AQUEL DÍA DE FRÍO INVIERNO fue triste, muy triste, para Saúl. Su padre, su buen padre, que tanto lo había querido y que siempre fue su mejor amigo, agonizaba lentamente en su lecho de muerte y Saúl sabía que, cuando su padre muriese, él quedaría solo en el mundo, pues su tierna madre había muerto hacía varios años y su amado hermanito, con el que tan buenos ratos compartiera, también se lo había arrebatado una mala enfermedad. La pobreza suma y la carencia extrema en que viviera aquella ejemplar familia, eran malas aliadas a la hora de hacer frente a las dolencias.

 

El buen padre moría, en efecto, pero su semblante estaba tranquilo y su hijo, junto a él, le daba ánimos. Levantando una de sus manos, la posó sobre la cabeza de Saúl y, con voz cariñosa, le dijo:

 

- Siempre has sido un excelente hijo y, aunque yo me vaya ahora, seguiré velando por ti.

 

En diciendo esto, su faz se puso pálida, más de lo que lo estaba antes, y, tras lanzar un gemido, que más se parecía a un apacible suspiro que a un estertor, expiró.

 

Saúl lloró desconsoladamente muy largo rato junto a la cama   en  que  permanecía  el  cadáver ;  y  luego,  estuvo velándolo él solo durante toda la noche, hasta que, al día siguiente, hizo los preparativos para el entierro; el cual, no por humilde, fue menos emotivo y muchos lugareños se unieron al acompañamiento.

 

Después de esto, como la casa paterna, único vestigio familiar que le quedaba, estaba tan vieja que amenazaba ruina y él no la podía reparar; Saúl decidió abandonarla y marcharse del pueblo a la capital del reino, lugar donde se encontraba la corte y en el que creía que podría conseguir un trabajo con más facilidad que donde él vivía. Una medalla, que era recuerdo de familia; unas escasas monedas en el bolsillo; y un hato, conteniendo un par de zapatos, unas cuantas prendas de vestir y unos trozos de pan; era todo el bagaje con que se disponía a partir, pese a que el invierno se hallaba en todo su rigor. Hizo una última visita a la tumba de su padre, que arregló y adornó como mejor pudo; y, seguidamente, se puso en marcha.

 

Yendo  por el camino real, unos bandidos lo vieron venir a lo lejos y se dijeron entre sí:

 

- Por ahí viene un forastero. Le quitaremos cuanto lleva y le daremos luego una gran paliza, para que no pueda delatarnos.

 

Saúl no los vio y siguió avanzando; pero, cuando ya faltaba poco para que se encontrara con ellos, oyó una voz que lo llamaba. Era un soldado que, armado de sable y fusil y con un zurrón a la espalda, regresaba de la guerra y, viendo al joven andar solo, lo llamó para tratar de  hacer el  camino  en  su  compañía.   A Saúl  le pareció magnífico encontrar a alguien con quien hablar y ambos reanudaron la marcha muy contentos.

 

Cuando los bandidos vieron al joven acompañado de un hombre tan bien armado, sintieron un miedo terrible y, pensando que, si éste los descubría, sería capaz de matarlos, huyeron a todo correr.

 

Saúl y el soldado, que nada habían sospechado de la presencia de los malvados, prosiguieron su caminar, departiendo muy amigablemente; y pronto se hicieron grandes amigos. El soldado le contó a Saúl las diversas aventuras que había corrido en las muchas guerras en que había tomado parte; y Saúl le refirió su dramática historia familiar, por la que el soldado se sintió muy conmovido, manifestando gran admiración ante el hecho de que el muchacho se hubiese decidido a emprender aquel peligroso viaje en el rigor del invierno, y con tan pocos recursos como llevaba. Afortunadamente, él también iba a la capital del reino y, de este modo, podrían seguir juntos hasta el final del trayecto.

 

Los pocos recursos que Saúl llevaba consigo, efectivamente, pronto se agotaron. Sólo conservó la medalla que, por respeto a la familia, no quiso vender. Pero el soldado aquel, además de gran guerrero, era un diestro violinista y, en las calles y plazas de los pueblos y ciudades por donde pasaban, tocaba el violín, consiguiendo agrupar en su derredor numerosas personas que, admiradas de su virtuosismo, le dejaban muchas monedas, con las que ambos iban cubriendo sus necesidades.

 

Un día en que las dádivas habían escaseado más de lo normal, decidieron pernoctar en una casa de campo abandonada, por no alcanzar el dinero recogido para pagar una hospedería; y, con el fin de intentar conseguirse algunos alimentos, salió el soldado, dejando al joven solo en la vivienda. Ya llevaba éste un buen rato en ella, cuando entró por la puerta de la misma un enorme oso que, habiéndolo olfateado desde el exterior y con hambre de no haber comido en tres meses, se dispuso a comérselo de un bocado.  Saúl se defendió con todas sus fuerzas; mas, a pesar de ello, ya se sentía desfallecer y ser pasto del oso, cuando logró ahuyentar a éste, golpeándolo con un tizón ardiente, que extrajo del fogón que acababa de encender para calentarse.

 

Pero, el esfuerzo realizado en la pelea y las heridas recibidas durante la misma, junto con el poco alimento ingerido aquel día, le provocaron al joven un gran agotamiento y no tardó en sentirse gravemente enfermo y presa de convulsiones y de una alta fiebre. Se tumbó en un camastro sin mantas, que por allí había, y aguardó la llegada de su amigo. Mas éste no venía y él se sentía empeorar por momentos.

