Mariette Cirerol

 

Los Cuadernos de Manuel

 

Cuaderno 5 - Capítulo 1

 

Vuelta a España

 

 

Ya estoy otra vez en Madrid, con un calor espantoso y un lío enorme en la cabeza. Hay muchas cosas que me lastiman y la guerra me abruma. El camino que me he labrado, a duras penas, se ve cortado; y no sé por dónde tirar. Necesito descansar de tanto quebradero, de tanto tormento, pero no puedo. Me urge trabajar porque, económicamente, mis padres y mis hermanos dependen de mí. Espero que Germán encuentre pronto donde colocarse... ¡Lástima que no haya podido permanecer más tiempo en París! ... La vida suele resultar diferente de cómo la soñamos, y ¡mucho más complicada! ... Hay que aprender a salvar lo positivo en cada etapa, resaltarlo y cultivarlo para que nos sirva de empuje en la siguiente. No resulta nada fácil porque lo bueno suele acurrucarse en la sombra y hay que buscarlo insistentemente. El desaliento nos invade a menudo... Lo que más me duele, ahora, es volver a caer de bruces en la zarzuela, después de haberla esquivado durante tanto tiempo. Más que nunca, tengo que librarme de sus garras. Necesito mucha concentración para no dejarme influenciar por ella a pesar de que ofrece un camino más fácil para sostener mi familia. Sé que para que mi música perdure, tengo que crear mi propio estilo. La casa de mis padres no es lo ideal para ello porque siempre hay algo que me distrae. Busco y encuentro un refugio en el número 24 de la calle Ponzano. Sin embargo, tampoco allí me es posible conseguir el aislamiento requerido, puesto que el estado de mi economía me obliga a dar clases.

 

Hoy me he levantado con dolor de cabeza. Aún sufro del cambio de clima y a menudo tengo la impresión de seguir viajando en el tren. Siento como si el suelo se moviera bajo mis pies y, de noche, cuando consigo conciliar el sueño, me despierto asustado por el estampido de los bombardeos. Cuando sueño, oigo los gritos de desamparo de mis amigos agonizando en las zanjas; de mis amigos que me piden agua. Los aviones pasan por encima de mi cabeza con un zumbido atronador que me levanta de la cama. Ya no puedo dormirme y enciendo la luz. Veo mosquitos en el techo, en las paredes y rondándome la cabeza con su cante execrable... ¡Horrible, horrible, horrible!.. ¿Cómo voy a componer si me muero de sueño, de cansancio y de asco?... No soporto el insecticida. Riego la cama con lavanda, que refresca y no daña.... Con la fragancia, se relaja mi cuerpo, se apacigua mi cerebro, y se crea virtualmente para mí un lecho de flores, donde por fin puedo descansar sin trauma durante unos minutos.

 

También me preocupa mi hermano. Lo veo triste y hasta depresivo, como si nuestra huida precipitada de París le hubiera afectado todavía más que a mí. Cuando decido ir en su busca para hablar con él, llaman a la puerta. Me apresuro a abrir y ...

 

- ¡Germán! ¡Eres tú! Iba justamente a salir en tu busca.

 

- Parece que la telepatía funciona: ¡aquí me tienes!... ¡Qué fresquito se está aquí! ... Has sabido elegir tu guarida... Fuera, hace un calor que mata. Y en casa, no se está mucho mejor... ¿Por qué querías verme? ¿Algo te preocupa? ...

 

- ¡Muchas cosas! Sin embargo, en este momento estoy inquieto por ti.

 

- ¡Cómo! ... ¡Por mí! ... – se exclama asombradísimo.

 

- ¡Sí ... Por ti! ... Hay algo que te atormenta y me lo escondes. ¡No me lo niegues! ... ¡Me duele que no confíes en mí!...

 

- ¿Qué te induce a pensar que tengo problemas?

 

- Tu cara. ¿Te has mirado al espejo? ... ¡Anda! Allí hay uno. ¡Mírate!

