Alfonso X  El Sabio

La prosa como menester de la corte

 

Desde que Alfonso X sube al trono del reino de Castilla y León en Sevilla, en el año 1252, sucediendo a Fernando III, hasta que, en 1369, Pedro I muere de manera alevosa en Montiel y Enrique II se entroniza como Rey del mismo dominio cristiano, transcurre poco más de un siglo, en el que la literatura en lengua vernácula recibe un poderoso impulso, que la afirma de una manera definitiva, con la aparición de obras de elevada categoría creadora. En 1369, año en que ocurre el cambio de dinastía en la familia de los Trastámara; reina en Aragón, Cataluña y Valencia, Pedro IV; en Navarra, Carlos II de la casa de Évreux; y en el reino portugués, Fernando I de la casa de Borgoña.

 

En este periodo se asegura la gran reconquista sobre el dominio de los árabes en España, realizada en el periodo precedente, y la guerra ocurre, en esta ocasión, sobre todo en torno del estrecho de Gibraltar, cuyo dominio es el objetivo fundamental de los reyes castellanos, que son los más activos en la prosecución de la reconquista.

 

Una vez que los lugares estratégicos del Estrecho estuvieron en poder del rey de Castilla, el reino árabe de Granada - llamado en el siglo XIII nazarí, por causa de ser Yüsuf ben Nazar el fundador de la dinastía local -, quedó aislado y apenas recibió el auxilio bélico del norte de  África.   En  este  periodo  cesa  el influjo intenso de la cultura árabe,  y queda  sólo el que procede de la relación entre los árabes - cada vez más hispanizados - del reino nazarí y los reinos cristianos dominantes: de Portugal, Aragón y Castilla.

 

Durante este periodo, los Reyes de Castilla siguen una política que tiende a la afirmación del poder real: Alfonso X es el gran teórico del gobierno del rey, y en sus obras legislativas recoge, de la situación en que vive, los principios legislativos más favorables a sus ideas y los elabora con interpretaciones del Derecho Romano, convirtiéndose así en el gran legislador, al menos teórico, de una monarquía.

 

En este periodo, la lengua latina mantiene su prestigio como medio para expresar las actividades elevadas del pensamiento y para los contenidos que deben conservarse en su integridad de origen. Esto ocurre en la Iglesia, y lo mismo pasa en la Universidad, como garantía de la universalidad de los conocimientos. Los sermones fueron piezas oratorias que se expusieron en la lengua local. La predicación fue, por tanto, una vía general de difusión de los contenidos religiosos, que, así, podían llegar al pueblo cristiano, para asegurarlo en la fe y para informarle sobre las virtudes y vicios de las personas y de las comunidades.

 

Uno de los resultados de la política cultural de Alfonso X, que reinó entre los años 1252 y 1284, fue la instauración de la prosa literaria en la lengua castellana, tanto por el número de obras de las que fue promotor, como por la organización práctica del escritorio que requirió su composición. Quiso dotar a su reino de un cuerpo de conocimientos adecuados a las circunstancias de la época, accesibles por medio de esta prosa literaria destinada fundamentalmente a los que le rodeaban en la corte; y a los que, lejos de ella, querían mantener este grado cultural. La labor de Alfonso X tiene un antecedente inmediato en la actividad cultural de su padre, Fernando III. En la corte de este rey, acudieron trovadores; y Alfonso X también los recibe en la suya; y él mismo escribe y alienta un cierto número de obras religiosas, las “Cantigas de Santa María”, y de otras clases, que le aseguran un buen lugar en la lírica en lengua gallega, usada entonces para esta poesía. - Reunió una colección de más de 400 canciones en honor de la Virgen María, aunque es dudoso que el propio rey las escribiera todas; lo que sí es cierto, es que su influencia sobre la colección fue profunda -. La primera obra en castellano con la que se relaciona Alfonso, es la versión de “Calila e Dimna”, que la cronología más aceptada sitúa en 1251, poco antes de que subiera al trono.

 

Una labor tan compleja como es la que se sitúa bajo el impulso de Alfonso X, hubo de ser obra de un grupo de sabios bien concertado que disponía de los medios adecuados, tanto para su información como para el trabajo de la composición de los libros. A su alrededor, se juntó un grupo de colaboradores escogidos entre los mejores de las tres leyes que convivían en su reino: la cristiana, que era la fundamental, por su condición de rey cristiano; y la árabe y judía, que la completaron para reunir así, entre las tres culturas que representaban estas leyes, el ideal de universalidad más amplio de la Europa de la época. Este “seminario de estudios” estuvo dirigido por el rey: como promotor, vigilante y corrector de las obras.

