Tres historias cortas de María Antonia Caro:

 

 

 

 

 

 

 

 

Relato de un menor muy atrevido

 

LO QUE VOY A RELATAR, le ocurrió a un niño de Granada llamado Alberto. De esto que cuento aquí, hace más de treinta años. Era un muchacho muy feliz, aunque bastante travieso e inquieto; de buena familia y bien acomodada.

 

Debido a lo traviesillo que era, sus padres lo internaron en un colegio disciplinario de bastante prestigio: Le pegaban mucho, la mayoría de las veces sin esperarlo.

 

Pasó que cierto día, a pesar de tanta seguridad, huyó, de igual manera que se escapa un pajarillo de su jaula:

 

Andando por esos caminos, divisó, a lo lejos, una casa blanca como una paloma. Cuando se acercó, se dio cuenta de que estaba en la puerta de una venta. Por una de las ventanas, pintadas de color verde, vio, colgando de una caña, varias ristras de chorizos, algunos salchichones, morcillas, y un jamón sin empezar: lo típico de una venta.

 

Sin pensarlo dos veces, ya que iba casi muerto de hambre, rompió el cristal de la ventana y se metió en la casa. Estaba hambriento y muy cansado.

 

Se sentó y se puso a comer de todo lo que había; menos del jamón, debido a que estaba sin empezar y él no sabía por donde meter mano: Alberto sólo tenía diez años.

 

Cuando terminó de comer de aquellos buenos productos,

observó que, en una de las mesas de la venta, había un paquete de manteles de papel. Se subió y se acostó: La mitad de los manteles le sirvieron de colchón; y la otra mitad de manta, ya que estaban doblados en forma de libro.

 

Alberto no tenía maldad, debido a su corta edad. Con gran cansancio, se acomodó tan tranquilo, como si fuera su casa. A él no le pareció un pequeño hurto, ni un allanamiento de morada. ... ¡Qué sabía él de esas cosas! ...

 

El niño durmió profundamente. Hasta que, por la mañana, llegó el dueño de la venta. Y ... ¡cual fue su sorpresa cuando vio dormido a Alberto, con los pies sangrándole -- harto de andar sobre las duras piedras de la vía del tren --, como un león rendido por el sueño!  El ventero lo contempló con gran asombro y pena. Lo miró unos momentos, emocionado: Era un niño encantador, con el pelo rizado y negro como la endrina, los ojos verdes como esmeraldas, y los labios como la grana. Moreno, espigado y muy espabilado.

 

El hombre se dio cuenta de que no era un golfillo por su porte y su forma de vestir; y pensó lo que en realidad era, que se había escapado del colegio. Avisó a la guardia civil que llegó de seguida; ya que, de antemano, los tutores del centro habían dado parte a la benemérita y a sus padres.  La  guardia  civil,  tras hacerle algunas preguntas, lo escoló hasta entregarlo en el colegio -- del que ya no se escapó más -- donde estuvo unos años.

 

Alberto tiene ya cuarenta y dos años y, cierto día, me contó la peligrosa aventura. Poco a poco, me relató la historia, me dijo que se fue por la vía del tren para no perderse. ¿Dónde iba? no tenía ni idea; pero sí sabía, que por la vía llegaría a algún lugar determinado... Su destino era  seguir  al  tren ... o que el tren lo siguiera a él... ... ¡¡Mal asunto!! ...

 

 

 

 

Los padres, debemos de estar más pendientes de los hijos; y no dejarlos al cuidado de amigas o empleadas de hogar, mientras se va al teatro con los maridos, o a hacer vida de sociedad.

 

Los hijos no se deben dejar con personas extrañas, tiempo habrá de disfrutar de la vida cuando ya estén criados. Mientras tanto, se vive para ellos, para darles más cariño; para que no se hagan unos golfos y tenerlos que internar en esos colegios de tanta disciplina, y tan retirados del calor de sus padres.

