E D I T O R I A L

 

 

Empiezo. Hoy estamos a 3 de agosto de 2010.

 

El día primero de junio me di cuenta que una hembra de cernícalo estaba anidando debajo de la ventana de la cocina de mi apartamento, que se encuentra en la décima planta del  edificio que habito. Al día siguiente, me asomé para ver si seguía allí. Al verme, se llevó tan tremendo susto que me prometí dejarla tranquila. Yo no quería que se fuera. Me convenía su vecindad porque ahuyentaba las palomas que me volvían loca con la suciedad que dejaban en el balcón, dándome asco tener que limpiarlo. La cernícala había puesto tres huevos marroncito moteado. Aguanté hasta el día cinco del mismo mes antes de mirar otra vez. Por suerte, la hembra no estaba, pero sí, un huevo más, algo diferente, moteado también, con fondo completamente blanco. Deduje que daría nacimiento a un macho, ya que suelen tener el pelaje más claro. Luego no me ocupé más del nido, tenía otras cosas que hacer.

 

El 30 de junio fui a pasar unos días a la montaña. Volví el 10 de julio. Tanto el viaje de ida como el de vuelta fueron duros, por varias razones. Pero allí, me encontré con una naturaleza magnífica y gente que valió la pena conocer. Estaba en una pequeña aldea del Valais, en Suiza, que se llama: CHIBOZ; donde sólo hay unos pocos chalets y donde casi todos son familia, o, por lo menos, se conocen. Yo me alojé en un albergue de montaña, arriba del todo del pueblecito, en plena naturaleza, a unos 1500 metros. Tuve la suerte de ser la única inquilina en esos días, excepto el último, en que llegó un grupo de gente para pasar la noche. En Chiboz no hay tiendas donde abastecerse, pero sí, un restaurante de renombre internacional por su buena cocina; sobre todo, en otoño, temporada de caza, donde sirven el producto de la cacería, reces recién abatidas a casi tres mil metros de altitud, donde los dueños tienen una cabaña  y  donde  suelen  ir  para cazar gamuzas.   Si quieren ser

 

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atendidos durante esa temporada, tienen que reservar mesa con uno o dos años de antelación. Cuando iba yo a comer,  una vez al día, me maravillaba ver que siempre estaba lleno, a pesar de su difícil acceso, a 1350 metros de altura, donde no llega ningún transporte público. Está abierto de mayo a noviembre. Luego el acceso al lugar está vetado por las avalanchas. Hay una que baja cada año, como un río. Y, de hecho, es un torrente, un torrente que en vez de agua trajina  nieve. Al pasar cerca, subiendo hacia el Nido del Águila (así se llama el albergue), todavía pude ver como una pared de nieve gris, sucia, jalonaba el camino.

 

Cerca de CHIBOZ, a unos 1300 metros, en otra pendiente de la montaña, existía antaño otra pequeña aldea, ahora desaparecida y vestida de leyenda. (Preciso sin precisar porque no fui a medirlo y me remito a lo que me han dicho y lo que he leído: Chiboz, donde está el “Relais des Chasseurs” (Restaurante de los Cazadores), se encuentra a 1350 metros; El Nido del Águila, a 1500 metros; y Randonnaz,  el pueblo desaparecido, donde ahora pacen las vacas, se ubicaba a 1300 metros de altura.)

 

Un día, mientras estaba comiendo en el restaurante, tuve la suerte y la sorpresa de conocer a uno de los últimos sobrevivientes de Randonnaz. Hace unos años, me dijo su hija, que estaba con él, puso sus recuerdos sobre papel, para que su vida en Randonnaz, con lo importante y menos importante, con todo lo que sirva para reavivar la memoria del lugar y de las personas que allí vivieron, permanezca inscrito en la memoria de la historia y de sus descendientes. Este relato lo tengo ahora; me lo mandaron por correo electrónico y lo iré incluyendo en AIR, empezando con este número y hasta que termine.

 

De retorno a mi casa, vi que los cernícalos habían crecido mucho, pero todavía eran feos, desnudos. Deje de mirar por la ventana durante un tiempo y, al apearme de nuevo, ya estaban completamente vestidos con sus plumas moteadas,  empezando

a revolotear por aquí y acullá, hasta que hoy, 3 de agosto, no los

 

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he visto ni oído de todo el día (ya son las 18 horas). A la madre, tampoco. Habrán emprendido el vuelo hasta quién sabe qué lugar lejano.

