El principio de la PAZ

 

LA CAMPANA DEL COLEGIO, cumpliendo el rito diario, daba con su sonido ronco, la señal inexorable de la hora final de aquella jornada.

 

Los alumnos iban saliendo de las aulas, charlando animadamente. El comentario general giraba en torno al sábado siguiente, día para el cual se había organizado una excursión a la montaña. La idea llenaba de entusiasmo a los diferentes grupos de colegiales. Los pequeños, en su extrema espontaneidad, saltaban gritando:

 

-          ¡El sábado vamos de excursión! ... ¡Nos vamos de excursión, de excursión, de excursión! ... ...

 

Estas exclamaciones también las hacían los mayores, con distinto énfasis, discutiendo los preparativos indicados por los profesores.

 

En la clase de octavo, un pequeño grupo rezagado hablaba de los detalles que le habían sido asignados; mientras Don Alfredo, el profesor, recogía de su mesa los ejercicios del examen de fin de curso y salía, con pasos cansinos, recomendando puntualidad a la hora señalada para emprender el viaje.

 

En la sala, sólo quedaban los mencionados compañeros, ilusionados ante la posibilidad que se les ofrecía de convivir con la bella naturaleza, descrita por los profesores en días anteriores.

 

Cinco niños y dos niñas componían el grupo. Uno de ellos, Julián, explicaba su proyecto, relativo, lógicamente, a la afición que tenían por la exploración. La excursión era una oportunidad que no podían desperdiciar. Todos permanecían al tanto de las indicaciones que surgían por doquier, para no olvidarse de lo necesario: mochilas, cuerdas, prismáticos, linternas, etc. ... En tales comentarios, salieron del colegio y se despidieron.

 

Dos días más tarde ya era sábado. La mañana había amanecido reluciente de sol. Las puertas del colegio estaban abiertas de par en par y por ellas desfilaban los alumnos hasta la fuente del patio del recreo, cargados de sus macutos atiborrados de bocadillos, refrescos, chocolatinas y otras golosinas. Los autocares también estaban preparados y el bullicio iba en aumento.

 

Julián llegó junto con sus amigos: Pedro, Nacho, Guillermo y Oscar. Luego aparecieron Alicia y Susana, jadeantes, con miedo de llegar tarde:

 

-          ¡Hola! – saludaron -- ¡Ya está el grupo completo! ...

 

En los peldaños de los vehículos se situaron los profesores: Alfredo y Emilio, responsables de organizar y dirigir a los colegiales en aquella excursión. Utilizando la lista de control, llamaban a cada niño por su nombre, indicándole su asiento; ayudando los más pequeños a subir y acomodarse. Reclamaban atención, orden y rapidez, porque la hora prevista para la salida se acercaba y había que apresurarse. Cuando todo estuvo debidamente controlado, los autocares se pusieron en marcha.

 

Julián reía y bromeaba con sus amigos. Se sentía feliz. Era un muchacho bien educado, alegre y espontáneo. Le gustaba salir al campo con su familia o con sus amigos; y se preciaba de ser amigo de la naturaleza.

 

Siguieron la autopista hasta que se desviaron para coger una carretera que los llevaría al lugar elegido para la acampada. Sólo había transcurrido una hora, rodando por una pista incrustada en la roca, serpenteando alrededor de la montaña, cuando los profesores, que no paraban de dar explicaciones, indicaron que ya estaban llegando. Efectivamente, a la vuelta del siguiente recodo, se presentó ante nosotros, un paraje idóneo: con árboles y una magnífica vista panorámica.

 

Los vehículos se pararon. Se bajaron los niños: cada cual buscando su equipaje. Seguidamente, los profesores anunciaron las diferentes actividades que se harían durante la jornada. A nuestros amigos, por ser mayores y, por lo tanto, considerados como más prudentes, se les concedió permiso para bajar al valle y dar libre curso a su deseo de explorar.

 

Estaban tan satisfechos que emprendieron la marcha casi enseguida, sin apenas descansar del viaje; pero no sin haber comprobado primero que sus alforjas contenían todo lo que pudieran necesitar. Se fueron, caminando alegremente entre pinos y abetos, admirando la belleza silvestre y hablando de lo que pretendían hacer para divertirse: siendo uno de estos proyectos, una competición de pesca, allá en el riachuelo, o en el lago que ya divisaban.

 

Llegó un momento en que Guillermo se sintió algo cansado. Propuso descansar un rato. Todos asintieron. Susana y Alicia aprovecharon para recoger flores y componer unos ramilletes.

 

De súbito, el cielo se tornó negro y una gran penumbra se adueño progresivamente del valle, dejándoles mudos de espanto:

 

-          ¿Qué ocurre – se preguntaban con angustia los unos a los otros -- ¿Qué misterio es este? ... ...

