

 

Mi primo, por fin, pudo cogerla y la metimos en la caja, tapando el agujero con un papel de los bocadillos, y haciendo otro por la parte de arriba.

 

Cuando aún no habíamos terminado de atar la cuerda, se abrió la puerta del compartimento y un guardia civil se asomó; y, por lo visto, le debió de gustar el ambiente, porque se sentó al lado de la puerta, cuyo sitio había dejado libre un chico que se había bajado en aquella estación.

 

Guardé de nuevo la caja debajo del asiento y me dispuse a terminar mi comida. Aún seguía flotando en el aire alguna plumita de la gallina, pero la gente se portó bien; ya que, delante del guardia, nadie hizo referencia a lo ocurrido. La gallina no volvió a darnos la lata, y el viaje transcurrió sin incidentes dignos de contar.

 

 

Josefa Gabriela Moreno Gómez