 

Al fin, cuando ya dudaba de volverlo a ver, regresó el soldado, muy alegre porque había encontrado a unos viejos amigos, con los que había estado bebiendo y conversando, y porque, además, de vuelta a la casa, se topó con un enorme oso, que era el mismo que había entrado en ella, al que dio captura y con el que pensaba preparar una suculenta cena. Al ver a su amigo en el estado de postración en que se hallaba, extrajo de su zurrón un pequeño frasco,  de cuyo contenido hizo tomar tres sorbos al enfermo, tras lo cual éste se sintió totalmente restablecido, con las heridas de su cuerpo curadas y más fuerte que nunca. Luego, le explicó que los soldados se veían precisados a ir provistos de aquellas medicinas tan prodigiosas, para el caso de que cayesen enfermos o heridos en el campo de batalla.

 

Con esta y otras peripecias, que se omiten por evitar prolijidad, llegaron nuestros viajeros, finalmente, a la capital del reino. Era ésta una ciudad muy hermosa, con suntuosos edificios y muchas calles y plazas, por las que se podían ver numerosos carruajes y personas muy bien vestidas.

 

El soldado dijo entonces al muchacho que, puesto que había ido allí para trabajar, él conocía en aquel lugar a buen número de personas y no le sería difícil conseguirle algún empleo adecuado. En efecto, al segundo día de haber llegado, el soldado le notificó que le había encontrado un cargo, trabajando como ayudante de un zapatero reparador. No era mucho, dijo, pero, para empezar, no estaba mal. A Saúl le pareció extraordinario, pues, así, podía hacer algo útil y, además, conseguirse unas monedas, con las que atender a sus propias necesidades. Dio las gracias al soldado por ello y, al día siguiente, se incorporó a su nuevo trabajo.

 

Pronto comprobó que se pasaba bien en aquella ocupación, pues el maestro zapatero era muy amable y no le exigía demasiado. Además, desde el portal que ocupaba el taller, se veía pasar a la gente y esto le gustaba bastante a Saúl. Un día vio que pasaba por allí una encantadora  joven , acompañada de varias damas igualmente atractivas; y Saúl se enamoró de ella. Más tarde supo que aquella joven era princesa, hija del rey de aquel país y heredera única del reino, lo que le contrarió un tanto, porque comprendió que su relación con ella iba a resultar difícil por este motivo, aunque, a pesar de todo, no renunció a su propósito de conseguirla por esposa.

 

La ocasión se presentó al año siguiente, cuando el rey, que era bastante mayor, queriendo dejar su reino bien asegurado antes de morir, decidió buscar un marido para su hija, a cuyo fin convocó un concurso, en el que podrían participar todos los jóvenes que se considerasen capacitados para ello y cuyo premio consistiría en la obtención de la mano de la princesa y, en consecuencia, el título de rey, a aquel que mejor respondiese a las preguntas que se le formularan en el expresado concurso.

 

Enterado de ello, Saúl no vaciló un solo segundo en presentarse a tal concurso y así se lo comunicó a su amigo el soldado. Este le dijo que, en el ejército, la suerte estaba siempre de parte de los intrépidos y que él, a su vez, trataría de hacer todo lo posible para que su intento se viera coronado por el éxito.

 

La noche anterior al día en que habría de celebrarse la prueba, ciertamente, el soldado se dirigió al palacio real y, sin ser visto, trepó por sus paredes; hasta llegar al salón en que altos dignatarios discutían, en compañía del rey, las preguntas que debían de aparecer en el examen del concurso, así como las respuestas que se había de dar a las mismas. Volvió el soldado a la hospedería en que se alojaba con Saúl y, sin más aclaraciones, le dijo a éste qué es lo que debería de responder a cada una de las preguntas que se le hiciesen en el examen.

 

A la mañana siguiente, Saúl se encaminó muy contento al palacio real y, ni que decir tiene, que fue el ganador de la prueba, con lo que se convirtió en esposo de la princesa que tanto amaba y en rey sucesor del anciano rey gobernante, sintiéndose, por todo ello, el hombre más feliz del mundo.

 

Sin embargo, reconociendo que toda su fortuna se la debía a su esforzado amigo, el soldado, llamó entonces aparte a éste y le rogó que se quedara con él para siempre, porque pensaba nombrarlo primer ministro de su reino. El soldado lo miró con tristeza y le dijo que no era posible, puesto que debía de emprender un viaje hacia un lugar del que no se podía volver. Saúl insistió y, en ese momento, se operó un cambio asombroso: el soldado desapareció y, en su lugar, el joven vio a su difunto padre, que lo miraba sonriente como cuando otrora jugaba y dialogaba con él alegremente. Saúl lo reconoció de inmediato y gritó:

 

-¡Padre! ...

 

Y trató de aproximarse a él para abrazarlo, pero su padre lo contuvo con un gesto y le dijo:

 

- Te prometí velar por ti aún después de mi muerte y así lo he hecho, pero ahora que no me necesitas, me voy a descansar. Ya no nos volveremos a ver más en este mundo.

 

Dicho esto, desapareció.

 

Así cumplió su promesa aquel buen padre, retornando del más allá para proteger a su hijo mientras éste lo necesitó.

 

Cuento original y dibujo de  MANUEL OLMO AGUIRRE