Los Cuadernos de Manuel

por Mariette Cirerol

 

Cuaderno 4

 

Doloroso verano de 1914

Primera guerra mundial

 

Capítulo 2

 

Poco antes, Debussy me escribía desde Roma,

donde estaba dando conciertos:

 

“He vuelto a ver Roma, sólo que ya no tengo mis veinte años. Quizá por esta razón estoy muy deprimido y sólo tengo un deseo: regresar. Pierdo días preciosos para ganar un dinero que no tiene nada de considerable. ¡Dios mío, qué complicada es la vida … y qué mala!”

 

Luego, a principios de julio, se fue a Londres para acompañar a Caruso en un concierto.  Desde allí, me escribió que el viaje le estaba sentando como:

 

“… una gota de agua en el desierto de estos terribles meses de verano.”

 

¡Todavía no sabía cuán espeluznante iba a ser la continuación!

 

Ese soplo bélico que viene del Norte y empaña el aire que respiramos, le está trastornando completamente. Parece otra persona. Y si no fuera por su edad y su salud, le faltarían piernas para correr a alistarse… ¡Hay que ver, pero hay que ver, lo que es capaz de lograr el espíritu maligno!...

 

Necesita aire puro y se marcha a Pourville, al mar, cerca de Dieppe. Allí espera recobrar su energía y su fuerza creadora. Pero también allí le siguen atormentando las visiones de la guerra. Oscilando entre el sentimiento patriótico y la desesperación por los crímenes que se cometen, se olvida de la armonía habitual en él y  se pone a componer música bélica. Me dice que, puesto que no puede combatir en el frente, escribe para alentar a los soldados.

 

Y yo no puedo hacer otra cosa que rezar, pedir a Dios que recicle las fuerzas del bien para luchar contra el mal, contra ese horrible mal que se dispone a invadir el mundo entero.

 

La cosa se pone peor. Ante el peligro, los franceses se vuelven racistas y persiguen a los extranjeros, echándoles la culpa de sus males. No voy a tener más remedio que irme…

 

Pero aguanto un poco más; me pesa tener que abandonar París, donde me encuentro muy solo. Pues, parece que mis amigos se han vuelto todos locos, hasta el punto que Ravel está haciendo una depresión porque no quieren aceptarle en la aviación. Y, desde Pourville, Debussy me escribe:

 

“Soy sólo un diminuto átomo arrastrado por esta horrible catástrofe. Todo lo que hago me parece miserablemente insignificante. Llego hasta envidiar a Eric Satie, que se va a ocupar seriamente de defender París, como suboficial.”

 

Y eso no es todo. Más tarde, tengo que frotarme los ojos mil veces para asegurarme de que veo bien, de que no confundo las letras. Pues se unen, unas a otras, para formar frases horribles que no parecen venir de donde salen. La firma es inconfundible, la reconozco demasiado bien, no tengo ninguna duda sobre su autenticidad. Pero, el texto, puede que lo hayan modificado, puede que se hayan infiltrado errores en la impresión… Estamos en agosto, el 18. La locura de los franceses ha tenido tiempo de subir hasta un grado imponente, escalofriante. La prueba es que el propio Debussy, mi entrañable amigo, es capaz de escribir:

 

“Desde que todos los mestizos han sido arrojados de París, fusilados o desterrados, la ciudad ha vuelto a ser encantadora…”

 

Siento el puñal de las palabras hundirse en mi pecho. Sabía que la guerra había trastornado a los franceses, pero no me esperaba tanta crueldad de parte de un amigo. La herida sirve para aclarar

 

mis dudas: aquí, ya nadie me quiere. Y tengo que irme lo antes posible, puesto que ni siquiera soy mestizo, sino un odiado extranjero sin atenuantes; a pesar de no tener nada que ver con esa guerra maldita, ni con la violencia en ninguna de sus formas.

 

Las palabras de Debussy dan vueltas en mi cabeza, resuenan como zumbidos radioactivos de bombas químicas, destrozando mi confianza en la gente, en mi mismo, en la vida misma. No puedo conciliar el sueño ni siento más hambre que el hambre de paz, de esa paz que parece desvanecerse para siempre.

 

Voy a ver a Joaquín Turina que no se siente mucho mejor. Lo encuentro reunido con otros músicos españoles, buscando soluciones para seguir trabajando a pesar de la guerra. Hablamos largamente sobre lo problemático que resulta permanecer en Francia y decidimos volver a nuestro país, juntos.

 

Sin embargo, antes de irme de París, quiero ir a ver a Camille Claudel. Me lo he prometido a mí mismo y también se lo debo a Debussy, a pesar de su golpe traicionero.

