Poeta de hoy en Buenos Aires, Argentina

Fernando Sánchez Zinny

 

Fábula del arco iris

 

Hay un amor en el que la angustia es como fruta madura, en el que las bocas se buscan y se encuentran, y los cuerpos se cubren de resplandor cenital. La mujer se deshace de enredaderas y hojarascas, de velos y de sortijas y el joven se arquea desesperado hasta que al fin resbala hacia el extremo del mundo, en tanto los gemidos arrullan el presagio del hijo. Este amor se llama amor de pasión, y su color es un rojo furia que destiñe la blancura de la amada, cuando él macera sobre las colinas adoradas mil pétalos de rosas, arrojados allí por un dios ansioso.

 

Hay otro amor en el que los sentimientos se miran como amigos entrañables, en el que las bocas se buscan y se unen, pero ya en su unión hay siempre algo de mero roce y a los besos se les adhiere la melancolía que da sabor a los años. Los cuerpos acuden ceñidos por infinita ternura y las caricias apaciguan la desolación que está al acecho. El poeta murmura versos de oro y de marfil y ella ríe, más allá y más acá de la congoja. Este amor se llama amor del espíritu y su color es el azul, pese a que no hay flores azules. Las flores de ese día son las que el poeta pone en las manos de la mujer: claveles blancos que le ha dado un dios distante.

 

Pero hay todavía otro amor, aunque no lo creas. En él las bocas ignoran el beso y los cuerpos son sombras de otras sombras que tampoco se amaron. No hay suspiros ni palabras que aspiren a la dicha ni promesas que puedan ser traicionadas. No hay más que la mirada convertida en destino y alguna amistad anudada mientras comparten la comida, que es el último resumen de lo humano. Este amor se

 

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llama, amor de ágape, y ha sido ensalzado por filósofos y por otros sobrevivientes. Frutece en un mediodía en el que por el ventanal entra un sol maravilloso y débil, rico en reflejos y sugestiones. Por eso su color es el amarillo, con lo que se vienen a completar en las dulces sienes de la mujer el augural entramado del arco iris, ilusión que sale con el sol cuando ha dejado de llover y la vida recomienza y el anciano se despide tras haber dejado sobre la mesa un pequeño ramo de fresas traídas desde un barrio.

En verdad que nadie sabe si es verdaderamente amor, pero se le parece, en todo caso. Por ejemplo, en la soledad. Y también en la llorosa alegría que lo acompaña. Finalmente, se le parece en que el anciano – igual que ambicionaron el joven y el poeta – sólo ha deseado el bien para su amiga silenciosa, y por eso quiso adornarla con el arco iris como una corona de gloria, postrer regalo antes de partir, remota hermosura inalcanzable.

 

De su libro: El azar cotidiano

 

 

 

Una pareja japonesa de edad indefinida, gozando de la hermosura de la naturaleza.

Fue en Nara, Japón, visitaban el templo por primera vez en su vida (si no me equivoco, en este templo se encuentra el Buda más grande de Japón).

Y también por primera vez en su vida, hablaban con una persona extranjera.

Francamente, no me acuerdo como lo hicimos, por gestos y por intervención de algún traductor benévolo, supongo.

Me lo contó su hija, que escribe muy bien el inglés, al darme las gracias por mandarles la foto.

Mariette