IN MEMORIAM

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El Vecino de Casa

quinta parte

 

                                  por Mario de Vero

fallecido en junio de 2006

 

 

Hacia la mitad del siglo XIV, bajo el reinado de los últimos descendientes directos de Enrique de Borgoñón, Portugal fue turbado por unos dramáticos acontecimientos, que dejarían huella en la literatura y el arte. El príncipe Pedro, heredero del rey Alfonso IV, fue casado, según era costumbre casi constante de la corte portuguesa, con una infanta castellana: Constanza, hija del príncipe-escritor Juan Manuel. La novia había llegado a Portugal acompañada, entre otros, por una bellísima dama, Inés de Castro, de la cual Pedro se enamoró. Constanza murió temprano, y algunos nobles portugueses, temiendo que un posible matrimonio del príncipe con Inés pusiera en peligro la independencia del reino, la asesinaron vilmente y en presencia de sus cuatro hijos pequeños, con el consentimiento del rey Alfonso.

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Pedro, loco de dolor y rabia, desencadenó una guerra civíl contra su proprio padre y, subido al trono (reinó con el nombre de Pedro I desde 1356 hasta 1367), hizo exhumar el cadáver de la pobre Inés de Castro y la puso en el solio cerca de él, obligando  a los nobles portugueses a rendir pleitesía a la "reina muerta" besándole la mano. Luego logró del rey de Castilla que le entregara dos de los asesinos,  y les hizo arrancar el corazón. La bárbara violencia de esta tragedia impresionó a los contemporáneos y a la posteridad; y diversos escritores, incluso fuera de Portugal, sacaron materia para poemas y dramas.

 

Quien visite hoy la iglesia-monasterio de Santa María de Alcobaça, uno de los monumentos más célebres del gótico europeo, en la Extremadura portuguesa y no lejos de Fátima, verá la magnífica tumba de mármol donde reposa la desventurada reina, y frente a ella el sepulcro de Pedro. Él mandó construir los dos mausoleos, y no en paralelo, como cabía esperar, sino enfrentados por los pies, porque quería en el día de la resurrección, al incorporarse, poder ver primero a su amada.

 

Varios escritores, hemos dicho, hasta extranjeros, se inspiraron en este drama, desde el español Vélez de Guevara al francés Montherlant, sin embargo con una diferencia sustancial. Mientras que los extranjeros subrayan los aspectos dramáticos del suceso, conmoviéndose en particular por el conflicto, en el alma del rey, entre la razón de estado - que le induce a ordenar la supresión de Inés para evitar la reacción de la nobleza - y la ley moral y la piedad; los autores portugueses acentúan de forma elegiaca los aspectos patéticos, compadecen sobre todo el destino de Inés, víctima inocente de su amor. Predominio del lirismo,  se  podría  decir,  y  cierto  "misticismo del sentimiento" aunque en menoscabo del espíritu crítico y filosófico, lo cual, se ha notado, es una característica de toda la literatura portuguesa; pero cualquier comentario parece artificial y frío. Mucho más vale dar la palabra a Camöes:

 

¿Quién será, ciego dios, que de ti huya,

y de tu dulce ley, que a tanto obliga?

Tú causaste la odiosa muerte suya,

tratándola cual pérfida enemiga.

Si dicen, fiero Amor, que la sed tuya

ni con lágrimas tristes se mitiga,

es porque quieres, con maldad tirana,

tus aras empapar en sangre humana.

 

Te hallabas, bella Inés, quieta en sosiego,

de tus años cogiendo el blando fruto

del alma en el engaño dulce y ciego

(que la dicha no dura, como el luto),

en el florido campo de del Mondego,

del cristal de tus ojos nunca enjuto,

a las plantas diciendo y flores nuevas,

el nombre que en el pecho escrito llevas.

 

De tu Príncipe allí te respondían

los recuerdos que en su alma dominaban,

que siempre ante sus ojos te traían,

cuando ausentes los tuyos dél estaban.

De noche, dulces sueños que mentían,

de día pensamientos que volaban;

siendo, en fin, todo sueño y pensamiento,

sola ocasión de dicha y de contento.

 

(Traducción de C. De Cheste)

 

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He alegado tres estrofas seguidas (el canto es el tercero).  El verdadero enemigo de Inés no fue la razón sino el mismo Amor; y la descripción de la joven, que durante la momentánea ausencia del amado quiere hacer partícipes de sus sueños a las plantas y flores, tanto más nos conmueve, cuanto que en los mismos instantes y sin saberlo ella, están a punto de llegar, cabalgando, el tirano y sus verdugos.

 

El victorioso viaje se acerca a su fin. Calicut, el deseado término de la navegación, está cerca. Meditando Venus los trabajos que han padecido los navegantes, decide premiarles con unas vacaciones en la Isla del Amor, una isla que, al efecto, hace surgir del fondo del Océano y que hace decorar por mano del viento Céfiro, de la diosa Flora y de Pomona, la ninfa de los frutos.  Asimismo, mira con buenos ojos una fuerte y hermosa progenie de Nereidas y portugueses.  Una vez convocadas las ninfas del mar, Cupido, a ruegos de su madre Venus, las hiere de amor por los Lusíadas, y todas ellas acuden a esperarles en la isla cuando desembarcan en busca de agua y caza; haciéndose interesantes con sus cítaras, arpas y flautas, o fingiendo que cazan, o bañándose, las más seguras de su atractivo. Y cuando ellos se lanzan al ataque al grito de "Veamos si son de verdad", ellas se dejan perseguir, con fingidas carreras y caídas, en la floresta o en el mar.

 

Mientras los Lusíadas se relajan en la Isla de Venus, reflexiona el poeta sobre el significado de esta isla: Tetis y las Nereidas son las honras y triunfos en la vida.

 

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Los modelos de esta obra maestra van desde Homero a Virgilio y Tasso, pero su verdadera originalidad radica en la profunda vitalidad que su autor, Luis Vaz de Camöes, él también guerrero y navegante, ha logrado infundirle.

 

En conjunto, pues, un gran poema, de nivel europeo y universal. Sin embargo, para que se comprenda y se disfrute de él enteramente, tendría que leerse - como ya recomendaba Cervantes, que era un entendido - en su mesma lengua portuguesa.  Ya que nunca, ni antes ni después, el idioma portugués fue igualmente rico, musical, expresivo, dúctil y sonoro, como en las perfectas octavas de los Lusíadas.

 

 

Camöes salvando los Lusíadas a nado

 

FIN

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Estatua de Camöes en Constancia

Fotografía original de Manuel Anastácio

arreglada para AIR por Mariette Cirerol

 

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