Hroswitha de Gandersheim

o la fragilidad como fortaleza

 

por María Gabriela Ini, Argentina

 

La dramaturga sajona Hroswitha fue canonesa de la Abadía de Gandesheim. Vivió y escribió durante el siglo X – nació hacia 935 y murió a fines de siglo –, un período de expansión cultural y política para Sajonia.

 

La Abadía de Gandersheim era un rico e independiente convento de monjas, favorecido por el Santo Imperio Romano; a cuya abadesa, Otón I permitió tener su propia corte, sus propios caballeros, le reconoció el derecho de acuñar moneda y de participar de las reuniones de la Dieta.

 

La Abadía contaba con suficiente dinero como para sufragar la realización de obras de arte, la construcción de edificios y la producción de manuscritos para la biblioteca. En el convento de Gandersheim sólo se admitían mujeres de la aristocracia, que tomaban votos como canonesas – a diferencia de las religiosas, las canonesas estaban sometidas a una observancia menos estricta de la regla, debían respetar sólo dos de los tres votos monásticos: la castidad y la obediencia; pero podían disponer de sus riquezas, de su servidumbre, recibir huéspedes y adquirir libros – lo que me permite inferir que Hroswitha pertenecía a la nobleza.

 

Igual que la mayoría de las mujeres de su época, Hroswitha hubiera tenido pocas posibilidades de desarrollarse intelectualmente fuera de un ámbito de contención y control como la vida del monasterio; sin embargo, gracias a su pertenencia de clase y a las libertades intelectuales que le ofrecía la Abadía – la poeta contaba en su biblioteca con autores clásicos y medievales: Horacio, Ovidio, Eustacio, Boecio, Beda, Terencio, Virgilio, la Vulgata y textos litúrgicos y hagiográficos, además de los Evangelios Apócrifos – pudo transformarse en la primera dramaturga de Europa, lo que no la excluyó del sentimiento de inseguridad e “inferioridad femenina” que caracteriza a la mayoría de las intelectuales y artistas de la historia:

 

Yo no dudo que se me objetará por algunos, que la calidad de mis escritos es muy inferior y muy distinta de la de aquél a quien me propuse imitar – se refiere a Terencio, el poeta latino más leído y comentado de la época –. Estoy de acuerdo con ello, pero sin embargo les diré que no puedo ser en justicia acusada de haber intentado, abusivamente, de parangonarme con los que me aventajan en mucho por la sublimidad de su talento: yo no soy tan orgullosa que me atreva a compararme ni siquiera con los últimos discípulos de los autores antiguos; yo he tratado solamente, con suplicante devoción, y aunque mis aptitudes sean muy reducidas, de emplear en la Gloria del Dador, el poco ingenio que de él he recibido…”

(en Rivera Garretás, página 23).

 

Sin embargo, también podemos encontrar, en el prólogo a sus diálogos dramáticos, cierto orgullo por la calidad y la segura transmisión de su obra:

 

Si, para algunos resulta agradable mi devoción, yo me alegraré, pero si a causa de mi torpeza o de la incorrección del lenguaje, no gusta a nadie, yo, con todo, estaré satisfecha de lo que hice; pues mientras en otras producciones mi ignorancia ha cultivado el género heroico, ahora he compuesto una serie de escenas dramáticas en las que he rehuido los perniciosos deleites de los paganos” (Id)

 

La obra de Hroswitha se compone de cuatro libros. El primero es un ciclo de ocho leyendas sagradas, que narran vidas de santos y mártires con el objetivo de mostrar, a través de ejemplos edificantes y didácticos, las bondades de llevar una vida a imitación de Cristo y la Virgen. El segundo libro se compone de seis obras dramáticas o diálogos dramáticos – a los que me referiré en este trabajo –. El tercero es una biografía épica del emperador Otón el Grande; y el último, un poema sobre los orígenes de Gandersheim. Tanto en los poemas hagiográficos como en los diálogos dramáticos, Hroswitha exalta la elevación espiritual de los cristianos a través del relato de sus vidas y martirios. En su mayoría, las protagonistas de sus obras son las mujeres – castas, mártires y vírgenes, abusadas, amenazadas, torturadas –, que precisamente hacen de la debilidad de su género, su fortaleza. Retomando su inspiración terenciana, Hroswitha explica:

Por eso, mientras otros cultivan su lectura; yo, la voz que resuena en Gandersheimen dialecto sajón “hroth” significa sonido y “swith” alto, fuerteno he tenido escrúpulos en imitarlo en mis escritos, porque en el mismo género de composiciones en que eran representadas obscenas suciedades de mujeres sin pudor, he exaltado, conforme a las modestas capacidades de mi ingenio, la encomiable pureza de las santas, vírgenes, cristianas”. (en Bertini, página 100).