 

El dinero no lo es todo en estos casos. El niño, ya mayor, aún recuerda que su madre no era cariñosa con él; y, a la vez, demasiado recta.

 

Alberto tropezó con malas amistades, por lo que la vida le ha pasado factura de mucha cuantía.

 

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El mar, lo más bello del planeta

 

EL MAR goza de tanta magia y riqueza, que los buceadores, cuando están dentro de sus entrañas, no quisieran salir a flote. ¡Disfrutan tanto! viendo los mágicos bancos de corales, las plantas submarinas, la libertad y agilidad en la que viven los peces ... ...  Es otro mundo.

 

De eso, sabe mucho Manolo, que practicaba, de joven, la pesca submarina; pescando gran cantidad de meros, el pez más exquisito de todos. Manolo sí que sabe de la mar. Cuando no estaba nadando en los Campeonatos de Invierno, o en las Carreras de Balandro, era porque estaba en su otro mundo: el fondo del mar.

 

La mar cuenta con una de las mayores riquezas del planeta.

 

¡Qué belleza! contemplar, desde la orilla, a las gaviotas planeando por encima de los grandes barcos pesqueros, para comerse algún que otro pescado de la cubierta; o del que los pescadores van arrojando a la mar, porque no vale para las conservas.

 

¡Qué típico y qué bonito! es ver sacar el copo, ¡cómo salta  entre las mallas!; ¡y los hombres de la mar, con sus espaldas cansadas de tirar de las redes; y, llenos de alegría si su pesca ha sido abundante ... ... Es su medio de vida.

 

También el mar se cobra muchas vidas inocentes, por culpa de la maldad de muchos, y la agonía del dinero de algunos hombres sin escrúpulo.

 

El mar sufre grandes contaminaciones, como por ejemplo el petróleo hundido provocando la marea negra, de la que todos hemos sufrido las consecuencias.

 

La mar es inspiración de poetas. ¿Qué poeta no menciona el mar en sus versos? ... ¡Ninguno! ... Todos en sus poesías hablan de las olas, de su espuma blanca, como si fueran caprichosos encajes al explotar en su orilla; de sus caracolas y del rebalaje, donde tanto disfrutan los niños en verano.

 

Con sus cubitos y palas, los niños construyen grandes castillos de arena, introduciendo las estrellas y caballitos de mar que se van encontrando. Además, hacen grandes pozas, para meterse y salir como negritos, embadurnados de la maravillosa arena de nuestra costa.

 

El mar da tantas riquezas que, en un pequeño relato, no se pueden describir. Por ejemplo, sus gigantescos peces como la ballena, tan temible y tan valiosa a la vez; el tiburón; y sus graciosos y juguetones delfines.

 

¡Qué hermoso es oír las sirenas de los barcos, cuando llegan a orillas de los puertos con tus seres queridos!

 

Es muy importante el tráfico de los muelles, donde acuden tantos camiones de grandes toneladas, para descargar infinidad de productos de los que trae y lleva el mar a todo el mundo.

 

En concreto y resumiendo mi relato: ¡el mar es maravilloso! ...

 

Si alguna vez disfruto de un crucero por el Mediterráneo, os contaré con mucho gusto más maravillas de nuestros mares. Con suerte, puede que oiga alguna sirena cantar...

 

Querido lector, perdona que no te cuente más cosas del mar, ya que desde mi casa el mar no se ve. Sólo lo veo desde mi coche, cuando paso por el Paseo Marítimo... ¡Es tan hermoso! ... Y además, en un relato corto, como ya digo anteriormente, no me puedo extender más.

 

Amigo lector, nunca digas que el pescado es caro, mientras naufraguen en nuestra costa pequeños barcos, con los pescaderos dejando huérfanos a sus hijos. ...

 

 

Málaga: 29 de noviembre de 2002

 

 

 

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Vivencias de un día de fiesta en las cruces: “Los Santos Inocentes”

 

ESE DÍA, mi amiga Agustina y yo, acompañadas del padre de ella  -- debido a que en aquellos tiempos las mujeres no salían solas –, emprendimos, a caballo, el camino de Las Cruces. A dicho lugar, acudían todas las pandas de verdiales de los pueblos de Málaga. Se pasaba muy bien y con mucha alegría.