 

En la “Maison de Santé” (casa de salud), tengo que soportar varias inspecciones, exacerbadas por la guerra, y rellenar un montón de papeles, antes de poder acceder al departamento de los pacientes. Una vez allí, me conducen a una sala reservada a las mujeres. Es muy amplia y vacía de muebles, a excepción de unas cuantas sillas.

 

En un rincón, sentada y apartada de las demás, una mujer, aparentando unos cincuenta años, nos mira llegar, con una tristeza que se transforma en asombro a medida que nos aproximamos a ella:

 

- Esa es Camille, - me dice mi acompañante, y luego:

 

- Camille, te presento al Señor Manuel de Falla, que quiere conocerte.

 

 

Cuaderno 4 - Capítulo 3

 

Visita a Camille

 

 

- Camille, te presento al Señor Manuel de Falla, quiere conocerte.

 

- ¿Conocerme, a mí? - arguye incrédula.

 

- ¿Y por qué no? Es Usted una persona muy interesante.

 

- Ya lo sé. Soy tan interesante que para que se interesen en los demás, hay que quitarme de en medio.

 

- No le haga caso - me dice el enfermero -. No sabe lo que dice.

 

- ¡Ve Usted! – deja caer tristemente Camille

 

- ¡Por favor! ¿Nos puede dejar solos? – le pido, conciliante.

 

- Me retiraré si lo desea. Si me necesita, llámeme. No tiene más que tocar el timbre y acudiré enseguida.

 

Le digo a Camille que la admiro, que había oído hablar mucho de ella por Claude Debussy, que quería ayudarla en lo que pudiera; y también le digo que, si quiere, puede tutearme, para facilitar el contacto.

 

Acepta con una sonrisa apenas esbozada:

 

- Claro que sí, que quiero. Y hazlo tú también conmigo. No sabes cuánto te agradezco esta visita. ¡Me encuentro tan sola que temo perder el habla! …

 

- ¿No viene a verte nadie?

 

- ¡¿Y quien iba a venir?!

 

- Pues, no lo sé. Tendrás amigos, parientes…

 

- ¡Tenía! …

 

- Comprendo. ¡Perdóname por no haber venido antes!

 

- No tengo nada que perdonarte. No me conocías.

 

- No tengo excusas. A través de Paul, te conocía. ¡Me ha hablado tanto de ti! … Se encuentra muy mal ¿sabes?. Por eso no viene a verte. Pero está muy preocupado por ti.

 

- ¡Ya! … No son más que palabras, y palabras que se echan por allí, para que las recojan oídos ajenos. ¡Palabras que ni siquiera me las dicen a mí! Servirán para algo, no lo dudo; pero no para mi salvación. ¡Hace tanto tiempo que estoy aquí dentro, abandonada de todos, que ya no veo más salida que la muerte!

 

- Dios no te ha abandonado. Él no nos abandona nunca. ¡Confía en ÉL!.

 

- No creo en Dios. Me gustaría creer que existe, pero no lo veo por ninguna parte… Dicen que es AMOR. ¿Dónde está el AMOR? … ¡Dímelo! … ¿Dónde está? …

 

- Dios no se ve, pero existe. Está por todas partes. Está en ti y en mí.

 

- En mí desde luego no. Ya no queda nada en mí. Me lo han quitado todo ¡hasta las ganas de vivir! … Ya no soy capaz de sentir nada, ni siquiera odio. Todo me es indiferente. Llegaré hasta no sentir dolor siquiera.

 

- No me gusta oírte hablar así. Tienes que distraerte, pensar en algo agradable… ¿Te gusta la música? …

 

- Psé …  Hace ruido.  Me molesta el ruido…  ¡Aquí hay tanto ya de por sí! … Y te aseguro que no dista mucho de la música moderna.

 

- ¿Te gustaría que te trajera un libro para leer?

 

- No puedo leer. No veo lo suficiente de cerca. No distingo las letras…

 

- Necesitas gafas…

 

- Quizá.

 

- Tendría que verte un oculista.

 

- ¿¡Aquí!?

 

- ¡Sí! … ¿Por qué no?

 

- Porque es mejor que los locos no lean, incrementaría su locura… ¿No comprendes? …

 

- ¿Qué lástima que tenga que irme! … Vendría y te leería libros.

 

- ¿Tienes que irte? … ¿Por qué? …

 

- Por la guerra.

 

- ¡¿La guerra?! …

 

- ¿Es que no sabes?

