Escritora y poeta de hoy en Viña del Mar, Chile

Luz Lüderitz

 

 

La lámpara consciente

 

 

SU VIDA EMPEZABA cada día al oscurecer. Siempre que estuviese en casa su dueña para encenderla, su forma de jarrón sin asa sobre un soporte de tejida madera café, hermoseaba su pantalla de cartulina blanca, imitando un fino panal de abejas, ancha, alta y tubular.

 

Se estremecía levemente al menor movimiento y daba un reflejo desde la pared hasta el cielo raso, en forma de claro copón. Era importante, paciente, simple, puesta sobre una mesita redonda, no muy baja, llegaba casi hasta la mitad de la altura del salón.

 

A su lado, junto al pedestal había unos discos de tapas con lindos dibujos en colores, y un florero de plata con una rama verde, hojas que se apoyaban vivas sobre su cuerpo liso, besando siempre renovadas la suave curva de su cuello. Estaba feliz en esta compañía. Al lado derecho, desde un mueble tocadiscos, le llegaban las ondas de una variada música, a veces clásica, otras bailables, y esto impregnaba su apacible estar. Sobre este mismo mueble distinguía el televisor. Al lado izquierdo quedaba uno de los sillones confortables y arriba colgaba un cuadro estilo romántico hecho a plumilla en blanco y negro mostrando a una joven pareja primitiva que, abrazados, huían de una tormenta.

 

Ese rincón era todo su mundo. Un poco más allá captaba la ventana, otros cuadros, dos sillones, un espejo de macizo marco dorado, una estufa corriente y un suelo floreado por la alfombra, parecido al tono suave de la funda de los muebles.

 

Cada vez que se iluminaba se encontraba con una sorpresa. Había pasado ya por grandes cambios, traslados y, hasta un terremoto la apagó por largo tiempo, quedando entre papeles.

 

En general su dueña sabía apreciarla y al quedar sola, pues aunque joven había perdido a toda su familia, la trasladó desde el dormitorio al salón. No comprendía mucho por qué se esmeraba tanto en cuidarla. No era por su valor material, sino más bien que la hallaba linda y nunca quiso compartirla mientras vivía con los demás, para que no la trataran mal y fuera a deteriorarse. Pero, aquel exceso de cuidado era molesto, porque ella había sido hecha para lucirse. Ahora estaba tranquila. Sin embargo, la monotonía de su existencia la hacía sentir como que no cumplía con su verdadera misión, entre un sinnúmero de repeticiones tediosas. Por un lado el televisor. Cada vez escuchaba los mismos avisos. ¿Estaba ella prestando su luz para ver aquello? ... ¿Por qué recalcaban tanto sobre un producto? ¿Era eso tan vital como para obligar a oírlo una y otra vez interminablemente? ... Después de grandes demoras daban el noticiero y aunque parecieran primicias, igualmente eran acontecimientos repetidos que sucedían en diferentes partes del mundo, o locales, demostrando en el fondo una causa única que los motivaba: el conflicto; ya fuera en política, deporte o en el arte. ¿Es que no podía dejar de haber conflicto? Las películas le parecían más entretenidas y lograban distraerla a ratos, pero, los temas giraban alrededor de lo mismo: crímenes, robos, engaños, peligros, descubrimientos al fin que daban alguna solución para terminar los programas. Sí. Había un afán de repetir.

 

Cuando la señora por último decidía irse a la cama, era un descanso. Sentía entonces demorada su presencia y esperaba algo más de su imaginación, pero la oía alejarse y volver y esto también se repetía una y otra vez, hasta que se sentaba en el sillón y con lo que ella llamaba un rosario, de bellas cuentas de cristal de roca, decía las mismas palabras muchas veces, tocando con sus dedos brillo por brillo, hasta llegar al crucifijo. Esto por lo menos era más misterioso y las frases daban a entender algo concreto: era un pedir y pedir, y como luego de eso la apagaba, nunca podía saber el resultado.

 

No iban muy a menudo visitas, sólo algunas personas llegaban, no sabía mucho a qué. ¡Cuánta vaguedad! Sí, podía darse cuenta que faltaba afecto, ¿o es que ella estaba mal acostumbrada? No concebía trato que no fuera el que su ama le dispensaba: el sitio principal, dedicación, reconocimiento, cuidado e interés. De las personas que habían sido tocadas por su luz, ninguna tenía estas características hacia su dueña, que a su vez, no quería saber nada de tratos indiferentes y se ponía media seca en aquellas ocasiones, lo que ayudaba a que no volvieran demasiado pronto.

 

Ahora había llegado alguien. Era un hombre lleno de curiosidad e inquietud. Lo alumbró con agrado mientras él esperaba, y vio en sus ojos algo especial, muy bello: una lucecita, hundida como un barco en la tempestad, mágicamente sostenida por una heroica y amable gratitud. ¡Eso sí que era algo fuera de lo común!

 

Juntos aguardaron que volviera su dueña, quien andaba en la cocina, y como demorara, sentado en el sillón el hombre buscó en su bolsillo sacando una nota mientras todo parecía estar en suspenso. Acercándose luego, casi hasta rozar su pantalla, la interesante cabeza, agachada leyó quedamente un trozo escrito con recia y buena letra:

 

Hoy te conocí, ¡te encontré!

luego de larga rebeldía

en huraña soledad perdía,

ruego merecí y tu claridad amé.

 

Su voz y aliento acariciaban sus formas igual que volutas de aire tibio. ¿Sería lo que llamaban un poeta? La rama de su cuello se desprendió desmayada hasta las manos de él, quien a su vez sentía que aumentaba un tanto la intensidad de la luz cual si hubiera ocurrido un golpe de corriente. Coincidencia. Ella se realizaba en su deber, él se llenaba de contento. Y cuando estremecida destellaba en esos cabellos, llegó sonriente su propietaria con una bandeja donde humeaban dos olorosas tazas de café, y pasteles en un plato del mismo albor que ella: Porcelana blanca, pura.

 

Luz Lüderitz

de su libro: Relatos Ingénuos

 

 

 

Ilustración que figura en la portada del libro

 

 

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