 

En ese encuentro, las mozas bailaban con los sombreros de los Tontos – así es como llamaban a los verdialeros, en Las Cruces.

 

Se hacían apuestas  y, entre ellos, los jóvenes organizaban una especie de subasta. Empezaba uno diciendo:

 

-          Doy un duro – que eran cinco pesetas – para que baile mi novia con un sombrero.

 

 Y, de seguida, se adelantaba otro:

 

-          ¡Treinta reales, y que baile la mía con el sombrero!

 

Pero antes de que terminara de hablar, se alzaba otra voz anunciando:

 

-          ¡Quince pesetas, y el sombrero se lo pone mi novia, para bailar!

 

Y así continuaba: desde que llegaban, por la mañana, hasta poco antes del anochecer; porque, al ponerse el sol, la fiesta se terminaba. Era un día muy alegre. Se montaban puestesillos y se vendía de todo.

 

Los sombreros de los Tontos eran de palma y estaban forrados de seda. Por dentro, en la copa, sujeta con un cordón de seda, se escondía una postal con una pareja amorosa; y, por fuera, se cubrían de flores de muchos colores; y por detrás, de lazos – la mayoría ganados en las carreras -- bordados por las novias.

 

A los lazos, les cosían un fleco corto de seda en un extremo; y en el otro, el de arriba, un anillo de alambre, antes de colgarlos a una cuerda o cable muy tirante, de un albor a otro. Había una treintena de cintas, más o menos. Los Jinetes pasaban por debajo y, si tenían buen tino, y suerte de introducir el palillo que llevaban en el anillo, se llevaban la cinta. Algunos cogían varias; otros, con menos puntería, una o ninguna. También dependía de la astucia del caballo... Estos lazos eran los que las mozas ponían en el sombrero de sus novios, con todo el amor del mundo.

 

Las carreras de cintas, el día de los Inocentes en Las Cruces, los paseos a caballo, son recuerdos que sólo de pensarlos, dan alegría y ganas de vivir.

 

Con este relato, quiero poner en conocimiento de las nuevas generaciones, la cultura de aquel tiempo. No sé si estas costumbres se habrán perdido, o se olviden con el paso del tiempo, lo que sería una pena.

 

En Las Cruces, además de pasar un día muy alegre; a las jóvenes, les salían pretendientes. Por eso, los mozos pagaban para que bailaran con el sombrero. Unos días más tarde, iban a pretenderlas a sus casas, y darles el silletazo: esto quería decir, sentarse a su lado por primera vez.

 

Si a la chica que van a ver, no le gusta el pretendiente, no se sienta; y  si  le gusta,  lo hace gozosamente. A partir de entonces, son novios; y el joven va a verla los miércoles y los domingos. Esa era la costumbre de los lagares. Ahora, no sé cómo será, con estos tiempos que corren ¡tan modernos y liberales!. Con las motos y los coches, no hay problema de desplazamiento. Antes sí, ya que tenían que ir a caballo y se tardaba en llegar a los cortijos. Más de una vez, les sorprendía un buen chaparrón. No importaba. Llevaban una buena pelliza y, por delante de la montura del caballo, una manta que se echaban por los hombros. Venían de lejos y querían ver a su amada.

 

Es curioso todo esto. Es cultura andaluza: de los campos de Málaga, concretamente. Por esto lo comento, recordando un día feliz de mi vida de jovencita en el campo.

 

De esto hace unos cincuenta o sesenta años: cuando escribo este relato, tengo setenta y seis.

 

Aunque soy malagueña cien por cien, estuve catorce años en Álora y me acostumbré pronto a las cosas del campo. Me agradaba mucho todo lo relacionado con él.

 

María Antonia Caro Fernández

Málaga: 21 de febrero de 2003