 

- Yo sólo sé que estoy encerrada en este manicomio sin poder comunicarme con el mundo exterior, y que nunca volveré a ver la luz del sol. ¿Y saber por qué? … Porque hay personas que me temen, que temen mi maestría. Les horroriza la perspectiva de que mi creatividad les haga sombra… Por eso quieren que me pudra aquí… ¡Mira esas manos! … A esas manos que hacían maravillas, ya no las dejan tocar nada; cuidan de que no puedan encontrar material para trabajar; hacen el vacío en su derredor. ¡Las han inmovilizado para siempre! … También han callado mi voz. No quieren oírme: unos muros espesos aíslan mi queja del oído del pueblo…

 

Puedes  decirles  que  ya  no  tienen  por qué temerme;  que  me  he envejecido,  que ya no tengo ganas de luchar;  que sólo pido libertad para respirar aire puro, para descansar de los tratamientos que nos dan aquí. ¡¡Son horribles!! … ¿Sabes?, nos meten en agua hirviente durante horas … para calmar los nervios, dicen. … El que entra aquí sano se vuelve loco, te lo aseguro… Terminaré por sucumbir, yo también…

 

Afectivamente, me he quedado completamente sola. Mi padre me quería, pero murió. Mi madre siempre me ha odiado por haber nacido hembra y estar viva. Cómo si yo tuviera la culpa de que su primer hijo, varón como deseaba, muriera al nacer. … Mi hermana, Louise, está casada; tiene su vida, es normal que se olvide de la mía. … Y mi hermano Paul, que antes me adoraba, ha matado su amor a fuerza de versos, y se convirtió al catolicismo. Le perdono. Sufría demasiado. Espero que habrá podido olvidarme, que habrá encontrado la paz. … Pero a Rodin, no le perdono. ¡No puedo perdonarle! Es demasiado el daño que me ha hecho y que me sigue haciendo: adueñándose de mis sentimientos y de mi trabajo; y no queriendo reconocerlo por miedo al “qué dirán”, a que se empañe la imagen que el mundo tiene de él. Aceptó que me encerraran para que él pudiera relucir bajo el sol. Y no sólo consintió a que me perdiera en las tinieblas, sino que estoy segura de que se sirvió de mis circunstancias para manipular los hechos y volverlo todo en contra mía. Las presuntas pruebas de mi demencia, las habrá aportado él.

 

- Él también sufre.

 

- No se merece piedad. Sólo tiene lo que se ha buscado y lo que sigue buscando. Él tiene la llave de mi martirio. Puede abrir si quiere, y dejarme salir. Pero no lo hará, porque le duele mucho más un pequeño rasguño en su orgullo, que mi sufrimiento.

 

Vuelve el celador para decirme que el tiempo de visita ha terminado y que, por lo tanto, tengo que irme.

 

Mientras el hombre me está hablando, Camille, con gesto nervioso y procurando no ser vista, trata de meterme algo en el bolsillo. Llaman al enfermero que nos deja solos, momento que aprovecha mi amiga para explicarme:

 

- Es de Paul, de mi hermano, Léelo, y devuélvemelo luego, porque es mi única compañía… Verás como él cree en Dios.

 

- ¡Pero Camille … ¡te olvidas que me voy mañana!

 

- Entonces no importa. ¡Guárdalo! … De todos modos, lo tengo escrito en mi memoria. … Además, contigo estará más seguro que conmigo. Aquí, me lo podrían quitar. … A partir de ahora, cuando piense en mi hermano me acordaré de ti, de tu visita, y me sentiré menos sola.

 

Vuelve a aparecer el celador insistiendo en que no puedo quedarme ni un minuto más. Me voy casi corriendo porque noto que las lágrimas me están subiendo a los ojos, y no quiero que nadie se aperciba de ello.

 

Luego, al llegar a mi habitación, saco la hoja de mi bolsillo y me dispongo a leerla. Se nota que ha permanecido plegada durante largo tiempo. Seguramente lo guardaría en un lugar más íntimo que su bolsillo, en los momentos de peligro; y, al igual que Camille, el papel fue perdiendo de su tersura: tiene arrugas y algunos caracteres aparecen borrosos. Sin embargo, la letra está escrita con una tinta negra bastante consistente, lo que facilita la lectura. La escritura muy fina y muy pequeña está ligeramente inclinada hacia la derecha. Me cuesta descifrar algunas palabras por haber sido tachadas o sobrescritas. Una vez que tengo el texto muy claro en cuanto a su lectura y significado, lo traduzco al castellano para poder enseñarlo y comentarlo con otros poetas, en España. Lo encuentro hermoso y … ¡tan tremendamente triste! …

 

En gustos, la gama es muy extensa; por lo tanto, y en el próximo número de AIR, os transcribiré el poema en Español y así podréis apreciar su valor según vuestro propio criterio.

 

Mariette Cirerol

 

Los Cuadernos de Manuel fueron publicados integralmente, en su versión española, en la revista    Espiral de las Artes  de Madrid.

 

Debido a un problema informático, la cuarta parte del cuaderno cuarto, se perdió en su forma electrónica

 

aquí tienen la continuación, lo que aparece en AIR 17