Escritor y poeta de hoy en Málaga

Antonio-S. Urbaneja Fernández

 

Frasquito y el crucero

 

A las explosiones sentimentales de desahogo, en tiempos malos o de crisis, bien se les pueden llamar confesiones que son precisas cuando nos entristecen las dolorosas fatalidades de la vida. Jeremías se lamentaba al Señor, pidiéndole “que no le hiciera temblar en ellas, pues eran su refugio cuando llegaba la desgracia”. También se lo pediría Frasquito, ante su inesperada viudez que transformó la vida de aquel alhaurino quizás descendiente del que contaban que asombró al propio Colón, al encontrarse con él en la bautizada isla San Salvador, vendiendo ajos. Él también era decidido y aventurero, hombre de negocios, un auténtico busca vidas como lo eran sus paisanos tan dignos de tal historia. Sin embargo cambió su carácter haciéndose solitario, retraído, negándose a la sana comunicación con los demás. Como hombre educado, que siempre lo fue, nunca negó esos habituales saludos de los buenos días y de las buenas tardes a sus conocidos, sin permitirles siquiera un corto comentario de ánimo y buena disposición, evitando esa tan necesaria comunicación que precisa el ser humano para su completo desarrollo personal. Había dejado de ser sociable y carecía de ese amigo que casi siempre nos acompaña y con el que no es obligada la conversación porque todo lo sabe y con su compañía basta. Es decir, apenas abandonaba su domicilio se colocaba su careta o máscara, resguardando su quizás antiguo y solapado ego confiado y feliz que le permitió la dicha de la saludable convivencia. Intenté explicarlo en unos versos:

 

Crecer como persona

es cosa sana

que las taras asoman

muy descaradas

y te enmascaran

con sus propios reflejos

de forma rara

estando lejos

de quien te ampara

con sus consejos

 

Quiero decir con esto que los amigos te descubren y analizan, siempre que exista una auténtica comunicación llena de sinceridad, de verdad, que es el principio de la responsable convivencia. Lo peor es que no nos agrade como somos o como hemos cambiado, que es lo que realmente tenemos:

 

Si no te gusta como soy

es lo que tengo, es como voy,

con toda mi mentira

que es lo que asoma y lo que miran.

 

Pero Dios ayudó a Frasquito como apoyó la sinceridad de Jeremías y alguien, no sé quien, convenció a nuestro hombre de que se uniera a la vorágine del crucero, que era como la plaza de un pueblo navegando. Era una multitud apiñada en un reducido espacio que favorecía la citada convivencia, el buen humor y el intercambio de pareceres, una feliz convivencia con la casi segura posibilidad de congeniar con otros solitarios afanosos por confesar agravios, pesares y contratiempos.

 

En aquellos diez días el mismo Frasquito se sorprendió con las largas conversaciones que mantuvo con una señora inglesa que chapurreaba el español, a la que entendía perfectamente aunque, discurriendo a su manera, se convenció que él habló muchísimo más que ella que sólo asentía y le miraba a los ojos, asombrada de tanta sinceridad.

 

Comentan en el pueblo que él afirma que nunca había realizado un viaje tan corto. ...

 

Con mi admiración a Mariette

Antonio-S. Urbaneja