La Palabra

 

En el libro El principio era el fin  -uno de mis preferidos- escrito por Oscar Kiss, se dice que el hombre tiene su origen en el cruce de un primate asiático con un africano, basándose en que la gran mayoría de nosotros tenemos doce pares de costillas, coincidiendo con los asiáticos; pero hay humanos que tienen catorce, como los primates africanos, y se dan casos de algunas personas que, con doce pares, tienen una vértebra más.

 

Oscar Kiss asegura también que el homínido comenzó a practicar el canibalismo, y que esta conducta  -lo razona- dio lugar a un desarrollo más rápido del cerebro. Pero, fuera por esta causa o no, lo cierto es que el ser humano fue evolucionando -como se puede comprobar con los restos prehistóricos que se han encontrado- a un ritmo muy acelerado.

 

Basa su teoría en que los homínidos más próximos a nosotros fueron los únicos animales que mataban a sus congéneres para comérselos, costumbre que continuó el hombre desde que surgió, repartiendo el cuerpo jerárquicamente, correspondiéndole el cerebro al jefe.

 

Al ir evolucionando las especies, se perfecciona la comunicación entre los individuos que las integran. Por ejemplo, los homínidos nacen con la capacidad de reconocer la importancia de distintos gestos faciales y posturas adoptadas. La respuesta a estas expresiones depende de la experiencia y agresividad del que mira.

 

Pero no es sólo eso, porque el estudio del comporta-miento de un chimpancé célebre, Lucy, nos demuestra que estos animales tienen la capacidad intelectual del lenguaje primario, y eso a pesar de que no pueden hablar, dado que su boca y garganta están limitadas en este aspecto, lo que no les impide emitir sonidos “musicales” cuando están en la selva.

 

Este experimento se ha realizado en varias ocasiones, enseñando a algunos chimpancés un idioma de gestos, el ameslan, utilizado en EE.UU por personas que no pueden oír. Cada gesto representa una palabra y no una silaba, o sonido. Algunos de estos animales han llegado a interpretar correctamente el significado de centenares de palabras, pudiendo pedir la fruta que deseaban, o expresar la sensación que les producía algo que tenían delante.

 

Viendo un cisne, uno de los chimpancés hizo dos movimientos seguidos, creando el neologismo espontáneo de “ave de agua. En otra ocasión, otro del mismo grupo gesticuló “bebida-caramelo”, después de probar un melón por primera vez, y “comida-llorar-daño” después de experimentar el sabor de un rábano. Otro de ellos hizo un gesto indicando que tenía delante un gato, cuando le presentaron la fotografía de un tigre.

 

Estas experiencias, que son una pequeña parte de las que se recogen en el libro Sombras de antepasados olvidados, son suficientes para no asombrarnos, ni considerar  mágico, que los humanos se comuniquen con la palabra.

 

Resulta interesante pensar  cómo hubiera sido el mundo de hoy, si todos los homínidos  -que como está demostrado tienen capacidad  para  el  lenguaje  primario-   hubieran podido transmitir sus pensamientos y sensaciones con la palabra.

 

 

 

Importancia de la palabra

 

Nada hay entre nosotros que tenga tanta fuerza. Sin ella seríamos sólo unos monos más evolucionados y nuestra vida más sencilla, porque no tendría las complicaciones que la caracterizan.

 

La palabra hay que recibirla con mucho cuidado, como cuando, en los carnavales, se nos acerca alguien ya de madrugada, porque no siempre se sabe lo que hay dentro de ella. Es un vehículo que lo mismo te puede transportar que aplastar, conducirnos al martirio, o sacarnos de una condena. Es también un arma con la que te puedes defender o matar, una vaselina o una lija; o una serpiente que entra suavemente en tu mente, sin darte cuenta, y te esclaviza para siempre.

 

La palabra es un lujo y un vicio: no hay nada que no esté envuelto o motivado por ella. Nos acerca y nos aparta y, entre nacionalidades, es la frontera que más separa, como se puede observar en las comunidades autónomas de cualquier país, cuando utilizan un idioma diferente al reconocido por el estado.

 

Es medicina y es droga, comunicación y alejamiento. Su exceso  mata,  mientras  que un número reducido de ellas presenta, a veces, riqueza interior, porque el derroche de la palabra, como todos los derroches, arruina.

 

En ocasiones, la palabra es como un espejo roto que no refleja lo que quiere decir; y otras, un paño de oro que envuelve la mentira.

 

La sociedad vive en una especie de selva en la que sus estructuras se asemejan a los árboles y las hojas que los envuelven son las palabras; sin ellas, esos árboles estarían  secos.

 

De ellas se sirven los dioses para transmitir sus mensajes por medio de quienes aseguran decir siempre la verdad; y, por tanto, el demonio también las utiliza.

 

Sin la palabra no existiría el Dinero puesto que, para moverse, también la precisa.

