Escritor de hoy en Málaga, España

Juan E. Luengo

 

 

El zángano y la flor

 

Capítulo 3

 

 

Manifestó su conformidad el visitante, diciendo:

 

- Bueno, de acuerdo. Pero antes te ruego que aclares algo que me tiene profundamente intrigado y que, hasta que lo conozca, no me dejará ordenar debidamente mis ideas.... Dime: ¿Cómo has podido llegar a esta altura, si tú no eres flor del árbol?

 

- Te contestaré; pero al hacerlo tendré que presentarme y hablarte, antes de lo que deseaba, de mis pequeños secretos, de mi única aventura – respondió la flor, resignada –. Era yo una flor como las demás de mi especie – prosiguió –, casi sin solución de continuidad, procedente de una planta que se cría al pie de este árbol. El lugar donde nací es umbrío, y fue mi mala situación y mi deseo de gozar de la luz, lo que motivó que me apoyara en el tronco y mi tallo se hiciera más y más largo y me empujara hacia arriba. ... A medida que iba ascendiendo, se debilitaba el cordón que me une a la tierra... se hacía más delgado; pero, trepando por la corteza de este gigante, he conseguido llegar a la luz y, como me ha constado mucho alcanzar mi objetivo, la alegría que tengo es mayor que la de mis hermanas, con las que me comunico, pues no en balde estamos unidas por el mismo anclaje a la tierra y nos nutrimos del mismo alimento y nos acechan los mismos peligros... Sé que soy una flor rara – prosiguió –, diferente, quizá mutante me digo a veces; pero lo cierto es que poco mérito o culpa puedo tener por ser así; pues, si nací donde lo hice y en mí estaba el deseo de la luz, el resultado que he obtenido es lógico; y, como consecuencia, al respirar un aire más puro, no faltarme la luz y ver desde aquí muchas más cosas con una perspectiva diferente, he conocido lo que mis hermanas no verán jamás. He vivido la soledad de las alturas; pero nací al ras del suelo, y, por ello, comprendo a cuantos seres existen, desde el cardo hasta el águila.

 

Eres romántica – dijo el zángano, aprovechando una pausa que interpretó como el final de la presentación de la flor –. En tu relato hay mucha poesía; pero en la naturaleza no se da: en ella todo es realidad concreta – criticó.

 

- Llevas razón: en muy pocas ocasiones se da la poesía y sólo en seres extraordinarios. Observa que la poesía es amor, o sea, identificación con alguien, sublimación, estremecimiento del alma, y sólo la gozan los seres a quienes les sobra algo, es decir, los humildes y los sabios auténticos, que siempre se dan a los demás. La poesía es todo lo contrario de la soberbia, que distancia constantemente al ser, de cuanto conoce y le rodea... Dime – continuó – ¿Crees que puede haber alguien que, tras una meditación auténtica, se sienta egoísta?

 

 

 

 

 

Continuará en el próximo número