 

Me interesa centrarme en el poder que Hroswitha otorga a la castidad como treta del débil” (Ludmer, J.).

 

En una sociedad patriarcal donde la belleza del cuerpo de las mujeres” es el lugar donde se dirimen las relaciones de poder entre los géneros, la defensa y el resguardo inflexible que las protagonistas de los dramas hacen de su pureza se convierte, sin duda, en un desafío al abuso y a la opresión ejercida sobre ellas por los hombres. En las obras dramáticas de Hroswitha: La conversión de Galícano; La resurrección de Prusiana y de Calímaco; Pasión de las santas vírgenes, Ágape, Quionia e Irene; Caída y conversión de María, sobrina de Abraham el ermitaño; Conversión de la prostituta Thais; Sapiencia, etc., las pasiones lascivas y “demoníacas” del sexo masculino, se enfrentan con la religiosidad de las mujeres, que, todas, paganas convertidas al cristianismo, o pecadoras salvadas por la fe, luchan por convertir al mundo masculino que las rodea – como en La conversión de G. – o por vencer sus demandas lujuriosas, aún a costa de sus propias vidas y del padecimiento de terribles martirios en Pasión de las santas vírgenes –. Lo que resulta muy interesante, es que Hroswitha describe con lujo de detalles las bajas pasiones de los hombres, y así se justifica:

 

Una cosa, sin embargo, me obliga no pocas veces a enrojecer y avergonzarme profundamente, y es el hecho de que, obligada por la naturaleza de las composiciones, en el acto mismo de componerlas, he imaginado mentalmente, y he descrito materialmente con la pluma la execrable locura de aquéllos que se abandonan a los ilícitos amores y a la amarga dulzura de sus coloquios, que a nuestros oídos no es lícito siquiera oír. Pero si por vergüenza descuidara todo eso, no realizaría mi deseo y no conseguiría exaltar tan plenamente, dentro de mis posibilidades, la gloria de los inocentes; pues, cuando las caricias de los amantes son más a propósito para seducirnos, tanto más resplandece la gloria del supremo ayudador y es más brillante la gloria de los triunfadores: sobre todo cuando la fragilidad de la mujeres resulta victoriosa; y la fortaleza del hombre, abatida. (Id)

 

En el drama de Drusiana y Calímaco, además de presentarse una escena de necrofilia, en la que Calímaco quiere satisfacer su deseo en el cadáver de Drusiana, encontramos este monólogo:

 

Ah, Cristo, Señor mío, ¿de qué me sirve el voto de castidad, si ese loco se ha dejado seducir por mi belleza…?” y luego, a Calímaco: ¿Por qué razón o por qué locura debería ceder a tu ligereza; yo, que desde hace ya tanto me mantengo alejada, hasta del lecho de mi legítimo esposo?.

 

En la Pasión de las santas, el deseo de los cónsules romanos es expresado con claridad asombrosa, lo mismo que sus amenazas:

 

SISINIO: ¿No temes torturas?... Te mandaré a un prostíbulo, donde tu cuerpo será ensuciado obscenamente.

 

IRENE: Mejor un cuerpo mancillado por no importa qué ultrajes que un alma corrompida por los ídolos paganos.

 

SISINIO: Asociada a las prostitutas, mancillada, ¿cómo podrás formar parte de la comunidad de las vírgenes?

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IRENE: el placer trae dolor; la necesidad, la corona con el martirio. Se considera la culpa tal si hay conformidad del alma.

 

El rechazo del matrimonio y la sexualidad matrimonial permite a las mujeres salir del ámbito doméstico, peregrinar y catequizar : en Sapiencia y ANTIOCO.