 

Durante todo el tiempo de la cría, cuando la madre no estaba con ellos o cazando para ellos; se posaba en la punta del tejado de enfrente, desde donde controlaba cuatro calles, para vigilar y proteger a su progenitura. Ningún otro pájaro, sea de su especie o no, se atrevía a acercarse. Mi casa hace esquina y, desde la ventana de mi dormitorio, la veía allí plantada, bajo un sol de infierno, sin moverse, ¿cómo podía soportarlo? El macho tampoco se acercaba. Sólo lo vi, él y otro más, de primavera, cuando el nido todavía no existía. Son más grandes y elegantes que las hembras, tienen unos muslos fuertes y vistosos. De primavera, había muchos cernícalos revoloteando por aquí; luego, sólo la madre y sus pequeños; y, ahora, únicamente se oye el silencio. Se han ido. ¿Volverán el año que viene? ... El año pasado no aparecieron y los eché de menos. Hace dos años, los vi por primera vez. La madre se quedó cuidando a su progenitura a pesar de los albañiles que subían y bajaban a lo largo de la fachada, porque estaban haciendo obra. ¿Se acuerdan? Lo conté en el número 19 de AIR. Tuve que acudir a la policía, porque son especie protegida y había quienes querían matarlos.

 

Miércoles, 4 de agosto de 2010: cielo cubierto, casi negro. Aprovecho para salir de compras por la mañana, bueno, digamos que ya eran las once, muy cerca del mediodía. ¡Gravísimo error! Un bochorno a no poder respirar y a la vuelta, aplastaba el sol con su calor añadido ¡insoportable1 Llegué a casa hecha fuente, derramando sudor a gogo!: gotas gordas, redondas, que rodaban desde mi cabeza hasta el suelo, mojando toda mi vestimenta al pasar. Me eché desnuda sobre la cama, sin fuerza. ¡Menos mal que vivo sola y que nadie esperaba que le preparara y sirviera la comida!...

 

(¡Ruego no mandarme correo certificado. Si por cualquier causa no puedo ir a recogerlo en los días estipulados, lo devuelven  Ya me ha ocurrido dos veces.)                                     

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El grito inconfundible de los cernícalos viene a consolarme: ¡habían dejado el nido pero no se habían ido todavía para no volver! ...

 

 

La madre, en su punto de guardia: desde allí vigila 4 calles.

Mother kestrel  keeping a close watch on four streets.

La mère, en plein soleil, sur son point de garde, surveillant quatre rues.

 

 

Uno de los pequeños se ha emancipado.

One of the babies is definitively out of the nest.

Un des petits s’est émancipé.

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N E W S L E T T E R

 

Hello, how are you. I hope you are fine. Today is August, 3rd, 2010 and I am beginning number 21 of AIR.

 

On the first day of June I noticed that a female kestrel was nesting just at the same place of two years ago (see AIR 19), not very deep under the window of my kitchen. On the next day, I leant out to see whether she was still there; and she was. At seeing me, she flown away so alarmed that I promise myself to retain my impulse and not look again through the window for a long while. I wanted her to remain, because having kestrels around, avoid doves to come; and doves are very dirty, especially the ones who take  my balcony for their home. Cleaning their excrements revolts me.

 

The kestrel laid three eggs and, five days after, when I dared to look again, another was added, but not with a beige background and brown specks, like the first ones. It was white with small beige dotes. I deduced it was a male. Males have a lighter coat. And that was all for the moment. I had other things to do and did not look at them again.

 

The 30th of June, I went to spend some days in the mountain and returned the 10th of July. The voyage, going and returning, was harsh for many reasons. But there, I found all wonderful: nature, people, etc...  It was worth going there, but too short. One day when I was eating at the restaurant, I came across too interesting people: father and daughter.  The father is one of the last survivors (if not the last) of RANDONNAZ, a little village near CHIBOZ that does not exist anymore. Once back home, her daughter sent to me, by e-mail, a memoir written by her father, telling about his living in that village. You will be able to read it on the pages of AIR 21 and following. Where I was staying in those days is in the Valais, in Switzerland,  in a holidays  house,   at  the  upper skirt of Chiboz,   where there is nothing but some private wood houses and a very famous Restaurant.

 

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If you want to eat there in autumn, you have to reserve your table one or two years in advance. The owner is a hunter and each year, at that season, with his friends, he goes still very much higher in the mountain, 2500/3000 meters,  where he has a log cabin and from where they shut chamois and other preys. So, you can know what people go to eat in the RELAIS DES CHASSEURS (that's the name of the Restaurant, easy to find in GOOGLE) in autumn: very fresh wild meat. It is open from May to November. During the winter, the passage is closed. By falling year after year from immemorial time, the snow has dug a bed, like a river that carries snow instead of water. The snow remains in calm during the other three seasons of the year, but when the cold winter comes, it runs down in avalanches and to pass over is highly dangerous and forbidden.