 

La palabra es, asimismo, la esencia del amor, su savia. La necesidad y el pensamiento lo hacen surgir, y ella lo mejora o lo destruye.

 

La palabra excita la inteligencia, porque es un ejercicio constante para ella, tanto cuando la emite como cuando la recibe, y es la principal causa de su desarrollo.

 

Las palabras son unas veces aplauso y paz; otras, insulto y guerra. Dan tranquilidad o angustia.

 

Su velocidad de transmisión puede ser de fábula hoy en día, cuando son transportadas por el rayo de la electrónica que las dirige hacia donde se quiera.

 

Lo mismo las utiliza un militar para dar una orden, que un sacerdote para una oración.

 

Son la magia del hombre, su facultad polivalente, vehículo del temor y la alegría, del triunfo y la derrota; empleadas indebidamente, han llevado a muchas personas a la hoguera o a los circos, para ser comidas por los leones y, con frecuencia, provocan desprecio y burla.

 

Su mensaje entra en la mente por los oídos o los ojos y puede despertar cualquier sensación, desde la excitación a la calma: unas veces cansan, y otras, motiva o relaja.

 

Es también vehículo, tanto de la ambición como de la estupidez, o del conocimiento, y se viste con cuatro ropas que combina constantemente para presentarse siempre diferente: intensidad, tono, timbre y oportunidad.

 

Unas veces, las palabras atraen y, otras, repelen. Pero si se mezclan bien las buenas con las malas, todas parecen iguales, porque se las ve en grupo, transmitiendo el mensaje subliminal que se pretenda.

 

En ocasiones, las que se emplean para insultar impactan, pero no son las que hacen más daño.

 

La palabra sirve también para dominar: mandan más los que mienten mejor. Por ella, la figura del dominante, en los homínidos, se ha transformado entre nosotros, en la del engañador.

 

Se emplea también para catalogar a las personas, elevando   a   unas     (señoría,   excelentísimo,   marqués, majestad, etc…) y dejando al nivel del engañado a las demás (ignorante, obrero, pueblo, obediente, empleado, necesitado, etc…)

 

La palabra es un carburante que puede tener más o menos octanos, distinta fuerza: las de un juez, por ejemplo, empujan y condicionan, y las del mendigo, se pierden en el aire.

 

Las palabras también son terapia para la soledad cuando se intercambian “para pasar el rato”, porque al irlas escuchando, se acompaña uno a sí mismo, pues, al lanzarlas al aire, se produce un gas que envuelve.

 

Si no existiera la palabra, tampoco tendríamos historia; y, sin esta, nos faltaría el pasado. Sólo contaríamos con el presente, no se podrían crear engaños, ni nos hubiéramos alejado tanto de la selección natural.

 

Hubo un periodo de muchos siglos, en el que unas culturas prohibían al pueblo conectarse con la palabra escrita por gente sabia, para que no se difundieran  verdades que perjudicaban al sistema de alguna forma. También se dificultaba enormemente el acceso a los libros, para que no se divulgaran los escritos, por la fuerza que podría alcanzar la gente leyéndolos, ya que contienen pensamientos y experiencias de todo tipo: al ignorante, hay que apartarlo de la verdad para poder predicarle de forma más efectiva. Asimismo, por este principio, se castigaba muy duramente a quien hablaba en contra de lo establecido por los  poderes;   pues,   el  “boca a boca”  tenía  mucha trascendencia en una sociedad donde lo normal era ser analfabeto.

 

Pasado el tiempo, los dirigentes se atrevieron a culturizar al pueblo y terminó apareciendo ¡hasta el diccionario!: caja de palabras que presenta la identidad de cada una de ellas, avalada por una agrupación, que, curiosamente, es conocida como Academia de la Lengua, reconociendo la función del elemento bucal, el más preciso para pronunciarlas.

 

Los humanos, por tener la capacidad de hablar, debemos valorar constantemente los riesgos que conllevan las palabras. Hemos de pensar, antes de pronunciarlas, los efectos que puedan tener, porque una vez que salen de nosotros, vuelan y no se las puede hacer volver. Podremos lanzar otras intentando anular las anteriores, pero se consigue muy pocas veces.

 

No es preciso seguir con el tema, pues basta invitar al lector a que se diga a sí mismo algo, sólo con imágenes mentales y sin imaginar palabras, para que comprenda la fuerza que éstas tienen.

 

Resumiendo: Somos padres de la palabra, una hija encantadora y peligrosa, que lo mismo nos puede llevar al triunfo, que al engaño y a la destrucción.

 

Juan Luengo Muro

Del libro: Mentiras tatuadas, próximo a salir

 

Cráneo y rostro reconstruido del hombre de Pekín, que vivió hace 600.000 años

(Enciclopedia Lo inexplicadlo, tomo 5, Editorial Delta)