 

El resultado de esta labor conjunta, dirigida por el rey, fue el enriquecimiento progresivo de la prosa literaria en lengua vernácula: los redactores tenían que expresar, en ella, contenidos que hasta entonces habían sido propios de las lenguas cultas: latín o árabe. Alfonso X no se limitó sólo a ordenar que se tradujesen obras, o parte de ellas, del latín o del árabe; sino que se prosificase la misma épica castellana, para que se acomodase en el entramado de sus obras. Estos contenidos habían sido previamente seleccionados, discutidos y elaborados. La retórica servía para organizar y dar el tono adecuado a cada obra, según resultaba conveniente a su categoría.

 

El conjunto de libros promovidos por el Rey se nos presenta como una gran enciclopedia que reúne las materias que estimó más adecuadas para su fin.  Cabe comparar la diversidad que ofrece esta obra colectiva con “Li Livres dou Tresor” de Brunetto Latini, contando con que el “Tresor” es obra personal; y la de Alfonso X, un conjunto de libros en el que han intervenido un gran número de redactores. El “Tresor” está organizado en dos partes: La primera trata de teología, historia universal, ciencias físicas, geografía, arte de construir casas, historia natural. La segunda, de ética y moral, política (retórica y gramática, dialéctica y arte del gobierno).

 

Si comparamos este curso con el de la obra conjunta promovida por Alfonso X, encontramos que en el “Latini” domina la idea de que las ciencias se supeditan a la política con objeto de que el gobernante posea el conocimiento adecuado para el ejercicio del poder. En Alfonso X  se manifiesta una intención inversa,  pues es el rey el que procura a sus súbditos las vías del conocimiento y elige para ello los libros adecuados; limita las cuestiones de la teología propia de los doctores de la Iglesia y expresadas en latín; incrementa la historia, tanto la universal como la de España. Del conocimiento de la naturaleza, elige las partes que actúan más directamente en el hombre (astrología y piedras preciosas); y como arte de la política, formula la teoría del buen gobierno en una proporción general, al tiempo que atiende a las leyes del Reino y a los fueros; y, por fin, se ocupa también del ocio con libros de un entretenimiento propio de la corte (libros de ajedrez, dados y tablas).

 

En literatura científica, hizo escribir para un conocimiento del mundo físico que pudiera tener algún influjo sobre el hombre. Estos libros son los peor conocidos de su labor cultural (libros del saber de astronomía o astrología), una suma de tratados que versaba sobre el movimiento de los cielos, estrellas y planetas; así como de los instrumentos para observarlos y medirlos, mapas y relojes, etc. …

 

De entre los tratados de tema legislativo escrito en la corte, el más importante es el libro titulado “Las Siete Partidas”, que representa el propósito de establecer un fundamento jurídico para ordenar el gobierno del reino. El contenido de la obra se desarrolla en siete partes: la primera, referida a las leyes en general y a las canónicas; la segunda, a las leyes públicas de gobierno y de administración; la tercera, a la justicia, a su administración y a la propiedad; la cuarta, al matrimonio y  a los parentescos;  la quinta,  al comercio por mar y por tierra, y a la hacienda; la sexta, a los testamentos; y la séptima, a los delitos y sus penas. Los fundamentos que apoyan este desarrollo proceden, en parte, del derecho romano y de las leyes de la época.

 

El impulso que Alfonso X el Sabio dio a las letras, no quedaría sin continuidad. Primeramente, su hijo Sancho IV, e inmediatamente después su sobrino, don Juan Manuel, se esforzaron por seguir el ejemplo del gran estudioso y mecenas, haciendo posible que también la prosa alcanzase – durante el siglo XIV – una relevancia literaria próxima a las cotas de originalidad logradas por la poesía, particularmente en el “Libro de Buen Amor” de Juan Ruiz. Diversas son las formas de prosa cultivadas desde finales del reinado de Alfonso X hasta la segunda mitad del siglo XIV. La redacción del “Lucidario”, basada en el “Speculum Naturales”, y la traducción del “Tesoro”, de Brunetto Latini, ambas realizadas durante el reinado de Sancho IV, dan testimonio de una continuidad del interés por la prosa científica.

 

Manuel Garrido