Pintor y poeta de hoy en Santa Cruz de Tenerife, Canarias, España

Dimas Coello

 

Recuerdo que en casa de mi abuela materna, María la de Perico Morro, tenía por costumbre cuando salía al campo, traer para el pequeño de la casa, algún regalito: una breva pintona, un higo pico, unas almendras... cualquier detalle, que ella llamaba: “Pajarito”. Así me decía:

 

- ¡Voy a salir en busca de algún pajarito!

 

Y al regresar me recordaba:

 

- La Virgen de Candelaria me lo ha puesto en la mano, después de mucho buscar.

 

Y yo, con pocos años, me agarraba a su faldiquera para que me enseñara el milagro de la naturaleza.

 

Hoy vivo su memoria, con el silencio del muerto. Un silencio, que me sirvió para amar a la Virgen de Candelaria, desde lo alto del Valle.

 

La vivienda de mis abuelos estaba por arriba de la plaza de Igueste, a la orilla de un empedrado camino que, pendiente, lo cruzaban varias atarjeas. Un sótano y una parte alta o “casa” – como la llamaban – que servía a veces de dormitorio. Los cimientos, una gran roca pegada al barranquillo. Allí, en aquel morro, con horno y panadería, una pequeña torta de cemento a modo de terraza, ayuda al desahogo de la vivienda, que unía a otra gran piedra esquinera al sótano, que a modo de apoyo servía de descansadero.

 

Desde este minarete, o mejor, desde los bancos de cemento de la plaza, y mirando hacia la orillita del mar, mi abuela me enseñó a amar a la Virgen y a soñar con el azul del mar. Y lo hacía, no hablando de milagros del cielo, sino de los milagros para vivir en la tierra: la pobreza del pescador; el ir a faenar muerto de hambre; la manera de usar el chinchorro; el bogar y bogar para coger dos pescaditos; de la maresía; de las enfermedades; de los secadores de viejas ; de los mechones ; de cómo enganchar una morena ; de

 

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ver un calcáreo soleado en las casas de puertas verdes... ¿Y tantas cosas! Que ya desde el primer momento, en cualquier rincón del Municipio, desde el mar hasta la cumbre, estaba presente la Virgen de Candelaria; porque mi abuela lo llevaba con espíritu en un siseo interminable, más allá de la mirada. Me recordaba que no hacía falta estar dentro del Viejo Convento, para estar con Ella:

 

- Hace tiempo que no bajo. Ahora, hablar con la Virgen, eso lo hago todos los días, en un gesto, un recuerdo o un suspiro.

 

Es, cuando el salitre se une al incienso para hacerse escarcha de una imagen junto a los pinos del monte.

Una brisa, que es horizonte, en polen de sentimientos.

 

 

 

 

La virgen de Candelaria y el Valle sagrado de Igueste con las tumbas funerarias guanches

 

De su libro: MÁS ALLÁ DE LA MIRADA. ( pregón) – 2003