 

- ¡Qué blanco estoy! ... ¡Como si no me hubiera dado la luz del sol en toda mi vida! ... ¡Y qué ojeras más pronunciadas! ... ¡Cómo si no hubiera dormido nunca! .... Pero no me extraña …

 

- Con que no te extraña, ¡eh! ... ¿Qué es lo que te pasa? ... ¿Me lo vas a decir? ...

 

- ¡Claro que sí! ... Pero antes, tienes que prometerme que no te vas a burlar de mí.

 

- ¿Es que ocurrió alguna vez?...

 

- No, pero quizás esta vez haya de qué. La verdad es que ni yo mismo comprendo cómo algo tan natural pueda afectarme tanto.

 

- ¡Vamos, no des tantos rodeos!... ¡Dilo de una vez!... Para ayudarte, tengo que saberlo.

 

- ¡Júrame que no te vas a reír!

 

- Yo no juro nunca, lo sabes, mis creencias me lo prohíben. Pero te lo puedo prometer. Yo no me río nunca de nadie.

 

- Me he enamorado...

 

- ¿Y esto es tan terrible?

 

- Me he enamorado en París...

 

- ¡Ah! ... ¿De una francesa?

 

- ¡No, peor, de una suramericana!.... Y tuvo que regresar a su tierra....

A su tierra que está mucho más lejos que Francia... ¿Lo comprendes ahora? .... ¡¡Maldita guerra!!

 

- Considéralo una suerte. Allí, por lo menos, estará a salvo. ¡Mucho peor sería que se hubiera quedado en París! ...

 

- Tienes razón. Debería estar contento y estoy triste. No puedo remediarlo. Tengo la impresión de que nunca la volveré a ver ... y ... ¡la necesito! ... Sin ella, no me interesa nada.

 

- No dramatices. ... Las cosas buenas no se consiguen fácilmente... ¿Cómo se llama? ¿La conozco yo? ...

 

- Creo que sí. Tienes que haberla visto en casa del tío Pedro. Es parienta lejana suya. Se llama María Luisa López de Montalbán.

 

- ¡María Luisa López de Montalbán, ... bonito nombre! ... Sé quien es ... Parece buena chica y pertenece a una familia impecable. Tienes mi aprobación. ... Y no te preocupes que todo andará bien. Rezaré por ti.

 

- Ya lo sé que rezarás por mí, pero me va a servir de muy poco.

 

- ¡No blasfemes!

 

- Eso no es blasfemar. ¿O, es que tú no crees que Dios tiene cosas mucho más importantes que hacer, que reunir a un par de enamorados?

 

- ¡Dios te ayudará, no lo dudes! ... Pero tienes que poner un poco de tu parte, alegrando esa cara que parece un funerario. ... No eres el único que tiene problemas.

 

- ¡Desgraciadamente, no! ... Me voy a pintar una sonrisa, pero no es fácil, ¿sabes? ...

 

Se pone delante del espejo y esboza una mueca que quiere ser una sonrisa. Da ganas de llorar. Para consolarlo, le doy una palmadita sobre la espalda y le confieso que yo también, me he desesperado a veces, y que él me ayudó a sobreponerme; que ahora me tocaba a mí; que éramos unos hermanos muy unidos y que siempre contamos el uno con el otro cuando surgen las dificultades; que siendo dos, más Dios que está en cada uno de nosotros, todo resulta más fácil....

 

Lo que no le dije, es que le envidiaba, porque él, al menos, abrigaba esperanzas.

 

 

 

Al llegar a Madrid, fui en busca de María, de mi musa, de María Prieto Ledesma; ... y me dijeron que se había casado. ...

 

Sabía que podía ocurrir y hasta en cierto modo lo tenía asumido.... Mas me sentí aplastado, anonadado, como borrado de la vida de un zarpazo.... Soy muy cobarde en asuntos sentimentales: nunca me atreví a hablarle por temer que se burlara de mí, y esto, no habría podido soportarlo... Dios ha castigado mi orgullo ... No me lo perdonaré nunca! ...

 

Mariette Cirerol

Continuará en el próximo número

 

 

 

Manuel de Falla: leyendo

en los alrededores de la Residencia de Estudiantes de Madrid

 

 

 

71