 

In chiboz and the Nid d’Aigle (Eagle Nest) I passed some nice days enjoying the nature, but I had to return home. Still without feathers, the kestrels have grown up. There are only three of them: one is lost. Growing and growing very fast day after day, soon they are now three females completely dressed learning to fly. Today, 3 of august, I didn’t see or hear them. It is already l8 o’clock. Neither I see the mother, who used to pass the whole day on the edge of a roof, in front of my house, from where she is able to have an eye on four streets. No other bird dared to approach. She was there, in the stuffy sun, like a sentry. How could she bare that furnace without melting? My house is on a corner. The windows are looking to a big street, and to a small side one, where the nest is located, with almost no traffic. During the breeding, not even the father of the babies kestrel dared to appear. Once in the spring time, I saw   two male kestrels. They are really very striking, bigger as the females, elegant and imposing. I hope they come again next year. Last one, they didn’t. The first time I saw kestrels so close, was two years ago, during the restoration of the façade of  the  building  where  I  live.   I admired so much the female, taking care of her children in spite of the painters going up and down the edifice. She most have been very afraid, but, for her little ones, she would  gladly  die.  I remember I had to call the police,  because

 

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they are a protected species and some people of the neighbourhood wanted to kill them.

 

Now, we are on the fourth August. The sky is almost black from clouds. We are supporting very stuffy days and I thought I have to go shopping before the sun comes again. It is in the morning; well, almost midday: eleven o’clock.  What a big mistake I am making: once out of my street, where there is quite always a little breeze softening the heat, it is difficult to breathe. I have to go through spots where people are working digging a subway for the underground (poor guys with metal helmets having to work so hard under the burning sun). In my way back home the heavy sunbeams are returned and hit cruelly my head. I arrive in such a state that I have to keep out and tend all my clothes; and lay my body on the bed, because I am unable to do anything else. Happily, I am living alone; otherwise, I had to prepare something for lunch, willing or not. To hope somebody would do that for me is dreaming too much; and I would not like it. I prefer to be on my own and free.

 

The unmistakable cry of the kestrels is sounding around like  music for my ears. They are still here, no more in the nest but not so far away as I feared.

 

 

 

(Don't send me registered mail. It may be returned if I cannot go for it on time.)

    

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É D I T O R I A L

 

Je commence aujourd’hui, 3 août 2010.

 

Lundi, premier juin, je remarque qu' une femelle de faucon est en train de couver dans un recoin de la façade, quelques mètres en dessous de ma cuisine. Le jour suivant, je me penche pour voir si est toujours là. Et bien oui, elle l’est ; et elle a si peur en voyant ma tête la regardant par la fenêtre, qu’elle s’enfuit épouvantée. Je me promets que dorénavant, je vais la laisser tranquille. Je veuxs qu’elle reste. Ça me convient car elle éloigne les pigeons, qui, avec mille pardons, sont des « cochons » déféquant sur mon balcon, le laissant dans un état vraiment révoltant. Nettoyer leurs excréments me donne envie de vomir.

 

Une fois la femelle envolée, je vois dans le nid trois oeufs beige, chinés de taches brunes. Je tiens bon sans regarder jusqu’au samedi suivant, cinq juin. Alors, je me permets de jeter un nouveau coup d'oeil. J'ai de la chance, la mère n’est pas là et il y a un oeuf de plus, pas tout à fait comme les autres. Celui-ci a des taches beiges sur fond blanc. Je suis contente car il peut donner naissance à un mâle qui, normalement, ont un pelage plus clair: tête et poitrine bleu ciel. Et voilà, je ne m'occupe plus du nid. J’ai d’autres choses à faire.

 

Le 30 juin, je me suis envolée, moi aussi, pour passer quelques jours en pleine montagne, à Chiboz, petit hameau qui se trouve en Valais. Autant le voyage d’aller comme celui du retour ont été très pénibles, dû à diverses circonstances adverses du moment. Mais là-haut, j’étais à 1500 mètres, dans une cabane surplombant Chiboz, qui s’appelle le Nid d’Aigle. Pour un nid, il était plutôt grand et je l’ai eu pour moi seule; jusqu’à la dernière nuit, où sont arrivés un groupe de montagnards. À Chiboz, il n’y a que quelques chalets privés et un restaurant renommé  pour  sa  cuisine  champêtre  utilisant les produits du terroir; très spécialement  apprécié  en  automne,   car  le  gibier  que  l'on  y

 