 

Pues esta mujer de que te hablo, exhorta a nuestros convecinos a que abandonen los ritos de nuestros antepasados y se entreguen a la religión cristiana … Nuestras esposas nos desdeñan, nos desprecian hasta el punto de que se niegan a comer y aún a dormir con nosotros”.

 

El deseo que las mujeres despiertan en los hombres – tratado con crudeza sorprendente –, las amenazas de violarlas o prostituirlas, la solidaridad que se profesan, la relación comunitaria que mantienen entre sí, son los temas que recorre la obra de Hroswitha, a partir del elogio de la castidad y de la pureza, que es su basamento principal.

 

Las mujeres vírgenes de los primeros siglos de la cristiandad tendían a reunirse en grupos pequeños de un modo declaradamente orgánico. Las amistades intensas entre las compañeras desempeñaban un papel esencial. Las encontramos alquilando viviendas juntas en la ciudad, o bien instalando a una amiga espiritual en el hogar de su familia. Las mujeres acomodadas, a menudo viudas ricas, o hermanas solteras de miembros del clero o de ascetas … llegaban a reunir a su alrededor grupos de hasta cien vírgenes”

(Brown, página.360))

 

Si bien es cierto que la renuncia al matrimonio y a la reproducción permitió a las mujeres evadirse de las obligaciones domésticas y maternales, adquirir libertad de movimiento y respeto social (ver Brown); no lo es menos que esta independencia hubiera sido imposible de no estar justificada por la causa religiosa – recordemos que la fe y el convento permitieron a muchas salir de la casa paterna o del control de un marido – que les dejaba la vía libre para cultivar el pensamiento, la escritura y la investigación. Me atrevería a decir que “la castidad fue la madre de la liberación femenina”. Las licencias que las primeras cristianas obtuvieron podrían asociarse – quizás extemporáneamente – con la libertad que gozaron las mujeres solteras de la época victoriana; la de las que eligieron no casarse, o no tener hijos, para desarrollar una tarea intelectual; la de las profesionales o con la de las artistas – pensemos simplemente en Sylvia Plath –. Por supuesto que estas libertades – las antiguas y las nuevas – significaron un alto precio para las mujeres – el martirio, la persecución, la discriminación, el suicidio – que tuvieron que defender su independencia y enfrentarse tanto al poder masculino como a los prejuicios sociales, propios y ajenos.

 

Acercarme a la obra de Hroswitha no sólo me permitió sacar a la luz la producción artística de una mujer alejada de nosotros en el tiempo, sino también arrojar una nueva mirada sobre la castidad como fortaleza de la fragilidad”. La renuncia al deseo masculino y la libre elección de la castidad, en un mundo donde las mujeres parecían ser sólo cuerpos hermosos y tentadores, podían resultar peligrosas y mortales; pero fue también allí, donde ciertas mujeres lograron experimentar otras formas de convivencia, desarrollar solidaridades de género, y destacar en la erudición.

 

Extiendo la reflexión a nuestros días, donde las féminas no necesitan de la castidad para expresarse o ser libres. Sin embargo, continúan sujetas a los prejuicios patriarcales que las obligan a ser madres y esposas y a defender – a veces hasta la muerte – su derecho a los estudios superiores y al arte.

 

María Gabriela Ini, Argentina

 

 

 

 

Hroswitha with emperor Otto

Sculpture in Bad-Gandersheim, Germany

 

 

Hroswitha of Gandersheim

or fragility as fortitude

 

The Saxon dramatist Hroswitha has been canoness of the Benedictine Order, in Gandesheim. She lived and wrote in the X century – she was born around the year 935, and died at the end of that century –, a period of cultural and politics expansion for Saxony.

 

The Abbey of Gandersheim was a rich independent convent for nuns, favored by the Roman Holy Empire.

 

Emperor Otto 1 allowed Hroswitha to have her own court, her own knights; and recognized her right to strike money and take part into Diet meetings.

 

The Convent had sufficient money to pay for art works, for the construction of buildings, and to compose manuscripts for the library. In the Abbey of Gandersheim only women from the Aristocracy were admitted. They had to take monastic vows; but, instead of other nuns, the canonesses had to comply with a less strict rule; they had to observe only two of the three monastic rules: chastity and obedience; but they could dispose of their wealth, their servitors, receive hosts and buy books – what allows me to deduce that Hroswitha belonged to the nobility.

