Poeta de hoy en Maputo, Mozambique

Florindo Mudender

 

He enaltecido la fragancia de una hierba y la frescura del agua.

He anhelado el agua y la he poseído.

He visto apretarse los párpados en el instante previo a que determinada cosa ocurriera.

He evocado una lengua ya muerta de la que sin embargo perduran aisladas y memorables sentencias.

He mirado de soslayos un rojo ocaso.

He tensado el arco y disparado repetidamente la misma flecha.

He dormido en las inmediaciones de una mujer.

He evocado la fragancia de una flor amarilla, los bordes de una silueta y tu nombre, Paola.

He tenido las dos caras de una moneda.

He desatado parcialmente el nudo.

He buscado no el centro sino las inmediaciones de determinadas cosas.

He evocado la casa baja con ventanas de rejas, el paso del agua por la garganta; y los anillos del humo que sube de la pira.

He apretado con firmeza los párpados y anhelado el sueño, y he anhelado desesperadamente, no la luz, sino la azul y tenue claridad del alba mientras crecía en mí la incertidumbre del paso del tiempo.

He evocado determinadas cosas indescifrables: un lento ocaso y la luz marcada por la sombra de las celosías; la apacible espera del último ocaso; las madejas de lianas, los grandes helechos y su fragancia; y el lago que es el espejo donde nunca se vio reflejado tu rostro

He evocado el Zambezi fecundo y ancho en el indescifrable instante en que entra en el mar.

He evocado no la muerte sino la copa de la cicuta. Me aterra no el ocaso irredimible ni el báculo temerario sino una mano que se ablanda y se aparta de la mía