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que l'on y déguste a été fraîchement abattu tout en haut dans la montagne, à plus de 2500/3000 mètres, où les propriétaires du restaurant possèdent une cabane. Leurs proies sont principalement des chamois. Si vous voulez être servi en cette saison-là, il vous faudra réserver au moins une année à l’avance.  Pas de laiterie, pas de boulangerie, si vous êtes en vacances là-bas et vous voulez manger, il faut aller au restaurant ; ou, alors, vous approvisionner dans un village plus bas, dans la vallée. Je descendais au Restaurant une fois par jour et le trouvais toujours plein à craquer. Quand on pense que pour l’atteindre il n’y a aucun transport publique, qu’il faut grimper et grimper sur un étroit chemin de montagne (pendant environ vingt minutes en voiture, à la descente ; et le double ou presque à la monté. Bien que l’on m’a dit qu’il y a un autre accès, plus long mais moins escarpé. Il le faut bien : j’ai vu depuis la fenêtre du Nid, un immense camion transportant des vaches ; même qu’il y en a au moins une qui s’est échappée ; et une dame, munie d’un bâton, lui courrait après dans la forêt pour la faire monter dans le camion).

 

Les habitants de Chiboz sont obligés d’avoir deux domiciles : un dans la vallée du Rhône et l’autre dans la montagne. L’accès au hameau est coupé en hiver à cause des avalanches.

 

Chiboz se trouve à 1350 mètres. Le Nid d’Aigle, à 1500 mètres. Et, sur un autre flanc de la montagne, se trouvait jadis un petit village au nom de Randonnaz, à 1300 mètres d’altitude. Ce village est devenu une légende, mais il a vraiment existé.  Pendant mes courtes vacances, j’ai eu la chance de rencontrer l’un de ses derniers survivants, qui se trouvait, avec sa fille, en train de se rafraîchir à la table qui juxtaposait la mienne, au Relais des Chasseurs. Je ne pouvais m’empêcher d’entendre leur conversation. Ils parlaient de Randonnaz, où le monsieur était né et avait passé une grande partie de sa vie. Je me suis permis de les approcher et de leur demander  s’ils n’aimeraient  pas  me raconter leur histoire et la voir ensuite publiée dans AIR. La dame me dit que son père a écrit un mémoire, il y a quelques années, et qu’elle allait me le faire parvenir. Maintenant je l'ai,

 

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ce mémoire; je l’ai, reçu par e-mail et je vais commencer à le publier dès maintenant, dans ce numéro.

 

De retour à la maison, j’ai vu que les faucons avaient grandi mais n’avaient pas encore de plumes. Le 26 juillet, j’ai réussi à en prendre deux en photo. Le troisième était toujours là, mais il s’était séparé et je n’arrivais pas les prendre tous les trois à la fois. Leur corps est déjà bien habillé et l’on peut dire, sans aucun doute, qu’il s’agit de trois femelles, tout comme il y  a deux ans.

 

Aujourd’hui, trois août, je n’entends pas leurs cris auxquels je m’était si bien habituée. Je me penche à la fenêtre : le nid est vide. De toute la journée, je ne les ai ni entendus ni vus. Et la mère qui faisait tous les jours la garde sur le rebord du toit de la maison d’en face, n’apparaît pas non plus. Ils se sont envolés vers l’Afrique, me dis-je. Mais non! le jour suivant, ils étaient de nouveau là, dans le ciel autour de la maison, bien que le nid soit définitivement abandonné.

 

Cela me fait du bien de les entendre, plein de vie, supportant une chaleur de plomb, avec leurs plumes ! Et moi, qui, ce jour-là, sort de la maison vers 11 heures du matin pour aller faire mes courses, je fonds. D’habitude, quand il fait si chaud, j’attends le soir pour y aller (les grandes surfaces ferment à dix heures). Mais le ciel est couvert de nuages noirs et je pense bien faire d’en profiter. Quelle erreur ! Malgré l’absence de soleil l’air est si lourd! Et puis, il ne tarde pas à sortir, le soleil! et c’était vraiment la fournaise ! J'arrive en nage et sans courage, j'enlève et pends mes habits et me jette sur le lit. Heureusement, je vis seule, et personne n'attend de moi que je lui prépare un repas ou quoi que ce soit.

 

Cette vie qui tournoie dans le ciel malgré la chaleur, me redonne un brin, seulement un brin, d'énergie.

(33 degrés je dois supporter, jour et nuit, dans la maison! que l'été s'en aille vite! ...)

 

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(Je vous prie de ne pas m'envoyer de courrier recommandé; car, si pour une raison ou une autre je ne peux aller le chercher dans le délai fixé par la poste, il vous sera retourné.)

 

 

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