Poeta de hoy en Buenos Aires, Argentina

Nélida Pessagno

 

 

A mi padre

 

Es triste envejecer, padre querido.

Se aprende poco, sólo un poco,

es a golpes de puño que comprendo esta noche.

¿Cómo enseñarle a un hijo, tan ahito de vida?

No pude yo entenderlo ni aún cuando te veía

delgado como un junco y tu pelo tan blanco.

Ser hijo es ignorancia.

¡Mira cuán largo tiempo se precisa!

La vida entera ... y ni siquiera eso.

Ver como desde lejos, desde lo alto, la propia vida

como un cromo, como si fuera de otro,

equipada tan sólo con los vientos del alma,

atravesando con un candil exiguo

el muro de las sombras y tanteando en el aire.

Confusa como un ciego.

Y querer no ser carne,

y tirar las palabras como piedras desnudas,

como heridas sangrientas.

Padre ... mis latidos arrojan sus mariposas moribundas

por tu herida de hombre

y mi sangre y mis huesos tejen el hilo de tu vida con la mía.

Te digo que yo también me marcho poco a poco,

guardando mis secretos.

¡Yo te amé tanto, padre!

Acaso lo supiste,

amé tus bellas manos, jóvenes hasta el día final,

en que tan pálidas se cruzaban inmóviles

sobre tu inmóvil pecho,

olvidadas de tu guitarra sensitiva.

Tú me las dabas, padre, a la hora del sueño,

ante la dictadura ciega de los astros

y doblegar al miedo y a las sombras.

Me lanzabas, a veces, tu juicio riguroso y airado

casi no te quería –

Se me doblaba el alma alzada en rebeldía.

Yo moría trozada entre las piezas de tu decorado.

Muy fuerte, muy pesante, tu armadura.

Tú eras el sol que quema armando cada día de mi infancia.

Hubo penas, dudas cruciales, rupturas inviolables,

caminando sin tregua y sin espacio, demasiado saber,

buscando la inocencia.

Pero padre ... te amaba.

Te recuerdo en los pasos de largas caminatas por la arena,

en los juegos sencillos, en saltar a la soga,

en el bordear los lagos de Palermo.

Y tus manos de siempre que me soltaban en la puerta

de mi antiguo colegio.

Así entraba a la vida – o lo creía –

También había otras cosas,

tus sendas misteriosas que dolían,

cosas incomprensibles.

A veces, lo confieso, te temía.

Mi rebelión sonaba con toques de amargura,

porque la historia nuestra – también la de los otros –

es una larga ofensa soterrada.

La vida toda es una cierta ofensa.

La conclusión antes que las premisas –

Arrojo hacia el abismo, ésta, mi negación desesperada.

Sí, la rebelión de la razón es la locura.

¡Cuánto te amaba, padre!

Por ti, que cada noche me traías un libro

concebí un sueño loco: la palabra era mía.

Tus libros y tus manos, esa caricia azul caía sobre mi pelo

y sobre mi alma,

con las evocaciones de tu tierra, la natal anhelada.

Y tu infancia tan dura, la casa abandonada

del Padul granadino y tu Sierra Nevada,

las cabras y los frutos que endulzaban tu boca desde lejos.

Y Rosalía, mi abuela, delgada como un mimbre

soñando con el hijo.

Ahora me doy cuenta, ahora, que ya descansas

bajo el peso de metros de esta tierra,

que no he sabido nada, padre mío.

Con lo poco de niña que me queda

sólo sé que te amaba y que me amabas.

 

Nélida Pessagno

 

 

                                                                                                                  sorteando escollos,                

                                                                                                                             mutando, creando ...

                                                                                                                                           moldea la vida

                                                                                                                                                      su eterno camino

 

                                                                                               Mariette