 

Same as the majority of the women of her epoch, Hroswitha had little possibility to develop intellectually out of the restraint and controlled ambient of a monastery. Nonetheless, thanks to her class and to the intellectual freedom offered by the Abbey – In addition to the Apocryphal Gospel, the poet had in her library, works of classic and medieval authors: Horacio, Ovidio, Estacio, Boecio, Beda, Terencio, Virgilio, the Vulgata, liturgical and hagiographycal texts –. She became the first playwright woman in Europe, which did not protect her from a sense of insecurity and “feminine inferiority” that characterize the majority of intellectual and artist women of ancient history.

 

No doubt someone would object that my writing quality is much inferior and much distinct to the one of whom I intended imitate – she refers to Terencio, the Latin poet most read and commented in her epoch – . I agree with that, but, nevertheless, I wish to tell you that I cannot deservedly be accused of trying, unfairly, to compare myself with those who surpass me by much through the sublimity of their talent: I am not so arrogant to dare compare myself even with the last disciples of the antique authors. I kept trying, only through an imploring devotion, and even though my aptitudes are very reduced, to employ, for the Glory of God, the little talent I received from Him”.

(Rivera Garretás, page 23)

 

Despite of that, in the prologue to her dramatic dialogues, we may find certain proud for the quality and secure transmission of her work:

 

If, for some people my devotion sound agreeable, I would be pleased; but if, because of my dimness or incorrect language, nobody likes it, I would still be grateful for what I did; for while in other productions my ignorance had cultivated the heroic genre, now I have composed a series of dramatic scenes in which I included the pagan pernicious delights” (Id).

 

The work of Hroswitha is distributed into four books. The first is a cycle of eight sacred legends, telling about the life of saints and martyrs, with the aim of demonstrating, through edifying and didactic examples, what goodness it would bring to spend a life into Christ or the Virgin imitation. The second one is a collection of six dramatic works or dramatic dialogues – to which I will refer on this paper –. The third is an epic: the biography of Emperor Otto the Great; and the last one is a poem about the origin of Gandersheim. In the hagiographycal poems as well as in the dramatic dialogues, and all along her writings, Hroswitha exalts the Christian spiritual nobility. The protagonists of her works are chiefly women – chaste, martyrs and virgins, abused, threatened, tortured –, who precisely make a fortress from their feeble genre. Out again of her Terencian inspiration, Hroswitha explains:

 

Because of that, meanwhile other cultivate their reading; I cultivate the voice resounding out of Gandersheim – in the Saxon dialect, “broth” means sound; and “swith”: high, strong – I didn't had any scruple to imitate it in any of my works, for women in indecent obscene dirtiness were represented in the same kind of compositions. Instead I exalted, in accordance to the modest capacities of my talent, the laudable purity of the Christian saints and virgins”. (English version of what is written in Bertini, page 100)

 

I am interested in concentrate myself in the power that Hroswitha confers to chastity as “ruse of the weak”.

(Ludmer, J.)

 

In a patriarchal society where thebeauty of women body” is used to dissolve the power between genre relations; the defense and unbending protection of the feminine purity kept by the drama's protagonists, is turning to be a challenge against men abuse and oppression. In the dramas of Hrowwitha: GALICANO'S CONVERSION; PRUSIANA AND GALIMACO'S RESURECTION; PASSION OF THE SAINT VIRGINS; AGAPE; QUIONIA AND IRENE; FALL AND CONVERSION OF MARÍA, NIECE OF THE HERMIT ABRAHAM; CONVERSION OF THE PROSTITUTE THAIS; WISDOM; etc... The lascivious and “demoniacal” passions of the men are set against the religiosity of the women and all: Christian converted pagans, or sinners saved by their faith, were struggling to redeem the masculine world around them – like in THE CONVERSION OF G. – , breaking

 

their luxurious propositions. All of that the women did, even at the cost of having to suffer martyr and lose their lives.