 

Non obstante, tras la primera impresión de miedo, fueron recuperando la serenidad. Una nube blanca, irradiando luz, apareció en medio de la oscuridad, infundiéndoles aliento y esperanza. Automáticamente, fueron atraídos hacia ella y se cobijaron bajo su sombra; quedándose quietos, con la mirada alzada para contemplarla... Hasta que la nube se rajó, dejando caer una lluvia de cajas multicolores, adornadas con guirnaldas, sobre las cuales se podía leer: “¡Felicidades, amigos! ... ¡Paz! ... ¡Amor! ...” y más expresiones de confraternidad. ... Llenos de curiosidad, se dispusieron a destaparlas, multiplicándose las exclamaciones de sorpresa y alegría:

 

-          ¡Qué bien! ... ¡Juguetes! ... ¡Una trompeta! .... ¡Y en esta, hay un saxofón! ... ¡Y en esta otra, hay ... hay ...! ... ¿Qué es lo que hay? ... ...

 

Nacho encontró una armónica; y Susana, abriendo la que cayó a su lado, descubrió una muñeca... Así, todas las cajas fueron vaciadas de su contenido, desparramándose por el suelo montones de juguetes fantásticos y musicales.

 

Julián, repuesto de tanto sobresalto, comenzó a reaccionar y quiso organizar el grupo inmediatamente. Mas, una nueva grieta se abrió en la nube y, de ella, bajó otra caja, de enorme dimensión esta vez, que fue a parar en medio de las ramas altas de un gigantesco abeto, rey de aquel entorno por su frondosidad... Muy intrigados, los niños se preguntaban ¿qué podía contener aquella caja tan voluminosa?

 

Fue Nacho quien habló primero, manifestando:

 

-          ¡No podremos bajarla! ... ¡Pesa demasiado!

 

Y propuso escalar el árbol para colmar su curiosidad. Sus amigos estuvieron de acuerdo. Cogieron las cuerdas que habían traído y, atándose para evitar una caída, iniciaron la ascensión por el grueso tronco. Tras vencer las lógicas dificultades, llegaron a tocar el bulto misterioso. Soltando ataduras y rasgando el envoltorio, fueron descubriendo una máquina gigantesca, que les pareció, y verdadera-mente era, ...  ¡¡¡un cañón!!! ...

 

¡¿Qué podía significar un arma tan terrorífica, cuando todas las demás cajas contenían juguetes de paz y armonía?!

 

Después de observar y reflexionar, intentaron moverla, sin conseguirlo. Entonces, decidieron bajar del árbol y contemplar el cañón desde el suelo.

 

De pronto, el monstruo, que parecía de duro acero, empezó a fundirse bajo la mirada llena de estupefacción y admiración de los niños:  Un liquido  espeso  se  deslizó por las ramas del abeto, impregnándolo y tornándolo de un color ocre... Al cabo de un rato, no quedó ni rastro del enigmático cañón. Un prodigio lo había destruido; y, con él, el horror que representaba.

 

Impresionados por lo acontecido, los jóvenes recogieron los juguetes y los prendieron en las ramas, a guisa de homenaje a la paz y a la ilusión.

 

Una vez cumplida la consigna del espacio, el cielo recobró su color azul y la nube misteriosa desapareció.

 

Taciturnos y pensativos, nuestros amigos volvieron al lugar de acampada. Poco a poco, el suceso iba tomando sentido en ellos, haciéndoles comprender la  responsabilidad que les incumbía por formar parte de los hombres del futuro, en cuyas manos iba a depender las condiciones de vida en nuestro planeta... La visión de repulsa -- que emanaba quizás de otros seres del espacio, lamentando los ensayos bélicos, la destrucción y las guerras -- no había sido inútil... 

 

¿Por qué el extraño suceso? ... ¿Habrían oído, desde otros planetas, el estruendo de las armas mortíferas?... ¿O sería la súplica de tantas víctimas, desde su eterno descanso? ...

 

* * *

 

Retornados a la rutina del hogar y del colegio, los testigos se comprometieron a trabajar por el bien y la paz, empezando por abandonar los juguetes bélicos de su primera niñez.

 

En la revista de la escuela, publicaron un poema, que podría resumirse en: ¡NO MÁS GUERRAS! ... ¡NO MÁS PADECIMIENTOS DE SOLDADOS! ... ¡NO MÁS VIOLENCIA! ..., con estos versos:

 

 

Un soldado en la trinchera

meditaba aquella guerra

y escribió su carta

última y primera...

 

“No entiendo qué hago aquí?

Obligado me veré a disparar con metralleta...

No he sido yo quien con ellos riñera.

Un ruido escucho, la guerra empieza...”

 

Y aquella carta quedó sujeta de la mano

de un buen hombre-soldado

que murió sin comprender

¿por qué, la guerra?

 

 

José Campos Tallón