 

What is the most interesting in PASSION OF THE SAINT VIRGINS, is that Hroswitha describes the low passions of the men with plenty of details, justifying herself as follow:

 

One thing, nevertheless, makes me blush more than a few times, and feeling ashamed, is that, for the sort of composition I am producing, I imagine mentally in the very moment, and I describe materially with my pen, the execrable madness of those who abandon themselves to illicit love affairs; to the bitter sweetness of their colloquies, that even for our ears are forbidden. But if for being ashamed, I didn't care about all that, I would not fully comply with my desire to exalt, into my possibilities, the glory of the innocents; because, the more the caresses of lovers are appropriate to seduce us, the more is to shine the glory of the supreme helper, and the more the glory of who is triumphing sparkles : above all when what is wining is the fragility of the women; and what is reduced, is the strength of the men.” (Id)

 

In DRUSIANA AND CALIMACO, in addition of the presentation of a scene of necrophilia: where CALIMACO wants to satisfy his desire on the corpse of DRUSIANA; we find this monologue:

 

Oh Christ, my Lord, What can I do with the vote of chastity, when that fool let my beauty seduce him...?” And then, to CALIMACO: “For what reason or what madness ought I yield to your flippancy; when I am, for so long a time now, keeping myself away, even from the bed of my legitimate husband?”

 

In the passion of the saints, the lust of Roman consuls is expressed with an amazing clarity, as well as their menaces:

SISINIO: Don't you fear tortures?... I will send you to a brothel, where your body will be soiled with obscenity.

 

IRENE: Better a soiled body by any sort of outrage, than a corrupted soul by pagan idols.

 

SISINIO: Associated to the prostitutes, soiled, how could you be part of the virgins' community?

 

IRENE: Pleasure brings pain; but on it, the necessity may put a crown of martyrdom. The blame is on only if the soul gives its consent.

 

Marriage and sex refusal allows women to escape domestic ambiance, go on pilgrimages and catechize.

 

 

 

SAPIENCIA and ANTIOCO:

 

Then, that woman whom I am telling you, exhorts our neighbors to abandon ancestors' rites and devote themselves to the Christian religion....

Our wives disdain and despise us to the point of not willing to eat and even to sleep with us”.

 

The desire for women in men is – treated with a surprising ruthless –: Menaces, rape, prostitution. The caring relation supporting them as a community, figures in all themes of Hroswitha's works; and they all starts by praising purity and chastity, which is their main base.

 

The feminine Christian virgins of the first centuries “had to gather into little groups following an organic official way. The Intense friendship among companions plays an essential role. We find them together hiring flats in the city, or lodging a spiritual friend at their family home. Well-off women, mostly rich widows, or unmarried sisters from some clergyman or ascetic, were able to gather around them, groups of even more of hundred virgins.” (Brown, page 360)

 

If it is true that by renouncing to marriage and reproduction, the women were allowed to evade the domestic and maternal obligations; and to acquire, instead, movement and social respect (see Brown). It is also true that this independence would not be possible without being justified by a religious cause – let us remember that faith and convent allowed many women to get out of their father's home or marital control – that let them the liberty to cultivate their mind by reading, writing and investigating. I would dare say that “chastity had mothered the feminine liberation”. The licenses obtained by the first Christian women may be connected – perhaps in an untimely manner – with the freedom enjoyed by the single women of the Victorian epoch; by the ones who decided not to marry, or not to have children, in order to be able to carry out a professional, intellectual or artistic work – think simply about Sylvia Plath – . It is assumed that those liberties – antique and new ones – signified a huge price for women – martyr, persecution, discrimination, suicide –. They had to defend their independence and face masculine power as well as social prejudices, own and alien.

 

To approach the work of Hroswitha not only allowed me to expose the artistic production of that erudite woman who lived in an epoch so far away from us, but also to light another look on chastity, to see it as it was then: a “fortress against fragility”. Chastity as a free election, renouncing to the masculine desire, in a world where women were merely tempting beautiful bodies, often resulted dangerous and mortal; but it was also a position for women to experience other kinds of living, develop solidarity between women and men, and stand up in erudition.

 

I extend this reflection to our days, where women don't need the chastity to express themselves or to be free. Nevertheless, they continue to be subject to the patriarchal prejudices obliging them to be mothers and spouses and to defend – sometimes to death – their right to be professional thinkers or artists.

 

Author of the paper: María Gabriela Ini

English version by Mariette Cirerol